Dogmatismo tóxico de pronóstico reservado
Le interesaba vivamente alertar sobre los “enemigos internos” del liberalismo. Y no tenía empacho en culpar a muchos economistas, concretamente a aquellos que introducían el “dogmatismo lib...
Le interesaba vivamente alertar sobre los “enemigos internos” del liberalismo. Y no tenía empacho en culpar a muchos economistas, concretamente a aquellos que introducían el “dogmatismo liberal”. “Esos insensatos llegaron a creer que el mercado era una panacea y resolvía todos los problemas, y eso no es verdad -advertía Mario Vargas Llosa-. Eso nunca lo dijeron los grandes pensadores liberales: Adam Smith, Hayek, Popper o Berlin. Ninguno. Sí que un país necesita un mercado libre para integrarse al mundo. Pero los problemas sociales y culturales son tan importantes como los económicos para que un país progrese. Y si uno cree que el mercado es la única forma de resolver todos los problemas, uno no es un liberal. Uno es un dogmático. Y por ese camino se llega muy fácilmente al autoritarismo”. El autor de El llamado de la tribu es por estos días un fantasma presente, tanto en la Fundación Libertad, donde Javier Milei se deleitó vapuleando a la mitad del auditorio, como en la Feria del Libro, donde su secretario de Cultura se dedicó a frasear intrascendencias y provocaciones. La voz autorizada de Vargas Llosa regresa desde el pasado para separar la paja del trigo y para contradecir el gran relato en boga: el dogmatismo economicista conduce a “la creencia de que un gobierno fuerte puede ser más eficaz que uno democrático con esas limitaciones, con esos formalismos que frenan, obstaculizan las medidas. Sin embargo, esos frenos son los que limitan el poder. Otra de las grandes pasiones del liberalismo: limitar al poder. Que es un peligro en sí mismo. Y si un poder crece demasiado recorta, a la corta o la larga, las libertades. Y sin esas libertades no hay verdadero progreso para una sociedad”.
Los problemas sociales y culturales son tan importantes como los económicos para que un país progrese
Los argumentos de Vargas Llosa sacuden la modorra de los lugares comunes, y explican incipientes rasgos autoritarios que comienzan a asomar en la Argentina. La bestialización de la lengua presidencial -su agresividad sin límites, su campaña de odio contra objetores y disidentes- es un rasgo que prueba esta escalofriante involución. El reciente informe de Fopea ha revelado que Milei profiere 60 posteos diarios con insultos de toda índole. Pronto ser hostigado por este colérico populista de derecha no será una mancha sino una condecoración: casi nadie querrá figurar en la franja del 5% de los periodistas que un adorador de Viktor Orban sindica como rescatable, puesto que eso entrañará el riesgo de convertirse a futuro en el Gómez Fuentes del libertarismo. Ya saben: vamos ganando. La evidencia de que un presidente constitucional -o incluso cualquier hijo de vecino- necesita insultar sesenta veces por día a distintas personas ya no habla simplemente de una pulsión autocrática, sino de un grave desorden emocional, para decirlo en términos cautos y elegantes. Su barrabravismo parlamentario de esta semana, con el objeto de defender lo indefendible, estuvo jalonado por gritos de “chorros” y “corruptos”, que dedicó a los noteros de a pie. Sus veinte denuncias penales contra la prensa revelan la intención de criminalizar al periodismo. El silencio cómplice de muchos republicanos tiene variados motivos: pánico (autocensura y miedo a represalias) y oportunismo (conseguir algún cargo o prebenda), pero quizá también el simple contagio de esa enfermedad que describía Vargas Llosa; ese malentendido según el cual solo un hombre fuerte, un mesías providencial e implacable, puede llevar a cabo un programa liberal. Dogmáticos que han olvidado -o nunca creyeron en- la pasión por limitar el poder y por pensar fuera de las simplificaciones místicas del blanco y negro.
Consagrado día y noche al insulto y a la intimidación pública, el Dueño de la Verdad sigue webeando por las redes
Consagrado día y noche al insulto y a la intimidación pública, el Dueño de la Verdad sigue webeando por las redes, dedica un día de su vida a luchar espectralmente contra Keynes (un médico a la derecha, por favor) y se entrega a distintas clases de distracciones, consolidando así la idea de que considera prácticamente acabada su fantástica faena. La gestión terminó, se puede hacer la plancha, y a lo sumo lanzar misiles contra los que se quejan de las secuelas. La amenaza darwinista “los que no se adaptan, quiebran” parece un tanto desaprensiva e irresponsable, sobre todo en una nación donde se van a pique más de 40 empresas por día. “Efectos colaterales”, lo llama sin la menor empatía con nadie. Su modelo dejaba deliberadamente afuera a vastos sectores productivos, y los libertarios tenían previsto que habría víctimas. ¿Creían que, al hacer sondeos entre los caídos, estos estarían alegres y les devolverían flores? ¿Creerán ahora que pueden ir a buscar el voto en esa amarga llanura de heridos? Cuando las encuestas les transmiten creciente pesadumbre social el problema son los encuestadores. Y una vuelta de tuerca más: el empeño patético por persuadir a la gente de que no crea en esos guarismos y que se convenza de que estamos genial; porque la negación del dolor produce más dolor. La sociedad, que escucha la desestimación de sus sufrimientos, reacciona como cuando el kirchnerismo se jactaba de la bonanza y de la ausencia de inflación, mientras se contraía la economía y se adulteraban las cifras del Indec; en cada caja del supermercado quedaba patentizada esa mentira y los ciudadanos maldecían entre dientes a la arquitecta egipcia por haberlos engañado. El Gobierno podría decir que operaron a un paciente grave, que nos encontramos en convalecencia y que vamos mejorar con el tiempo. Prefiere, sin embargo, el negacionismo.
El Gobierno podría decir que operaron a un paciente grave, que nos encontramos en convalecencia y que vamos mejorar con el tiempo. Prefiere, sin embargo, el negacionismo
Al tío grosero y agresivo que paga el banquete se le suelen perdonar los camelos y las ofensas. Pero cuando el tío se queda sin dinero, los sobrinos le ven todas las indignidades juntas. Algo de eso explica el desplome en la imagen de gestión y en la confianza en el timonel, y el buen rating que tienen las desventuras de la corrupción de esta nueva casta argenta. Por suerte, de manera sorpresiva, el ministro Luis Caputo pegó un giro de 180 grados y salió a decir que ya no existe el “riesgo kuka”. Era la coartada con la que explicaban por qué el riesgo país no bajaba y la plata no salía de los colchones. No es compatible “el mejor gobierno de la historia” con la chance cierta de que vuelvan los populistas de izquierda. Crearon un espantajo para excusarse, aunque era contradictorio con el relato, y ahora los inversores tienen miedo en serio. Tampoco para ellos son muy estimulantes la virulencia contra la prensa, las campañas de rencor, el vapuleo de empresarios, la fábrica diaria de enemigos y una estanflación que no se apaga. Aludimos al tono lunático e intolerante de una administración que abandonó aquel liberalismo sensato de Vargas Llosa, para practicar un dogmatismo tóxico de pronóstico reservado.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/dogmatismo-toxico-de-pronostico-reservado-nid02052026/