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El amor clandestino de Carlos Monzón y Nélida Roca: la diosa que lo conquistó antes de Susana Giménez

Carlos Monzón venía de conquistar el título mundial de los medianos y de defender su corona ante los mejores boxeadores del planeta, cuando alguien le propuso ver a una mujer que quería conocer...

Carlos Monzón venía de conquistar el título mundial de los medianos y de defender su corona ante los mejores boxeadores del planeta, cuando alguien le propuso ver a una mujer que quería conocerlo. Su primera reacción fue preguntar quién era. La respuesta fue: Nélida Roca, la Venus de la calle Corrientes, la vedette que convertía cada aparición en el escenario en una exhibición de glamour y sensualidad.

No estaba acostumbrada a recibir visitas por compromiso. Lejos del teatro, donde deslumbraba con plumas y brillos, cultivaba una intimidad rigurosamente protegida. No frecuentaba restaurantes ni confiterías, evitaba las entrevistas y no quería que los fotógrafos la retrataran fuera de escena. Quienes la conocían bien sabían que para llegar hasta ella había que atravesar una puerta muy estrecha: la de su confianza.

El encuentro entre ambos se produjo gracias a un amigo en común y a una gestión del reconocido periodista Ernesto Cherquis Bialo, que años después reconstruiría aquella historia con detalles que parecen sacados de una comedia romántica.

Entonces, aquello que empezó como una invitación a tomar el té terminó en un romance que se extendió desde fines de octubre de 1973 hasta mediados de marzo de 1974. Duró menos de cinco meses, pero dejó una anécdota memorable y un capítulo quizás poco conocido en la vida sentimental del boxeador.

Porque antes de que Susana Giménez se convirtiera en la mujer que marcaría una etapa decisiva de su vida, hubo otra diva que lo recibió en su hogar y que consiguió que el hombre acostumbrado a repartir golpes quedara, por un rato, completamente desarmado.

Reina de la revista porteña

Para entender el magnetismo de Nélida Roca hay que regresar a una época en la que la calle Corrientes era uno de los grandes escenarios de la vida nocturna porteña. Nacida en Buenos Aires el 30 de mayo de 1929 como Nélida Mercedes Musso, comenzó su carrera artística vinculada con la música. Cantaba en la orquesta de jazz de Julio Rivera Roca, con quien se casó cuando era muy joven. Fue descubierta por el empresario y director Luis César Amadori y debutó en el teatro Maipo en 1948.

A partir de entonces construyó una carrera extraordinaria dentro de la revista, un género en el que compartió escenario con algunos de los capocómicos más populares de su tiempo. Su fuerte no era la destreza como cantante ni una técnica de baile excepcional. Su atributo distintivo era otro: una presencia escénica que atrapaba al público desde el instante en que aparecía.

Bajaba las escaleras con tacos altísimos, plumas y trajes que parecían diseñados para convertirla en una figura mitológica. La llamaban la Venus de la calle Corrientes y su nombre llegó a tener tanto peso comercial que encabezaba las marquesinas junto a los grandes humoristas. La fascinación también tenía consecuencias en la boletería. Las localidades más cercanas al escenario podían venderse a precios muy superiores a los habituales porque el público quería verla de cerca.

Roca fue, además, una pionera en la negociación económica de las vedettes: consiguió participar de la recaudación, un privilegio que hasta entonces estaba reservado principalmente a los capocómicos. No era solamente una mujer hermosa. Comprendía el valor de su imagen y sabía cómo administrarlo.

Fuera del escenario, sin embargo, era casi una desconocida. No le gustaba hablar de su vida privada y evitaba las reuniones sociales que para otras figuras eran parte de la rutina. El contraste entre aquella presencia deslumbrante y su personalidad reservada alimentó la leyenda. Por eso resultaba tan llamativo que una mujer como ella quisiera conocer a Carlos Monzón.

El amigo que organizó la cita

El episodio fue reconstruido por Cherquis Bialo en un artículo publicado por Infobae en 2022. El periodista relató que, hacia fines de octubre de 1973, un amigo suyo llamado Sito, propietario de una sastrería de alta costura muy frecuentada por personalidades, le pidió ayuda para acercar a Roca al campeón. La vedette quería invitarlo a tomar el té en su departamento.

Cherquis conocía bien a Monzón, con quien compartía conversaciones y encuentros en el ambiente del boxeo. Sabía que el santafesino podía ser imprevisible, pero también que difícilmente rechazara una invitación de semejante calibre. Cuando le transmitió la propuesta, el boxeador quiso saber quién era la mujer.

—¿Quién es? ¿La que baila? —preguntó, según el recuerdo del periodista.

Él le explicó que se trataba de mucho más que una bailarina: era la principal vedette de la revista porteña, una estrella internacional y una de las mujeres más admiradas del espectáculo.

Monzón conocía su rostro por los carteles de los teatros. Aceptó la invitación con una condición: que el encuentro se mantuviera en secreto y que no se enteraran Amílcar Brusa, su entrenador, ni Tito Lectoure, su representante.

También le hizo una advertencia a su amigo. Si la mujer no le gustaba, encontraría una excusa para marcharse; si decidía quedarse, Cherquis debía regresar a buscarlo unas dos horas más tarde.

La escena ya tenía algo de película: el campeón mundial, famoso por su rudeza, preparándose para una cita a ciegas con la diva que hacía subir los precios de las primeras filas del teatro. El lunes acordado, Cherquis pasó a buscarlo después del entrenamiento. Fueron hasta el departamento de Roca, en Recoleta, y tocaron el timbre. La puerta se abrió y los recibió una empleada vestida con uniforme. Poco después apareció la dueña de casa.

La reacción de Monzón no quedó registrada en una fotografía pública. Pero, de acuerdo con el relato del colega, no hubo necesidad de inventar una excusa para retirarse.

Una historia de amor sin fotógrafos

La relación comenzó a tomar forma. No era un noviazgo destinado a las tapas de las revistas ni una pareja que buscara exhibirse en los restaurantes de moda. Ella tenía razones para proteger su vida privada. Había hecho de la discreción una regla y no quería que la curiosidad del público invadiera su casa.

Monzón, por su parte, seguía casado legalmente con Mercedes Beatriz García, conocida como Pelusa, y tenía hijos. Sus relaciones sentimentales no se limitaban al matrimonio, pero eso no significaba que quisiera convertir cada una de ellas en un escándalo público.

El romance se desarrolló, por lo tanto, lejos de las cámaras. No hay que confundir esa discreción con la certeza de que nadie supiera lo que sucedía: el testimonio de Cherquis demuestra que había personas del círculo íntimo que conocían la relación. Lo excepcional era la ausencia de exposición pública.

En una época en la que las revistas de espectáculos seguían los pasos de las grandes figuras y las fotografías podían transformar un encuentro privado en un asunto nacional, conseguir una imagen de ambos juntos era una tarea difícil.

La vedette no quería imágenes fuera del escenario. Monzón, que estaba habituado a que lo siguieran periodistas deportivos, tenía motivos adicionales para evitar preguntas sobre su intimidad.

La combinación produjo una relación que, vista desde hoy, parece casi imposible de reconstruir: una estrella de enorme popularidad, un campeón mundial y un vínculo que sobrevivió a la curiosidad del ambiente sin convertirse en un espectáculo público. Pero había un detalle que terminaría revelando la intimidad de aquella historia mucho mejor que cualquier fotografía: un reloj.

“Che, me pidió un paté…”

A principios de 1974, Monzón viajó a París para defender su título mundial frente al estadounidense José Nápoles, conocido como Mantequilla. Antes de partir, le preguntó a Roca si quería que le trajera algún regalo. La dama le respondió que no era necesario. Él insistió. Quería llevarle algo y le pidió que le dijera qué le gustaría recibir. Nélida terminó anotando el nombre de una marca en un papelito para que él pudiera comprarlo en Europa. Monzón lo guardó en un bolsillo y emprendió el viaje.

Ya en París, se encontró con Cherquis y se lo mostró. Lo que escuchó fue una consulta que todavía hoy resulta irresistible.

—Che, me pidió un paté…

Cherquis tomó el papel y descubrió la incógnita. Había escrito Patek Philippe, la prestigiosa marca suiza de relojes de lujo. Luego lo acompañó hasta la boutique de la marca, en la zona de la Place Vendôme, donde Monzón eligió un modelo femenino cuyo precio rondaba los 8500 dólares, una suma extraordinaria para la época.

El problema era que no llevaba encima el dinero suficiente para pagar en ese momento. De acuerdo con el testimonio de Cherquis, se realizaron consultas y finalmente intervino el actor francés Alain Delon, amigo del boxeador, para facilitar la operación.

Y entonces regresó con un obsequio que decía bastante más que cualquier declaración romántica: había escuchado el pedido de la mujer que le interesaba y estaba dispuesto a cumplirlo.

La anécdota también permite asomarse a la diferencia entre los mundos de ambos. Roca era una mujer acostumbrada al lujo, la elegancia y los códigos refinados del espectáculo porteño. Monzón venía de una infancia humilde en Santa Fe y había alcanzado la cima del deporte a fuerza de golpes, disciplina y una capacidad extraordinaria para competir. En el ring sabía exactamente qué hacer. En una joyería de París, en cambio, necesitaba ayuda.

Segundos, afuera

En esos años, Monzón atravesaba el momento más alto de su carrera deportiva. Había ganado el título mundial mediano en noviembre de 1970 al derrotar al italiano Nino Benvenuti en Roma y se convirtió en una de las figuras más importantes del deporte argentino con reputación internacional.

Fuera del ring, sin embargo, su vida era mucho menos ordenada. Su matrimonio con Pelusa seguía existiendo, mientras él mantenía relaciones con otras mujeres. La fama multiplicaba las oportunidades y el ambiente del espectáculo lo acercaba a figuras que hasta pocos años antes parecían pertenecer a mundos distintos.

Nélida no era una conquista más, sino una de las grandes estrellas de la revista, una mujer que podía entrar a un teatro y dominar la atención de toda la sala sin pronunciar una palabra. Monzón, que acostumbraba ser el centro de las miradas, encontró en ella a alguien que también tenía una forma particular de ejercer el poder.

Quizá por eso el vínculo resultó atractivo para ambos: el campeón acostumbrado a imponerse en el cuadrilátero y la diva que reinaba en la calle Corrientes se encontraban en un terreno donde ninguno necesitaba demostrar quién era.

Pero la relación tenía una fecha de vencimiento que ninguno podía prever con precisión. En marzo de 1974, mientras el romance con Roca llegaba a su final, Monzón se preparaba para entrar en otro escenario: el cine.

La aparición de Susana Giménez

Daniel Tinayre había decidido filmar La Mary, una película basada en la novela de Emilio Perina. Para interpretar a la protagonista eligió a Susana Giménez, una joven vedette que comenzaba a construir una carrera propia. Para el papel de El Cholo, el hombre del que se enamora el personaje, convocó a Monzón.

La elección era arriesgada. El boxeador no tenía experiencia como actor y sus dificultades para expresarse podían convertirse en un problema. Pero Tinayre veía en él una presencia física y una rudeza que resultaban apropiadas para el personaje.

El rodaje comenzó en 1974 y la convivencia entre ambos protagonistas produjo una atracción que pronto excedió el trabajo. Susana estaba vinculada sentimentalmente con el productor Héctor Cavallero; Monzón seguía casado con Pelusa y venía de su relación con Roca.

La historia entre Susana y él comenzó durante la filmación, aunque las versiones sobre el momento exacto de su primer encuentro íntimo varían. En una reconstrucción publicada oportunamente por LA NACION, la fecha señalada para el inicio del romance es la noche del 15 de abril de 1974, después de una escena rodada en la Isla Maciel.

A partir de entonces, el vínculo se volvió imposible de ocultar. Las revistas comenzaron a seguirlos, el rodaje adquirió una dimensión de acontecimiento sentimental y la pareja se convirtió en una de las más comentadas de la década.

El contraste con la relación anterior era enorme. Con Roca, Monzón había vivido un romance de puertas cerradas, encuentros discretos y obsequios que quedaban dentro de la intimidad. Con Susana, el amor se convirtió rápidamente en una historia pública, rodeada de fotógrafos, titulares, celos y una fascinación colectiva que duraría años.

La relación con la Venus de la calle Corrientes quedó relegada a un capítulo anterior, conocido sobre todo por quienes habían formado parte de aquel círculo reducido. No hay pruebas suficientes para afirmar que Monzón abandonó a Nélida de un día para otro por un flechazo inmediato en el set. Lo que sí se sabe es que el romance con la vedette había terminado hacia mediados de marzo, mientras el vínculo con Susana se consolidó durante el rodaje de La Mary.

El calendario permite ubicar las historias una detrás de la otra. Lo que no permite es reducirlas a una escena de película en la que una mujer sale y otra entra por la misma puerta.

La diva que eligió desaparecer

Nélida Roca se retiró de los escenarios en 1974, después de más de dos décadas de carrera. Su alejamiento fue tan silencioso como había sido su vida privada: dejó de aceptar propuestas, evitó las entrevistas y se recluyó en su casa.

Con el tiempo, la artritis reumatoidea que padecía limitó seriamente su movilidad. En 1998 se supo que estaba internada en el Instituto de Rehabilitación Psicofísica. Murió el 4 de diciembre de 1999, a los 70 años, después de una larga enfermedad.

No dejó una extensa colección de entrevistas en las que contara sus romances ni una versión propia de su relación con Monzón. Tampoco convirtió su pasado sentimental en material para alimentar su leyenda. Su silencio fue parte de su personalidad, y por eso la reconstrucción de aquel romance depende de testimonios como el del respetado Cherquis Bialo.

Monzón, en cambio, siguió una trayectoria pública mucho más turbulenta. Su relación con Susana Giménez se prolongó durante varios años y quedó asociada tanto a la pasión como a episodios de violencia. En 1988 fue condenado por el asesinato de Alicia Muñiz, su expareja, y murió el 8 de enero de 1995 en un accidente automovilístico mientras gozaba de salidas autorizadas de la cárcel.

La historia con Roca quedó así encerrada entre dos momentos de su vida: el apogeo del campeón mundial y el nacimiento del romance más mediático de su carrera sentimental.

Un secreto que duró décadas

Quizá lo más revelador de aquella historia no sea el nombre de la mujer que ocupó el lugar de Susana Giménez antes de que comenzara La Mary. Tampoco que una de las vedettes más importantes de Buenos Aires se hubiera interesado por el campeón mundial. Lo que permanece es la imagen de Monzón, en París, buscando a su amigo para preguntarle qué clase de paté le habían encargado desde Buenos Aires.

En ese papelito había mucho más que el nombre de una marca. Había una relación que no necesitaba declaraciones públicas, una mujer que prefería la intimidad y un hombre que, pese a su fama, podía quedar desorientado ante los códigos de un mundo que no era el suyo.

El Patek Philippe fue el regalo de una historia breve. La anécdota sobrevivió porque permite imaginar lo que las fotografías no mostraron: la confianza de Roca para pedirle algo, la insistencia de Monzón en sorprenderla y la complicidad de un amigo que debió ayudarlo a resolver el encargo.

Después llegó Susana, el cine y una apasionada relación que ya no pudo permanecer en secreto. El país siguió cada movimiento de la pareja, mientras el romance con Roca se hundía en la discreción que ella había impuesto desde el principio. La Venus de la calle Corrientes nunca necesitó explicar públicamente qué había significado Monzón para ella. Eligió retirarse, cuidar su intimidad y dejar que los demás contaran la historia.

Antes de que Susana Giménez se convirtiera en el gran amor mediático de Carlos Monzón, hubo una diva que lo recibió a puertas cerradas, lo fascinó y le pidió un regalo que él no sabía ni pronunciar. La historia duró menos de cinco meses. El secreto, en cambio, sobrevivió durante décadas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/el-amor-clandestino-de-carlos-monzon-y-nelida-roca-la-diosa-que-lo-conquisto-antes-de-susana-gimenez-nid16102026/

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