Podemos ser mejores

Escrito por el 19/03/2020

(REUTERS/Agustin Marcarian)
(REUTERS/Agustin Marcarian) (AGUSTIN MARCARIAN/)

Tengo 34 años y nací en la nueva democracia argentina. Soy un fiel exponente de las características de un millennial (varios trabajos para no aburrirme, consciencia social y ambiental, hiperconectado e informado) y al igual que todos los que habitamos el territorio nacional, este es el primer hecho traumático que estoy enfrentando en conjunto con toda la sociedad.

Sí, en la crisis del 2001/02 estaba vivo, pero era un adolescente dentro de un hogar sin ningún tipo de vulnerabilidad. Mis recuerdos tienen una lente a distancia: mirar la televisión o la calle desde el balcón, viendo la indigencia de otros compatriotas revolviendo basura en busca de la supervivencia, los movimientos de trabajadores desocupados y el dolor de los jubilados. Doy gracias a mi familia que, con lo que tenía, hizo lo que pudo para que yo fuera feliz. Nunca me faltó nada. Esa crisis, al igual que el resto de las que tenemos memoria colectiva (políticas, sociales y económicas) no pusieron en jaque a toda la sociedad por igual. La muerte, la ansiedad y el miedo sólo hacían sombra en un sector de la población. Mientras que otro sector, siempre ligado a una mayor cantidad de oportunidades, podía y tenía mayores posibilidades para filtrar esas angustias.

Hoy es diferente: todos tenemos un nivel de ansiedad alto porque en nuestro inconsciente ya navegaban millones de gigabytes de información en tiempo real haciendo que nuestro instinto animal nos haga tener miedo. Una emoción necesaria para poder sobrevivir y que nos está haciendo iguales a todos. El virus no discrimina. La muerte, que viene con el virus, no tiene intermitencias. La vida no es una novela de (José) Saramago. Pero algunos, más en estas latitudes, tenemos mayores posibilidades de supervivencia fundamentadas en nuestro nivel de educación, la calidad de nuestro empleo, nuestro rango etario, la historia familiar y el acceso que tenemos a salud e información. Y como todo privilegio, conlleva obligaciones.

No estoy escribiendo con afán de ser juez. Yo también fui a un supermercado, yo también compré productos de primera necesidad y yo también cometí irresponsabilidades compartiendo actividades sociales durante la semana pasada cuando como sociedad no queríamos ver que estamos todos juntos en este barco enfrentando un tsunami que podría llegar a tener proporciones catastróficas, y que aún no alcanzamos a ver. Lo sentimos, está viniendo, pero aún no lo vemos. Recién será palpable cuando empecemos a contar a nuestros muertos.

La humanidad está en guerra y la defensa de nuestra patria es endeble por décadas de desigualdades. En este contexto no es momento de mezquindades políticas. Es momento para pensar y hacer algo por el otro. Quienes podemos, tenemos el deber humano de quedarnos en nuestra casa. De ayudar y asistir a las personas en población de riesgo. Estos son, no sólo los mayores y la población con enfermedades preexistentes, sino también nuestros compatriotas desocupados, con empleo informal, en la pobreza y con necesidades básicas insatisfechas. No sabemos cuándo ni a qué costo saldremos de esto, pero hagamos que sea una oportunidad para ser mejores. Las guerras las ganan y pierden las sociedades. No un gobierno.

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Source: Infobae

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