Fueron injustos pero no somos inocentes
Algo que realmente me dolía e irritaba de mi padre -asturiano, mozo de bar e hincha de San Lorenzo- era que en la intimidad de nuestra casa nunca alentaba a la selección argentina -no importa con...
Algo que realmente me dolía e irritaba de mi padre -asturiano, mozo de bar e hincha de San Lorenzo- era que en la intimidad de nuestra casa nunca alentaba a la selección argentina -no importa contra quién jugara- como hacían otros paisanos. Tardé muchos años en comprender que, particularmente ante cualquier triunfo, algunos de sus parroquianos se volvían soberbios y agresivos; le enrostraban la superioridad nacional, buscaban humillarlo y le dedicaban, de paso, alguno de aquellos chistes tan simpáticos que durante décadas definían a los españoles como los seres más brutos e imbéciles del país. Qué risa, ¿no? Los “gallegos” nunca se victimizaron por esa “cariñosa” costumbre nacional que los estigmatizaba; la aceptaban con hidalguía. En vísperas de la final del Mundial 2026, un youtuber kirchnerista dijo que el español promedio era “tonto” y que había que organizarle a la Península Ibérica un bullying planetario (sic). Un colega, muy ofuscado, dijo al día siguiente que formaba parte de la orgullosa identidad argenta pasarle las partes pudendas por la cara a los derrotados (usó otras palabras que les ahorro) y “cagarlos a trompadas” si nos ganan. Esos y otros recortes terminaron en los programas y telediarios de la madre patria, y también en su promiscua televisión basura.
Ya un grupo de emigrados argentinos, con extraña ingratitud e insólita imprudencia, había entonado en la Plaza Mayor de Madrid “el que no salta es un español” y “España sos cagón, sos cagón”. Carnada para las redes sociales, que como tiburones hambrientos se enardecían con esos recortes, los manipulaban para que la parte pareciera el todo y se hacían un festival de indignación con las consignas racistas, homofóbicas y transfóbicas que algunos argentinos coreaban en las canchas, en los banderazos o en Instagram. Sumemos a eso las injurias contra los “negros”, “cometravas” y “musulmonos” que militantes libertarios esparcieron por el mundo y el recuerdo renovado de que Javier Milei mandó votar en Naciones Unidas contra la voluntad de declarar la esclavitud como un delito de lesa humanidad. Odiar a la Argentina fue fácil y rentable.
No somos inocentes, salvo de esa descomunal fake news según la cual los poderes concentrados del fútbol y el trumpismo se habían conjurado para lograr que fuéramos bicampeones a cualquier precio
Hay en nuestra querida patria una religión superior -un “nacionalismo futbolero”, dice Norma Morandini- que está incluso por encima de la grieta. Quien no participa a diario de la liturgia del fútbol local ni visita sus santuarios -donde se naturalizó que las dos hinchadas antagónicas sean incapaces de compartir el mismo espacio-, no puede ni debe opinar, porque no comprende el sentido profundo de ese ambiente tan sano y de ese “folclore maravilloso”. En ese universo popular, sin embargo, no valen las reglas y valores cívicos por las que se lucha fuera de los estadios, y están habilitados todos aquellos que comulgan con este rito a las amenazas de muerte y de sodomización, a la xenofobia estentórea, al goce público con el dolor ajeno y a la indulgencia con los “violentos del tablón”. La vida real no penetra en ese mundo zafio, paralelo y festivo, que forma una espesa cultura, y cuestionarlo representa por lo tanto una verdadera herejía. Porque, como en Las Vegas, lo que pasa en la tribuna queda en la tribuna. Salvo que ahora cualquiera saca un celular, registra una aberración y la viraliza, con tétricas secuelas para la imagen argentina si se trata de un espectáculo de orden global: los agravios hacia todos se pasaban en cámara lenta en el viejo y en el nuevo continente. La dinámica de los algoritmos tenía para hacerse un festín (odiar a los argentinos rendía como nunca en todos lados), y nosotros, con nuestra orgullosa emoción violenta, se lo servíamos en bandeja de plata. No somos inocentes, salvo de esa descomunal fake news según la cual los poderes concentrados del fútbol y el trumpismo se habían conjurado para lograr que fuéramos bicampeones a cualquier precio. Y a esa infamia se subieron, justo hay que decirlo, periodistas profesionales y medios de comunicación importantes de España, que deberían hacer una seria y serena autocrítica porque cayeron en la trampa del engaño y del encono, y habilitaron así una espiral de rencor: justamente esa deslegitimación permanente atizó la bronca argentina y redobló el problema. Lo curioso es que la Scaloneta y sus líderes, lejos de constituir un equipo tramposo y pendenciero y tóxico, resultaron humildes y ejemplares, a contramano incluso de quienes los alentaban con ferocidad. Solo descarrilaron en la final, cuando dos jugadores y un miembro del cuerpo técnico se tomaron a piñas y patadas, y toda la selección cometió una descortesía protocolar de la que tal vez hoy se arrepiente: darle la espalda a la ceremonia oficial para concentrarse en su público, que en un momento les gritaba “putos” a los que levantaban la copa. El dolor y la vergüenza te otorgan sobrevidas heroicas y remontadas épicas, y también te quitan lucidez, y en las horas ulteriores al desastre de Nueva York había un espíritu de horda entre nosotros: los golpes fueron en defensa propia y nadie debía pedir disculpas, se afirmaba. Por suerte Roberto “Ratón” Ayala no pensó lo mismo: ya hizo su refrescante mea culpa, y es seguro que seguirán otros; ahora Scaloni y Messi deberían sentirse convocados a desarmar parte de esta “argentofobia” en una tierra que ha sido generosa con ellos y en la que pretenden vivir con sus familias. Una tierra que absorbió gustosamente parte de la diáspora producida por el fracaso en serie de la Argentina. Luis de la Fuente, el juicioso director técnico de la Roja, dijo dos cosas, una antes y otra después de ese encuentro. La primera no fue escuchada por los españoles: el equipo de Scaloni no juega sucio. La segunda no fue escuchada por los argentinos: resultaron “intolerables” los desmanes ocurridos cuando cayó el telón. Allí están sintetizadas las dos verdades intragables para cada una de las parcialidades en pugna. “El fútbol, como la política, a menudo magnifica nuestros peores instintos. La pasión puede volverse arrogancia. La celebración puede volverse insulto. El orgullo nacional puede volverse exclusión. Cuando eso ocurre, deberíamos pedir disculpas sin excusas”, escribió Esteban Bullrich.
Ahora Scaloni y Messi deberían sentirse convocados a desarmar parte de esta “argentofobia” en una tierra que ha sido generosa con ellos y en la que pretenden vivir con sus familias
Existe un contrafáctico interesante para analizar: ¿qué habría sucedido entre la afición y la escudería de Scaloni si hubiésemos perdido contra Inglaterra? Es dable imaginar que Messi habría sido acusado de no ser Maradona y de no haber ganado la guerra de Malvinas, y que le hubieran caído al entrenador y a sus muchachos una lluvia de maldiciones e insultos. El Mundial acabó, para nosotros, cuando terminó ese partido; los “soldados” de esa conflagración vicaria quedaron rotos y luego solo fueron fantasmas. Pero la demencial presión para que el fútbol repare nuestras frustraciones históricas y colectivas es injusta, absurda y salvaje, y nunca gratuita.
“El fútbol, como la política, a menudo magnifica nuestros peores instintos. La pasión puede volverse arrogancia. La celebración puede volverse insulto. El orgullo nacional puede volverse exclusión. Cuando eso ocurre, deberíamos pedir disculpas sin excusas”
Esteban Bullrich
Este autoexamen no es complaciente y puede herir susceptibilidades; más confortable nos resultaría pensar que el mundo entero nos envidia, y que nos detesta no por nuestros errores sino por nuestras virtudes: la prensa demagógica hace más negocio divulgando esta tesis durante estas horas amargas. Dicho todo esto, pretender que somos los “malos, sucios y feos” de Occidente y que la Argentina es el país más racista de la tierra, y hacerlo desde Estados Unidos y desde una Europa plagada de prejuicios y neonazis, parece una broma siniestra. El cientista político Pablo Touzon escribió esta semana que el Mundial fue “el epicentro de la penúltima zoncera del wokismo, la enfermedad infantil del progresismo”. Solo una cosa podemos enseñarle al mundo y es nuestro modelo de integración migratoria: somos todavía ese país abierto y bueno y, en algunas cosas, también brillante, a pesar de nuestras mañas y yerros. Y la bondad de nuestra gente y la cultura zurcirán lo que esta religión futbolera desgarra. En cuanto a las declaraciones de Samuel L. Jackson, solo diré que estamos hartos de que los ignorantes millonarios de Hollywood nos den lecciones de moral y que ese actor está muy sobrevalorado: su mejor performance sucede en una película menor -Deep Blue Sea- donde hace un discurso pomposo y se lo zampa un tiburón.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/fueron-injustos-pero-no-somos-inocentes-nid25072026/