Generales Escuchar artículo

Fue derribado por un caza japonés, lo salvaron los nativos de un isla remota y pasó 60 años “devolviendo el favor”

El 5 de junio de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, Fred Hargesheimer volaba sobre el Pacífico en una misión de reconocimiento. Mientras fotografiaba lo que parecía ser un aeródromo enemigo...

El 5 de junio de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, Fred Hargesheimer volaba sobre el Pacífico en una misión de reconocimiento. Mientras fotografiaba lo que parecía ser un aeródromo enemigo, su avión fue atacado por un caza japonés. Las ráfagas alcanzaron la aeronave sobre Nueva Bretaña, una isla ocupada por Japón, y el motor izquierdo estalló en llamas. No había tiempo. Hargesheimer tiró de la palanca de liberación, pero la cúpula de la cabina solo se abrió a medias. Se desabrochó el cinturón, intentó salir hasta que, de repente, el viento lo arrancó del asiento.

Tenía 27 años. Mientras descendía en paracaídas pensó en los soldados japoneses, animales salvajes o los cazadores de cabezas de los que tanto le habían advertido antes de partir. Cuando tocó tierra, se dio cuenta de que estaba herido y completamente solo. Lo que aún no sabía es que el verdadero desafío estaba por comenzar, y lo que ocurriría marcaría para siempre su vida.

Al incorporarse, comprobó que no tenía huesos rotos, pero sintió una herida que sangraba en su cabeza. Con unas tiras que cortó del paracaídas improvisó un vendaje. Revisó qué llevaba encima: una brújula, un machete, municiones para su pistola, una pequeña balsa inflable, dos barras de chocolate concentrado y un folleto titulado “Frutas y verduras beneficiosas”. Eso era todo.

Durante los primeros días caminó hacia el sur, con la esperanza de cruzar las montañas y llegar a la costa. Pero las laderas empinadas y el barro lo obligaron a cambiar de rumbo. Después quiso dejarse llevar por un arroyo en la balsa inflable, hasta que un cocodrilo apareció en el agua y lo hizo volver a la orilla.

Siguió como pudo. Caminó entre helechos gigantes, insectos y lluvias, en una selva cada vez más espesa. Por las noches se refugiaba bajo restos del paracaídas y soñaba que estaba otra vez en su casa, en Rochester, Minnesota.

El chocolate pronto se acabó. Fred encontró una choza abandonada junto a un río y decidió quedarse allí. Encendió fuego con sus fósforos de emergencia y empezó a comer lo que pudo conseguir: raíces, peces y caracoles que sacaba debajo de las rocas del río.

La selva lo fue consumiendo. Las sanguijuelas se le pegaban a la piel y los insectos lo picaban por todo el cuerpo. Perdió muchos kilos. Para darse ánimo solía repetir el Salmo 23, que conocía de memoria desde joven: “El Señor es mi pastor; nada me faltará”. Luego, contaría que esas palabras fueron una manera de sostenerse cuando ya casi no quedaba nada.

Así resistió durante 31 días.

Los nativos

La mañana en que oyó voces junto al río, quedaba poco de aquel joven piloto que había despegado semanas antes. Estaba agotado, hambriento, con el uniforme roto y el cuerpo vencido. Eran aldeanos nakanai de la costa norte, cuando vieron caer el avión salieron a buscarlo.

El encuentro, sin embargo, no fue sencillo. Hargesheimer no sabía si podía confiar en ellos. Le habían advertido sobre los peligros de la zona y sobre algunas comunidades que, según esos relatos, practicaban el canibalismo. Pero los aldeanos le mostraron una nota escrita por un oficial australiano: decía que ya habían ayudado a otros pilotos aliados y que podía confiar en ellos.

Eso lo animó a seguirlos. Esa noche, mientras estaban junto al rio, ocurrió algo que terminó de desarmarlo. Los hombres empezaron a cantar. Al principio sintió miedo: no entendía la lengua ni sabía qué iba a pasar. Pero enseguida reconoció la melodía. Era un himno cristiano. Después de un mes perdido en la selva, aquel canto fue la primera señal de que todavía había esperanza.

Hasta entonces, Hargesheimer era un piloto estadounidense más en la guerra del Pacífico. Había nacido y crecido en Rochester, Minnesota. En 1940 se había graduado como ingeniero eléctrico en el Iowa State College y, antes de incorporarse al Cuerpo Aéreo del Ejército de los Estados Unidos, había trabajado en Nueva Jersey junto a Edwin H. Armstrong, pionero de la radio FM. Durante la Segunda Guerra Mundial integró el 8º Escuadrón de Reconocimiento Fotográfico. Aquel día, cuando fue atacado por un caza japonés, iba a bordo de un Lockheed F-5A, una versión de reconocimiento del P-38 Lightning.

Los nakanai lo llevaron río abajo hasta Ea Ea, una pequeña aldea costera de chozas humildes. Allí le dieron comida, un lugar donde descansar y una protección que implicaba un riesgo enorme. Nueva Bretaña estaba ocupada por los japoneses y las patrullas recorrían la zona. Si descubrían que escondían a un piloto estadounidense, la represalia podía ser brutal.

“Maestro Freddie”

Para sobrevivir, Hargesheimer tuvo que pasar a la clandestinidad. Estaba días escondido en una cabaña cerca de un pantano y salía solo cuando era seguro. Aprendió a interpretar las señales de la aldea: cuándo podía moverse y cuándo debía quedarse oculto. Cada alarma podía anunciar que los japoneses estaban cerca. Cualquier huella en la arena podía delatarlo. Por eso, cuando corría hacia su escondite con las botas puestas, los chicos de la aldea lo seguían y borraban sus huellas con escobas improvisadas.

Vivió así durante meses, protegido por personas que apenas lo conocían y que empezaron a llamarlo “Mastah Preddi”, una forma local de decir “Maestro Freddie”. Le daban cerdo hervido, mariscos y taro, un tubérculo parecido a la batata. Pero su cuerpo frágil un día se enfermó.

Primero aparecieron escalofríos y después, la fiebre. Era malaria. Hargesheimer quedó postrado y demasiado débil para comer. Pidió leche, pero en la aldea no había. Entonces apareció Ida, la esposa de uno de los locales, con su bebé recién nacido en brazos. Durante varios días, Ida le dio su propia leche materna. Ese gesto, íntimo y extremo, lo ayudó a recuperar fuerzas.

Durante siete meses, Hargesheimer vivió escondido entre los nakanai. Cada día era una amenaza para él y también para quienes lo protegían. La guerra seguía alrededor, las patrullas japonesas recorrían la isla y cualquier descuido podía poner en peligro a toda la aldea.

La posibilidad de sacarlo de la isla llegó recién en febrero de 1944, ocho meses después de que su avión fuera derribado. El operativo fue organizado por comandos australianos que trabajaban detrás de las líneas japonesas. Hargesheimer debía llegar hasta una playa de Nueva Bretaña, donde lo esperaba un submarino estadounidense. El rescate se concretó y el piloto regresó a su hogar.

El regreso

En los Estados Unidos, Hargesheimer intentó retomar una vida normal. Se casó con Dorothy Sheldon, formó una familia y empezó a trabajar en ventas para una empresa en Minnesota, antecesora de la fabricante de computadoras Sperry Rand. Desde afuera, parecía haber dejado atrás la isla, la selva y la guerra. Sin embargo, nunca pudo quitarse de la cabeza lo que había vivido allá.

Por eso, empezó a escribirse con un misionero para saber cómo seguían los habitantes de Ea Ea y, cada tanto, miraba los horarios de vuelos internacionales fantaseando con regresar.

“Cuanto más pensaba en mi experiencia con la gente de Nueva Guinea, más me daba cuenta de la deuda que tenía que intentar saldar”, diría tiempo después. Había sobrevivido porque otros se habían arriesgado por él. Y empezó a pensar que un simple agradecimiento no alcanzaba.

En 1960, dieciséis años después de haber sido rescatado, Hargesheimer volvió a Nueva Bretaña. Con el apoyo de su familia, usó el dinero de unas vacaciones familiares y viajó solo a la isla. Cuando los habitantes de Ea Ea supieron que “Mastah Preddi” regresaba, fueron a recibirlo a la playa. Allí volvió a ver a algunos de los hombres que le habían salvado la vida y también buscó a Ida, la mujer que lo había alimentado cuando estuvo enfermo, para agradecerle.

Cuando agradecer no alcanza

El viaje fue emocionante, pero no alcanzaba. “Un simple gracias no parecía suficiente”, recordaría años después. Por eso, antes de volver a Estados Unidos preguntó qué necesitaba la comunidad. La respuesta fue simple: una escuela.

Con ese propósito en mente, cuando regresó a Minnesota, empezó a juntar dinero. Habló con familiares, iglesias y organizaciones benéficas. Una y otra vez contó la historia de los nakanai y cómo le habían salvado la vida. En tres años reunió 15.000 dólares, la mayoría en pequeñas donaciones. “La mayor parte en donaciones de 5 y 10 dólares”, contó.

En 1963 volvió a Nueva Bretaña con su hijo Richard. Con el dinero que juntó construyó la primera escuela primaria permanente de la zona que, en 1964, abrió sus puertas con cuatro aulas y cuarenta alumnos. Para Hargesheimer, era una forma concreta de empezar a devolver algo de lo que había recibido.

Ese no fue el único gesto. Con el tiempo, ayudó a construir una biblioteca, una clínica y otra escuela. En 1970, cuando sus hijos ya eran grandes, Hargesheimer y Dorothy se mudaron a Nueva Bretaña. Durante cuatro años enseñaron a los chicos y acompañaron la construcción de una segunda escuela, cerca de Nantabu. Para la comunidad, aquella decisión fue difícil de olvidar.

Garua Peni, una de las alumnas de esos primeros años, lo recordaría así en declaraciones recogidas por Charles J. Hanley para Associated Press: “Pensé: ‘¡Guau! Dejaron su casa para venir aquí con nosotros, solo para compartir su vida con nosotros’”.

En el 2000, los nakanai lo nombraron “Suara Auru”, Jefe Guerrero. Un año antes, con la ayuda de aficionados a la Segunda Guerra Mundial, logró localizar a Mitsugu Hyakutomi, el aviador que, según los registros, había derribado su avión. Hyakutomi vivía en Japón y padecía Alzheimer, pero su esposa le contó a Hargesheimer que su marido había dicho que jamás habría sido capaz de disparar contra un piloto enemigo indefenso y que por eso no lo mató cuando vio que cayó en su paracaídas. “El piloto japonés me dio la oportunidad de participar en algo valioso y por eso le estaré eternamente agradecido”, dijo años más tarde.

En 2006, con 90 años, volvió a Nueva Bretaña para una última visita y fue llevado hasta los restos de su avión, que habían sido encontrados en la selva.

Hargesheimer murió el 23 de diciembre de 2010, en Lincoln, Nebraska, a los 94 años. Para entonces, su historia ya no era solo la de un piloto que había sobrevivido a la guerra, sino la de un hombre que había dedicado buena parte de su vida a responder una pregunta: cómo se agradece una vida salvada.

“Estas personas fueron responsables de salvarme la vida. ¿Cómo podría agradecérselo?”, decía. Tal vez por eso, cuando miraba hacia atrás, no medía su vida por lo que había tenido, sino por lo que había podido devolver: “No era millonario. Pero era muy rico”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/fue-derribado-por-un-caza-japones-lo-salvaron-los-nativos-de-un-isla-remota-y-paso-60-anos-nid10062026/

Comentarios
Volver arriba