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“Era muy protector”. Es el sobrino del papa Francisco: su último encuentro en el Vaticano y el deseo que Bergoglio no llegó a cumplir

María Elena, su madre, eligió sus dos nombres: el primero –José–, por San José y por el segundo nombre de su padre, un empleado ferroviario en Buenos Aires que tuvo cinco hijos con Regina M...

María Elena, su madre, eligió sus dos nombres: el primero –José–, por San José y por el segundo nombre de su padre, un empleado ferroviario en Buenos Aires que tuvo cinco hijos con Regina María Sívori; y el segundo –Ignacio–, por San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús.

Él, por amor, orgullo y convicción, eligió que esos dos nombres estuvieran unidos a Bergoglio, un apellido que no necesita presentación. “Mi familia es muy religiosa. Mi mamá y mi tía Marta fueron catequistas; mi primo Luis, que es hijo de Marta, es sacerdote, también jesuita, como el tío Jorge…”, dirá en esta entrevista con ¡HOLA! Argentina José Ignacio Bergoglio, el menor de los dos hijos de María Elena, la única hermana con vida de Jorge Mario Bergoglio. Empleado de la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES), casado con Lucía Posse Rodríguez (23), con quien tiene a Sophie, una beba de siete meses, José Ignacio tiene hoy 42 años. Tenía 29 en marzo de 2013, cuando la noticia de que su tío se había convertido en el primer argentino –y el primer latinoamericano y el primer jesuita– en dirigir la Iglesia católica sacudió su vida. Y de repente, José Ignacio se convirtió en una suerte de vocero de los Bergoglio, un rol que fue creciendo, por un lado, debido a la reticencia de su hermano Jorge y de los demás primos de hablar con la prensa y, por el otro, para preservar la salud de María Elena (78), quien reside desde hace unos años en una institución religiosa en la provincia de Buenos Aires. “Nadie de la familia estaba preparado para lo que pasó. De todo el mundo nos llamaban: querían conocer quién era el papa. Con el tiempo, fui tomando la posta de mi mamá. Se trata de una responsabilidad grande y, a la vez, vigorizante. Aunque hace ya un año que no está, el amor hacia Jorge sigue intacto”.

–Bergoglio fue un sacerdote muy comprometido mucho antes de ser arzobispo y cardenal. ¿Lograba hacerse tiempo para estar con la familia?

–Si bien estaba muy abocado a su labor social y pastoral –la villa era su lugar en el mundo–, fue muy presente con nosotros. A veces, cuando mi mamá le preguntaba dónde estaba o si tenía miedo o si se sentía solo, él la tranquilizaba: “Gordita, voy a hacer lo que Dios quiera que haga y hasta que Él diga ‘basta’. Mi guardespaldas es Dios”. En la familia, todos nos las ingeniábamos para estar con él: si se podía, en Nochebuena íbamos hasta la Catedral y lo esperábamos a que terminara de dar misa para estar con él. Y, después, estaban sus infaltables llamados telefónicos. Los domingos nos llamaba: “Bueno, pasame con Jorgito o con José”, decía después de hablar con mamá. Hacía lo mismo con las familias de sus otros hermanos. Después de la muerte de mi tía Marta, en 2007, y de mi tío Alberto, en 2011, Jorge y mi mamá se volvieron mucho más unidos.

–¿Heredaste algo de su carácter?

–La pasión por San Lorenzo no: en la familia somos todos de River; Jorge era la oveja negra. . Creo que tengo su sentido del humor y el ejercicio de escuchar primero para poder responder después: cuando le preguntabas algo, él agarraba su crucifijo, se quedaba pensando y, después, te daba una respuesta. Mucho de lo que soy tiene que ver con lo que mamé al ver a mi tío Jorge. Al igual que mi tío Alberto, Jorge era muy protector, bien de hermano mayor. A mi tío Oscar, que era increíble, lo conocí por poquito tiempo. Junto con mi tío Alberto, mi tío Jorge fue la figura paterna que no tuve. Cuando decidí que quería adoptar el apellido Bergoglio, lo hablé con él.

–Y tu tío, ¿qué te dijo?

–Primero lo hablé con mi mamá. En algún momento, yo había fantaseado con agregar Bergoglio a mi apellido paterno –ese trámite era mucho más rápido–, pero, después, quise sacármelo directamente: la familia de mi padre no significaba nada para mí. No es que yo desconociera mis orígenes; era, más bien, un reconocimiento a la familia que me había cuidado. Mi padre biológico se fue cuando yo tenía 6 meses y toda mi vida transcurrió con mi familia materna. Soy la persona que soy, con mis aciertos y mis defectos, gracias a los Bergoglio. Entonces, después de hablar con mamá, lo hablé con mi tío. Esto pasó mucho antes de que fuera elegido papa. “Dale para adelante, Pepe”, me dijo.

–Vos, ¿cómo lo llamabas?

–Según la situación. Cuando estuvo en el Vaticano, le decía Santo Padre o Papa Francisco. Pero, en el trato directo con él, siempre fue Jorge. O tío. Él, por su parte, me llamaba José, Pepe… o “boludo” , como me dijo en la primera llamada que nos hizo desde Roma, cuando fue elegido para suceder a Benedicto XVI.

–¿Me contás sobre ese día de 2013, cuando fue elegido papa?

–Fue un día de locos. Cuando escuché al cardenal Tauran decir “Giorgio Marium” en medio de la fórmula en latín, fui lo más rápido que pude a lo de mamá. Lloramos abrazados con ella y con mi hermano Jorge; y después se sumaron los primos. Llegó la prensa y, mientras tanto, el teléfono sonaba ysonaba. Atendí una de las llamadas, pregunté quién era: “Soy Jorge, boludo”, me dijo. “Ah, tío, ya te paso con mamá”. . Fue algo espontáneo y bien argentino; y para mí, eso marca cómo fue él: nunca perdió su esencia.

–Tu mamá no volvió a ver a su hermano; vos, en cambio, sí.

–Tres veces. La primera vez fue en Paraguay, la última escala de la gira sudamericana, en julio de 2015. Mi mamá estuvo a punto de ir, pero 24 horas antes decidió no hacerlo y fui yo. ¡No sabés la sorpresa que se llevó! “¡¿Qué hacés acá?!”, me dijo al darse cuenta de que era yo. Y, en ese microsegundo, tomé conciencia de que no sabía cómo saludarlo: ¿tenía que hacer una reverencia, besar el anillo? Al final, y por fuera del protocolo, lo abracé. En ese viaje a Parguagy, lo vi recorriendo las calles en el papamóvil y dando misa. Fue impactante. Porque yo sabía que ese era mi tío, pero, al mismo tiempo, veía a alguien vestido de blanco que irradiaba una energía impresionante.

–¿Y tus otros encuentros cuándo fueron?

–En 2019 tuve con él un encuentro en el Vaticano. Duró una hora y hablamos de todo: de fútbol, de mamá… Porque en 2013, cuando mi tío viajó a Roma para el cónclave, se suponía que iba a volver. A mi mamá le dijo: “Gordita, nos vemos de vuelta”. Y esa vuelta nunca sucedió.

–¿Y la segunda visita a Roma?

–Fue en marzo de 2024. Cuando llegamos a la residencia de Santa Marta con Lucía, mi mujer, él se excusó: había tenido unas líneas de fiebre la noche anterior. Cuando nos despedimos, nos regaló estampitas y rosarios. Fue un encuentro que duró minutos. Ni una foto nos sacamos.

–¿Te lo reprochás?

–Sólo cuando caigo en la cuenta de que fue nuestro último encuentro. Sin embargo, guardo el recuerdo en el corazón. Hablamos de mamá y de él… y de ese reencuentro pendiente entre ellos. Y también de la posibilidad de que él viniera a la Argentina. “Todavía no lo voy a confirmar públicamente, pero quizás viaje para allá”. Lo planeaba, según dijo, para noviembre de 2024 o principios de 2025. Pero, para mí, el viaje que hizo a la República Democrática del Congo y Sudán del Sur, a comienzos de 2023, había deteriorado mucho su salud. El viaje a la Argentina no pudo ser. Y el reencuentro con mamá quedó trunco otra vez.

–¿Cuál fue tu último contacto con él?

–En enero de 2025. Le mandé un mensaje para contarle que Lucía estaba embarazada. “José, felicidades. ¡Qué buena noticia!”, me respondió en un audio breve. Aunque cansado, se le notaba la alegría. Cuando con Lucía nos enteramos del sexo del bebé, decidimos esperar para contarle: en ese momento, mi tío acababa de ser internado. El 20 de abril de 2025, domingo de Resurrección, seguimos por televisión la bendición urbi et orbi. Si bien lo vimos debilitado, la sensación que tuvimos fue que había Jorge para rato.

–A un año de su muerte, ¿cómo lo van a recordar ustedes?

–Juntos. Ya sea de manera presencial o con una videollamada, la idea es acompañar a mamá. Para ella, la muerte de su hermano fue muy dolorosa; si bien tiene gran fuerza, ahora está con la emoción a flor de piel. En este primer aniversario hubo una gran cantidad de actos: desde la caravana por Flores, el show del padre Guilherme en Plaza de Mayo hasta las misas en Luján y en la Basílica de San José de Flores. Hace un año que Jorge ya no está y, sin embargo, es emocionante ver lo presente que está su legado.

–¿Cómo definirías ese legado?

–Tiene que ver con una forma de ver la vida y con la idea de que el verdadero poder está en el servicio. Desde que llegó al Vaticano, con sus viejos zapatos negros, con su cruz de plata, rechazando la muceta roja e incluyendo a todos en el lavado de pies, cambió un paradigma. Para mí, el gran legado de mi tío es haber mantenido su esencia intacta hasta el final: Francisco nunca dejó de ser Jorge y Jorge siempre seguirá siendo Francisco. Y Jorge siempre fue Jorge. La pobreza, el cuidado de los niños y de los adultos mayores, las guerras, la trata de personas, el cuidado del medio ambiente… eran su preocupación mucho antes de llegar a Roma. En los doce años de su papado fue varias veces considerado una de las personas más influyentes del mundo. Y, sin embargo, no dudó en mostrar su fragilidad. La vida lo cascoteó mucho a mi tío: tuvo desde joven problemas de salud, fue acusado injustamente, vivió sus últimos años lejos del país y de la familia… Pero tenía esa tenacidad. Y, por todo eso en lo cual él creyó, dio hasta el último suspiro de su vida.

Agradecimiento: Kuro Café (@kurocafe.gr)

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-hola/era-muy-protector-es-el-sobrino-del-papa-francisco-su-ultimo-encuentro-en-el-vaticano-y-el-deseo-que-nid23042026/

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