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Alcanzó la fama con El libro gordo de Petete, dejó todo por amor y recuerda sus años en la TV: “Estás en tantos lugares que te reconocen enseguida... y los chiquitos más aún”

En la memoria colectiva de varias generaciones de argentinos, la imagen de una joven presentadora que, junto a un simpático pingüino, enseñaba lecciones fundamentales antes de dormir, ocupa un l...

En la memoria colectiva de varias generaciones de argentinos, la imagen de una joven presentadora que, junto a un simpático pingüino, enseñaba lecciones fundamentales antes de dormir, ocupa un lugar de privilegio. Gachi Ferrari, quien supo ser una de las figuras más reconocidas de la pantalla chica durante las décadas de 1970 y 1980, protagonizó una transformación profesional y personal que la llevó de los sets de filmación y las tapas de revistas a las pasarelas y fábricas textiles de escala mundial. Aquella joven que deslumbraba en El libro gordo de Petete, el ciclo televisivo que competía en popularidad con hitos como El Topo Gigio, decidió en 1985 emprender un camino que cambiaría su trayectoria para siempre al conocer al empresario italiano Lando Simonetti, con quien fundaría La Martina.

El camino de Ferrari comenzó mucho antes de que el nombre del pequeño pingüino de gorro con pompón se volviera un eslogan nacional. Con una inquietud propia de su adolescencia, la entonces futura conductora se inició en el mundo del trabajo siendo promotora en una agencia. Fue allí, en una de sus jornadas laborales, donde el ojo clínico de un fotógrafo marcó el inicio de su ascenso mediático. “Empecé a hacer publicidades y de golpe me llamaron de Para Ti, donde arrancé con La Chica Para Ti. Entonces, hacía la nota de tapa, belleza y moda. Después, al día siguiente, hacía la retirada de tapa... Era impresionante lo que trabajaba”, recordó la protagonista en diálogo con LA NACION. Aquel ritmo frenético de trabajo, caracterizado por el éxito en las producciones fotográficas, le abrió las puertas a las grandes producciones de Manuel García Ferré.

Fue ese encadenamiento de éxitos el que la situó al frente de El libro gordo de Petete, un microprograma que condensaba el saber de una enciclopedia en breves intervenciones diarias. La fórmula era sencilla pero efectiva: el libro gordo enseñaba y entretenía, y Gachi era la encargada de despedir a la audiencia infantil con la promesa de volver al siguiente encuentro. Sin embargo, su actividad no se limitaba a las noches. En su faceta radial, fue parte esencial de Arriba chicos, junto a Berugo Carámbula, un ciclo matutino diseñado para acompañar a los niños en su rutina hacia el colegio. A esta labor se sumaron proyectos como Jardincito, Supershow Infantil, Telejuegos y participaciones en ciclos de corte periodístico y humorístico como La noticia rebelde.

El salto a la actuación fue una progresión natural de su popularidad mediática. Su debut en telenovelas ocurrió en 1973 con Pobre diabla, seguido por su participación en Mi cuñado (1976), donde compartió pantalla con figuras consagradas como Osvaldo Miranda y Ernesto Bianco. El cine también la tuvo como protagonista en obras como Una mujer (1975), junto a Federico Luppi y Cipe Lincovsky, además de sus roles en Los superagentes biónicos (1977) y Cantaniño cuenta un cuento (1979). En aquel entonces, Ferrari era una cara omnipresente en el entretenimiento argentino, una figura pública que habitaba tanto en la radio como en la televisión y el séptimo arte.

Todo cambió con un encuentro fortuito que derivó en un giro de vida absoluto. Tras conocer a Lando Simonetti, empresario textil que visitaba la Argentina para introducir una marca de ropa infantil, la vida de Ferrari tomó un rumbo vinculado al diseño y la industria de la moda de lujo. El proyecto conjunto, La Martina, fue fundado en 1986 y pronto se convirtió en un referente internacional, consolidándose como proveedora oficial de la Asociación Argentina de Polo y la Federación Internacional de Polo. El crecimiento exponencial de la firma, con su constante expansión a mercados internacionales, exigía una dedicación exclusiva por parte de los fundadores. Fue ante esta necesidad operativa, y el desgaste que implicaba para ella sostener grabaciones simultáneas en tres programas de televisión, que Ferrari tomó la decisión que marcaría su retiro de los medios: solicitar un año sabático que, en la práctica, se convirtió en una trayectoria de 40 años dedicada a la empresa.

La transición no fue sencilla en términos emocionales. “Al principio lo extrañé mucho. Yo venía de un reconocimiento en la calle que era permanente, porque claro, estás en tantos lugares que te reconocen enseguida y los chiquitos más aún todavía”, admitió Ferrari en la entrevista. La desvinculación de la vida pública le dejó, durante los primeros años, un vacío de identidad ante la falta de esa validación cotidiana que antes recibía. “Me parecía muy raro que nadie me reconociera después de haber trabajado durante 20 años en televisión. Sentís un vacío... pero después te acostumbrás”, subrayó, evidenciando el proceso de adaptación a su nueva identidad como empresaria lejos de las cámaras.

Hoy, Ferrari describe a La Martina como su vida misma. La marca no solo representó su unión con Simonetti, sino también su desarrollo profesional y el sustento familiar que incluye la incorporación de sus hijos y las expectativas puestas en las futuras generaciones de nietos. En la actualidad, su vida transcurre alejada de la fama televisiva, aunque el recuerdo de su audiencia juvenil persiste en encuentros fortuitos en comercios o cuando el DNI la delata en alguna gestión. “Gachi, fuiste la ídola de mi juventud de cuando era chiquita”, le expresó recientemente una cajera de supermercado, un reflejo del impacto que su trabajo dejó en la memoria de muchos espectadores.

Al reflexionar sobre su época dorada en la televisión, Ferrari reconoce que su valoración sobre aquel trabajo ha mutado con el paso de las décadas. “En su momento no le daba tanto interés, hasta podría decirte que lo hacía quizás por plata. Con el tiempo, le empecé a tener muchísimo respeto y admirarlo mucho más”, señaló sobre el ciclo junto a Petete. La distancia temporal le permitió observar la calidad de la producción, describiéndola como “espectacular” y “muy bien hecha”. Respecto a la fórmula para sostener el éxito, tanto en su etapa televisiva como en el mundo corporativo, Ferrari destaca la constancia y la resiliencia. Citando la filosofía de su esposo, sostiene que es fundamental insistir siempre en las convicciones propias. “Él te diría eso. Yo no soy tan constante como para decir eso. Yo creo que recién en la segunda te va bien porque siempre recibís muchos cachetazos... Yo hubiera tirado la toalla seguramente 20 veces más que él, pero él insiste, insiste e insiste porque si hacés las cosas bien en algún momento te va a dar resultado”, concluyó.

La trayectoria de Ferrari, marcada por el desapego a la fama televisiva en pos de una aventura empresarial que terminó consolidando un imperio de moda, es un testimonio de adaptación y reinvención. Lejos de las luces del estudio y los guiones de los años 70, encontró en el sector textil un espacio de desarrollo donde el reconocimiento ya no depende del rating, sino de la solidez de una marca que ha sabido expandirse por el mundo con la misma tenacidad que ella aplicaba frente a las cámaras en sus inicios.

Este contenido fue producido por un equipo de LA NACION en base a un artículo de Lucía Falotiche con la asistencia de la IA.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/alcanzo-la-fama-con-el-libro-gordo-de-petete-dejo-todo-por-amor-y-recuerda-sus-anos-en-la-tv-estas-nid05102026/

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