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El perfumista extranjero que capta a qué huele cada barrio porteño

Entró al mundo de los aromas a través del vino. Ese fue el puntapié que signó la extensa trayectoria del perfumista francés Enzo Barrau, que elige vivir y trabajar en Buenos Aires. Todo...

Entró al mundo de los aromas a través del vino. Ese fue el puntapié que signó la extensa trayectoria del perfumista francés Enzo Barrau, que elige vivir y trabajar en Buenos Aires.

Todo comenzó en el marco de una pasantía en una bodega, mientras iba al colegio secundario, al suroeste de Francia, en Bordeaux, región vitivinícola por antonomasia. Después llegó la sugerencia de su padre, para que se interiorice en las fragancias y haga su primer taller de especialidad.

“Cada perfumista tiene su gama”, expresa Barrau en su atelier en Recoleta, abarrotado de frascos de distintos tamaños, cuyas materias primas van de lo más clásico a lo más exótico. “A mí me gusta una tonalidad y a otros, otra”, detalla, y lo relaciona con la elección que se puede hacer al tener que decidir frente a una paleta de colores.

Formado en química especializada en perfumería y cosmética por la Université du Havre, y con amplia experiencia en el rubro -que incluye su paso por el laboratorio de investigación y desarrollo de la prestigiosa firma Hermès-, Barrau es el fundador de Bureau des Sens, la empresa enfocada en perfumes de nicho. ¿De qué se trata? De productos hechos a medida que buscan transformar emociones en fragancias únicas, tanto para marcas como para personas, lo mismo para espacios que pretenden una identidad olfativa.

Hasta acá, Barrau estuvo a cargo de la fragancia del restaurante Osaka e hizo lo propio con los perfumes de las casas de indumentaria de mujeres Naum y de la sartorial Raimondi. A su vez, Hu Manos fue el producto que realizó tras la pandemia, en una fusión de arte contemporáneo y artesanía.

¿Cómo es la dinámica para desarrollar un nuevo perfume? Según el experto, se tienen que concretar al menos tres encuentros con el cliente, ya sea para una empresa, un local gastronómico o para una persona que quiere tener su propia fragancia. Y de acuerdo con ese devenir aclara que la primera de esas reuniones es la más importante, porque es cuando recibe la información útil para poder hallar la clave de lo que buscan y aportar identidad. “Es importante para saber lo que gusta y lo que no”, subraya al respecto, y aclara que no existe un decálogo preestablecido de los aromas, por eso trabaja con referencias a colores y texturas.

“Patrimonio olfativo” es la denominación que le da justamente a los aromas que cada uno tiene de su propio mundo. Por caso, no es lo mismo el recuerdo que una persona puede tener de la casa de su abuela que el que tienen otras.

Luego Barrau le presenta tres proyectos de los perfumes que imaginó al cliente. Uno es lo más parecido a lo solicitado, otra opción es una nueva versión, con algunas diferencias, y un tercero es algo más disruptivo, basado en su interpretación. Por último, una vez que se haya elegido entre todas las posibilidades, comienzan los ajustes para acercar la idea primigenia al resultado. “Es como hacer un traje a medida”, señala. “Si no le entra, lo retocamos”, agrega, y lo relaciona con el saber hacer de un sastre y, por ende, con la sabiduría que se impregna en todas las piezas hechas a mano, guiadas sobre todo por el “paso a paso”.

“Quería un perfume que no fuera raro, pero si original”, indica sobre Mycelium, uno de sus últimos hallazgos. Ese es el nombre de la fragancia que cocreó con Nicola Constantino, a quien había conocido un tiempo atrás en el marco de Arteba. ¿En qué consiste el desarrollo? Es una edición limitada (solamente 150 piezas) y numerada, que, al mismo tiempo, posee en cada uno de sus frascos un trabajo en cerámica único, diseñado por la artista, en consonancia con “Banquete para enormes colibríes”, la muestra que presentó en la galería Praxis.

Mycelium está inspirado en la red subterránea de los bosques, conformado por una primera unión entre bergamota y mandarina, con un corazón compuesto por cardamomo cálido y especiado, acompañado de la corteza de la canela. Luego se devela la frescura del liquen -musgo de árbol húmedo- y sobre éste, un tapiz de flores entrelazadas con matices de hongos esponjosos, sumado a un pino patagónico y a maderas como el cedro y el sándalo. Por último, y como corolario de fondo, los acordes de ámbar, patchouli y almizcles.

Comenta Barrau que la elección o los gustos en cuanto a perfumes es algo que varía social y culturalmente. Así es que, en los países árabes, por ejemplo, la tendencia va por algo más potente, y en Japón, en cambio, apuntan más bien a la discreción, a las fragancias poco invasivas.

Además, observa que cada ciudad y hasta cada provincia tiene un olor distinguible, y en ese sentido dice que cuando viaja a Chubut, por ejemplo, de inmediato siente el aroma a pino. ¿A qué huele Buenos Aires?, es la pregunta obligatoria. “Un poco a lo obvio; al asado”, responde al instante. También reconoce un olor húmedo y dice que, hacia el norte de la ciudad, Palermo huele a caballos, por el Hipódromo, y yendo al sur, La Boca recuerda a agua estancada, por el río.

Es que hay tantos olores como barrios porteños, esa es seguramente una de las tantas razones por las que elige vivir y trabajar en esta tierra. Pero hay algo más, una idea con la que concluye: “Acá se pueden hacer cosas hermosas”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/el-perfumista-extranjero-que-capta-a-que-huele-cada-barrio-porteno-nid14062026/

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