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Apatía democrática en tiempos de algoritmos

Conviene desafiar algunas instaladas certezas acerca de la aparente apatía política de una mayoría de la sociedad, en tiempos de algoritmos e inteligencia artificial. Contra tal tipo de supuesto...

Conviene desafiar algunas instaladas certezas acerca de la aparente apatía política de una mayoría de la sociedad, en tiempos de algoritmos e inteligencia artificial. Contra tal tipo de supuestos, cabe señalar que, si existen dificultades en la materia (dificultades que pueden explicar, por ejemplo, la degeneración de muchas democracias en autoritarismos competitivos, frente a sociedades que permanecerían indiferentes a eso), esas dificultades tienen mucho más que ver con un sistema institucional cerrado y preparado para resistir la ira social, que con una sociedad aquiescente y pasiva.

En efecto, desde hace años se insiste con un enfoque socialmente lúgubre, tal vez menos por convicción que por voluntad. Se nos dice que vivimos rodeados de una ciudadanía cada vez más apática, más individualista, más preocupada de sí misma y menos interesada en la suerte de los que están peor. Los culpables también están a mano, con lo cual se allana la tarea de presentar una narrativa comprensible y simple. Se arguye entonces que las pantallas nos separan, que las noticias falsas nos adormecen, que las redes nos polarizan, que los algoritmos nos confinan a nuestro estrecho sitio. La conclusión, que es el fin de la historia, resulta entonces tan desalentadora como precisa, en términos de acción colectiva. Estamos y seguiremos estando políticamente condenados y socialmente dominados, como producto de nuestra propia pereza y estupidización. El relato que se arma entonces resulta apto, a la vez, para conectar y explicar dos series de fenómenos novedosos, que cualquiera puede reconocer, y que llaman la atención de todos. Por un lado, la presencia de líderes fuertes, con actitudes discrecionales, en diversidad de latitudes, al mismo tiempo (Hungría, Polonia, Turquía, Estados Unidos, la Argentina). Por otro, el fenomenal impacto de las nuevas tecnologías (incluyendo, de manera saliente, la influencia de la inteligencia artificial) en la vida cotidiana de todos nosotros.

Ahora bien, la ansiedad con que se nos presentan conclusiones tales contrasta con la realidad, también global, de intensísimos procesos de movilización político-ciudadana, que –contra lo pensado y previsto– se desataron exactamente en tiempos y lugares en apariencia marcados por el individualismo, la indiferencia social y los algoritmos. Pensemos en las “jornadas de junio” en Brasil 2013, disparadas por el aumento en el precio de las tarifas de autobús, y que implicaron la movilización de millones de personas, mientras se desarrollaba el mismo Mundial de fútbol brasileño; o recordemos el “estallido social” de Chile, 2019, también impulsado por el aumento en la tarifa del transporte público –con levantamientos que, en cierto modo, cambiaron la historia política de un país cuya ciudadanía era habitualmente señalada por su conformismo posdictadura–; o miremos las masivas y apasionadas manifestaciones del Black Lives Matter en Estados Unidos, que encontraron continuidades en la notable marcha No Kings, de marzo de este año (la más importante en su tipo en la historia del país). Todo eso, para no olvidar las recientes marchas en Polonia y en la República Checa; o los movimientos globales de la “Generación Z” (2025-2026), liderados por jóvenes nacidos en la era digital (utilizando iconografía de la cultura pop, como el animé), y que desembocaron también en movilizaciones multitudinarias y políticamente significativas, como la “revolución de los estudiantes” de Bangladesh, en 2024; o las fundacionales manifestaciones de estudiantes ocurridas en Indonesia, en 2025. Se trata, según se advierte, de procesos que se dieron en todo el mundo, precisamente en esta era digital (y en parte ayudados por ella), que convocaron a millones de personas, que se sostuvieron en el tiempo y que tuvieron un contenido y objetivos eminentemente políticos. Cuando nos confrontamos con datos semejantes, cuesta mucho comprender cómo puede resultar creíble, entonces, la narrativa opuesta, que insiste sobre la apatía social y el triunfo del autoritarismo frente a una mayoría envilecida y alienada.

Contra la leyenda prevaleciente, mi impresión es que, si en el contexto de sociedades desiguales e injustas, en ciertos períodos, la ciudadanía se retrae o asume una actitud más bien pasiva, ello se debe –normalmente– no a su conformismo, y mucho menos a su asentimiento, sino a su sabiduría. Me refiero a una sabiduría histórica, aprendida a veces a fuerza de golpes sobre la espalda, o –para ponerlo en términos más generales– a partir de las muy negativas respuestas que suelen dar los gobiernos a quienes disienten; ya sea a través de la punición de la protesta o la persecución de los protestantes, o –lo que parece la regla común en estos tiempos– la mera inacción, es decir, la no respuesta como respuesta. Como si nadie –alguien o miles o millones de personas– tuviera ninguna queja relevante o demanda verdaderamente atendible.

En conclusión, quienes hoy vemos a la democracia en riesgo y nos preguntamos por qué o por quién está en peligro, y quién la defiende cuando cae bajo amenaza, necesitamos empezar a cambiar el foco de nuestra atención. Mover dicho foco desde la ciudadanía y hacia el sistema institucional y quienes lo controlan. No para librar a la ciudadanía de responsabilidad política –todos la tenemos–, sino para calibrar de modo más apropiado tales análisis y orientar mejor esos señalamientos. Hoy, una ciudadanía que, como lo ha demostrado siempre, está dispuesta a movilizarse en defensa de lo que considera justo (lo que, perfectamente, puede coincidir con sus propios intereses, pero que normalmente no se superpone solo con ellos) encuentra un freno inhabitual a sus acciones. Ese tipo de obstáculos proviene de un sistema institucional perfectamente impermeabilizado frente a ella: un sistema bien preparado para resistir sus presiones. Así, las autoridades pueden reaccionar, frente a quejas y demandas, como lo hacen comúnmente, y como –cada vez más– tienden a hacerlo en nuestro país –con indiferencia, haciendo nada–. Como si nada importase, como si nada relevante estuviera en juego, como si solo se tratara de dejar que pase el tiempo para que la ciudadanía se olvide de sus reclamos, deje atrás el bullicio y vuelva al silencio quieto de sus cotidianas vidas. Pues bien, la democracia exige otra cosa: el retorno de lo político. Y ese retorno requiere que echemos abajo las barreras que hoy ahogan los reclamos democráticos de una ciudadanía que, a pesar de todo, se mantiene todavía atenta y de pie.

Abogado

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/apatia-democratica-en-tiempos-de-algoritmos-nid29042026/

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