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Francisco Mastelli, aquel chico que era mejor que Vilas y su convicción: “La única líder positiva que tuvimos fue Gaby Sabatini”

Una vida con el tenis, una vida por el mundo. La pasión intacta por la docencia. Poniendo la misma energía para entrenar a un top ten o simplemente enseñarle los fundamentos a chicos que desarro...

Una vida con el tenis, una vida por el mundo. La pasión intacta por la docencia. Poniendo la misma energía para entrenar a un top ten o simplemente enseñarle los fundamentos a chicos que desarrollan una actividad recreativa en una tarde cualquiera en el Tenis Club Argentino. Francisco “Pancho” Mastelli nació en Liniers y vivió 20 años a cinco cuadras del José Amalfitani, pero su vida en sí empezó a cambiar a los 8, cuando su padre, Enrique, ingeniero agrónomo, lo hizo socio de GEBA. Fue cuando la raqueta le empezó a ganar la batalla a los juegos de época: bolita, barrilete, figuritas. Con la suerte de tener un profesor ilustre: Osvaldo “El Mono” Faramiñan. “No sólo fue un profe muy técnico, sino sobre todo una persona espectacular”, afirma.

Con 74 años, Pancho Mastelli se mete en los recuerdos. Fue contemporáneo de Guillermo Vilas, le tocó ser coach de un top como Alberto “Luli” Mancini (8°) y capitán de Copa Davis. También condujo a David Nalbandian (3°) por pocos meses en 2006 y guarda mucho afecto por otro de sus dirigidos: el peruano Luis Horna, a quien condujo a ser campeón de Roland Garros 2008 en dobles. No duda al remarcar que “la única líder positiva que tuvimos fue Gaby Sabatini” y se ríe cuando rememora una anécdota de Mancini…

“Luli ya empezaba a ser bueno. Vamos a un torneo, donde pierde un partido y, de caliente, cuando vuelve al vestuario le pega una piña a una puerta y la rompe. Cuando pasa para cobrar el premio, le dan el cheque y un recibo: ‘Premios del torneo, descuento por gastos de puerta, total…' Jajaja, le cobraron la puerta”.

Aun cuando comenzó la carrera de Administración de Empresas “sabiendo que no era mi futuro: arranqué porque no sabía qué hacer”, como le tocó la primera baja en el servicio militar tomó una decisión fuerte: se fue a Europa a jugar al tenis, algo raro para la época. Tenía amigos y compañeros de aventuras en aquellos tiempos, como el brasileño Carlos Kirmayr (ex coach de Gabriela Sabatini), el peruano Pablo Arraya y el paraguayo Víctor Pecci. “Viajabas solo, afrontabas los problemas en soledad. Es difícil comparar. Nadie viajaba con un preparador físico, nadie hacía nada y muchos jugaban bárbaro. Hoy si llevás esa vida y vas a los torneos después de estar boludeando, te cagan a palos. No porque sean mejores, pero te pasan por encima. Con Pecci vos te entrenabas y no te parecía bueno, y en la cancha era otra cosa”.

Casado con Marta y con tres hijos (Franco, Lucas y Mateo), aunque muchos quizá no lo sepan, hubo un tiempo que Mastelli era mejor que el propio Vilas, de quien habla con profundo respeto y admiración, más allá de los desencuentros…

“Fui N° 1 en infantiles y en menores. Después, en mayores, era el 6 de Argentina. Se me dio bien el tenis, pero no lo tenía pensado como profesión. Vilas sí. Te cuento una anécdota. En infantiles fui 1 y él 2. ¿Qué hace? Me invita a la casa en Mar del Plata todo enero. ¡Tremendo! Ya en esa época me tenía todo el día jugando al tenis, tres horas de mañana, tres horas de tarde, a meter bola, a meter bola… Llega el fin de semana y vienen mis padres a visitarme y les digo: ‘¡Sáquenme de acá!’, jajaja. Yo no me daba cuenta de que estaba bien lo que hacía él: quería ser un profesional y entonces se entrenaba como tal.

–No querías, pero después te metiste más de lleno.

–Sí. Mirá, tipo a los 14 años, Carlos Lynch, que era el capitán del Tenis Club Argentino, lo fue a buscar a Faramiñan. Nos sumamos algunos jugadores de GEBA y acá empecé a ver un tenis diferente, con gente como Enrique Morea, Lynch, Julián Ganzábal, Modesto Vázquez, Héctor Romani. Lynch nos inculcaba mucho el tema estrategia, hacía reuniones antes de los partidos para ver cómo jugar. Fue una especie de mentor.

–¿Guillermo te invitó ese enero porque vos eras mejor que él en el ranking o porque te quería estudiar para ver cómo te ganaba?

–Jajaja es buena esa. No, éramos parejos. Me tocaba ser el 1, pero estábamos ahí. Me invitó, creo, porque vio que le convenía jugar conmigo en ese momento. Si lo miramos más profundamente, todo eso que hizo Vilas creó una estructura de trabajo en Argentina. El hecho de que él siempre estaba ocho horas en la cancha, algo que ya no lo puede hacer nadie y ni siquiera es necesario. Hoy hay muchos entrenadores que tienen éxito porque acá se creó una conducta del trabajo, de estar en la cancha, practicar y practicar. Vilas fue responsable de eso, lo viví con él.

–¿Cómo era un día con Vilas?

–¡Me tocó hasta el servicio militar con él en el Círculo Militar! Pero Guillermo estuvo un mes nomás, lo dejaron porque ya era muy bueno. Me tenía todo el día jugando y practicando tiros. El famoso smash de revés. “Tirame otra, tirame otra”. Insaciable. Ojo, todo eso después me sirvió como entrenador. Quizá no tuve la voluntad que tuvo él de chico para ser bueno. Vilas fue el armador de esa mística que hay acá en el tenis: trabajo.

–¿Y en qué momento a vos te fue picando el bichito del entrenador?

–Cuando dejé de jugar y viajar, daba clases de tenis. En el 84 me contrata Pecci para armar una academia en Paraguay. Ese fin de año, decidí que no quería dar clases, sino ser entrenador: me gustaba, creía que tenía ciertas condiciones y me gustaba el desarrollo. Me contratan para ir al circuito COSAT. Y ahí conozco a Luli Mancini, que estaba en cadetes, con 15 años. Me encantó cómo jugaba, hablamos con él y con el padre y comenzamos a entrenar. A la par, con Jorge Todero armamos una academia que fue un clásico. Casi todos pasaron por ahí, la mayoría de los que son entrenadores: Markus, Blengino, Orsanic, Mancini. Y muchos jugadores: Jaite, Miniussi, Ingaramo, Mecha Paz, Tarabini. Tuve suerte, se me fueron encadenando los trabajos.

–Algunos jugadores llegan, otros no.

–Claro. Pero uno hace el mismo trabajo, con la misma pasión. Puede haber tipos para los que ser 500° es un logro. Todo lo hice con ganas. Me tocó estar en un Grado 3 abajo de la autopista, Futures, Challengers, ATP, Grand Slams, Copa Davis y dos Juegos Olímpicos. Al tenis le tengo agradecimiento y respeto. Sé que no lo hice todo bien, muchas cosas las cambiaría. Tuve satisfacciones y también momentos malos. Es parte del trabajo.

–¿Qué tiene que tener sí o sí un entrenador?

–Además del conocimiento, lo más importante es ver cómo tiene que jugar el tenista. No podés pensar sólo de una forma. Hay distintas cualidades. A un chico hay que mostrarle todas las variantes y después ir viendo lo que mejor le sienta. No existen sábados ni domingos para el entrenador. La enseñanza argentina es muy buena, hay muy buena base. Es parte del secreto de nuestro milagro. Existieron Vilas, Clerc, Sabatini, la Legión y fijate que ahora hay 10 entre los top 100. Y eso que estamos lejísimos y siempre con problemas económicos. ¡Todo en contra, pero igual salen jugadores! Es un misterio, pero hay algo en la raza y en los entrenadores.

-El entrenador tiene que adaptarse a las distintas épocas.

-Claro, porque el tenis va cambiando. El entrenador se tiene que adaptar. Hoy no podés entrenar a un tipo igual a como entrenabas antes, porque es otro volumen de juego, otra cosa.

–¿Qué te gustó de Luli apenas lo viste?

–Le vi muchas condiciones. Era una fiera, ya pegaba fuerte de los dos lados, un revés espectacular, aguerrido. Mancini tardó un tiempo en contar lo que atravesó. Cuando era cadete, venían Guillermo Pérez Roldán, Franco Davin y en teoría después estaba él para viajar con ellos a Europa. Pero mandaron a otro. Y lo que al principio fue un drama, después jugó a favor. Luli se pasó todo un año entrenando fuerte. A esa edad, la formación es muy importante, las cosas se aprenden en la cancha. Mejoró mucho, técnica y físicamente con el profe Trevisán, de Rosario.

–Y tuvo ese 1989 mágico, ganando Montecarlo y Roma, venciendo a Wilander, Becker y Agassi. ¿Vos creías que era capaz de eso?

–Teníamos confianza, sí, pero nos sorprendió a todos. Luli empezó a jugar un tenis un poquito moderno. Le gana a Wilander, que era el 2: le venía muy bien su juego, ese año le ganó en Miami, Montecarlo y París-Bercy. O sea, venció tres veces a un tipo que teóricamente fue mucho mejor que él. Le jugaba más despacio, lo sacaba con el revés y después se ponía derecha y ¡Pum!, lo vacunaba. Hoy, Mancini también es un buen coach.

–Cuando gana esos dos torneos, Montecarlo y Roma, fue un momento crucial. ¿Es cierto que le propusiste pelear por cosas mayores y te respondió que prefería vivir sus 20 años?

–No, no sé, no me acuerdo tanto, pero sí sé que cometí un error. Porque en un momento cambian muchas cosas. Volvés de Europa después de ese suceso y ya los entrenamientos son distintos: viene gente, hay autógrafos, fotos, chicas, cámaras de TV. Es otra realidad y no me di cuenta: tendría que haber puesto un psicólogo. Yo lo veía normal, pero Luli no estaba normal: a él le afectó mucho ese cambio. Lo impactó.

–Y también lo consideraban de otra manera.

–Fijate que él juega cuartos de final de Montecarlo con Steeb. Vamos al vestuario, a comer y nos dicen: “Está cerrado, no se puede comer”. Al otro día, juega la semifinal con Wilander y la misma persona que el día anterior nos dijo que estaba cerrado nos pregunta “¿Qué quieren comer?”. Como te digo, me equivoqué: debí plantear la posibilidad de sumar a un psicólogo que lo ayudara a asimilar todo lo que le estaba pasando.

–Ese 1989 después llegó a cuartos en Roland Garros, donde perdió con Stefan Edberg. ¿Le veías chances de ganarlo?

–Él tuvo chance de ganar Roland Garros, sí. Luli podía ganar. Pero bueno, Coria también lo pudo ganar y no lo ganó. Nalbandian pudo haber ganado un Grand Slam y le faltaron dos minutos. Cosas que suceden.

–¿Cómo era la competencia de chicos con Pérez Roldán y Davin?

–Ellos eran mejores, surgieron antes, ganaron todo en juveniles y se metieron muy rápido en el circuito. Más tarde se emparejó. Luli, el primer primer satélite que va a España, pasa la qualy y llega a la semifinal del torneo. Fue rápido el ascenso. Pero no todos hacen el mismo camino.

Los desencuentros con Vilas

–Fuiste capitán de Copa Davis. ¿Qué tal la experiencia?

–A mí me encantó, aunque no me fue bien. Tuve un poco mala suerte con los rivales. Me tocó cancha rápida el primer partido, en césped, con Nueva Zelanda: ganamos (4-1). Y después, en rápida, con Alemania frente a Becker y Stich (0-5). Al año siguiente (1992), nos toca Estados Unidos en Hawaii, en cemento, contra Sampras, Agassi y John McEnroe (0-5). Y eso que teníamos un gran equipo, con Mancini, Jaite, Frana y Miniussi. Y después estuvo lo de Hungría 93 (1-4). Fue feo.

–¿Vilas era manager ahí?

–Sí. Teóricamente era así. Estaba por encima. La pasé como el traste porque... Mirá, el ídolo siempre tiene razón, pero hacía cosas que no eran de equipo. Fue una muy mala experiencia. Yo tendría que haber renunciado antes. Pero pensé: “Vamos, ganamos y ya estando en primera, renuncio”. ¡Nos fue pésimo! Encima, contra dos jugadores muy inferiores en ranking: Noszaly y Krocsko. No sólo no renuncié, sino que me echaron. Con Vilas tenía que ser Vilas, y punto. No podía haber otro que también quisiera conducir. Guillermo tenía que tener un tipo al lado que le dijera que sí.

–Él se metía en tu tarea, digamos.

–Quería hacer todo. De repente, quedábamos en encontrarnos a las 14. Yo salía y no estaban: Vilas ya se había ido con Guillermo Pérez Roldán al club. En el primer partido, le hablaba de atrás estando yo sentado como capitán... Yo no sirvo para eso, era un quilombo. No fue buena experiencia.

–¿Cómo quedó la relación?

–Después del kilombo de Hungría, pasa el tiempo. Yo estoy entrenando al Flaco Veronelli y a Fernando Massa. Y me dicen: “Vamos a jugar al Vilas Racket”. Les digo “Bien, yo voy, pero si me echan del club, me voy, está en su derecho”. Entramos y aparece Guillermo. “Pancho, qué placer que estés en mi club. Pedime lo que necesites”. ¿Qué le iba a decir? Fue la última vez que nos cruzamos.

–Fueron muchos los conflictos y chances perdidas en la Copa Davis. Después de Mar del Plata 2008, ¿creías que Argentina la iba a ganar o que ya no?

–Me sorprendió lo de Zagreb. Contra España acá en Mar del Plata creía que la íbamos a ganar. Sé que hubo un conflicto interno. Pero después de eso, no lo veía posible ya, a pesar de que estaba Del Potro. Ganar en Croacia fue una alegría enorme para nuestro tenis. ¿Sabés qué? A nosotros nos faltaron líderes positivos. La única líder positiva que tuvimos fue Gabriela Sabatini. Necesitábamos líderes como Messi. Gaby lo fue. Siempre bien, siempre positiva, jugó un huevo al tenis, es reconocida en todo el mundo. El emblema tiene que ser Sabatini. Nos faltaron más personajes como Gabriela.

Los hijos tenistas

-El caso de Guillermo Pérez Roldán, con las denuncias de abuso por parte de su padre Raúl contadas a LA NACION en 2020, fue impactante. ¿Vos sabías lo que pasaba?

-La verdad, nunca vi nada. Lo de los maltratos era un tema del que se hablaba, pero nunca vi nada.

–¿Y cuando Guillermo lo contó en la entrevista, dando detalles espeluznantes, ¿qué te provocó?

–Y, a mí me dio mucha lástima primero, porque la verdad una relación de padre-hijo… yo tengo tres hijos varones, es muy feo escucharlo y me imagino lo que habrán pasado los chicos, un horror. Porque se rompían el traste y que haya pasado eso, sea el padre que sea, es cero agradable. Sí, me pareció un horror.

–En el fútbol infantil se ven videos de padres, con muchas expectativas depositadas en sus chicos, desorbitados. Les meten mucha presión. ¿Qué pasa en el tenis?

–Es un horror también, muy difícil. Tengo más horas habladas con los padres que con los chicos. Imagínate cuando teníamos la academia, con miles de chicos, unos buenos y otros no tanto: las dos corrientes representan problemas. El que es muy bueno porque todo el mundo le dice que va a llegar y entonces quieren hacer más cosas. Y el que no lo es, no hay manera. Hoy, encima, todo empeoró por los celulares: hay mucha información. Yo no sé nada de hockey, pongo en el teléfono cómo entrenar a un jugador de hockey y me dice todo perfecto. Entonces todos somos buenos en todo, ¿viste?

–Sugieren qué hacer para que al hijo le vaya bien.

–Yo lo entiendo, ¿eh? Para mí el padre y la madre son fundamentales, no es que me ponga en contra de ellos: hay que ponerlos a favor. A muchos padres los veo muy ansiosos por viajar, gastan plata antes de tiempo. Al principio la plata tiene que estar en el desarrollo, no en ir a Roland Garros antes de tiempo para perder en primera rueda por no estar preparado. El chico va a mejorar sólo por viajar: lo hará cuando esté preparado y ahí sí, es el momento de hacer la inversión. Los hacen viajar a los 14, 15, y encima después se cansan, porque estamos lejísimos. Es el triple de viaje de los demás.

–¿Hay alguna solución para eso?

–Con el tema de los padres, creo que la Asociación Argentina de Tenis tendría que cumplir un rol importante. Hablarles, hacer reuniones. Por ejemplo, con Javier Frana, capitán de Copa Davis, que les charle. Todos los que fueron jugadores buenos, que hablen con los padres, porque ellos son una pieza fundamental en el desarrollo de sus hijos. Te digo más, cuando les dan premios, tipo llevarlo a una hamburguesería, tienen que dárselos cuando pierden, no cuando ganan. Es un detalle.

–Tener un hijo de alta competencia parece un problema.

–No es fácil tener un hijo que quiere ser profesional en un deporte porque el tiempo es limitado. Porque si vas a estudiar abogacía, te vas a recibir seguro; podrás tardar seis, siete, nueve años, pero llegás. Ahora, si vos querés ser tenista no es seguro que llegues, haciendo la misma inversión que uno que sí logra el objetivo. El 500° del mundo por ahí hace lo mismo que Cerúndolo, que es 20°: se levanta, va al gimnasio, se entrena, se alimenta bien, viaja a los torneos más chicos, pero no llega. Y no es que hizo menos.

–¿Y con la inversión, ¿cómo hacen hoy?

–Es un tema ese. Algunos tienen sponsors. Por eso digo que no hay que gastar antes de tiempo. Ese problema le otorga mayor relevancia al milagro argentino: a pesar de todo, siguen saliendo jugadores. Digo esos que no parecía. Porque los que ya se ve de chicos que son buenos, como Sabatini, Coria, Nalbandian y Del Potro, es otra historia. Ni siquiera Vilas, a los 14 o 15 años, parecía un futuro monstruo. Y fue el mejor, pero por distinto camino. Logró masificar el tenis persiguiendo su propio objetivo.

–Vos estuviste con Nalbandian, N° 3. Llegó más lejos que Mancini.

–Y, otro tipo de talento. David no llegó a más porque le faltaron 5 minutos de jugar mejor. Un talento que uno ve cuando estás entrenando y hace lo que quiere con la pelota. Talentoso, distinto. Con menos trabajo logró más cosas.

–Distinto a Luli también en carácter.

–Sí, de carácter también, más difícil, más individual. Pero esa personalidad de saberse bueno lo llevó a ser lo que fue. Cuando lo llaman para el Masters de Shanghai de urgencia y estaba pescando en el sur, nosotros estábamos hablando para trabajar. Me dice: “Pancho, me llamaron del Masters, pero no vengas, no tiene sentido”. Va y gana. Cuando vuelve, ya era otro. Lo vimos cuando en Madrid 2007 le ganó a Nadal, Djokovic y Federer en fila. ¡Los cagó a palos! Cuando jugaba bien era una cosa de locos. Los que estaban en los vestuarios lo veían por TV. Fue de los buenos-buenos que ganó menos de lo que podía haber ganado. Y eso que fue 3 del mundo, hizo final de Grand Slam, ganó el Masters. Como a Del Potro, le tocó una época en la que tuvo que competir con Roger, Rafa, Nole, Murray. Ahora juegan otro tenis, pero salvo Sinner y Alcaraz, después es un poco más ganable todo.

–Si hubieras tenido que preparar a Luli para el tenis de hoy, decís que lo hubieras hecho distinto. ¿Cómo?

–Hoy no cuenta tanto el error, se juega más a ganarlo. Se erra mucho, sí, pero se juega un poco así. Me gustó porque Federer dijo que él ganó el 85% de los partidos, pero obtuvo el 54% de los puntos. Te muestra que no los mataba a palos, sino que los partidos eran parejos. Ahora no sé si son partidos divertidos porque son todos palos. Y eso hace que vos tengas que jugar igual. Salvo Alcaraz, que cuando juega bien es otro nivel. Hace tantas cosas bien que cuando no le salen pierde la concentración y comete errores. Es muy lindo verlo jugar. Cerúndolo tiene una derecha de locos. Le falta terminar un poco mejor los puntos a veces, pero juega bien.

A veces veo a propósito Vilas-Wilander en Roland Garros 82 y te parece que estuviera en cámara lenta. Pero hoy Guillermo hubiera jugado distinto, seguramente. De chiquito hubiera jugado distinto.

–Tu top 5 a través de la historia de tenis.

–Aunque no es el que más me gusta, Djokovic. Yo era fan de Nadal, pero verlo jugar a Federer... También me encantaba McEnroe. Lo lindo, mirando a Federer y a Nadal, es cómo se puede llegar al mismo lugar por distintos caminos. El quinto sería Nastase. Y entre las mujeres elijo a Sabatini y Navratilova, un monstruo. Hoy por hoy, el tenis de mujeres mejoró mucho.

–¿Y de nuestro tenis masculino, quiénes?

–Vilas, Nalbandian, Del Potro, Coria. Clerc jugaba muy bien al tenis, fue una revolución, empezó a pegar palos de los dos lados. Me tocó estar cuando apareció, pasó la qualy y ganó en Florencia. Fue importante el trabajo de Enrique Morea, hizo mucho por el tenis, trajo buenos entrenadores, organizó más la cosa.

–¿Te sorprendió la Legión?

–Sí, totalmente. Eso fue lo mejor, la cantidad de ese nivel. Pero creo que Cerúndolo está a un toque de ser. Le falta, creo, hacer caso. Viste que él putea a los entrenadores. Los jugadores te miran y vos le decís cosas, no es algo nuevo para el jugador, es simplemente sacarle la duda. Todos dudan, te preguntan “¿dónde saco?”, y le tenés que responder convencido. Y el jugador tiene que confiar en el coach. Ahora, si yo, jugador, cuando vos me decís algo, digo “¡este es un boludo!”…

–Tomando el caso Cerúndolo como referencia, ¿qué tanto se banca un entrenador la reacción del jugador, la puteada, en defensa de su laburo?

–La única forma que lo puede soportar es en defensa de su laburo. Antes no pasaba. Cuando agarro a un jugador, le aclaro: “Vos me podés decir cualquier cosa, de buena manera”. Recuerdo un partido de Schwartzman en Roland Garros, cuando le marca al coach: “Decime algo que me sirva”. Se lo dijo bien, no necesitaba un “vamos, vamos”, sino algo más concreto sobre el juego. Eso no me parece mal: es la función. Ahora, no todo el mundo puede soportar que lo puteen. A Cerúndolo le falta jugar con el equipo en los momentos clave. Porque para eso los contrata. Dicho esto, igualmente mal no le va.

–Te fuiste a entrenar a China durante tres años. ¿Cómo fue eso?

–Me encuentro con Pancho Giussani y me dice: “No sé si te interesa, pero están buscando un coach para la Federación China. Ya tenía 60 años y mandé un currículum. Pasan unos meses, estoy en enero en Cariló, y me llaman una madrugada. Les dije: “Me interesa. Quiero ir dos semanas para conocer”. Fui, vi, entrené a unas chicas. Hablamos 20 horas con los chinos. Y arreglamos por un año. Estaba solo en China. Iba tres meses, me volvía uno, volvía otros tres meses. Pasa un año así, estaba contento porque era un buen laburo, la pasaba bien, iba mi señora a visitarme. A las chicas les empezó a ir bien, los juniors fueron yendo a los Grand Slam. El segundo año fue mejor y el tercero, muy bien. Pero…

–¿Qué pasó?

–Me agarró una cosa de que me tenía que ir al diablo. Lo hablé con una psicóloga amiga y llegamos a la conclusión de que me agarró un principio de ataque de pánico. Fue curioso porque no se dio de entrada, sino después de tres años. Iba a la cancha y al rato sentía que me tenía que ir, me escapaba. Empecé a mentir: “Mañana tengo que ir a la embajada”, decía. Mentira: me iba a otro barrio y me quedaba leyendo. No podía estar así, empecé a sentirme mal. Y dije a fin de año me voy.

–¿Cuál era el tema? ¿Extrañabas?

–No, no. ¡Es que estás en China, ojo”. No es fácil. A mí no me costó al principio porque la gente me recibió muy bien. Pero en un momento ves chinos por todos lados. ¡Es lógico: si estás en China! Me atrapé. Fue una buena experiencia, me gustaba. Pero ya había vivido muchas cosas, había estado en el circuito, la suerte de algunos logros. Ya estaba. Hoy entreno a los chicos de manera recreativa, pero no significa que no esté atento a algo que surja. Porque pasa que en un momento no te habla nadie, te jubila la vida. Hay tres generaciones de coaches atrás mío.

–¿Volverías a viajar?

–A veces pienso que es una locura. Vas a Australia, volvés, a Miami, volvés, a Europa, volvés. En el momento lo vivís bien porque estás entusiasmado. Hoy eso no lo haría, pero sí formaría parte de un equipo, tratando de opinar. Eso me gusta. Ver cosas, agarrar a un jugador y ver qué es lo que siente en la cancha y cómo piensa que puede mejorar, haciendo qué.

–¿Anécdota que cuentes siempre?

–Ja. En el 2003, voy con Diego Veronelli a unos challengers a Croacia. Íbamos de un país a otro. “En la frontera con Serbia te hacen la visa”, me aclara el Flaco. Llegamos. Llovía y era de noche, estábamos en una casilla con tipos que gritaban en un idioma inentendible. De ahí nos mandan a un pueblo de unos 10.000 habitantes que se llama Nova Gradiska. Llegamos en taxi a una pensión. ¡Lo que eran las camitas! Pero tenía en claro que en esos momentos hay que estar positivo, porque si te lamentás, te desgasta mentalmente. Tenía que tenerlo con la moral alta al Flaco. “Mañana vamos a entrenar, no te preocupes”.

Vamos a correr a la mañana. “Voy a averiguar, una cancha de tenis tiene que haber acá”, le digo. ¡Había una, en un lugar que no tenía ni alambre! Atrás había cerdos. ¡Un desastre! Pido pelotas: nos dan todas distintas. “Tranquilo Flaco, mente positiva”. Yo tenía un embole tremendo, pero no podía transmitírselo. Dos días así. Nos vienen a buscar del torneo de Banja Luka, en Bosnia. A la semana, se clasifica para el ATP de Palermo y le gana al ruso Nikolai Davydenko y al rumano Victor Hanescu. Le digo: “Flaco, esto es gracias a Nova Gradiska, porque le pusiste huevos en el lugar más de m… que había”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/tenis/francisco-mastelli-aquel-chico-que-era-mejor-que-vilas-y-su-conviccion-la-unica-lider-positiva-que-nid07112026/

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