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El impensado y espectacular templo construido por un culto al pie de la precordillera

Una estructura simétrica, de hormigón y acero, revestida con piedra caliza traída de Portugal. Su aguja central se eleva 33 metros. En la fachada, una inscripción: Santidad al Señor. La Casa d...

Una estructura simétrica, de hormigón y acero, revestida con piedra caliza traída de Portugal. Su aguja central se eleva 33 metros. En la fachada, una inscripción: Santidad al Señor. La Casa del Señor. Los vitrales muestran la flor de jarilla y patrones geométricos inspirados en los azulejos de una plaza local. En los jardines que la rodean crecen árboles, arbustos y plantas perennes nativas. Pocos podrían imaginar que se trata de una construcción emplazada en El Challao, un barrio del departamento de Las Heras, en Mendoza, donde el tejido urbano se deshilacha contra los viñedos que se extienden hacia la precordillera.

Se trata del Templo en Mendoza de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Entre el 22 de agosto y el 7 de septiembre de 2024, cualquier persona pudo recorrerlo. Fueron 16 días en los que miles de visitantes hicieron fila en la Avenida Champagnat para atravesar sus puertas. Era, en el vocabulario institucional, la “casa abierta”. Después vendría la dedicación formal, y con ella el cierre definitivo. Entre los que pasaron por el templo durante esos días hubo jueces de la Suprema Corte de Mendoza, cónsules asignados a la provincia, funcionarios de gobierno, el gobernador Alfredo Cornejo y la reina de la Vendimia, Agostina Saua. El obispo mendocino Raúl Mercau, que participó de las jornadas previas reservadas para invitados especiales, recuerda el efecto que el edificio producía en quienes lo recorrían. “Pudimos ver cómo se transformaban al entrar y al salir”, asegura. Una amiga suya, no miembro de la Iglesia, le resumió la experiencia con una frase: lo que más le gustó fue haber sentido que entraba “al cielo”.

Los vitrales artísticos fueron diseñados por el taller estadounidense responsable de varios templos de la Iglesia, Holdman Studios, en colaboración con estudios locales. Muestran la flor de jarilla, nativa de la región, e incorporan patrones geométricos inspirados en los azulejos de la Plaza España. Las acequias, los canales de riego que estructuran el paisaje urbano de Mendoza desde la época colonial, también aparecen como motivo de diseño. Es un gesto de localización sobre una arquitectura que es, en su lógica profunda, completamente foránea: los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que ya suman casi 200 en funcionamiento en todo el mundo, comparten una familia de formas y materiales que los hace reconocibles en cualquier latitud. El de Mendoza se parece más a los que se construyen en Utah o en Filipinas que a cualquier iglesia del centro mendocino.

Un templo mormón no es una iglesia. La distinción es funcional y doctrinal, y define todo lo que ocurre —y lo que no puede ocurrir— dentro de ese edificio de piedra portuguesa en Las Heras.

Las congregaciones locales tienen sus propios edificios de reunión, las capillas, donde se realizan los servicios dominicales y las actividades comunitarias. El predio de Las Heras incluye una capilla de uso corriente, destinada a los encuentros de los domingos. El templo es otra cosa. “Los templos son únicos porque son distintos a las capillas en las cuales se reúnen los miembros todos los domingos”, explica Mercau. Es el recinto donde se administran las ordenanzas: ceremonias que no tienen equivalente directo en el catolicismo ni en el protestantismo. Allí se celebran los matrimonios —llamados “sellamientos”— que, según la doctrina, no concluyen con la muerte sino que unen a los cónyuges por la eternidad. Allí se bautizan los muertos.

Este último punto merece detenerse. La Iglesia enseña que millones de personas que murieron antes de tener acceso al Evangelio merecen la posibilidad de recibir las “ordenanzas de salvación”. Por eso, los miembros realizan bautismos por inmersión en representación de sus propios antepasados fallecidos. La persona ya muerta, según la doctrina, tiene la libertad de aceptar o rechazar esa ordenanza en el más allá. Para sostener esa práctica, la Iglesia construyó durante décadas una red genealógica mundial (FamilySearch) con registros de antepasados de más de 110 países, de acceso gratuito. El baptisterio del Templo de Mendoza, una pila bautismal de inmersión total, existe para ese fin, entre otros.

El centro de ese sistema doctrinal es la sala de sellamientos, donde se formalizan los matrimonios eternos y los vínculos familiares que, según la creencia, trascienden la muerte. Mercau y su esposa fueron sellados en un templo antes de que existiera el de Mendoza. “Mi esposa y yo fuimos sellados, no hasta que la muerte nos separe, sino por tiempo y eternidad“, dice. El salón celestial es la sala de mayor jerarquía simbólica: el espacio de reposo y meditación al que acceden los miembros después de completar las ordenanzas. “Es un salón donde uno está en silencio, representa justamente el cielo”, describe Mercau. “La mayoría de las personas lo que recordaban era eso”, añade.

Una vez dedicado el templo, ninguna de estas salas volvió a ser accesible para quienes no son miembros activos con una “recomendación del templo”: un documento interno que certifica el cumplimiento de los estándares que la Iglesia exige. Mercau lo formula en términos propios: pueden ingresar “las personas que se esfuerzan por vivir los mandamientos, de tener una vida acorde con lo que Dios espera de nosotros”.

Hay un ritual adicional que marca la frontera entre adentro y afuera. Quienes acceden al templo llegan desde el exterior, se dirigen al centro de llegadas —un edificio anexo equipado con duchas y vestuarios—, se sacan los zapatos y se visten íntegramente de blanco. Hombres y mujeres, sin distinción de ropa ni de condición. “Todos somos hijos de Dios, y lo sentimos adentro del templo”, dice Mercau. El blanco, explica, tiene un doble simbolismo: la igualdad ante Dios y la aspiración a la pureza.

¿Quiénes son los mormones?

En abril de 1820, según la doctrina que sostiene esta Iglesia, un joven de 14 años llamado Joseph Smith se internó en un bosque del estado de Nueva York y recibió la visita de Dios y Jesucristo. Diez años después, el 6 de abril de 1830, fundó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Fayette, Nueva York, con seis miembros iniciales. Hoy, casi dos siglos después, la Iglesia contabiliza 17 millones de fieles en el mundo y tiene cerca de 350 templos dedicados, en construcción o anunciados en todos los continentes. Es uno de los movimientos religiosos de mayor crecimiento del siglo XX.

La expansión no fue lineal. A mediados del siglo XIX, la Iglesia fue expulsada sucesivamente de Nueva York, Ohio, Missouri e Illinois —donde Joseph Smith fue asesinado por una turba en 1844— hasta que Brigham Young condujo a sus seguidores en una travesía de 1.600 kilómetros hacia el valle del Gran Lago Salado, en lo que hoy es Utah. Ahí establecieron su sede central, Salt Lake City, donde permanece hasta hoy.

A la Argentina llegaron en 1925, cuando dos misioneros norteamericanos realizaron lo que la Iglesia llama “la dedicación” del país bajo un árbol en los Bosques de Palermo. Eran los primeros enviados del culto a Sudamérica. Cien años después, la Iglesia asegura tener en el país más de 500.000 fieles organizados en más de 730 congregaciones, un salto significativo respecto de los 400.000 que contabilizaba una década atrás. El sociólogo Fortunato Malimacci, investigador del Conicet especialista en religión, matiza esa cifra: en la última medición disponible, de 2019, los Santos de los Últimos Días fueron contabilizados junto a los Testigos de Jehová, y entre ambos grupos representaban el 2,1% de la población. Verificar el crecimiento que la propia Iglesia reporta es, por ahora, imposible desde afuera.

Lo que sí es verificable es la velocidad con la que están construyendo. En Argentina inauguraron cinco templos en menos de cuatro décadas —Buenos Aires en 1986, Córdoba en 2015, Salta en junio de 2024, Mendoza en septiembre de 2024 y Bahía Blanca en 2025— y tienen dos más en distintas etapas de avance: Rosario y un segundo templo en el centro de Buenos Aires. Este último, proyectado en Córdoba y Reconquista, enfrenta resistencia de vecinos y aún no tiene aprobación del gobierno porteño. El mismo día que se anunció, se dio a conocer que la Iglesia construiría unos 300 nuevos templos en todo el mundo.

Los fondos para esa expansión provienen principalmente del diezmo: el 10% de los ingresos anuales que cada miembro aporta voluntariamente. Durante décadas, los ahorros acumulados —en una institución donde los líderes locales no perciben salario— se canalizaron hacia un fondo de inversión que con el tiempo se volvió millonario. En 2023, el gobierno de Estados Unidos le aplicó una multa a la Iglesia por no haber declarado correctamente ese fondo ante el fisco. Las autoridades de la Iglesia explicaron que regularizaron su situación y pagaron los impuestos correspondientes, y sostienen que la construcción de nuevos templos no tiene relación con ese fondo sino con el compromiso institucional hacia sus miembros.

La llegada a Mendoza

La región de Cuyo no era territorio desconocido para La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días cuando se anunció el templo. Los primeros misioneros llegaron a Mendoza en 1941, enviados desde la misión Argentina. Fueron los élderes Antonietti y Christensen quienes abrieron la Rama Mendoza, la primera unidad organizativa de la Iglesia en la provincia. Treinta años después, en 1972, se organizó la primera estaca —la unidad equivalente a una diócesis en el catolicismo— en Mendoza, la tercera de Argentina, con una reunión inaugural que convocó a más de mil personas.

El templo, entonces, no llega a una comunidad incipiente. Llega a una comunidad con más de ocho décadas de historia local, con varias estacas consolidadas y una infraestructura de capillas distribuidas en Mendoza, San Juan y San Luis. Lo que no tenían, hasta 2024, era un templo propio. El más cercano era el de Córdoba, inaugurado en 2015 y ubicado a más de 640 kilómetros. El de Santiago de Chile queda a menos de 200 kilómetros en línea recta, pero la ruta por los pasos andinos duplica el tiempo de viaje.

Para un miembro mendocino que quisiera casarse en un templo —que en la doctrina de la Iglesia es la única forma de matrimonio eterno— o realizar ordenanzas por sus antepasados, la opción más accesible implicaba una logística considerable. El templo de Las Heras resuelve esa ecuación. Está pensado, según Mercau, para acercar las bendiciones del templo a los fieles de Mendoza, San Juan y San Luis principalmente. La comunidad que lo sostiene y que lo usa es, según datos de la propia Iglesia, de alrededor de 40.000 personas solo en la región de Cuyo.

La historia previa

El edificio fue anunciado en octubre de 2018 por el presidente de la Iglesia, Russell M. Nelson, como parte de un paquete de doce nuevos templos identificados durante la conferencia general de ese año. La palada inicial se realizó en diciembre de 2020, en plena pandemia, con un grupo reducido de líderes. La arquitecta del proyecto fue Tanya Davis; el diseño de interiores, de Cherie Carlini; la construcción, a cargo de Henisa Sudamericana S.A. Cuando se dedicó, en septiembre de 2024, pasó a ser el templo número 197 en funcionamiento de la Iglesia en el mundo. El interior alberga dos pinturas originales encargadas específicamente para el templo. Una es de Oscar Campos, artista argentino nacido en Cutral Co, discípulo del reconocido pintor Axel Amuchástegui: representa el nacimiento del río Tunuyán. La otra es del estadounidense Kimbal Warren, de Utah, y retrata el Aconcagua. Son los dos únicos elementos visuales del interior que alguien de afuera de la Iglesia puede conocer hoy, a través de las fotografías publicadas durante la casa abierta. El resto —las salas de sellamiento, el salón celestial, el baptisterio— existe detrás de puertas que ya no se abrirán para el público general.

El templo funciona de martes a sábado. Los lunes permanece cerrado; los domingos, los fieles asisten a sus capillas. Mercau y su esposa van habitualmente los viernes a la tarde. Para él, el edificio de Las Heras no es solo una solución logística a la distancia que antes los separaba del templo de Córdoba. Es algo más difícil de traducir para quienes no comparten la misma raigambre religiosa: “El templo es donde podemos sentir de una manera increíble el amor de nuestro Padre Celestial”.

En la provincia del malbec y la cordillera, en una ciudad que no tenía nada parecido, el edificio blanco reluciente resulta visible desde la Avenida Champagnat, con su aguja elevada al cielo y sus jardines nativos floreciendo según la estación.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/el-impensado-y-espectacular-templo-construido-por-un-culto-al-pie-de-la-precordillera-nid14052026/

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