¿Fin del misterio? Según la ciencia, estas dos claves explican por qué la mayoría de las personas es diestra
Nueve de cada diez personas en el mundo usan preferentemente la mano derecha. Es un rasgo tan extendido que suele pasar desapercibido, pero detrás de ese gesto cotidiano —tomar un vaso, escribir...
Nueve de cada diez personas en el mundo usan preferentemente la mano derecha. Es un rasgo tan extendido que suele pasar desapercibido, pero detrás de ese gesto cotidiano —tomar un vaso, escribir, saludar— se esconde uno de los enigmas más persistentes de la evolución humana: ¿por qué nuestra especie desarrolló una preferencia tan marcada por una sola mano, algo que no ocurre en ningún otro primate?
Un estudio reciente aporta una respuesta que combina biología, anatomía y evolución. La investigación, publicada en la revista científica PLOS Biology —una publicación internacional revisada por pares—, fue realizada por un equipo liderado por el antropólogo evolutivo Thomas A. Püschel, de la Universidad de Oxford, junto con investigadores de esa casa de estudios y de la Universidad de Reading.
El trabajo no se limitó a una observación puntual: los científicos analizaron datos de comportamiento y características anatómicas más de 2000 individuos de 41 especies de primates mediante modelos comparativos que integran información evolutiva. Ese abordaje permitió rastrear cómo surgió y se consolidó la lateralización manual a lo largo del tiempo, desde los primeros ancestros humanos hasta la actualidad.
Los resultados refuerzan una idea central: los seres humanos no solo presentan una preferencia por una mano, sino que constituyen un caso extremo dentro del reino animal. En comparación con otros primates, en los que el uso de manos suele ser más equilibrado, Homo sapiens aparece como un caso atípico dentro de la evolución.
Para explicar esta singularidad, los investigadores identificaron dos factores decisivos. El primero es el bipedalismo. Al adoptar una postura erguida y desplazarse sobre dos piernas, nuestros ancestros liberaron las manos de funciones locomotoras. Esa transformación permitió que las extremidades superiores empezaran a especializarse en otras tareas, como manipular objetos o fabricar herramientas.
El segundo factor es la expansión y reorganización del cerebro. A medida que el cerebro humano creció en tamaño y complejidad, también aumentó la especialización de sus funciones. Según el estudio, ese desarrollo favoreció la concentración de tareas motoras complejas en un solo lado del cuerpo, reforzando así la dominancia de una mano —en la mayoría de los casos, la derecha.
La investigación sugiere, además, que este proceso no ocurrió de manera instantánea, sino gradual. Los primeros homínidos, como Ardipithecus o Australopithecus, probablemente presentaban apenas una leve inclinación hacia una mano dominante. Recién con la aparición del género Homo, esa preferencia se intensificó y alcanzó niveles sin precedentes, hasta consolidarse como una característica distintiva de nuestra especie.
Otro aporte del estudio es metodológico: al incorporar variables como el tamaño cerebral y la proporción entre brazos y piernas —indicador clave del bipedalismo—, los investigadores lograron explicar lo que antes aparecía como una anomalía evolutiva. Es decir, cuando se toman en cuenta estos dos factores, los humanos dejan de ser una excepción inexplicable y pasan a encajar dentro de un patrón más amplio de evolución de los primates.
Más allá de ofrecer una respuesta a una pregunta histórica, el trabajo abre nuevas líneas de investigación. Entender cómo y por qué se organiza la lateralización en el cerebro humano no solo permite reconstruir aspectos del pasado evolutivo, sino también comprender mejor la relación entre el desarrollo neurológico y las habilidades motoras.
En ese sentido, la preferencia por la mano derecha deja de ser un detalle menor para convertirse en una ventana a procesos más profundos. La forma en que usamos nuestras manos refleja, en última instancia, la manera en que el cerebro organiza sus funciones y cómo esa organización fue moldeada a lo largo de millones de años.
El “efecto Zoolander”El predominio de una mano sobre la otra no es la única asimetría que parece definir a los seres humanos. Un estudio reciente sugiere que algo similar ocurre con la forma en que nos movemos: al caminar, la mayoría de las personas tiende de manera espontánea a desviarse hacia la izquierda, incluso cuando no existe ninguna razón aparente para hacerlo.
El hallazgo surgió casi por casualidad. El físico Iñaki Echeverría‑Huarte, de la Universidad de Navarra, estaba realizando experimentos sobre el comportamiento peatonal cuando detectó un patrón inesperado: una y otra vez, los participantes comenzaban a moverse en sentido contrario a las agujas del reloj. Lo que al principio parecía una anomalía terminó convirtiéndose en el eje de una investigación que se extendió durante cinco años y dio lugar a un estudio publicado en la revista científica Nature Communications, también revisada por pares.
Para comprobar si se trataba de un sesgo real y no de un efecto del entorno, los investigadores diseñaron una serie de experimentos con distintos escenarios y condiciones. En total, analizaron el comportamiento de cientos de participantes en pruebas que incluían espacios cerrados, patios abiertos e incluso registros con drones desde el aire. El resultado fue consistente: en la gran mayoría de los casos, las trayectorias individuales y colectivas tendían hacia la izquierda.
El fenómeno se manifestó con rapidez. En uno de los ensayos realizados en un patio escolar, cerca del 80% de las personas comenzó a desplazarse en sentido antihorario a los pocos segundos de iniciar el movimiento. No se trataba de un desvío gradual, sino de una preferencia que aparecía de manera casi inmediata, como si respondiera a una inclinación interna más que a decisiones conscientes.
Los investigadores exploraron distintas hipótesis para explicar el comportamiento. Primero analizaron si la disposición del espacio o la presencia de obstáculos podía inducir ese tipo de trayectorias, pero descartaron esa posibilidad al reproducir el patrón en contextos muy diferentes. También evaluaron la influencia de la lateralidad —es decir, si una persona era diestra o zurda—, bajo la idea de que eso podría afectar la dirección del movimiento. Sin embargo, las pruebas mostraron que la tendencia se mantenía independientemente de la mano dominante.
Otra posibilidad era que el fenómeno estuviera determinado por factores culturales. En algunos países, por ejemplo, los peatones tienden a organizarse en función del sentido de circulación vehicular. Para poner a prueba esta hipótesis, el equipo realizó experimentos en Japón, donde las normas de tránsito favorecen el desplazamiento por la izquierda. A pesar de ello, los participantes también se movieron mayoritariamente en sentido contrario a las agujas del reloj, lo que permitió descartar la influencia de esas convenciones.
El siguiente paso fue evaluar si el comportamiento tenía un origen colectivo, similar al que se observa en multitudes que se organizan espontáneamente en carriles opuestos. Pero incluso cuando las personas caminaban solas, sin interacción con otros, el sesgo hacia la izquierda persistía en tres de cada cuatro casos. Esto reforzó la idea de que se trata de una tendencia individual y no simplemente social.
Incluso los niños reprodujeron ese patrón. Al analizar registros de un estudio previo realizado en un jardín de infantes en Japón, los investigadores observaron que la mayoría de los chicos también se movía en sentido antihorario mientras deambulaba sin instrucciones específicas. Ese dato sugiere que la inclinación no es producto del aprendizaje cultural, sino que podría tener raíces más profundas en el desarrollo humano.
A pesar de la consistencia de los resultados, la causa última sigue sin estar clara. Los propios autores reconocen que no pudieron identificar un mecanismo único que explique por qué ocurre este desvío sistemático. Entre las hipótesis en discusión aparecen factores biomecánicos, diferencias sutiles en la percepción espacial o incluso mecanismos neurológicos relacionados con la organización del cerebro.
El interés por este fenómeno va más allá de la curiosidad científica. Comprender cómo se mueven las personas en contextos cotidianos puede tener implicancias prácticas en áreas como la planificación urbana, el diseño de espacios públicos o la gestión de evacuaciones en situaciones de emergencia. En ese sentido, un patrón aparentemente simple podría influir en dinámicas más complejas de circulación y comportamiento colectivo.