Era 1976, cuenta José Emilio Burucúa. Pocos de quienes lo escuchan en el auditorio del Museo de Arte Moderno tienen idea de su exilio interno a Tierra del Fuego, entonces todavía sin estatus de provincia. El extremo sur del mapa como para irse y a la vez quedarse (como Spinetta en “Quedándote o Yéndote” o The Clash en “Should I Stay or Should I go”, ambas de 1982) en el país y el mayor invierno posible en el peor invierno de la Argentina del siglo XX.
Burucúa es un erudito alt schule desapegado a la escuela del YO que se desparrama como una mancha y pone por delante la experiencia personal ya en la literatura, la investigación periodística y hasta, lo impensado, la producción académica. Aquí se arriesga una hipótesis bonsai: acaso un efecto colateral de las tecnologías del yo o las plataformas de expresión (Eric Sadin). Lo que cuenta lo cuenta en la presentación de una nueva e impecable edición de Antiestética, el primer título de la biblioteca (¿arca?) de Noé, el más prolífico y certero de los pintores-escritores. Y dada la cercanía sentimental con el objeto, es lógico que Burucúa recurra al registro testimonial pues lo otro, su asombroso mapeo, ha sido volcado en el prólogo que le da a esta edición 2026 (todavía) más luz que la original y posteriores reediciones.
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Si lo que cuenta Burucúa no hubiera sucedido habría, pues, que inventarlo (ficción, o sea). En su llegada a Tierra del Fuego, el profesor se somete a una revisión de su equipaje en el que, como sucedía entonces, un libro podía ser más peligroso que una bomba. Hay que imaginarse al gendarme o prefecto que tomó entre sus manos el ejemplar de Antiestética (edición Van Riel o De la Flor) y arqueó sus cejas ante la tapa diseñada por Juan Carlos Distéfano, entonces a cargo del departamento de Diseño Gráfico del Di Tella. Una ilustración de George Roux para Los Hermanos Kip de Julio Verne publicada en 1902 a la que Distéfano intervino (en un gesto de arte vandálico, punk) con una cruz roja que oblitera la imagen de quienes presuponemos detectives. Ni el texto de Yuyo (cuya obra no para de crecer aún después de su muerte en 2025) ni el diseño duchampiano de Distéfano fueron concebidos como mecanismos estáticos, estériles, sino que la coyuntura del país los ha ido, también, reeditando.
Entonces, el gendarme o prefecto frente a Burucúa y su libro de sospechosa apariencia. El interrogatorio, tal como lo va contando con gracia Burucúa, parece un desvío de aquella canción de José Luis Perales llena de preguntas (“¿Y cómo es él?”, 1982). ¿Qué es este libro? ¿Parece subversivo? ¿Lo es? Las respuestas eran difíciles y Burucúa hizo lo que pudo.
Explicó primero que era un libro de Historia del Arte y después que sí, que bueno, que sólo desde el punto de vista de la Historia del Arte, y que sólo así, bueno, quizás, podía ser “subversivo”. Pero Burucúa le explicó muchas otras cosas al gendarme o prefecto sobre Antiestética, cosas que quizás no podía entender, pero para las que el profesor en el exilio interno ofició de Chat GPT de cuerpo y alma. Aquel gendarme o prefecto destinado al frío por razones opuestas pero también coincidentes a las de Burucúa fue beneficiado por la ausencia de las tecnologías del siglo XXI. Hoy, le hubiera alcanzado con preguntarle a su smartphone en modo IA ¿Es Antiestética de Luis Felipe Noé un libro subversivo? Y hubiera tenido esta respuesta: “Sí, Antiestética (1965) de Luis Felipe Noé es considerado un libro profundamente subversivo dentro de la teoría del arte. Rompió drásticamente con los cánones académicos y las nociones tradicionales de belleza, orden y unidad vigentes en su época”.
En cambio, tuvo una clase express en la que tuvo que fijar en su mente palabras que le eran ajenas como “fauvismo”. Y la experiencia de ser, por unos pocos minutos, un estudiante de Historia del Arte uniformado escuchando y vigilando a su humilde profesor. Un privilegiado del aparato represor, se diría. Burucúa y el libro con la tapa de apariencia “subversiva” pasaron la prueba. El ejemplar original del profesor siguió con él hasta hoy, 2026, medio siglo después cuando le tocó prologar la nueva edición y contar esto que se está volviendo a contar ahora.
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Distéfano se llevó para siempre el misterio de la tapa, el ready made sobre una ilustración del tal George Roux (cuya autoría fue desconocida para los lectores hasta que Lorena Alfonso y Emmanuel Orezzo pusieron manos a la obra en esta edición). ¿Por qué no obliterar con la cruz roja vandálica una imagen clásica, canónica del arte? Si nos atenemos a la fuente original, la novela por entregas de Verne, una de sus menos transitadas, casi olvidada, resulta más atinente con lo que le esperaba a la Argentina. En Los Hermanos Kip, Verne se ocupa de ficcionar un caso de abuso policial de la época para contrabandear en las páginas del muy popular Magasin d’Education et de Récréation, la causa de los “fenianos”, el nombre con el que se dieron en llamar los irlandeses que se rebelaron contra la opresión victoriana desde 1850. FENIAN (2026) es también el nombre del último álbum de Kneecap, un grupo norirlandés de hip hop acusado por la fiscalía inglesa de “terrorismo” y sobreseído al fin en 2025 ya que la única bomba que traían era musical. Yuyos, nomás, invadiendo el cuidado y armónico jardín inglés. Antiestéticos, por cierto.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/cultura/big-yuyo-ninguna-maleza-nacio-para-ser-jardin-nid16082026/