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Antonio Muñoz Molina: “Las redes sociales hicieron un daño devastador”

Vive en Madrid desde hace muchos años, pero Úbeda, su pueblo, su gente, son la parte esencial del recuerdo de ...

Vive en Madrid desde hace muchos años, pero Úbeda, su pueblo, su gente, son la parte esencial del recuerdo de Antonio Muñoz Molina, que ahora tiene 70 años y es académico de la Lengua, premiado muchas veces por su literatura. Escribe en el diario El País desde muy temprano, cuando era un muchacho que envió a Juan Luis Cebrián, el primer director, un artículo que no se publicó hasta que el autor protestó por la tardanza. Desde entonces, con altibajos, ha sido colaborador habitual de este diario, como su mujer, Elvira Lindo.

Esta conversación, cuando el periódico en el que escribe cumple 50 años, es un reflejo del modo de pensar del autor, de su sosiego, de su compromiso y de su rabia. Desde el principio de la entrevista, Muñoz Molina advierte la naturaleza de lo que ahora ocurre con nuestro oficio, contra el que conspiran las fuerzas más poderosas.

-¿Cómo ve ahora esta profesión?

-Algunos hemos tenido la suerte y la experiencia de ver cómo nacía el periodismo en la democracia, en España, porque lo que hubo antes difícilmente se puede llamar periodismo. Las fuerzas más poderosas están ahora desmontando todo aquello. Yo tenía 20 años y me acuerdo perfectamente del día en que compré el primer ejemplar de El País. Para alguien de mi edad era como lo verdaderamente nuevo. A lo largo de los años, en España y fuera de España, he ido adquiriendo experiencia como lector y como autor, y eso te da una visión bastante completa. El modelo en el que se ha basado el periodismo en la sociedad democrática no se ha desmoronado; es una herramienta para conocer el mundo tal como es, sirve para hacerse imágenes verdaderas o ajustadas a la realidad del mundo y a las opiniones de la gente. Ha sido una herramienta básica de la racionalidad democrática. Y, claro, la racionalidad democrática tiene ahora fuerzas muy poderosas en su contra.

-¿Qué consecuencias tiene eso para la sociedad?

-Hay algo que es herencia de la posmodernidad, de la frivolidad posmoderna francesa. Es el descrédito de la realidad. Se necesita un mínimo acuerdo sobre la realidad, una capacidad honesta de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Un senador norteamericano decía que uno tiene derecho a su propia opinión, pero no a su propio hecho. Es muy difícil tener juicios certeros sobre lo que pasa.

-¿Puede calcular en qué tiempo eso fue calando hasta ser ahora una enfermedad?

-Creo que ha coincidido con la llegaba de internet, no por la misma tecnología, sino por el uso que se hace de la tecnología. Vino aquel terremoto y después las redes sociales hicieron un daño devastador. Hubo intereses muy poderosos, mucho dinero, más dinero que nunca en la historia humana. Ahora todo eso constituye un aparato cuya finalidad es arruinar el mundo tal como lo hemos conocido. Ellos quieren ahora un mundo en el que prevalezcan ellos, en los que no haya más leyes que las suyas. Y eso es lo que dicen abiertamente todos. Por eso han abrazado a Trump y por eso el único enemigo poderoso que tienen en el mundo es la Unión Europea. Me da rabia notar que los gobiernos democráticos y sus voceros depositen sus mensajes en esa red que no es segura. ¿Cómo vamos a ser capaces de rebelarnos contra un poder de ese tipo si estamos jugando en su terreno y lo estamos enriqueciendo?

-¿Qué está más en peligro, el periodismo o la libertad?

-Las dos cosas son inseparables. El periodismo es la voz de la libertad. ¿Te acuerdas de que cuando empezó internet decían que gracias a este fenómeno cualquiera podía ser periodista, con una cámara y con un terminal? Decían que eso iba a hacer que la libertad floreciera.

-¿Cómo ve este mundo en el que conviven sus nietos, el pasado, su familia, su vida?

-Los que tenemos hijos y nietos proyectamos un porvenir en el que no vamos a estar. Estarán los que lidien con las consecuencias del modelo de mundo en el que nosotros vivimos: el cambio climático, la tecnología terrorífica. A mí me gustaría que tuvieran vidas decentes y armoniosas y en paz.

-Usted ha escrito artículos duros sobre el mundo en el que estamos viviendo.

-Eso viene de mi vocación, de mi amor por la literatura y de la voluntad de dar testimonio. Para mí, un modelo de escritor es Joseph Roth, que escribió en periódicos toda su obra. Él previó que se acercaba el nazismo, lo advirtió a su amigo Stefan Zweig. Desde 1923, Roth estaba avisando de la llegada de los nazis, de que esa gente era un tremendo peligro. Los historiadores tienen a veces una visión más completa de lo que ha ocurrido, pero el testimonio del que lo ha vivido mientras las cosas estaban pasando es insustituible. Así son el diario de Ana Frank o el de Victor Klemper, por ejemplo. Cuando miras las cosas 20 años después ya sabes lo que pasó, pero el testimonio del que está y lo cuenta me parece fundamental. La ficción trabaja con la memoria, y necesita el recuerdo y el olvido.

-Hoy se vuelve a hablar de fascismo.

-Algunas personas lo están sufriendo. Siempre decimos que no hay que hacer paralelismos frívolos y que la historia no se repite. Pero estamos en un momento en el que elementos del totalitarismo están por encima de la razón y del derecho; todo es mucho más global y la acumulación del dinero es mucho mayor.

-¿Este es un momento en el que usted mira atrás con nostalgia?

-No. Miro con nostalgia cosas objetivas. Por ejemplo, con nostalgia miro un tiempo en el que no había una concentración de gases de efecto invernadero como la que hay ahora. Miro con nostalgia la posibilidad de que la vida no estuviera mediatizada en cada instante por un totalitarismo tecnológico. Pero es una nostalgia para mí, de rebeldía. Tengo nostalgia de lo que podría haber sido, de lo que podría ser.

-¿Qué cosas le estimulan a escribir?

-Lo que me estimula mucho es ver la rebeldía de la gente ante las cosas. Es decir, cómo de pronto la gente en Minnesota se organizó de manera que hicieron que se fueran de allí los esbirros de Trump. Esa capacidad de resistir de la gente en Irán, de las mujeres, sobre todo, que empezaron a dejarse de poner el velo. Es el ejemplo de que las cosas no están prescritas, a pesar del miedo que causa el adoctrinamiento. Me da esperanza cuando veo esto, me emociona. Generalmente son cosas concretas de la vida. Me pasa también en el pueblo donde vivo en Valencia. Aparte de la amistad y de la solidaridad emocional, tengo allí amigos que no han estudiado nada, otros que se han jubilado, fotógrafos, carpinteros, gente que no espera nada sino la alegría que compartimos.

-Usted vivió un tiempo en Estados Unidos. ¿Cómo lo encontró entonces y cómo lo ve ahora?

-En Estados Unidos había muchas cosas de las que se puede aprender. Desde aprender bien un idioma a estar con gente de muchos sitios, a ver instituciones culturales admirables, leer un periodismo de mucha calidad, una radio pública muy buena. Y lo que fui viendo cada vez más fue el modo en que un capitalismo sin apenas contención arrasaba la vida de la gente. Y ahora... hay cosas que parecen nuevas, pero que ya estaban arraigadas en esa sociedad. El autoritarismo, por ejemplo, la brutalidad policial, la crueldad con los presos y con los condenados, la falta de piedad con el que ha caído. El fanatismo religioso, una especie de patriotismo mesiánico que muchas veces compartían personas progresistas. Es decir, esa parte más fea que siempre ha existido ahora ha tomado el control.

-De todo lo que es usted, ¿qué siente que es lo mejor?

-Me gustaría ser buena persona y que la gente que está cercana a mí y me da cariño, la gente que tiene trato conmigo, sienta que soy una presencia bondadosa en su vida.

-Los intelectuales en un tiempo parecía que eran los que nos ayudaban a seguir. Ahora, ¿qué es un intelectual?

-Siempre he sido muy escéptico con eso. Más que intelectuales, me gusta esa expresión que había antes, hombre de letras. Es una idea francesa, la del intelectual como una especie de gurú. El punto de referencia. Yo creo, en primer lugar, que un escritor no tiene la obligación de opinar sobre el estado del mundo ni nada de eso. En el mundo anglosajón es mucho menos frecuente que un escritor escriba en los periódicos. Yo creo que lo que llamamos el intelectual es un ciudadano que tiene la oportunidad y que siente la necesidad de participar en el debate público, pero no es un profeta ni un iluminado, ni un gurú.

-¿Qué piensa usted del modo que ahora los periodistas hablan de lo que ocurre como si estuvieran informados de todo?

-Bueno, yo creo que ahí no se puede generalizar, ¿no? A mí me gusta mucho cuando veo a los periodistas hacer de periodistas en el sentido literal de la palabra, que es ir a los sitios y contar lo que hay o hacer un análisis. Luego está el artículo de opinión, en lo que evidentemente hay un exceso, por la razón de que es mucho más barato que estar en un sitio investigando. Para mí el periodismo es eso. Eso, además, es una gran literatura. La crónica que leemos ahora desde Washington o desde cualquier sitio, desde Israel, por ejemplo, de la gente que está allí, eso me produce mucha admiración.

-Lo vi muy joven, en Úbeda, con sus padres. Ahora que lo recuerdo allí me vienen a la memoria unos versos del poeta alemán Michael Krüger: “A veces la infancia me manda una postal / ¿Te acuerdas?”. ¿Qué postal le trae a usted esa infancia?

-Siempre la ternura y la decencia. Personas íntegras y decentes en su pobreza, con una educación exquisita, una educación popular exquisita. Y que en circunstancias durísimas tuvieron, o intentaron tener, una vida digna.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/antonio-munoz-molina-las-redes-sociales-hicieron-un-dano-devastador-nid09052026/

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