Crecen entre violencia y abandono, terminan en el delito: quiénes buscan cambiar sus historias tras las rejas
NIÑOS ROTOS Fuera de la escuela, crecen rodeados de hostilidad y pueden terminar privados de su libertad por cometer delitos; cómo evitar la reincidencia y trabajar en preven...
NIÑOS ROTOS Fuera de la escuela, crecen rodeados de hostilidad y pueden terminar privados de su libertad por cometer delitos; cómo evitar la reincidencia y trabajar en prevención de cara al futuro
Texto de Micaela Urdinez
10 de octubre de 2026
Es un martes de septiembre y a Francisco Giménez le duelen los dedos por haber estado todo el día cosiendo pelotas de fútbol en una fábrica. Son las 17.40 cuando se sube a la bici en una vereda de la ciudad de Trenque Lauquen. No tiene mucho tiempo y empieza a pedalear con fuerza los casi 10 kilómetros que tiene por delante. “No puedo llegar tarde”, se repite este hombre de 37 años. Cruza la ruta. La recta de tierra indica que falta poco. Le quedan solo tres minutos y sabe que puede haber consecuencias si no cumple con el horario. Hace el esfuerzo final y a lo lejos divisa el edificio, el techo a dos aguas de la entrada. Llega, se baja de la bici y a las 18 en punto se acerca con su DNI a la garita. Una oficial del Servicio Penitenciario de la Unidad 20 le toma sus datos y lo deja ingresar a ese lugar en el que, hace más de cuatro años, está cumpliendo una condena.
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En el marco de su visita a la Argentina del mes que viene, el papa León XVI decidió poner en su agenda (y en la pública) a dos grupos sociales: las personas con discapacidad y las que están privadas de su libertad. Está previsto que el 9 de noviembre recorra el Cottolengo de Don Orione y que, dos días más tarde, se reúna en la cárcel de Devoto con un grupo reducido de internos. Podría haber optado por ir a otros lugares, pero eligió estar presente en estos ámbitos, que son significativos para el Gobierno: Javier Milei viene recibiendo fuertes cuestionamientos por los recortes en el área de discapacidad y el Congreso aprobó este año la ley que baja la edad de imputabilidad de 16 a 14 años. En más de una oportunidad, el Pontífice hizo mención a la situación de las personas encarceladas, en línea con su antecesor Francisco, que siempre enfatizó la dignidad humana por encima de los errores y se pronunció en contra de la “cultura del descarte”. El 14 de diciembre de 2025, en la Basílica de San Pedro, durante su homilía, León XVI señaló: “La justicia es siempre un proceso de reparación y reconciliación”. También destacó desafíos pendientes del sistema penitenciario como el hacinamiento y las limitaciones en los programas educativos y laborales. Puso además el acento en la necesidad de un acompañamiento personal: “No olvidemos el peso del pasado, las heridas que hay que curar en el cuerpo y en el corazón, las desilusiones, la infinita paciencia que se necesita, consigo mismo y con los demás, cuando se emprenden caminos de conversión, y la tentación de rendirse o de no perdonar más”.
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Coser para ir sanando. Francisco Giménez tiene 37 años y hace cuatro que está cumpliendo una condena en la Unidad 20 de Trenque Lauquen; allí, conoció a la cooperativa de inclusión laboral El Pase; de lunes a sábado, trabaja en una fábrica de pelotas, donde dice que aprendió a gestionar las emocionesUn cuerpo vivo que no para de crecer, eso parecería reflejar el sistema penitenciario en la Argentina. Eso dicen los últimos datos de 2024 del Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena (Sneep) que muestran un pico de 120.700 personas privadas de su libertad (el número aumentó un 70% de 2010 a 2022), de las que casi la mitad se encuentra en establecimientos de la provincia de Buenos Aires. La discusión sobre el funcionamiento carcelario se reactualiza, sobre todo al repasar las cifras de la delincuencia. Las estadísticas criminales de 2025 elaboradas por el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC), reportaron 1.954.024 hechos en el país, de los cuales 369.239 fueron robos y 308.523, hurtos. Para ese mismo período, la tasa de homicidios dolosos fue del 3,6 cada 100.000 habitantes, contabilizando 1613 delitos. Ante este escenario, existen instituciones y referentes en nuestro país que eligen poner el acento en la prevención y mirar el problema desde el germen: la infancia de los chicos en conflicto con la ley. Al contabilizar la reincidencia legal bajo las pautas del Código Penal, los registros oficiales históricos rondan entre un 17% y un 26% de la población penal condenada. ¿Cuál es la mejor estrategia para reducir el delito? ¿Cómo evitar que más adolescentes terminen encerrados? ¿Qué efectos tiene la cárcel en ellos? Son algunas de las preguntas que se hacen organizaciones sociales, jueces, defensores y personas que acompañan a jóvenes y adultos privados de su libertad, que creen que los recursos del Estado tienen que orientarse a sostener mejor esas infancias. “En vez de construir más cárceles, construyamos más escuelas”, dicen. La educación aparece como una estrategia fundamental para que el único camino posible no sea la calle, después las drogas y más tarde la delincuencia.
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“Nosotros no apoyamos la impunidad ni romantizamos el delito. Pero creemos que el odio solo profundiza la violencia y que se puede tener otra mirada”, dice Diana Márquez, coordinadora nacional de Víctimas por la Paz, una entidad que nació hace más de 10 años, integrada por personas que sufrieron las consecuencias de hechos delictivos y están a favor de una justicia restaurativa y de la integración. “La venganza es interminable, no nos da paz ni tampoco convivencia. Yo espero que esas personas que van a volver a la sociedad vuelvan como un vecino, y que sea un vecino al que yo no le tenga miedo”, afirma Márquez . Uno de los proyectos que apoyan es la cooperativa de trabajo Liberté que funciona en la Unidad N°15 de Batán, una comunidad de más de 200 miembros integrada por personas privadas de la libertad, expresos, víctimas de delito y ciudadanos comunes. Gestionan la huerta, hacen carpintería y cocina, cuentan con espacios deportivos y tienen diplomaturas en convenio con la Universidad de Mar del Plata. “Tratamos de estar constantemente en diálogo con la educación, con el deporte y con el trabajo. Y ahí cambia todo. Las personas pasan un año por este espacio y tenemos 0% de reincidencia”, agrega Márquez. Si tuviera que hacer un perfil de las personas privadas de su libertad, Márquez menciona cuatro aspectos: son de bajos recursos, no tienen educación, arrastran problemas familiares y están en situación de consumo. ¿Qué se puede hacer en al antes? Ella cree que la señal de alarma la tendría que dar la escuela, pero que en la actualidad no cuenta con los dispositivos necesarios para ir a buscar a los alumnos que se caen del sistema. “Cuando la gente dice ‘que se pudran en la cárcel’ eso es lo que pasa y salen más podridos. Cuando hablamos de las puertas giratorias siempre abren para adentro de la cárcel porque el sistema penal es una picadora de carne”, concluye.
Aprender tras las rejas. La cooperativa de trabajo Liberté (que recibe el apoyo de Víctimas por la Paz) funciona en la Unidad N°15 de Batán con más de 200 miembros, entre personas privadas de su libertad, expresos, víctimas de delito y ciudadanos comunes; los internos gestionan la huerta, hacen carpintería y cocina; tienen además diplomaturas en convenio con la Universidad de Mar del Plata
“Los ves tan quebrados, tan hijos del desamor. Venían de lugares de muchísima precariedad, no tenían contención familiar. Si no se revierten esas historias, terminan presos. No todos tenemos la misma suerte de nacer en un espacio con afecto”Martín Herrero, Fundador de El Pase
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“Mi mamá trabajaba todo el día. A la noche, nos dejaban dentro de un autito y se iba al basurero a cielo abierto a revisar las bolsas para sacar ropa. Se quedaba a la madrugada lavándola para mandarnos al otro día al colegio”, recuerda Francisco sobre su infancia en América, un pueblo bonaerense. Hoy, forma parte del régimen abierto de la Unidad Penitenciaria N° 20 de Trenque Lauquen. Comparte una casa con nueve internos y, entre todos, se organizan para limpiar, cocinar y hacer las tareas domésticas en una instancia previa a la libertad. De lunes a sábado, trabaja en El Pase, una cooperativa social de inclusión laboral que capacita a personas privadas de su libertad en la última etapa de su condena a través de la fabricación de pelotas artesanales. Por momentos se quiebra, como ese nene que a los 9 años empezó a alcanzarle baldes de cemento a su papá en las obras y, a los 13, ya salía a trabajar. Cuando algunas imágenes vuelven a su cabeza, el cuerpo se le estremece: él corriendo de su casa para evitar los golpes o consumiendo sin parar para soportar la desolación. “La mejor manera de corregir a un hijo es con amor. No es agarrar un cinto, un cable o un palo. El castigo físico se queda inculcado en uno y, sin darse cuenta, lo naturaliza. Yo he tenido mis errores y lo voy a reconocer”, dice. En su casa se respiraba violencia y la escuela no era un refugio. La había dejado. Empezó inhalando nafta, después vino el consumo de alcohol y de marihuana. A los 16 años probó la cocaína. -¿Por qué crees que empezaste a consumir? -Llegó un punto en el que ninguna anestesia tapaba el gran dolor que tenía. Me quise matar muchas veces tomando cocaína y no lo pude lograr. Al final, caí preso por venta de estupefacientes. -¿Cómo describirías lo que sucede en El Pase? -En cada costura que vas haciendo vas desarmando un pedacito de tu vida y la volvés a construir sanamente, con paciencia. Te empezás a dar cuenta de que el responsable de estar en este lugar sos vos y te hacés cargo de tus errores. Otra cosa que me enseñaron acá es a gestionar las emociones. Está contento. Le acaban de avisar que en unas semanas le van a dar el diploma de la secundaria que terminó estando preso. La libertad también está cerca. Durante el proceso, tuvo altibajos: se enojó, lloró, habló mucho. Hoy asegura que pedir disculpas lo sana, que se arrepiente de muchas malas decisiones que tomó en su vida y que la droga está cada vez más lejos porque ya no la necesita. “Yo no sabía quién era. Hoy me estoy conociendo y gracias a Dios que me conocí, porque mirá lo que me estaba perdiendo. ¡Qué hermoso que soy!”, afirma.
”Me quise matar muchas veces”. En su casa se respiraba violencia y abandonó la escuela: siempre sintió que no estaba a la altura, que no podía; hoy, Francisco está completando la secundaria mientras cumple su condena y sueña con mostrarle ese diploma a su mamá
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Si se piensa a la escuela no solo como un lugar de aprendizaje sino también como espacio de sociabilización, en el que hay adultos que pueden detectar si los alumnos tienen golpes, si comieron, si llegan a horario o faltan, las consecuencias de la deserción se agravan. A nivel nacional, el 62% de los internos tienen apenas un nivel de instrucción primario, el 36% alcanzó el secundario y solo el 2% llegó a cursar un terciario o a la universidad. El informe Condiciones de vida en la cárcel. Resultados de la encuesta de detenidos condenados realizado a fines de 2015 por el Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia (CELIV) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, trae algo de luz sobre algunos puntos que no reporta el Sneep. En base a los testimonios de los internos, logró una radiografía de la iniciación prematura en adicciones: más de un tercio creció en hogares donde el consumo de drogas y/o alcohol era una práctica habitual; los menores de 29 años probaron por primera vez marihuana e inhalantes a los 14 y pastillas o pasta base a los 16. Además, en los meses previos a ser detenidos más de la mitad consumía a diario marihuana, pasta base y/o cocaína y el 30% ingería pastillas.
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”Éramos víctimas de un matrimonio roto”. Jorge Coronel se crió con un padre alcohólico y una madre que lo golpeaba; en cuanto pudo, abandonó su casa, pero en la calle cayó en las drogas y empezó a delinquir; estuvo preso cinco años y gracias a la religión pudo ponerse en contacto con el niño roto que fue, dejar las drogas y perdonar a sus padres“Yo no avalo que un pibe de 12 años te pueda matar. Sí creo que en algunas ocasiones puede terminar robando para consumir. Hay un vacío que uno necesita llenar y terminás preso por eso”, dice Jorge Coronel. Está nervioso. Se refriega las manos. Pide un vaso de agua. Sabe que va a ser difícil hablar de eso sobre lo que nunca pudo: una infancia traumática, los desbordes de su padre alcoholizado, los golpes de su madre, las drogas que aparecieron para comérselo vivo, las ganas de venganza, los errores. La charla dura alrededor de una hora y media y Jorge, de 32 años, ahonda en los cinco años en los que estuvo preso, en cómo su fé y la Iglesia Evangélica lo ayudaron a volver a ponerse de pie y en su presente con su mujer, sus tres hijos y su trabajo como recolector de basura en Pehuajó. De chico vivía con terror. Él era el mayor de cinco hermanos. Su papá tenía otra familia, a veces estaba, a veces no. Su mamá se lo reprochaba todo el tiempo y sus abuelos, que vivían a la vuelta de su casa, eran su refugio. -Éramos víctimas de un matrimonio roto. Muchas veces mi mamá se levantaba enojada y nosotros cobrábamos. “Cuando sea grande las cosas van a cambiar”, pensaba yo. Y en la adolescencia, cuando agarré la calle, las cosas cambiaron. -¿Qué encontraste en la calle? -La libertad que no podía tener en mi casa. A los 12 años me fui pegándole a mi madre porque le estaba pegando a mi hermano. Mis papás ya se habían separado y me fui a vivir con él y su otra familia. Con un hermano de la otra mujer empezamos a caminar la calle y a hacer cosas que muchas veces no debíamos hacer. -¿Cómo qué? ¿Con qué se arranca? -Robando. Al principio, cosas chicas como una bicicleta o en obras en construcción. Un día probé la cocaína y desde ese día nunca frené. A los 16 años perdió a su abuelo, la única referencia amorosa que tenía, y también tuvo a su primer hijo. Intentó dejar la cocaína, pero siempre volvía a caer. Empezó a vender drogas. A los 23, fue detenido. Un día, tras haber consumido pastillas y sin plata, fue con su hermano a robar en un negocio. Los agarraron y estuvo cinco años en prisión. “Muchas veces decía que si alguien le daba droga a mi hijo yo lo mataba. Pero el que manejaba la droga dentro de mi casa era yo y mi hijo ya tenía 14 años. La droga la iba a agarrar de mi propia mano. No veía que el que estaba matando tal vez a mi hijo era yo”, reflexiona hoy, con cuatro hijos. El punto de inflexión en su vida fue el contacto con la Iglesia Evangélica, algo lo conmovió de su mensaje, algo lo tocó en lo profundo y logró dejar de consumir. “En la cárcel hay vidas más destrozadas que la mía. Yo encontré al Señor y ahí me puse a ver mi profundidad, o sea, a ver a ese niño que estaba roto para que fuera libre. Porque si ese niño seguía así, yo iba a seguir dañando con acciones”, concluye.
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Antes de ingresar a una cárcel, Martín Herrero no pensaba en las personas que estaban presas porque ese mundo estaba lejos para él, un hombre de clase media que tenía una empresa de aberturas en Trenque Lauquen. Pero cuando empezó a colaborar en un hogar de chicos menores con problemas penales se encontró con infancias rotas, historias de abandono y de abusos. “Los ves tan quebrados, tan hijos del desamor. Venían de lugares de muchísima precariedad, no tenían contención familiar. Si no se revierten esas historias, terminan presos. No todos tenemos la misma suerte de nacer en un espacio con afecto”, dice Herrero, que después de varios años trabajando con la pastoral carcelaria, fundó la cooperativa El Pase en 2015. Por allí, ya pasaron alrededor de 164 internos que además de aprender a hacer pelotas de fútbol, recibieron contención y encontraron un espacio para armar un proyecto de vida afuera. “A mí muchas veces me dicen, ‘vos estás loco, acompañando a esa gente que no se lo merece’. Yo respondo: ‘Pensá que tal vez si esa persona sale de la misma manera puede volver a entrar en tu casa o pueda hacer algo que te pueda dañar. Si transita por El Pase, tal vez, cambie de rumbo’”, señala Herrero. Para él, el camino es el amor, la escucha, iniciar un proceso en el que ese joven pueda hacerse cargo de sus errores, reconocerlos, recuperar su autoestima y volver a conectar con un propósito. “¿Tenés que bajar la edad de imputabilidad? Yo no digo que no tenga que ser así. Pero la realidad es que para muchos la cárcel es una escuela de formación de delincuentes. El que entró robando una cartera hoy te puede robar un banco. Lo que tendríamos que hacer es ir al hueso de la emoción, del corazón, intentar reparar ese daño porque está probado que es el gesto de amor el que te transforma”, afirma.
Una oportunidad para cambiar el rumbo. Después de varios años trabajando con la pastoral carcelaria, Martín Herrero fundó la cooperativa El Pase en 2015; por allí, ya pasaron alrededor de 164 internos que además de aprender a hacer pelotas de fútbol, recibieron contención y encontraron un espacio para armar un proyecto de vida* * *
Roberto Conti es juez del Tribunal Criminal N°7 de Lomas de Zamora e impulsor de Pabellones Literarios, un programa del Ministerio de Justicia de la provincia de Buenos Aires, que incluye distintos talleres bajo una política de no violencia y de diálogo entre los internos. Hoy existen 140 pabellones en 55 dependencias carcelarias en los que viven alrededor de 10.000 personas privadas de su libertad. “Hay una criminalización de la pobreza porque tenés un montón de pibes detenidos que son pobres. Salen a laburar a la calle a muy temprana edad, en un medio totalmente hostil”, sostiene Conti, para quien la educación debería ser la prioridad, el paso que les permite abrir puertas a los chicos. A la deserción escolar, Conti suma que quienes terminan en el delito viven en barrios marginados, sin estructura de ningún tipo y que se crían en familias que están quebradas económica y anímicamente, en las que muchos de sus integrantes pasaron por contextos de encierro. -Una vez que ingresan al sistema penitenciario, ¿cuáles son los espacios que sirven para que ellos puedan armar un proyecto de vida y no reincidir? -Los vinculados con la educación porque hay un montón que no saben leer ni escribir. Y de repente encuentran su primer contacto con la lectura y la escritura en una unidad carcelaria. Y, después, espacios de capacitación para el medio libre. Para mí tendrían que existir unidades carcelarias productivas. -Otro desafío es cómo se reinsertan en la sociedad cuando recuperan la libertad, ¿no? -Sí, ahí todos sabemos que tienen una segunda condena que son los antecedentes. Por ejemplo, un pibe no puede sacar un carnet profesional si quiere ser camionero. Si quieren trabajar en seguridad, para hacer limpieza, para cortar el pasto o en la construcción en un barrio privado, no pueden entrar porque les piden antecedentes penales. Uber también te pide certificado de antecedentes penales si te querés dar de alta como conductor. Por eso yo estoy convencido de que hay que ir por los oficios.
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El poder transformador de las palabras. Pabellones Literarios es un programa que incluye talleres bajo una política de no violencia y de diálogo entre los internos; hoy, funcionan en 55 dependencias carcelarias en las que viven alrededor de 10.000 personas privadas de su libertad
La mitad de su antebrazo derecho está cubierto por el tatuaje de un revólver. Del cuello, le cuelga un diminuto rosario dorado. Bárbara Prusso nació en un barrio tranquilo de Chivilcoy, en el seno de una familia trabajadora: su mamá era peluquera y su papá, portero. A los 16 años dejó la escuela y se fue de su casa. Con una amiga, vendían rifas por Luján, San Pedro y terminaron anclando en Campana, donde empezó a robar en kioscos. “Ahí conocí a toda la mugre. Obvio, tomaba merca, pero nunca tuve problemas con la cocaína. Lo que más me duele es que podría haber hecho tanto con mi vida y no lo hice”, dice. La detuvieron en 2022, ya con dos hijos y un nieto. Es la primera vez que está presa y asegura que es la última. Hoy es la referente del Pabellón Literario N° 2 de la Unidad 47 del Complejo Penitenciario San Martín, ubicado en José León Suárez. “No hay que victimizarse. Hay que reconocer que la cagada nos la mandamos y dejamos un descontrol peor. Lo único que me importa es poder estar con mis hijos”, dice Bárbara, de 48 años. En 2025 perdió a su padre y no pudo ir al entierro. Desde que el pabellón 2 se convirtió en literario, no tuvo ninguna sanción por hechos de violencia. “Gracias a la literatura, aprendí a relacionarme con la gente de otra manera. Cuando llegué era más violenta, más brusca. Hoy me puedo hacer entender hablando. Es como que estoy haciendo una metamorfosis, que es una palabra que aprendí acá”, agrega esta mujer que espera recuperar pronto la libertad y volver a Chivilcoy con su familia.
Lejos de la cárcel.Ante el aumento del delito y de la cantidad de personas privadas de su libertad, en la Argentina existen referentes que eligen poner el acento en la prevención y mirar el problema desde el germen: la infancia de los chicos en conflicto con la ley. Acá algunos testimonios en primera persona.
Cómo colaborar:
Las personas que quieran colaborar para la construcción de un nuevo predio de El Pase pueden donar al alias elpase o comunicarse con Martín Herrero al +54 9 2392 49-4528
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Conocé másCréditos Edición visual Andrea Platón @aplaton Compartir Copyright 2026 - SA LA NACION | Todos los derechos reservados