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El Eternauta, una versión libre y argentina de La Odisea

La adaptación al cine de La Odisea realizada por Christopher Nolan deslumbra por sus recursos visuales, logrados gracias a los avances tecnológicos de los últimos años. Sin embargo, el film rec...

La adaptación al cine de La Odisea realizada por Christopher Nolan deslumbra por sus recursos visuales, logrados gracias a los avances tecnológicos de los últimos años. Sin embargo, el film recientemente estrenado no deja de ser el eslabón más reciente de una larga cadena de adaptaciones y derivados de la gesta homérica. Entre ellos podemos nombrar al Ulises de Joyce y también, curiosamente, a El Eternauta.

El autor de esta última obra, Héctor Germán Oesterheld, se sintió atraído por la cultura y la literatura griega desde sus primeros años de estudio. Según recordaba su esposa Elsa, esa pasión por los griegos se manifestó desde temprana edad. En el colegio, cuenta, en lugar de tomarle examen en la materia de filosofía, lo hacían dictar la clase a él. “A la filosofía griega, a los grandes filósofos de las primeras épocas y los textos clásicos, él los conocía como un ABC”.

Cuando Elsa conoció a H. G. Oesterheld, sus amigos en común se lo presentaron como “Sócrates”. Rememoraba Elsa: “Yo me quedé con la duda: no sabía si Sócrates era su apellido, un seudónimo, su nombre o qué diablos era. Y estuve como dos meses sin saber. Al final resultó que él era un sabio de la literatura griega y por eso los compañeros lo llamaban Sócrates”. Hablar de rastros homéricos es, en este caso, un understatement. El Eternauta reproduce, de hecho, el marco narrativo de La Odisea incluso con más fidelidad que la película de Nolan.

En las primeras viñetas de la historieta, el protagonista, Juan Salvo, se presenta de manera extraña: se va materializando gradualmente hasta que su figura se vuelve del todo nítida y definida. La escena entera es un calco del canto VII de La Odisea. El héroe, tras haber naufragado en la isla de los feacios, recibe una vez más la ayuda de Atenea, quien lo envuelve en una fina niebla y lo vuelve invisible. Merced a ese recurso, Odiseo logra ingresar sin ser detectado al palacio y se inclina ante los reyes. En ese instante, la niebla se disipa y Odiseo se vuelve repentinamente visible ante todos los presentes, quienes “se quedaron atónitos al ver al héroe en el interior del palacio. Y se pasmaban mirándolo” (canto VII: 139-146. Nota: esta cita y las que siguen corresponden a la traducción del helenista español Carlos García Gual). Odiseo solicita entonces ayuda a los reyes, quienes le ofrecen hospitalidad y descanso. Más adelante, cuando el rey Alcínoo pregunta al héroe por su nombre y sus orígenes, Odiseo responde de un modo vacilante: “¿Qué voy a contarte al principio, y luego, y qué al final? Pues muchos pesares me infligieron los dioses del cielo” (canto IX: 15-17).

Christopher Nolan saltea esta escena en su película, pero Oesterheld la reproduce al comienzo de El Eternauta. Juan Salvo, como Odiseo, se vuelve visible ante el propio Oesterheld, quien, en un acto de metaficción, se incluye como personaje de su obra y exclama sorprendido: “¡Es para creer en fantasmas!”. Como los reyes feacios, el guionista le pregunta a su misterioso visitante: “¿Quién eres tú?”. Juan Salvo, al igual que Odiseo, vacila antes de contestar y, cuando lo hace, revela que ha estado entre muchos pueblos: “Podría darte centenares de nombres -responde- y no te mentiría: todos han sido míos”.

Y así como el rey Alcínoo le pregunta a Odiseo por dónde anduvo errante, Juan Salvo se refiere a su condición “de navegante del tiempo, de viajero de la eternidad”. Y del mismo modo en que Odiseo había pedido el favor de los reyes feacios, Juan Salvo solicita la hospitalidad del guionista: “¿Me darás un lugar, verdad? No necesito otra cosa que un rincón para reponerme. Porque estoy cansado, terriblemente cansado”. La escena que se produce a continuación es semejante a la que describe Homero: Juan Salvo, el Eternauta, comienza a relatar su historia. “Cuando te la cuente -le dice al guionista-, todo se te explicará. Incluso esta forma extraña mía de aparecer”.

Múltiples ardides

A diferencia de la mayoría de las épicas heroicas, que destacan la fuerza y el coraje del héroe en combate, La Odisea resalta la inteligencia y astucia de su protagonista. Su primer verso clama: “Háblame, Musa, del hombre de múltiples ardides”. Esta última expresión es una traducción del adjetivo griego πολύτροπος (polýtropos), que Homero aplica a Odiseo y que también puede traducirse como “de muchos recursos”, “de muchas vueltas” y también como “complejo” o “versátil”. Otros calificativos que el narrador utiliza a lo largo de su obra para describir al héroe son “astuto” (polýmetis), “diestro en trucos” (polyméchanos), “muy sufrido” (polýtlas), o “muy inteligente” (polýphron), todos los cuales servirían para describir muy apropiadamente al Eternauta y a sus compañeros.

Hay además otro rasgo, quizá el más curioso de Odiseo, que lo aparta aún más de la figura del héroe tradicional: sus habilidades manuales y el disfrute y el orgullo que le produce ejercerlas. “En habilidad no puede competir conmigo mortal alguno: en encender el fuego y astillar la leña seca, en repartir las carnes, asarlas y escanciar el vino” (canto XV: 321-325). Los personajes de Oesterheld despliegan habilidades similares.

Al comienzo de su narración, Juan Salvo presenta a sus amigos e indica sus respectivas aficiones: a Polsky le gusta fabricar violines; Lucas está intentando construir “a pulmón” un contador Geiger y Favalli reparte su entusiasmo entre “un velerito que tenía en Olivos y la electrónica”; en tanto que él mismo se entretiene con el aeromodelismo. Ya desatada la invasión extraterrestre, el grupo se encarga de masillar la casa y así aislarla de la nevada mortal. Logran adaptar una radio para que funcione a pilas, instalar un extractor de aire en el garaje y fabricar trajes aislantes. Más adelante, se las ingenian incluso para crear “teledirectores” falsos, arrancándoles las lengüetas a los verdaderos, y así engañar a los hombres-robots.

Los hijos

Otro personaje de la epopeya homérica que Nolan desarrolla en su película es Telémaco, el hijo de Odiseo. Angustiado por su total desconocimiento acerca del paradero de su padre, el muchacho decide zarpar para consultar a quienes fueron los camaradas de armas de su progenitor. La diosa Atenea, en forma de Méntor, aprueba el viaje y se ofrece a acompañarlo: “En mí tienes a un leal camarada de tu padre”, le dice a Telémaco, “tanto que he de prepararte una negra nave y yo mismo iré contigo” (canto II: 285-288).

Oesterheld presenta un episodio análogo, en el que proyecta a la figura de Telémaco en el joven Franco. Este último le propone a Juan Salvo hacer una salida de exploración. Como a Telémaco, a Franco lo motiva “el desconocimiento absoluto” de su situación. “No sabemos nada sobre el enemigo -argumenta el joven- y no es posible vencer a ningún rival en esas condiciones”. Juan Salvo, de mayor experiencia, acepta acompañarlo y sus palabras son un eco de la respuesta de Méntor recién citada: “En cualquier otra circunstancia te diría que te buscaras otro compañero de aventuras. Pero es tanto lo que se juega en todo esto que no hay alternativa: marcharé contigo”.

Telémaco sabe que sus movimientos son seguidos de cerca por sus enemigos, de modo que espera la caída de la noche para subir a su barco y partir. De manera análoga, los protagonistas de El Eternauta, refugiados en la cancha de River, se saben sometidos a la más rigurosa vigilancia por parte de los invasores extraterrestres. Por este motivo, Juan Salvo y Franco parten, como Telémaco, con sigilo en la oscuridad. Homero describe la escena con estas palabras: “Hundióse el sol y las calles se llenaban de sombras” (canto II: 388). Oesterheld anota: “Silenciosos, como sombras, salimos del estadio”. Las coincidencias son notables: en las dos obras figura un joven que decide partir en una expedición, impulsada por su desconocimiento; un acompañante mayor y experimentado que acepta ir con él y por último una partida furtiva y silenciosa, amparada por la oscuridad de la noche y con las sombras como imagen dominante.

Regresos y reconocimientos

El retorno de Odiseo a su tierra culmina con la restauración de su autoridad. Pero antes de ello, el héroe debe reconocer que ha vuelto a su tierra y conseguir que otros, a su vez, lo reconozcan. Gradualmente, se presenta ante los suyos y urde un plan para librar su casa de los pretendientes invasores; Penélope, su esposa, aunque al principio se muestra incrédula, finalmente lo acepta y lo abraza emocionada. La influencia de estos hechos de La Odisea es palpable en el final de El Eternauta. En las últimas viñetas del relato, Juan Salvo, quien había sido expulsado del espacio-tiempo terrestre en el año de la invasión, 1963, descubre que ha regresado a la Tierra en 1959. Es decir: ha vuelto cuatro años antes de su partida. Tras descubrir esta paradoja temporal, corre precipitadamente hacia su chalet; el guionista lo sigue a duras penas y recién lo alcanza cuando este ha llegado ya a su meta.

Para ese entonces, algo inexplicable ha ocurrido: las dos versiones de Juan Salvo, el del presente de la narración y el recién llegado del futuro, parecen haberse fusionado en uno solo. Elena, la esposa de Juan, lo mira un poco sorprendida y le dice: “Creí que no volvías más. ¿Tanto tiempo te llevó buscar el diario? ¿Dónde estuviste?”. La respuesta de Juan es desconcertante por lo simple: “La verdad es que no lo sé, no lo sé”. Oesterheld recurre al olvido para solventar lo inexplicable y, para ello, se inspira una vez más en Homero. En el canto XIII, Atenea le confiere a Odiseo el aspecto de un mendigo anciano. Por eso, cuando se encuentra con los suyos, él identifica a todos, pero nadie logra reconocerlo. Oesterheld invierte los roles: en El Eternauta no son los familiares quienes tienen nublada su percepción, sino el héroe, que no logra reconocer al guionista. Ha olvidado su pasado, incluso la noche que viene de pasar en vela relatándole a este último la historia entera de la invasión. “Dispense, señor -se disculpa Juan Salvo ante el propio Oesterheld- pero ni sé de qué está hablando. Debe haber algún tipo de confusión”.

La familia del Eternauta no parece notar nada inusual en su apariencia, pese a que este acaba de regresar de un peregrinaje de siglos. Cabría esperar, al menos, que lo vieran más encanecido o detectaran más arrugas en su rostro. Pero no: el “Juan” que ha vuelto tras recorrer la eternidad tiene exactamente el mismo aspecto que el que había salido minutos antes a comprar el diario. ¿Cómo se explica esto? Una vez más podemos recurrir a La Odisea. Allí, la diosa Atenea devuelve al héroe su aspecto original para que este se presente ante su hijo: “Lo tocó Atenea con su varita de oro. Un manto recién lavado y una túnica le envolvieron el cuerpo, y le infundieron arrogancia y juventud. De nuevo se volvió moreno de piel, y se redondearon sus mejillas, y los cabellos de su barba ennegrecieron”. (canto XVI: 173-180). La versión de El Eternauta dibujada por Alberto Breccia, que se publicó años más tarde (en 1969), confirma esta huella homérica. El guionista afirma acerca de Juan Salvo: “Ha rejuvenecido. No me reconoce. Ha olvidado todo, todo”. Es un final de misterio y extrañeza que, a la vez, plantea varias de las cuestiones centrales de la obra: la identidad, la memoria, el tiempo y el destino.

La vuelta al hogar

Ambas historias están atravesadas por el anhelo del nóstos, o regreso al hogar, término que proviene de la misma raíz indoeuropea, *nes, que en alemán da el verbo genesen, “recuperarse” o “sanar”. Así como Odiseo es un hombre errante que recorre los mares para regresar a su hogar, el Eternauta es un viajero de la eternidad que deplora su “triste y desolada condición de peregrino de los siglos”. A ambos personajes los guía un mismo impulso: la necesidad de volver a su casa y reencontrarse con los suyos. “Porque eso es lo que hago siempre -afirma el Eternauta- buscar, buscar, buscar”.

Entre todas las obras de la literatura griega, La Odisea fue la que más influyó en Oesterheld, pero de ningún modo la única. En El Eternauta encontramos, también, ecos de La Ilíada, de tragedias de Sófocles y Esquilo y también de otras obras menores y menos conocidas. Oesterheld era un helenista cabal que alcanzó un conocimiento profundo de la cultura griega.

La otra gran vertiente que influyó sobre El Eternauta, vale agregar, fue la obra de Jorge Luis Borges. En palabras del propio Oesterheld: “Yo casi no leo historietas. Leo literatura. Leo constantemente. Y si Borges saca un último libro voy a ir a comprarlo. Ésas son mis fuentes, si me pongo a pensar. Yo leo buenos autores”.

El Eternauta es sin duda un gran relato de aventuras y de ciencia ficción. Pero es además una obra literaria de gran porte, escrita por un autor erudito: una verdadera odisea espacial argentina.

Martín Hadis es máster en Media Technology del MIT Media Lab, máster en antropología por la Universidad de North Texas y doctor en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona; más información: martinhadis.com, sitio web dedicado a Borges, Oesterheld y Tolkien

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/el-eternauta-una-version-libre-y-argentina-de-la-odisea-nid15082026/

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