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De 1896. Compró un garage y terminó rescatando un restaurante clásico porteño, donde Gardel tenía la mesa 48 y Susana iba con Monzón

Raquel Rodrigo no estaba buscando una leyenda porteña. Ni siquiera pensaba en un restaurante. Había ido a comprar un estacionamiento sobre la avenida Callao y, casi por obligación, por esas regl...

Raquel Rodrigo no estaba buscando una leyenda porteña. Ni siquiera pensaba en un restaurante. Había ido a comprar un estacionamiento sobre la avenida Callao y, casi por obligación, por esas reglas propias de un remate, terminó quedándose también con el local de al lado: un espacio que su familia imaginó como una futura ampliación para sumar más cocheras. Pero una tarde de abril de 2015, después de inaugurar el garage, pasó por la vereda y se detuvo frente a una mayólica antigua. Lo que leyó la dejó sin palabras: en ese lugar había funcionado El Tropezón, uno de los restaurantes más antiguos y emblemáticos de Buenos Aires.

“Cuando vi eso pensé: no puedo creer que hayamos comprado El Tropezón”, recuerda. Desde ese día, Raquel entendió que no estaba frente a un local abandonado, sino ante una parte dormida de la historia porteña que llevaba 34 años esperando que alguien volviera a encender sus luces.

-Para entender la dimensión histórica de El Tropezón hay que volver a fines del siglo XIX. ¿Dónde y cómo nació el restaurante?

-El Tropezón se fundó en 1896, en la esquina de Bartolomé Mitre y Callao. Estaba abajo de un hotel. Con el paso del tiempo, ese hotel se incendió y, entonces, El Tropezón se trasladó acá, donde está actualmente, en Callao 248. En este lugar hace cien años que está. Después permaneció cerrado durante 34 años, desde 1984 hasta que lo reabrí, el 12 de septiembre de 2017.

-En aquella Buenos Aires, con muchos menos restaurantes que hoy, ¿qué lugar ocupaba El Tropezón en la vida social de la ciudad?

-Hoy uno puede ir a comer a cualquier esquina, pero a fines del siglo XIX o principios de XX había muy pocos lugares. El Tropezón es uno de los cinco restaurantes más antiguos de Buenos Aires. Acá se concentraba todo el mundo. Además, al estar cerca del Congreso y de los teatros, se convirtió en un punto de encuentro. Acá se reunían políticos, artistas, escritores y gente de la vida social porteña. En las fotos aparecen Yrigoyen, Balbín y muchas figuras de esa época.

-¿Que se sabe de sus fundadores?

-Fueron dos españoles: Manuel Fernández, un asturiano, y Ramiro Castaño, un gallego. Eran socios y como tantos españoles que venían en esa época a trabajar, se dedicaban a la cafetería o a la gastronomía. Este lugar también fue un punto de encuentro para los españoles, los que llegaban podían reunirse acá con sus paisanos.

-¿De dónde viene el nombre El Tropezón?

-El Tropezón no es por la acción de tropezar o caer. En España, los tropezones son los pedacitos de jamón, panceta o tomatitos enteros que están adentro de una salsa. Acá no usamos tanto esa palabra, pero en la jerga gastronómica existe.

-El Tropezón parece haber concentrado buena parte de la vida social y cultural de Buenos Aires. ¿Quiénes lo frecuentaban?

-Era un lugar de encuentro de poetas, literatos, artistas, políticos. Era una mezcla de todo lo que era la sociedad de Buenos Aires. Un vecino me trajo un programa de mano de teatro donde El Tropezón figuraba como auspiciante y decía: “abierto toda la noche”. Cuando vi eso, dije: “Lo enmarco, porque esto es un testimonio”. Era un lugar que estaba abierto las 24 horas. En 2017, unos días después de abrir vino Susana Giménez. No llegó invitada por mí, sino porque se enteró de que habíamos abierto. Me contó que ella venía acá con Carlos Monzón. Como ella, también vinieron Graciela Borges, Luis Brandoni y mucha gente.

-Entre todos esos nombres, hay uno que quedó especialmente ligado a la historia del lugar: Carlos Gardel. ¿Qué lugar ocupa en la memoria de El Tropezón?

-Gardel es nuestro emblemático. Él usaba la mesa 48. Hay fotos de cuando venía a comer con Libertad Lamarque y Azucena Maizani. Venían a comer puchero.

-¿La mesa 48 todavía se conserva?

-Sí, la mesa está. Le pusimos un trofeo de bronce con el número 48 para que la gente pueda identificarla. Muchos vienen y piden sentarse “en la mesa de Gardel”. Y a mí me parece lógico: cuando fui a Granada, por ejemplo, yo también pedí la mesa de García Lorca, en un bar al que él iba siempre. La diferencia es que allá había una estatua de hierro de García Lorca sentado a la mesa, algo que daba un poco de impresión. Nosotros hicimos algo más simple: apenas un trofeo. Pero la mesa 48 es muy requerida.

-Y ese puchero terminó convirtiéndose en una marca de la casa.

-El puchero de gallina es y sigue siendo el plato insignia de la casa. Lo mantenemos con la receta original y lo servimos todos los días, al mediodía y a la noche. Además, está muy ligado a la historia del lugar. Hay un tango que dice: “el pucherito de gallina con viejo vino carlón”. Según la tradición, ese tango lo escribió Medina, su autor, acá, en El Tropezón, y después lo cantó Edmundo Rivero, que fue quien lo hizo famoso. El plato también tiene una raíz popular. En España está el cocido madrileño, que es muy similar, pero el puchero nuestro se hacía en los hogares más humildes: se ponía una olla y ahí entraba todo lo que había en la casa. Si tenías cebolla, caracú, zanahoria, repollo, papa, zapallo, legumbres, verduras o carne, iba todo junto. Era una comida sencilla y rendidora, pensada para alimentar a todos con lo que hubiera a mano. En una olla metías todo lo que había. Y acá se hace lo mismo.

-Además del puchero, ¿qué otros platos históricos mantiene la carta?

-La carta combina platos de comida criolla y española, por el origen de sus fundadores. Tenemos croquetas con jamón, paella, rabas y también platos bien nuestros como milanesas o buñuelos de acelga. Pero, de todos modos, el gran protagonista sigue siendo el puchero. Después salen mucho las carnes: el lomo, el bife de chorizo y la entraña. Y ahora sumamos el choripán, que a la gente le encanta. Los extranjeros, sobre todo, se enloquecen.

A esa historia centenaria, Raquel le sumó también una huella familiar: “Emilio Fernández”, el vino creado por su hijo mayor en homenaje a su nieto. “No le digo ‘vino de la casa’ porque me parece que lo desmerezco”, dice Raquel.

-¿Cuál fue la época dorada de El Tropezón?

-Por lo que leí y por lo que me cuenta la gente, El Tropezón no tuvo una sola época de oro: fue un lugar especial durante muchas décadas. Hay una vecina de cien años que recuerda que venía acá con su papá cuando ella tenía 13. Y el otro día vino Santiago Kovadloff y me dijo que su padre lo traía de niño. El Tropezón siempre fue un lugar distinto.

-¿Qué conserva hoy El Tropezón de su pasado?

-En la cava hicimos una especie de museo de lo que fue El Tropezón: fotos antiguas, imágenes de los que pasaron por acá, Gardel, Mariano Mores, Lola Flores, Carmen Flores, Federico García Lorca, Lola Membrives, Goyeneche. Muchas partituras, fotos y objetos me los fue regalando la gente cuando se enteró de que El Tropezón volvía a abrir.

-¿Se sabe por qué cerró en 1984?

-No, pero imagino que porque la descendencia había terminado. Es lo que pasa con muchas empresas: cuando no hay más herederos o la sucesión se corta, eso se termina.

La reapertura

Raquel llegó a El Tropezón por una casualidad inmobiliaria. “Nosotros teníamos estacionamientos con mi familia. Vinimos a ver el de Callao 260 para comprarlo y nos gustó, pero el rematador nos dijo que, si queríamos ese estacionamiento, también teníamos que comprar el local pegado”, cuenta. Al principio se resistieron: estaban acostumbrados a los garages, “a dos o tres empleados, sin proveedores ni stock”. Pero se vendía todo junto y terminaron comprando todo. La idea familiar era práctica: “Más adelante pensábamos tirar la medianera y hacer más cocheras”. Para ellos era apenas un local. Hasta que una tarde de abril de 2015, después de inaugurar el garage, fueron a merendar a La Continental de la esquina. Al pasar por el frente, Raquel vio la mayólica con el nombre de El Tropezón. “No puedo creer que hayamos comprado El Tropezón”, pensó. Lo conocía de nombre: había estudiado a la vuelta, en la Universidad Católica, y aunque nunca había entrado, sabía que ese lugar formaba parte de los recuerdos de otra Buenos Aires.

Ese mismo día tomó una decisión: “Yo lo voy a abrir, porque esto no era un restaurante cualquiera”. Pero en su casa no todos compartieron el entusiasmo. Su esposo y sus hijos le advertían que no sabía nada de gastronomía: “¿Cómo te vas a poner a abrir un restaurante?”, le decían. Ante tantas negativas, Raquel terminó por abandonar el proyecto. Antes, sin embargo, había averiguado por la marca El Tropezón: todavía estaba ocupada, aunque estaba a punto de quedar libre. Para ella fue una señal, pero todavía no alcanzaba.

Pasaron unos nueve meses hasta que la familia finalmente le dio el visto bueno. Cuando volvió a llamar al estudio jurídico para comprar la marca, recibió una sorpresa: “La marca ya está a su nombre”, le dijeron. Ezequiel, su hijo mayor, la había comprado y se la había reservado. “Ahí no te imaginás lo que lloré”, recuerda. Pero el gesto vino con una condición: “Si vos querés abrir un restaurante, andá a estudiar”. Y ella fue: trabajaba como docente en Morón, pasaba por los garages, cursaba administración gastronómica en la Di Tella y después seguía hasta la obra. La restauración llevó “un año y dos días” y tuvo una premisa clara: no inventar un lugar nuevo, sino poner en valor lo que ya estaba. “Había que respetar la historia de El Tropezón”, dice.

-Con todo el esfuerzo que imagino implicó, ¿alguna vez se arrepintió?

-No. Al contrario. Yo le agradezco a Dios que se haya valido de mí para abrir El Tropezón. Podría haber sido cualquier persona, pero se valió de mí para abrir una joya de Buenos Aires que estaba cerrada.

Con el tiempo, El Tropezón dejó de ser un caso aislado. Raquel Rodrigo también quedó al frente de Clásica y Moderna y de Albur, dos espacios con historia propia dentro de Buenos Aires. Ella no los ve como simples negocios gastronómicos, sino que son lugares que todavía tienen algo para decir de Buenos Aires. “No son locales donde vos les ponés un nombre y los abrís”, suele explicar.

-¿Qué representa para usted El Tropezón?

-Fue un regalo de Dios en bandeja. Jamás se me ocurrió decir: “Me gustaría tener un bar” o “un restaurante”. No era algo que estuviera en mi pensamiento. Pero El Tropezón, no es un lugar cualquiera, es la historia misma de Buenos Aires. Y yo siento que me tocó cuidar eso. Donde había ruinas, pude ver futuro.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/de-1896-compro-un-garage-y-termino-rescatando-un-restaurante-clasico-porteno-donde-gardel-tenia-la-nid28052026/

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