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Engañarse a uno mismo puede ser delicioso

NUEVA YORK.— Semanas atrás, en este espacio se reportó sobre el regreso con gloria del yogur helado. Finalmente, el matutino hizo eco del tema, precisando que este año ya se abrieron más del ...

NUEVA YORK.— Semanas atrás, en este espacio se reportó sobre el regreso con gloria del yogur helado. Finalmente, el matutino hizo eco del tema, precisando que este año ya se abrieron más del doble de tiendas de fro-yo —como lo llaman aquí los iniciados, abreviando frozen yogurt— que el año pasado. Y retomó la eterna pregunta: ¿es realmente más saludable que el helado tradicional?

La respuesta de los expertos consultados por el matutino fue la típica que no satisface a nadie: depende.

El yogur helado tiene menos calorías y menos grasa saturada que el helado, pero para compensar la acidez natural del yogur suele contener más azúcar. En cuanto a los probióticos —el gran argumento de venta del fro-yo versión 2026— resulta difícil saber cuántos cultivos vivos contiene realmente cada versión, y si sobreviven al proceso de elaboración.

Y después están los toppings. Según los nutricionistas —y como es evidente para cualquiera que aproveche las larguísimas colas para observar con qué va saliendo la gente— toda diferencia calórica, cualquier compromiso declarado con la salud intestinal y cualquier pasión por el medio ambiente quedan automáticamente neutralizados, si no directamente aniquilados, por estas cositas dulces a elección que se les tira encima.

El cliente que elige una base de yogur griego ultradescremado, elaborado con leche orgánica de vacas que probablemente pastoreaban contemplando la Estatua de la Libertad para minimizar la huella de carbono, suele coronarla con galletitas Oreo trituradas, llegadas de alguna planta industrial de New Jersey, una montaña de ositos Haribo fabricados en Wisconsin y —como todavía no entendieron que, para pecar, solo cuenta el dulce de leche— una cascada de salsa de caramelo cuya procedencia exacta probablemente requirió también de varios camiones y más de una autopista interestatal.

Naturalmente, Seinfeld, que ya había visto todo lo que había para ver en Nueva York, se ocupó del yogur helado durante la primera gran ola de su popularidad, allá por los años noventa.

En uno de los episodios más recordados de la serie, los protagonistas descubren una cadena de yogur helado supuestamente libre de grasa y empiezan a consumir cantidades industriales. Jerry, George y Elaine engordan visiblemente. La sospecha de fraude escala hasta involucrar al entonces candidato a alcalde Rudy Giuliani, que aparece interpretándose a sí mismo. Cuando la cadena reformula el producto para que cumpla lo que promete, todos lo escupen: es horrible.

El tema es que, si Seinfeld se burlaba de la idea de que el yogur helado pudiera ofrecer una vía de escape a las consecuencias del placer, la discusión actual ha dado un giro todavía más inesperado. Ya no se trata de si el fro-yo es mejor que el helado, sino de si el propio helado ha sido injustamente difamado durante décadas.

En estudios de largo plazo realizados por investigadores de Harvard sobre cerca de 190.000 personas, apareció repetidamente una asociación inesperada entre el consumo regular de helado y menores tasas de diabetes tipo 2, especialmente entre quienes consumían dos o más porciones semanales. Los investigadores nunca lograron explicar del todo el fenómeno. El hallazgo se viralizó en TikTok con la velocidad que merece cualquier noticia que parezca justificar un placer culposo, y la categoría “helado como alimento saludable” acumula millones de visualizaciones. La ciencia, desde luego, es bastante más cautelosa: los estudios son observacionales y no prueban causalidad. Pero en el universo contemporáneo del bienestar, ese detalle rara vez detiene a nadie.

El resultado de tanta discusión sobre yogur helado y helado a secas es que en Nueva York, este verano, no hay postre frío que no tenga sus defensores apasionados. Para esta cronista, como ninguno se acerca siquiera al helado argentino, la cuestión se resuelve con un criterio mucho más simple: de todas las filas larguísimas disponibles, solo elegir la que sea apenas un poco más corta.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/enganarse-a-uno-mismo-puede-ser-delicioso-nid21062026/

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