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Cuentapropismo emocional en lo profundo del conurbano

“ me la paso por los huevos. No me importa. Te digo la verdad, ni me importa el presidente que tenemos hoy en día. Yo mientras tenga mi casa, tenga mi familia, y tenga fuerza para salir todos lo...

“ me la paso por los huevos. No me importa. Te digo la verdad, ni me importa el presidente que tenemos hoy en día. Yo mientras tenga mi casa, tenga mi familia, y tenga fuerza para salir todos los días con un carro y poder traer plata a mi casa, yo estoy bien. No dependo del presidente, de la política, de nadie, dependo de mí mismo. Ellos no hacen ninguna función en mí, ni nada”. La frase de Matías, de 19 años, del barrio Mitre, en San Miguel, retrata esa sensación expandida que se vive en el conurbano de que la política no les sirve para cambiar sus vidas, pero sobre todas las cosas, de que no hay nadie que los vaya a ayudar, salvo ellos mismos con su propio esfuerzo. El Estado benefactor no existe más. Malas noticias para la narrativa tradicional del peronismo.

Pero al mismo tiempo tampoco Javier Milei emerge como el tributario del individualismo que profesan. Los jóvenes pobres se reflejan sólo en ellos mismos; Milei es una circunstancia. No se percibe siquiera un ánimo revolucionario; el 2001 también les queda lejos. Transmiten más bien desencanto y descreimiento; un sálvese quien pueda resignado, en el que se diluye cualquier noción de solución comunitaria. Prevalece el cuentapropismo emocional.

“Milei a mí no me da nada, yo soy el que transpiro mi camiseta, lucho por mi futuro porque nadie va a luchar por mí. Yo me tengo a mí mismo” (Gio, de 23 años, del barrio papa Francisco, Quilmes). “Yo necesito, más que nada, ponerme de acuerdo conmigo mismo para poder dar mi máximo esfuerzo. Porque yo no puedo esperar nada de un político. Ni mucho menos puedo esperar de mi familia o de unos amigos. Sino de mí, solo me tengo a mí mismo (Thiago, 21 años, bario San Ambrosio, en San Miguel). “Yo no confío en nadie, yo confío en mí misma, yo de los demás no espero nada” (Emilia, 20 años, San Ambrosio). “Mi padrastro cobra un plan, mi vieja cobró un plan desde que nací, ¿y yo tuve un buena vida? No. Tuve una vida de mierda (Juan, 24 años, Ciudad Oculta, Villa Lugano).

Los testimonios son parte del crudo retrato de la realidad deteriorada de los jóvenes de barrios populares del conurbano y de la ciudad de Buenos Aires, que fueron relevados en una amplísima encuesta presencial realizada por el CIAS a 964 jóvenes de 16 a 24 años, entre mayo y junio pasados. El trabajo del jesuita Rodrigo Zarazaga, junto con Gonzalo Elizondo y Luis Schiumerini, es una radiografía tremendamente profunda del grupo social que más está soportando el peso del ajuste y de la falta de reactivación económica, ya que dentro de los sectores más desfavorecidos, los jóvenes se llevan la peor parte en términos de ingresos y oportunidades laborales.

El diagnóstico de los sub-25 de las villas sobre la economía fue muy negativo en todos los indicadores medidos. El 75% percibió que en los últimos 12 meses la situación empeoró; el 60% declaró que en lo que va del año en su hogar tuvo que reducir consumos o gastos, y el 40% identificó en particular un recorte en alimentos. En el infinito de la pobreza, el derrame no llega, Añelo no existe y Uber no es una alternativa.

Como consecuencia de estas restricciones, la solución más difundida viene siendo el endeudamiento, en fuerte aumento. El 57% de los jóvenes relevados declaró que en su hogar debieron pedir plata prestada o tomar un crédito para enfrentar gastos cotidianos. Previsiblemente, la modalidad predominante es el endeudamiento por canales “informales” (68% con familiares o amigos, 39% con prestamistas del barrio).

En definitiva, más de la mitad de los jóvenes de los barrios populares está viviendo una realidad que se volvió mucho más acuciante, pero a la vez sedimentada en décadas de desprotección y deterioro. Representan la tercera generación de familias que han vivido carencias estructurales, por lo que toda referencia a un sistema formal, ya sea laboral, impositivo o previsional, no forma parte de su universo conceptual. Sus abuelos se cayeron del sistema, sus padres nunca pertenecieron a él, y ellos han perdido la capacidad de imaginar un retorno a ese pasado utópico.

Naturalmente, es una situación que germinó a lo largo de los años y refleja en gran medida el fracaso del peronismo para poder dar una respuesta estructural a las derivaciones del estallido de principios del siglo. Pero también es cierto que la situación se agravó en los últimos años por dos razones básicas. La primera, el freno de la actividad económica, que impacta con más fuerza sobre el cordón industrial del conurbano y decanta en todo el sistema informal que se mueve alrededor, desde el consumo hasta las changas.

La segunda, está relacionada con el redireccionamiento de la ayuda social que dispuso el Gobierno, que fijó como prioridad los beneficios para la niñez, a través de los aumentos de la AUH y del plan Alimentar. Pero como contrapartida, el sector de los jóvenes se vio afectado por la reducción de otros programas, como el de becas Progresar o el de cooperativas Potenciar Trabajo. Según un estudio del CIAS sobre el primer año de gestión libertario, que fue cuando se produjo el cambio radical en la política asistencial, la ayuda a los jóvenes se redujo un 39,8%, mientras que los fondos para los niños aumentaron un 13,8% en términos reales.

La foto de los jóvenes de las villas no está aislada del contexto general. Un trabajo de la consultora Empiria, que dirige Hernán Lacunza, expuso que los sub-29 son el sector etario más afectado por la retracción del mercado laboral y el corrimiento cada vez más masivo hacia la informalidad y el cuentapropismo. En un informe de junio marcó que los jóvenes varones fueron el grupo más afectado, con una caída del empleo del 8% interanual, mientras que las jóvenes mujeres retrocedieron 4%.

Daniel Schteingart, destacado sociólogo de Fundar, explica que siempre los jóvenes son los más afectados en contextos de retroceso laboral. Sin embargo, señala algunos cambios que se han producido en los últimos años en dos planos. Por un lado, en la composición sectorial, porque la mayoría de los puestos laborales que consiguen pasaron de la industria, el transporte y el servicio doméstico, a sectores como servicios personales (estética en muchos casos), software y gastronomía. Y por el otro, porque en un mercado laboral que tiende en líneas generales hacia la informalidad y el cuentapropismo, naturalmente a los jóvenes se les aleja cada vez más la posibilidad de aspirar a un trabajo formal.

Se dice mucho que “la informalidad sube porque el laburante que perdió el empleo en la fábrica se va a Uber o Rappi”. ¿Es así?

Más o menos.

Sale hilo. pic.twitter.com/lFuEcaXOyN

— Daniel Schteingart (@danyscht) June 23, 2026

Dentro de estas dinámicas, Schteingart detectó un fenómeno muy interesante. Valida que la economía de plataformas (Uber, Rappi, Pedidos Ya, etc.) ha servido como amortiguador del desempleo en los últimos años, aunque preponderantemente para los varones. Pero al mismo tiempo aporta otra dimensión que tiene como protagonistas a las mujeres, al decir que lo que más viene creciendo es el cuentapropismo femenino, “una revolución silenciosa” que pasó de explicar sólo el 34% del empleo no asalariado en 2012, al 42% en la actualidad, “y subiendo”.

Atribuye este crecimiento al deterioro de los ingresos familiares, pero especialmente a la caída de la tasa de natalidad, que “libera tiempos de las mujeres del cuidado para el estudio/trabajo”. Esta nueva horneada de cuentapropistas se dedica en un 40% al comercio, principalmente de alimentos y ropa (“mujeres feriantes, comerciantes y, cada vez más, que venden desde su casa por Internet”); y un 14% trabaja en “servicios comunitarios y personales”, sobre todo en peluquerías y tratamientos de belleza.

Las mutaciones de la sociedad argentina son cada vez más aceleradas y determinantes, y a la política le está costando seguirle el ritmo. Buena parte del debate público gira sobre categorías que ya no existen, y deja vacantes las representaciones emergentes. Si hubiera un candidato que lograra que lo voten los informales y los cuentapropistas sería presidente.

Quo vadis, chabón

El trabajo del CIAS sobre jóvenes de barrios populares aporta un segundo nivel de información vinculado con identificaciones políticas, más allá del rechazo de base a la dirigencia en general que se percibe en las respuestas. El 66% dijo que en 2023 votó a Sergio Massa y el 26% a Milei. Cuando se les pregunta a quién votaría ahora, con proyección de indecisos daría 67% al peronismo y 25% a La Libertad Avanza. Es decir que el panorama no se modificó en términos generales. Incluso las preferencias por el oficialismo se amplían un poco en el universo de quienes votarán por primera vez el año próximo. Un milagro para el Gobierno si se contempla la pésima valoración de la situación económica de esos mismos jóvenes.

Pero más allá del mapa global, hay datos que merecen una profundización. Por ejemplo, Milei logra retener el 58% de quienes lo eligieron en 2023, pero de los votos que se le escurren sólo el 16% va al peronismo, mientras que un 20% se distribuye entre el “no sabe”, el voto en blanco y el “no iría a votar”. Es una tendencia que se ve también en otros grupos sociales: el desencantado con el Gobierno no se muda masivamente a otra filiación política, sino que se desliza hacia un valle de desencanto sin representación. El peronismo conserva más votantes de 2023 (76%), pero igual se le escurre uno de cada cuatro (24%), también sin destino claro.

En el caso de Milei, existe una correlación alta entre el nivel de retención de votos y el impacto que produjo en los jóvenes el torniquete económico: el 53% que vive en hogares que ajustaron volverían a votarlo, contra un 64% en los casos que no sufrieron restricciones. Como en todos los sectores, también entre los jóvenes de las villas el voto libertario es esencialmente masculino (63% del total, contra 37% femenino).

Una lectura amplia indicaría que en todos los casos los resultados podrían haber sido mucho más adversos para Milei. Hay jóvenes que admiten haber tenido que reducir sus compras, incluso en comida, e igualmente reconocen que votarían por LLA. Como si operara un piso invisible que evita el desplome definitivo del Gobierno. Un límite frágil que podría perforarse en cualquier momento, pero que por ahora actúa como sostén de las expectativas oficialistas.

Estarían incidiendo dos movimientos complementarios en esa extraña resiliencia social. El primero, surge de las dificultades del peronismo por volver a reconectar con su tradicional base popular. Hay una lógica de representación, simbolizada en punteros y dirigentes territoriales, que hoy está quebrada. Incluso los movimientos sociales cosechan un 86% de rechazo en las villas del AMBA.

Además, la promesa peronista de la justicia social, el salario digno y el Estado presente quedó desvencijada. Para un joven del conurbano son consignas vacías; no le remiten a nada conocido. Sin duda, el peronismo sigue siendo la fuerza política más identificable en esa geografía, pero cada vez más como un significante vacío. Un dato lo refrenda: el peronismo aparece muy detrás de LLA cuando se correlacionan preferencias electorales con utilización de redes sociales, el principal punto de conexión entre los habitantes de los barrios populares con el mundo externo.

El segundo movimiento, mucho más subterráneo, residiría en la imperceptible valoración de la “estabilidad” como un bien a preservar, sea lo que ese término represente para cada uno. Para unos, es la baja de la inflación; para otros, un dólar calmo (si sobrevive a las contribuciones de Adrián Ravier); para algunos, cierta sensación de gobernabilidad. Todo muy acotado y poco ambicioso, pero realista. La sociedad, y en particular los sectores más vulnerables, rechazan el caos, el desorden y la imprevisibilidad. Fue una de las razones de fondo de la llamativa victoria violeta del año pasado. El desgaste social que provocó el cambio de 2023 derivó en una tendencia inercial a la continuidad.

Pero el Gobierno se equivocaría si pensara que esa dinámica perdurará para siempre. Y allí reside el principal riesgo electoral para Milei. En la Casa Rosada habita una confianza ligera en que la vacancia de una representación alternativa al proyecto libertario les garantizará una victoria. Pero esa es la foto del presente. Parece una subestimación del contexto si no se interpreta que en el fondo también reside un descontento económico generalizado, que podría encontrar un propietario en cualquier momento.

En la oscuridad de las privaciones y las penurias conurbanas, sólo un haz de luz parece capaz de perforar la indiferencia y el desencanto popular. “Cuando era más chico, como me gustaba el fútbol, obviamente mi ídolo era Messi. Yo veía en él que era una persona que jamás se rendía, pase lo que pase. Aunque lo criticaba mucha gente, el chabón era como que no le importaba y seguía; quería su copa el chabón. ¿Cuántos mundiales perdimos con Messi? El chabón se levantaba y seguía dándole hasta que lo consiguió. Y eso yo lo tomaba como ejemplo: si quiero conseguir algo, tengo que darle y darle hasta que lo consiga”. Franco, un joven de Fuerte Apache de 21 años, parece haber sabido interpretar los mensajes del destino.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/politica/cuentapropismo-emocional-en-lo-profundo-del-conurbano-nid25072026/

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