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Con un ala rota, enferma y sus días contados, una inesperada compañía le devolvió las ganas de vivir: “Se acostaba al lado y ronroneaba”

Esa tarde, el viento frío en el barrio de Belgrano anunciaba la llegada de una lluvia imprevista de septiembre. A paso acelerado, con ganas de llegar a casa tras una jornada de trabajo intensa, la...

Esa tarde, el viento frío en el barrio de Belgrano anunciaba la llegada de una lluvia imprevista de septiembre. A paso acelerado, con ganas de llegar a casa tras una jornada de trabajo intensa, la joven pudo divisar una figura pequeña al borde del cordón de la vereda que interrumpió su marcha.

Acurrucada, con las plumas infladas, los ojos entrecerrados y el cuello torcido, una paloma urbana sobrevivía ante la mirada indiferente de los que pasaban por el lugar. “Me acerqué y ni siquiera reaccionó”, recuerda Agustina Coronel. Sin dudarlo, y consciente de que en esas situaciones la inacción equivale a una sentencia, resguardó al ave en una caja que consiguió en un local de la cuadra.

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Aquella misma tarde comenzó el raid veterinario. Se trataba de un macho de paloma urbana adulta con un ala fracturada, desnutrición severa y signos neurológicos evidentes. Tras un primer vendaje, fue bautizado como Vento —alias Venti—. “En casa, la rutina requirió brindarle calor constante y alimentarlo con jeringa. La debilidad y el ladeo de su cabeza le impedían comer por sus propios medios”.

Al cabo de tres días sin evolución favorable, la consulta con la médica veterinaria Rosana Mattiello, especialista en aves, trajo el diagnóstico definitivo: Paramixovirus tipo 1. Esta enfermedad vírica, que ataca el sistema nervioso de las palomas y provoca desorientación, temblores y ataxia, suele terminar en eutanasia o muerte por inanición. Aunque no se transmite a los humanos, deja severas secuelas en el ave.

“¿Sufre? ¿Tiene chances de vivir?“, le preguntó Agustina a la veterinaria que estaba llevando el caso. El pronóstico era reservado. ”Va a requerir asistencia para comer durante meses —quizás de por vida—. Sumado a la fractura de su ala izquierda, la posibilidad de volver a volar y ser liberado es prácticamente nula", le dijo la experta con firmeza.

Lejos de bajar los brazos, la convivencia de Agustina con la paloma se transformó en un aprendizaje constante. Para reducir el estrés, la alimentación pasó a realizarse mediante sonda, un proceso rápido que permitía administrarle nutrientes, vitaminas y medicamentos dos o tres veces al día.

“Durante ese período, Gaia, una de las gatas de mi casa, lo acompañaba siempre. Yo se lo permitía porque ella era muy delicada con él, le ronroneaba y se acostaba al lado. De todos modos, las interacciones siempre se dieron bajo mi supervisión. Además, esto no era contraproducente para Venti porque ya estaba confirmado que no sería una paloma liberable”.

Pese a que Venti siempre tuvo a disposición bols con agua y un mix seco de cereales, legumbres y semillas, el milagro de la autonomía tardó medio año en llegar.

“Un día, cuando lo estaba por medicar, lo encontré intentando tomar agua. La felicidad fue total. Se me ocurrió ponerle la papilla que le preparaba un tanto más líquida en otro recipiente para ver si lo agarraba. Y así fue. De esa forma y contra todos los pronósticos, Venti empezó a alimentarse solo”.

“La paloma Columba livia, comúnmente llamada paloma doméstica o paloma urbana es una ave muy sensible y a la vez de una personalidad muy fuerte”, explica Clara Correa, fundadora de la Asociación Civil de Ayuda a las Aves Pájaros Caídos. ”Llegaron a América en los barcos, con los inmigrantes. Dicen los expertos que esa travesía imprimió en su ADN una resiliencia única en la especie que les permitió sobrevivir, a lo largo de los años, en las grandes ciudades. La historia de Venti es un ejemplo de fortaleza, resiliencia y sensibilidad y de que aún las enfermedades y contingencias más difíciles pueden ser sorteadas con amor y dedicación", asegura la presidenta de la Asociación que, a través de su página de Facebook, brinda ayuda y orientación en urgencias con aves heridas, enfermas o bien para conocer como alimentarlas, cuidarlas o reinsertarlas en su hábitat natural.

Hoy, a cuatro años de aquel rescate, Venti come por su cuenta, se acicala, toma sol extendiendo las patas y canta. Aunque sus secuelas le impiden regresar a la naturaleza, aletea con fuerza logrando despegar unos centímetros del suelo. “Con su ternura y su resiliencia, me enseña todos los días que nunca es demasiado tarde para intentarlo, y que sobre todo, siempre vale la pena involucrarse”.

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Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/con-un-ala-rota-enferma-y-sus-dias-contados-una-inesperada-compania-le-devolvio-las-ganas-de-vivir-nid20082026/

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