Beatriz Bragoni: “Tras la Revolución de Mayo, hubo una guerra por monopolizar la narrativa”
En días de sospechas públicas, entrevistar a Beatriz Bragoni, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, investigadora del Conicet y académica de número, tiene valor agregado: Cons...
En días de sospechas públicas, entrevistar a Beatriz Bragoni, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, investigadora del Conicet y académica de número, tiene valor agregado: Conspiraciones, su libro más reciente, abarca los choques subterráneos entre el Directorio de Juan Martín de Pueyrredón y sus detractores mediante un recurso antiguo: desprestigiar al enemigo por todos los medios posibles para esmerilar su autoridad y poder.
Así, como un espejo del presente, el pasado local discurría en “trascendidos” tan filosos durante la Revolución de Mayo como hoy, aunque entonces sin redes sociales. Unos impresos muy efectivos –los periódicos de entonces– irradiaban la información, cierta o no, que se comentaba de boca en boca con consecuencias fácticas en la esfera política. Entre esas huellas, la autora encontró nuestras propias noticias falsas posvirreinales, verdaderas fake news, armas ya vigentes en estas tierras antes de que, como tantas otras cosas, se las nombrase en inglés.
Bragoni detalla en esas páginas la propalación de una ofensiva comunicacional contra los gobiernos de Juan Martín de Pueyrredón y de Bernardo O’Higgins, en Chile. La red de opositores organizados montó, desde Montevideo, un entramado de circulación de textos destinados a minar la reputación de los revolucionarios que habían accedido al poder, incluyendo -y enfatizando- ataques contra San Martín. El libro incluye un buen respaldo documental e ilustraciones de época que sorprenden, como la de tapa: una caricatura de 1820 ridiculizando la figura del Padre de la Patria.
Conspiraciones, señala Beatriz, es hijo de sus dos biografías anteriores dedicadas, respectivamente, a dos grandes antagonistas: José Miguel Carrera. Un revolucionario chileno en el Río de la Plata (2012) y San Martín. Una biografía política del Libertador (2019). El nuevo trabajo propone una relectura documental a partir de los “papeles” (periódicos) circulantes de época: El Censor (1815-1819), El Duende de Santiago (1818), El Independiente del Sud (1818), El Hurón (1818), El Eco de los Andes (1824), La Gaceta de Buenos Aires (1817-1819) y la Imprenta Federal (1818-1820). Su lectura del contrapunto entre dos fuerzas internas independentistas –dos bandos que se acusan, censuran y matan mutuamente– funciona casi como antesala de la guerra civil que sobrevendría en las siguientes décadas.
El libro reconstruye el período marcado por el cisma del sector patriota en la gestión del poder, la lucha por controlar la opinión y el relato, y la manipulación del sistema normativo y judicial para castigar o exterminar opositores. Lo expone a través de la “guerra de plumas” (así se dio en llamar históricamente) entre el sistema de información oficial y el clandestino, que carcomió la estabilidad del gobierno de las Provincias Unidas, llevándolo a su colapso entre 1819 y 1820.
“La creación de sentido sucede en la calle y en los libros. La formación de la opinión pública sucede en los mercados y en las tabernas, lo mismo que en las sociétés de pensée”, señala el epígrafe introductorio de Conspiraciones, apelando a un textual de Robert Darnton, reconocido investigador estadounidense, cuya afirmación aplica bien a los días germinales de nuestro Estado.
-Para dar contexto a las tempranas fake news que usted desarrolla en el libro, ¿cuál era el campo donde se esparcían? ¿Qué cosa era exactamente la opinión pública en la sociedad rioplatense de principios del siglo XIX? ¿Quiénes la conformaban?
-Habría que empezar por hablar de quienes producían la información. Es decir, los letrados, los llamados publicistas o “escritores públicos”, que publicaban periódicos generalmente vendidos por suscripción, aunque sería un error suponer que estos influenciaban solo a quienes los leían: en una sociedad abrumadoramente analfabeta, se leía en voz alta en las pulperías y eso se comentaba, se transmitía oralmente en rumores que terminaban conformando una opinión pública. Los autores tenían un rol muy importante, porque no solo ponían en marcha estas voces a favor del curso revolucionario, sino que también utilizaban esos llamados “papeles públicos” para difundir noticias, actos de gobierno, novedades provenientes de otros rincones revolucionarios, los triunfos o las derrotas en los campos de batalla…
-O sea que también había una forma de propaganda para-oficial…
-Es que para los gobiernos la opinión pública empieza a funcionar como una instancia de legitimación del poder revolucionario. A su vez, en ese marco, los autores opositores fisuran la pretensión gubernamental de unanimidad. No en vano, desde su inicio, el gobierno de las Provincias Unidas reglamentó una libertad de expresión o “libertad de imprenta”, entendida en términos de moderación, de prudencia. Por eso también, muy tempranamente, en 1811, se reglamenta una comisión que es la que va a regimentar el curso de esos textos.
-Usted menciona el rol de la Iglesia en respaldo a los revolucionarios…
-Sí, pero no orgánicamente. Parte de los eclesiásticos tomaron partido y tuvieron un rol predominante en la inteligencia revolucionaria, en difundir y alentar lo que se llamó en su momento “el sagrado sistema de la libertad”, expresión de época que utilizan los curas, asociada a los preceptos liberales, a la libertad civil, a la emancipación. Lo hacían los sacerdotes desde el púlpito en misa, o los capellanes de los ejércitos en campaña. No es un tema que viene centralizado desde Roma, sino que el personal eclesiástico queda envuelto en la mayoría revolucionaria y, en algunos casos, se convierte en actor protagónico, especialmente en el Río de la Plata.
-¿Entre quiénes necesitaba legitimarse ese gobierno revolucionario y joven? ¿Propietarios, comerciantes, artesanos?
-Todos eran receptores válidos, porque lo que está de por medio son estos pueblos que han reasumido la soberanía con la pretensión de realizar una comunidad política. La revolución acelera un tiempo histórico que contribuye a la politización y a la movilización social, porque está de por medio la guerra. Entonces, la política ha afectado la vida cotidiana de las personas.
-El libro habla del rol censor de los revolucionarios…
-Sí, para con sus detractores, que buscan instalar fake news críticas contra San Martín u O’Higgins. Hay entre ellos una “guerra de papeles”. Y esto se hace visible, por ejemplo, cuando Pueyrredón clausura periódicos y expulsa a distintos editores y tipógrafos de Buenos Aires. La preocupación es grande porque, además, la prensa porteña es recogida por otros diarios: de Lima, pero también de Baltimore y de Londres. Las noticias trascendían la dimensión local y alcanzaban ciudades donde la revolución en el Río de la Plata era muy observada, en paralelo al contexto adverso de Europa. En cierto punto, las revoluciones de Chile y del Río de la Plata son las únicas que han sobrevivido a la reacción, hasta que Bolívar se suma con nuevos triunfos militares y el escenario sudamericano se convierte en un foco de atracción importante para la conversación pública occidental. Así, la gestión diplomática para el montaje de una monarquía constitucional tiene que ver también con obtener el reconocimiento de la independencia por parte de España y del concierto internacional.
-Una interna absoluta entre independentistas…
-Claro, ese fenómeno atañe a toda la América hispana en insurrección, que está bregando por conquistar las almas, como se decía en su momento, a través de la pluma y la palabra, además de las armas para la emancipación. La pretensión del sistema de información oficial, del gobierno de las Provincias Unidas con Pueyrredón a la cabeza, es monopolizar la narrativa gubernamental-revolucionaria. Pero la política de propaganda clandestina, dinamizada por los desplazados del poder, por ejemplo los hermanos chilenos José Miguel, Juan José y Luis Carrera, que San Martín llama “monstruos” y acabarán fusilados, impulsa una serie de denuncias contra el gobierno de Pueyrredón y el de O’Higgins acusándolos especialmente de querer erigir una monarquía constitucional, que era una idea compartida por San Martín, Manuel Belgrano y muchos otros.
-Lo cual ya no es una falsedad, porque esa era una voluntad hoy confirmada por los historiadores.
-Exacto, pero la expresión “noticia falsa” es la que usa Pueyrredón justamente para desacreditar las versiones que están siendo difundidas desde Montevideo, entre las cuales está la caricatura de San Martín (ilustración de tapa de Conspiraciones) con una corona que se le escapa, como si su intención fuese coronarse rey él mismo. Aunque claro que la gestión diplomática para el montaje de la monarquía constitucional existió y tenía que ver también con la negociación por obtener el reconocimiento de la independencia en Europa. Pero, aun así, en esa opinión pública local, una cosa era que se debatieran los eventuales beneficios de la monarquía y otra muy distinta era traer un príncipe europeo a gobernarnos, que era una posibilidad cierta considerada por el poder revolucionario en ese momento. Esto no caía bien en el humor popular; era difícil de entender por qué coronar a un rey cuando se habían sacado de encima a otro. El tema monárquico instala un dilema que los conspiradores utilizan con mucha agudeza para interferir y quebrar la vocación unanimista del Directorio.
-Su libro toca el rol de las mujeres en la trama de estos conflictos y en particular en la circulación de información…
-Hubo muchas mujeres involucradas. Javiera Carrera, hermana de José Miguel, es una de las principales conspiradoras en favor de los suyos, enfrentada a O’Higgins. Hay otras historias interesantes, de aquellas mujeres que ofician de espías en Buenos Aires para conectar desde Montevideo. Está también Melchora Sarratea, por ejemplo, que visita en las celdas a los conspiradores llevando mensajes e instrucciones ocultas. Las mujeres en estas internas revolucionarias eran engranajes irremplazables, piezas de un juego en función de sus capacidades o influencias.
-Usted accedió a archivos de la prensa estadounidense e inglesa de la época para reconstruir el período. ¿Qué la sorprendió?
-Una cuestión bastante atractiva es ver cómo se replicaban las noticias revolucionarias al otro lado del océano y la atención que se prestaba a la situación en el Río de la Plata en diferentes papeles públicos de Londres. Puede que esto ocurriese en gran parte por intereses mercantiles, pero también les importaba mucho saber qué fórmula gubernamental irían a adoptar las nuevas naciones: si por la república o por un rey.
-¿Cuándo entrevió que la “guerra de papeles” merecía un libro?
-A partir de entender lo que había implicado en la vida política de cada uno de los personajes involucrados. En Carrera, porque la guerra de plumas constituye la herramienta que él practica desde la marginalidad del poder en Chile, tras el frustrado intento de aportar la escuadrilla naval que había contratado en Estados Unidos para mostrar músculo propio en la guerra contra el dominio colonial. Esa derrota lo llevó al campo de la palabra escrita, junto con otros desterrados por el gobierno de Pueyrredón. Y en San Martín, porque le preocupaba el impacto que tenían las denuncias de esos publicistas de Montevideo que llegaban a Chile y corroían la cohesión del ejército, como quedó demostrado en Cancha Rayada. De hecho, él quiso responder un manifiesto de Carrera con otro manifiesto. Pero lo dejó inconcluso, aunque guardó el borrador, que hoy está en el Archivo Mitre.
-Más allá de la gesta libertadora ¿qué análisis hace usted de la figura sanmartiniana?
-Hay una lectura lineal y consagrada del héroe que es parte de una mitología nacional a la cual han contribuido distintos cronistas e historiadores, pasando por Bartolomé Mitre, Ricardo Rojas, José Pacífico Otero, entre otros. Pero San Martín sabía, como hombre del siglo XIX, que la historia lo iba a juzgar, y le importaba la reputación patriótica: el juicio de la posteridad. Hay un proceso, con su participación incluida, de esculpir la imagen de San Martín echando un manto de olvido sobre sus desaciertos y exaltando sus virtudes. Esa interpretación cuaja durante el ostracismo voluntario, es decir, desde el momento en que abandona el teatro de guerra, y alcanza su punto máximo cuando sus restos son repatriados desde Francia, en 1880. Allí, el legado de San Martín queda anclado en el nacionalismo liberal, en tanto expresa la consagración del héroe republicano subordinado al poder civil.
-¿Eso cambia después?
-Sí, en el siglo XX esa imagen va a ser reemplazada por el nacionalismo militar y entonces San Martín va a quedar anclado como un punto fijo capaz de interpelar a cualquier arco ideológico. En esa imagen prevalecen sus destrezas para organizar el ejército y las campañas a Chile y el Perú, y la prioridad que dio al sistema de unidad para afianzar la independencia en detrimento de las libertades públicas o las revoluciones populares. Más de una vez, él mismo confesó su profunda desconfianza en los desbordes o tumultos, porque creía que afectaban la estabilidad de la independencia americana y podrían ser causa de grandes desgracias; de allí que considerara a la monarquía constitucional el artefacto más favorable para fundar las bases de los nuevos estados, advirtiendo que los formatos republicanos y federales contribuían a la lucha entre facciones o partidos.
-Un revolucionario que quiere el orden… ¿Quizá por eso fue el prócer preferido de Perón?
-Por supuesto. Perón era un gran admirador de San Martín. Y no puso en cuestión la historiografía clásica. De hecho, a partir de 1943, las Fuerzas Armadas tienen un rol central en la petrificación de la imagen sanmartiniana. Cuando se nacionalizaron los ferrocarriles ¿qué nombres les pusieron? Mitre, Belgrano, San Martín, Roca. Luego, en 1950, cuando se cumplió el centenario de la muerte del Libertador, Perón impulsó una serie de homenajes que parecían hechos a su medida, porque estaba justo en campaña electoral, de cara a las elecciones de 1951. El régimen peronista llevó a la apoteosis el culto sanmartiniano.
Historiadora y docenteBeatriz Bragoni es doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, profesora en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cuyo, investigadora principal del Conicet y miembro de la Academia Nacional de la Historia.
Realizó estudios posdoctorales en la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París.
Entre otros libros, ha publicado El sistema federal argentino. Debates y coyunturas, 1860-1900 (Edhasa, 2015) en colaboración con Paula Alonso, y San Martín. Una biografía política del Libertador (Edhasa, 2019).
Su libro Los hijos de la revolución. Familia, negocios y poder en la Mendoza del siglo XIX recibió el Premio Academia Nacional de la Historia.
Acaba de publicar Conspiraciones. Noticias falsas y justicia revolucionaria en el origen de la Argentina (Edhasa).