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El desastre de Tenerife: errores de comunicación, niebla y un atentado terrorista

Los testigos recuerdan olores y ruidos. El domingo 27 de marzo de 1977, poco después de las 17, se escuchó un “bum” y, casi enseguida, el olor a carne quemada lo cubrió todo. El copiloto Rob...

Los testigos recuerdan olores y ruidos. El domingo 27 de marzo de 1977, poco después de las 17, se escuchó un “bum” y, casi enseguida, el olor a carne quemada lo cubrió todo. El copiloto Robert Bragg y el fotógrafo Antonio Rueda lo contaron así años más tarde. Para el resto del mundo, ese día quedó en la historia como el del peor accidente de la aviación: dos Boeing 747 chocaron en la pista del aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife. Murieron 583 personas.

Detrás de ese número hay algo más que una tragedia: una cadena de errores, malentendidos y decisiones tomadas al límite. Pero todo empezó antes, lejos de esa pista, con un hecho que obligó a cambiar el rumbo de varios vuelos.

Un atentado terrorista

Los dos Boeing, uno de KLM y otro de PanAm, iban rumbo a Las Palmas, en Gran Canaria, una de las islas de España frente a la costa de África. Pero ese mismo día, a las 12.30 del mediodía, en la terminal del aeropuerto explotó una bomba. Y una llamada alertó sobre otra detonación inminente.

El ataque fue perpetrado el grupo separatista llamado Movimiento para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (Mpaiac), una organización terrorista fundada en 1964 que buscaba la descolonización e independencia de las Canarias de España.

La primera bomba explotó en la planta alta del aeropuerto. El explosivo estaba dentro de una valija abandonada junto a un puesto de flores, frente a la salida de los vuelos nacionales. El segundo explosivo nunca se localizó. Quizá, probablemente, fue una falsa amenaza, que sólo buscaba multiplicar el terror.

Las autoridades del aeropuerto de Las Palmas decretaron que los vuelos entrantes se desviaran hacia el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, otra de las islas Canarias cerca de Las Palmas. Hacia allí se dirigieron el KLM, que salía desde Ámsterdam, y el PanAm, desde Los Ángeles.

Los Rodeos contaba con una sola pista. No estaba preparado para recibir el caudal de aviones que, de golpe, fue derivado hacia ahí. De pronto, quedó colapsado. Y, para colmo, las condiciones climáticas empeoraron la situación.

Una serie de infortunios

El cierre de Las Palmas duró poco más de una hora y media. Los dos Boeing, el de KLM y el de PanAm, esperaron estacionados en un extremo de la pista de Los Rodeos, con el pasaje a bordo. Cuando recibieron la noticia de la reapertura, se alistaron para el despegue.

Estaban detenidos en fila, uno detrás del otro. El KLM, en el que viajaban 234 pasajeros y 14 tripulantes, se ubicaba justo delante del PanAm, donde volaban 380 pasajeros (la mayoría jubilados) y 16 miembros de la tripulación.

El capitán del KLM, el piloto holandés Jacob van Zanten, se mostraba apurado. Tenía motivos: su tripulación estaba por llegar al límite de horas de vuelo permitidas por la legislación holandesa. Si eso pasaba, tendrían que interrumpir el vuelo y, con todo su pasaje, hacer noche en Tenerife. Para no perder tiempo, decidió recargar el combustible en la pista, con los pasajeros a bordo.

Cuando comenzaron a prepararse para el despegue, las condiciones climáticas cambiaron drásticamente. “El aeropuerto de Tenerife está construido en un lugar propenso a llenarse de niebla”, le dijo a la BBC en 2014 Graham Braithwaite, profesor de Investigación de Seguridad y Accidentes de la Universidad de Cranfield, en Reino Unido.

Robert Bragg, copiloto del avión de PanAm, sobreviviente, se refirió a ese infortunio: “La pista se llenó de niebla y la visibilidad se redujo a unos 100 metros”.

El aeropuerto, que está a 700 metros sobre el nivel del mar, no tenía un sistema de luces apto. Tampoco radar de superficie. Los pilotos tenían que confiar plenamente en las comunicaciones por radio para iniciar cada operación.

La torre de control ordenó al avión holandés que recorriera toda la pista y, en el otro extremo, girara 180°. Una vez allí, debía esperar instrucciones para despegar.

Al avión de PanAm le ordenó avanzar detrás de la nave de KLM y tomar la tercera salida a la izquierda para despejar la pista. Por probelmas de interferencias con el sistema de radio y con el idioma, el piloto no comprendió qué salida debía tomar...

El avión de KLM llegó al otro extremo de la pista y, como le ordenaron, giró 180°. Se puso en posición de despegue. Su capitán, van Zanten, anunció:

-“We are going”.

En la torre de control entendieron que KLM estaba listo para el despegue, no que iba a despegar.

-Ok, le respondieron.

1,89 segundos más tarde, el controlador aéreo añadió:

-Espere para despegar, le llamaré.

Pero en la cabina sólo se escuchó un chirrido...

A las 17.06, según reconstruyó el medio español, el avión de KLM ya estaba rodando sobre la pista. No tenía visibilidad, la niebla lo cubría todo.

El avión de PanAm seguía en la pista, buscando la salida, sin saber que el KLM iba directo hacia ellos.

Cuando los pilotos se dieron cuenta de que estaban rodando sobre la misma pista, ya era tarde. “Supimos que venía hacia nosotros porque vimos las luces de aterrizaje brillando. Al principio no me asusté porque pensé que sabía que estábamos ahí”, contó Bragg.

En la cabina del KLM, el ingeniero de vuelo le preguntó a van Zanten: “¿El avión PanAm ya desocupó la pista?”. Y el piloto, sin dudarlo, respondió, “sí”. Iban a 240 kilómetros por hora.

Continúa el sobreviviente Bragg, que pudo ver toda la secuencia desde la cabina del avión de Panam: “Habrían pasado unos 10 o 15 segundos desde que lo vimos hasta que nos chocó. Nos debe haber visto al mismo tiempo que nosotros, porque rotó el avión e intentó una maniobra de despegue, pero golpeó la cola del avión con la pista. Me agaché, cerré los ojos y, cuando el avión de KLM nos golpeó, pensé sinceramente que no nos había dañado. Fue un impacto muy ligero, sonó más o menos como un bum. Fue tan leve que parecía increíble, hasta que abrí los ojos y miré”, relató.

La maniobra desesperada que intentó el piloto holandés fue poner los motores al máximo, apurar el despegue, y pasar al avión de PanAm por encima. Pero falló. El avión de KLM golpeó el techo y la cola del de PanAM. Después se estrelló contra el suelo y se prendió fuego.

La decisión de van Zanten de cargar 55.000 litros de combustible empeoró todo: hizo al avión más pesado e intensificó el estallido. Los 248 ocupantes del avión de KLM murieron en el acto.

El avión de PanAm también se prendió fuego. Pero tuvo un poco más de suerte, si se quiere: 61 personas lograron escapar por un agujero que el impacto abrió en el fuselaje.

“¡Salten, salten!”

“Cuando abrí los ojos, el techo ya no estaba y parte del piso también había desaparecido. El avión de KLM había pasado a nada de mi cabeza. El capitán se dio vuelta y nos dijo a los tres que quedábamos en la cabina —porque el mecánico, John Cooper, se había caído por el agujero y colgaba boca abajo—: ‘¡Salten, salten!’. Yo me tiré de cabeza y en el aire giré para caer parado, y caí en el pasto. Los otros se lastimaron más porque intentaron saltar directo al suelo. Con Cooper empezamos a sacar gente del avión; logramos sacar a tres o cuatro hasta que el fuego empezó a avanzar y nos tuvimos que ir”.

El testimonio, recogido por El Mundo, es de Juan Antonio Murillo, un sobreviviente del avión PanAm que, en ese entonces, era delegado de la aerolínea en el sur de Europa y el norte de África. No estaba previsto que estuviera ahí. Se sentó en los llamados jump seats.

“Yo sí lo vi venir, el copiloto y yo lo vimos venir. Bragg gritó: ‘¡Cuidado, cuidado!’. Y el comandante nuestro giró unos 20 o 30 metros para ladearnos un poquito. Ese fue el motivo de que no chocáramos de frente. Si hubiéramos chocado de frente no estaría hablando con usted ahora. El asiento en el que yo estaba era de observador, estaba más elevado que el de la tripulación; cuando abrí los ojos el techo no estaba”, concluyó.

Treinta años después del accidente, el 27 de marzo del 2007, se celebró un acto internacional, organizado por la Fundación de Parientes de las Víctimas del Accidente Aéreo de Los Rodeos de Tenerife, para conmemorar la que hoy se conoce como la mayor catástrofe en la historia de la aviación. Ese día inauguraron un monumento en Mesa Mota, Tenerife, y se reunieron familiares de las víctimas y algunos de los sobrevivientes y participantes de las tareas de rescate.

Se trata de una obra del artista Rudi van de Wint que representa una escalera de caracol de 18 metros de altura, “Stairway to Heaven”, cuyos peldaños parecen seguir hacia el infinito, pero son interrumpidos bruscamente. Se inauguró a las 17.06.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/el-desastre-de-tenerife-errores-de-comunicacion-niebla-y-un-atentado-terrorista-nid12052026/

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