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Fragmento de la última novela de Patrick Modiano

¿Pelo negro? No. Más bien castaño oscuro con ojos negros. Es la única de la que sería posible encontrar fotos. De los otros, salvo del niño, de Pierre, las caras se han difuminado con el tiem...

¿Pelo negro? No. Más bien castaño oscuro con ojos negros. Es la única de la que sería posible encontrar fotos. De los otros, salvo del niño, de Pierre, las caras se han difuminado con el tiempo. Por lo demás, era un tiempo en el que se sacaban muchas menos fotos que ahora.

Y sin embargo algunos detalles siguen bastante presentes. Habría que hacer una lista. Pero sería muy difícil seguir el orden cronológico. El tiempo que ha enturbiado las caras ha borrado también los puntos de referencia. Quedan algunas piezas de un puzle, separadas unas de otras para siempre.

A última hora de una tarde de noviembre o de diciembre había ido a buscar a un niño llamado Pierre a un edificio del noroeste de París para llevarlo a su casa. Se me ha olvidado el nombre de la calle. Una puerta cochera imponente y uno de esos ascensores con puertas de cristal, tan lento y silencioso que uno se pregunta si no va a detenerse entre dos pisos. En una espaciosa estancia que debía de ser el salón estaban reunidos unos niños. En una mesa baja, los restos de una merienda de cumpleaños. La mujer elegante que me había abierto me condujo hasta el fondo de la habitación donde Pierre estaba jugando a las cartas con un rubito a quien la mujer llamaba “Ronnie”.

–Tu amigo tiene que irse, Ronnie... Tienes que despedirte de él, Ronnie...

Y nos encontramos los dos en el descansillo.

Fuera estaba oscuro. Lo había cogido de la mano. Sí, todos los niños presentes en el piso eran compañeros de clase del centro Dieterlen, una escuela de ese mismo barrio donde iba a veces a recogerlo a media tarde. Ronnie, el rubito que jugaba a las cartas con él y cuyo cumpleaños habían celebrado, era su mejor amigo. Faltaba poco para las vacaciones de Navidad y tenía la esperanza de que con tal motivo lo llevasen al cine con Ronnie.

Hete aquí que un instante del pasado se incrusta en la memoria como un destello de luz que nos llega de una estrella que creemos muerta desde hace mucho tiempo. Pierre. Merienda de cumpleaños. Ronnie. Por supuesto que iría al cine durante las vacaciones de Navidad. Incluso me proponía llevarlo yo si su madre no tenía tiempo. Andando juntos a última hora de aquel día nos quedábamos callados a menudo, pero el trayecto era mucho más corto que el que hacíamos a veces a media tarde desde el centro Dieterlen.

Habíamos cruzado la verja de los grandes bloques de edificios de ladrillo de la Puerta de Champerret. Subíamos la escalera de cemento hasta el segundo piso. Hovine nos abrió la puerta, como si nos estuviera esperando. El piso era muy diferente de aquel del que veníamos. Cuatro habitaciones a lo largo de un pasillo. A la izquierda de la entrada, la cocina con una ducha. Las ventanas daban al patio.

–La bailarina no volverá esta noche –me dijo Hovine–. Está ensayando El tren de las rosas...

La bailarina era la madre de Pierre. La llamábamos por ese apodo. Y El tren de las rosas, un ballet que había interpretado a menudo.

Pierre estaba sentado en el sillón de cuero y leía una revista ilustrada.

–Voy a comprar unas cosas para la cena –dijo Hovine.

Si me enseñasen hoy dos fotos antropométricas de su rostro –de cara y de perfil–, ¿tendría alguna posibilidad de reconocerlo?

Era de estatura media. Pelo negro rizado. Ojos claros. Por lo que había entendido, la bailarina y él se conocían desde que eran pequeños.

Estábamos en la primera habitación pasada la cocina, la que hacía las veces de salón y donde se reunían de tarde en tarde los amigos de la bailarina, en el diván grande y en el sillón de cuero donde estaba Pierre esa noche. La habitación siguiente, que daba al pasillo, era el cuarto de la bailarina, y su hijo ocupaba el cuarto del fondo.

Pero no tengo un recuerdo preciso del color de las paredes. Creo que eran de un tono bastante oscuro y me parece ahora que ese piso nunca lo vi de día. Una luz velada, como si las bombillas de las lámparas y de la araña del salón no fueran de suficiente voltaje.

Hovine se puso su acostumbrado abrigo de espiguilla. La puerta se cerró de golpe. Las paredes debían de ser bastante delgadas porque siempre se oían pasos y voces en las escaleras.

Pierre seguía leyendo la revista, abierta encima de las rodillas. Continué pasillo adelante y entré en el cuarto de la bailarina. ¿A qué hora volvería? Bien entrada la noche, seguramente. Si Hovine tenía que irse después de cenar, sería yo quien se ocupase de Pierre y lo llevase quizá al día siguiente por la mañana al centro Dieterlen. No merecía la pena encenderla lámpara de esta habitación. La iluminaban de sobra las luces de las ventanas del edificio de enfrente. Yo miraba a menudo esas ventanas y acababa por reconocer las siluetas que pasaban tras los cristales.

Al volver al salón vi que la revista de Pierre se había caído al suelo. Se había quedado dormido con la frente apoyada en el brazo del sillón.

Así que, desde hacía unos días, me volvían, a retazos, las imágenes de una temporada muy remota de mi vida. Hasta ahora, las cubría una capa de hielo. Tenía pese a todo a ratos el inconcreto presentimiento de que aquello no iba a durar. Era inevitable que un día u otro se derritiese el hielo y que esas imágenes volvieran a aparecer igual que suben los ahogados a la superficie del Sena. ¿Y por qué ocurría ahora, en una ciudad que había cambiado hasta tal punto que no me traía ya ningún recuerdo? Una ciudad extranjera. Se parecía a un gran parque de atracciones o la zona duty-free de un aeropuerto. Mucha gente por las calles, más de la que nunca había visto antes. Los transeúntes iban andando en grupos de unas diez personas, tirando de maletas con ruedas, y la mayoría con mochila. ¿De dónde venían esos cientos de miles de turistas de los que uno se preguntaba si no serían ya los únicos que iban a poblar a partir de ahora las calles de París? Estaba esperando que se pusiera rojo el semáforo para cruzar el bulevar de Raspail y había un hombre en la acera de enfrente. Reconocí en el acto a Verzini. Y noté un repentino malestar, el de hallarme en presencia de alguien a quien creía muerto hacía mucho.

Quizá se trataba de un mal sueño. O de un error por mi parte. Sin embargo, reconocía el volumen del pelo, tan copioso como siempre, no ya negro, sino de un blanco de nieve, y el rostro de rasgos toscos.

Estaba esperando a que cruzase el bulevar. Cuando llegó a mi altura, en el filo de la acera, me volví hacia él.

–Es usted Serge Verzini, ¿verdad?

Me lanzó una mirada, la misma mirada de antaño, penetrante y dura a un tiempo.

–No. Comete usted un error.

La misma voz de bajo, que me pareció algo rasposa.

No se movía, mirándome con insistencia.

–¿De verdad? ¿Nos conocemos?

Dudaba en responderle. Debía citarle nombres e indicarle un año concreto. Pero todo se me enturbiaba en la cabeza. Me entraban ganas de dejarlo allí plantado, pero acabé por decirle:

–Sí, nos conocimos en la noche de los tiempos. Había fruncido el entrecejo y se le había endurecido la mirada.

–¿Qué quiere decir la noche de los tiempos? De repente estaba a la defensiva.

–Disculpe..., creía que era usted Serge Verzini. Había adoptado un tono indiferente e incluso me había encogido de hombros.

Pareció quedarse reflexionando unos instantes. Y luego:

–¿Quiere que tomemos algo allí?

Me indicaba el café que estaba en la esquina del bulevar y de la calle de Le Cherche-Midi.

Estábamos sentados a una mesa, uno enfrente del otro, solos en la sala, cosa que me extrañaba. Desde hacía algún tiempo los cafés y los restaurantes de París estaban a rebosar. Delante de la mayoría de ellos había incluso colas.

Un silencio entre nosotros. Parecía molesto. Seguramente me correspondía ser el primero en hablar.

–¿Sigue al frente de La Boîte à Magie?

Un restaurante donde se celebraba, los sábados, una “cena-espectáculo”. Se iban sucediendo, a un ritmo veloz, números raros de intérpretes no menos raros. Pero íbamos más bien durante la semana y allí estábamos entre nosotros. Ese local se encontraba en una callecita, no muy lejos dela Puerta de Champerret, donde vivían la bailarina y Pierre. Pero eso pertenecía a un pasado tan lejano...

Había esbozado una sonrisa. Y se le había dulcificado la mirada. Creo incluso que ahora me observaba con cierta compasión.

–¿La Boîte à Magie? No, no me suena de nada. Pero conocí en la noche de los tiempos, como dice usted, a un tal Serge Verzini. A lo mejor me encontró usted con él y confunde a las dos personas. Nos estaban sirviendo unas granadinas. Bebió un trago largo y dejó con un gesto despacioso el vaso encima de la mesa.

–Apenas si me acuerdo del Verzini ese. Salvo por el apellido.

Le observaba el rostro. Me parecía menos brutal que el que tenía en la época en la que lo había conocido. Las mejillas se le habían quedado chupadas, la nariz se le había adelgazado, los ojos me parecieron más pequeños y más hundidos en las órbitas, la frente más despejada bajo el pelo blanco.

–Disculpe –me dijo–, no tengo ningún recuerdo de usted.

–Entonces quizá recuerde a la que llamábamos la bailarina y a su hijito Pierre.

–En absoluto.

Me dio la impresión de que eludía mis preguntas. Quería citarle otros nombres y acorralarlo, pero había pasado casi medio siglo y eso bastaba para haberlo olvidado todo. E incluso para haberse convertido en otra persona en una ciudad donde ya no podía uno recuperar su antiguo rastro.

Tras la cristalera veía pasar los grupos de turistas habituales desde hacía unos meses, con la mochila a la espalda y tirando de las maletas de ruedas. La mayoría llevaba pantalones cortos, camisetas y gorras de tela con visera. Ninguno entraba en el café donde estábamos, como si perteneciese todavía a otra época que lo protegía de esa muchedumbre. Por ambos lados del bulevar se encaminaban todos, en prietas filas, hacia Sèvres-Babylone.

Había apoyado la palma de la mano izquierda en la mesa y me fijé, en el índice, en una sortija en cuyo sello estaban grabadas las iniciales SV, exactamente la misma que llevaba Verzini cuando lo conocí.

Acabé por decirle, indicando la sortija:

–¿Sigue usando las mismas iniciales?

–Está visto que no se le puede ocultar nada. Se encogió de hombros. Luego se sacó del bolsillo interior de la chaqueta una agendita de cuero a la que arrancó una página. En ella escribió algo con el portaminas de la agenda.

–Si quiere volver a verme, le doy mis señas, mi número de móvil y también mi número fijo.

Me alargó la página donde estaba escrito:

06.580.015.283.

Fijo: Opéra 81.60

Calle de Godot-de-Mauroy, 9 (9º)

–Llámeme más bien al fijo.

En la calle nos zarandeaba el raudal de turistas. Avanzaban en grupos compactos y le cortaban a uno el paso.

–Quizá reanudemos un día nuestra conversación –me dijo–. Queda tan lejos todo aquello... Pero intentaré pese a todo acordarme...

Le dio tiempo a hacerme una señal con el brazo antes de que lo arrastrasen y se perdiera en ese ejército en desbandada que tenía empantanado el bulevar.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/fragmento-de-la-ultima-novela-de-patrick-modiano-nid04102026/

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