Guillermo Piccolini: tocó con Pettinato y Melingo, le dijo que no a Los Redondos y sacó el disco “más pesimista” del año
En 2021, después de años de proyectos colaborativos o bien con su talento al servicio de otros, Guillermo Piccolini decidió dar comienzo a su carrera solista. En pleno aislamiento en tiempos de ...
En 2021, después de años de proyectos colaborativos o bien con su talento al servicio de otros, Guillermo Piccolini decidió dar comienzo a su carrera solista. En pleno aislamiento en tiempos de Covid, juntó el repertorio para su primer álbum en solitario, al que tituló Futuro imperfecto, como un guiño hacia la incertidumbre que ofrecía el mundo en tiempos de coronavirus; ahora, cinco años más tarde, el optimismo parece haber perdido la pulseada, o al menos eso parece sugerir desde su nombre, Peor, su flamante y más que recomendable álbum.
El diálogo entre ambos títulos parece contradecir la máxima spinetteana de que mañana es mejor, algo que el propio Piccolini no planeó, pero asegura que no lo sorprende. “No es deliberado, pero al mismo tiempo tampoco es casualidad. Yo qué sé, yo pienso y miro lo que me rodea, me afecta, lo pienso y bueno, soy pesimista”, dice sobre el disco que presentará este viernes 16 de octubre en el Club Atlético Fernández Fierro.
Y aunque a él mismo le cueste considerar lo suyo como un trabajo, Guillermo Piccolini es uno de los nombres más activos de la música argentina de los últimos cuarenta años, a ambos márgenes del Atlántico. Instalado en España desde joven, fundó Los Toreros Muertos junto a Pablo Carbonell; fue uno de los compañeros de Daniel Melingo en la creación de Lions in Love y luego creó junto a Roberto Pettinato el dúo de psicodelia y delirio Pachuco Cadáver. De regreso en la Argentina, fundó Venus y colaboró con una lista inagotable de aristas que va de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota a Susana Rinaldi pasando por El Otro Yo, Mimi Maura, Andrés Calamaro y Todos Tus Muertos, en un larguísimo etcétera..
A lo largo de sus diez canciones, Peor congrega varias de las facetas de Piccolini, con una actitud deliberada de mantener el espíritu lúdico mientras se pasea por aires de chanson, arrabal y chacarera, con un elenco de invitados que incluye a Skay Beilinson, Daniel Melingo, Julieta Laso, Pablo Dacal, Mariana Baraj, Federico Ghazarossian y Javier Casalla. A contramano de una profecía autocumplida, Peor está entre lo mejor que ha hecho Piccolini, por más que su repertorio no vea siempre el vaso medio lleno. “Es un disco pesimista, sin duda. Pero también tiene su ironía y sus pequeñas humoradas, es más oscuro que el primero. El anterior está hecho bajo la premisa de ‘vamos a salir mejores de la pandemia’. Y bueno, qué sé yo, no se dio, ¿viste?“, dice antes de soltar una carcajada.
–¿Este es un disco que fue compuesto deliberadamente pesimista o es algo que notaste una vez que juntaste las canciones?
–Yo no hago proyectos conceptuales, no por lo menos como álbum. Sí me parece que las canciones tienen un concepto y que por ahí entre sí también lo tienen, pero yo se lo atribuyo más a que uno es uno y habla más o menos siempre de lo mismo. La gente que me conoce se aburre conmigo y entonces un poco las canciones tienen una unidad temática por eso, por razones de fuerza mayor (se ríe). Los discos los pienso más como colección de canciones y me gusta así. Me fijo en los artistas de antes y todos hacían los temas de a uno. Troilo, The Beatles, Rodolfo Zapata, todos trabajaban así. A mí me divierte eso: que haya un poco de rock and roll, un cha cha chá y una cumbia. Los Beatles hacían un poco eso, lo que pasa es que les daba unidad que lo hacían ellos, pero eran muy distintas sus canciones.
–La única premisa era que el disco no tuviera batería, ¿es así?
–Ese es un viejo chiste que tengo, porque la mitad de mis amigos músicos son bateristas. Los quiero un montón, los respeto y me encanta escucharlos tocar y todo, lo que pasa es que la batería es un instrumento que suena fuerte, es muy invasivo y además es muy hinchapelotas para cargarlo. Entonces vos tenés un baterista y tenés problemas con los vecinos, después lo tenés que ayudar a cargar el bombo, tenés que pasarlo a buscar porque no sé qué y uno lo hace porque es el amigo y lo quiere. Pero la verdad es que desde que volví a tener un bombo legüero, me parece el instrumento más calentito del mundo. Hasta a mi gato le gusta, lo tengo que echar de al lado del bombo. Es un instrumento liviano, amable, es muy difícil que te lastime. En cambio los fierros de batería en general de golpe se dobla uno y te agarra los dedos, es un instrumento difícil. Y en Pachuco no la hay, por ejemplo. Y en lo que yo hacía cuando tenía 19 años, que hacía cosas electrónicas antes de Los Toreros, también le esquivaba a la batería. Y al principio de Los Toreros no teníamos batería.
–El disco tiene una de las últimas grabaciones de Melingo...
–Sí. A mí me encantó porque tuve la oportunidad de juntarme por última vez con Dani en una situación de estudio, que es lo musical, lo que siempre nos gustó. Así que yo estoy muy agradecido a la vida. Y fue gracioso, porque yo le había pedido que trajera un clarinete bajo para grabar en “Cara de loco”. Es un instrumento con una sonoridad muy usada en lo que se llamaba música contemporánea académica europea de la primera mitad del siglo XX. A nosotros dos nos gustaba mucho ese rincón de la música, nos gustaban Varèse, Stravinsky y todos los raros, y nos unía eso más que el rock, por ahí. Escuchando discos de rock no éramos tan compatibles, no nos gustaban tanto las mismas cosas, pero sí en esto de la clásica y un poco el tango también. Por ahí venía mi pedido, quería que él grabara lo que quisiera, y llegó al estudio y me dijo que se había olvidado el clarinete. Yo me lo quedé mirando porque habíamos ido expresamente a grabar eso. Me miró y me dijo: “Algo vamos a hacer”, y se sacó de la manga esa segunda voz que armó que es increíble, más genial aún que un clarinete.
–Vos tenés la particularidad de que te fuiste muy joven y tu carrera artística empezó en España. ¿Cómo fue empezar tu recorrido del otro lado del océano?
–La verdad, no tengo ni idea, porque nunca vi lo que yo hago como una carrera. Finalmente miro para atrás y digo: “Bueno, sí, es una carrera”, pero yo nunca me lo planteé así. Tenía como un concepto: yo nunca creí que podía ser músico, ni siquiera cuando ya lo era. Y cuando ya era un músico profesional era peor, porque no me gustaban los músicos profesionales. Entonces, nos íbamos de gira y pasábamos los aeropuertos y nos daban para rellenar unas tarjetas en el avión. Había que poner nombre, apellido, documento, nacionalidad, ocupación; y yo no podía poner “músico”.
–¿Y qué ponías?
–Ponía una fórmula que usaban las amas de casa españolas de la época, que es “sus labores” (suelta una carcajada). Y, bueno, después me resigné, porque terminamos con Los Toreros y yo tenía que seguir viviendo, entonces tenía que laburar y empecé a laburar de músico profesional, que era lo que yo había odiado toda la vida: el músico de lo que llamábamos mercenario. Y si bien me la rebusqué bastante bien con mis trabajos, finalmente a la hora de los bifes era un músico profesional. Vengo de una familia que es bastante conservadora, tengo un poco de pica con ellos en muchos aspectos y alguna vez en una mesa de Navidad, cuando se escuchaba la típica frase de “En este país nadie quiere trabajar”, yo me levanté y dije en voz alta: “Yo no trabajé en mi vida”, con mucho orgullo. El tema “Vago” de alguna manera es una reflexión sobre eso. Pero en realidad yo trabajé un montón, pero como siempre laburé de músico en muy pocos momentos de mi carrera, por llamarla así, sentí que estaba laburando.
–¿Lo veías desde un costado más lúdico?
–Sí. Aún cuando estaba claramente laburando, muchas veces tenía como una extrema curiosidad acerca de lo que estaba haciendo, de cómo carajo hacerlo, por ejemplo, de cómo encontrarle la vuelta para solucionar ese pedido que me habían hecho, que por ahí muchas veces consideraba que escapaba a mis capacidades, pero que yo tendría que resolver porque me pagaban. Y entonces había como un aspecto lúdico, como una especie de juego conmigo mismo al respecto de: “Bueno, a ver qué solución le encontrás a esto”.
–¿Como cuáles?
–He hecho publicidades para un coro de 40 niños, tipo el de la película Los coristas. Era como un knock off, y no era a mí a quien le tenían que encargar eso, pero me lo pedían (se ríe), ¿no? Me encajaban cosas de música clásica o arreglos complejos para, no sé, boleros de Armando Manzanero que yo no entendía ni los acordes y estuve tres días para poder sacarlos escuchando un casete. Eran desafíos, nunca lo vi como laburos. Sí es verdad que alguna vez me arrancaba los pelos, pero había como una cosa de desafío y siempre consideré que trabajo es otra cosa. Trabajar, trabajaba mi abuelo que era minero en la cuenca asturiana, dinamitero. Eso es un trabajo, una cosa que uno realmente hace por dinero y bastante a disgusto en realidad, porque un trabajo que te gusta medio que no sé si no es trabajo, le pega en el palo.
–Una de las pocas cosas que tiene quizás como hilo conductor todo lo que has hecho en distintas etapas de tu vida es que siempre hay de alguna manera una cuota de sentido del humor o la impresión de no querer caer al hacer las cosas en serio...
–¿Cuán en serio puede tomarse uno como músico frente a la obra de Bach? O frente a Troilo, frente a Los Beatles o frente a 8 millones de ejemplos. ¿Cuán en serio se puede tomar uno escribiendo frente a, no sé, Cadícamo? Es un poco una contra también. Como dice Dani (Melingo): “Será por eso que me verdugueo”. No me puedo tomar tan en serio frente a esos monstruos. Por ahí alguien considera que lo que yo hago tiene alguna altura suficiente, pero a mí me cuesta. Yo lo hago porque me gusta, y me gusta lo suficiente como para animarme a mostrarlo en público. Y bueno, voy y toco y no me sacan a patadas al menos. Pero no sé, siempre tengo una mirada burlona, pero que es una mirada burlona acerca de mí.
–Lo preguntaba también por la tapa de 3 huevos bajo tierra, el disco de Pachuco Cadáver donde posaron desnudos con Pettinato.
–Las fotos las sacamos porque no pensábamos que hubiera en España o en Argentina una compañía que se dignara a fabricarnos los discos y hacer todas las cosas que hacían las discográficas, que nos parecían unos hijos de puta hasta que llegó Spotify. Por lo menos, a esos soretes les gustaba la música, después le dejaron el negocio a gente a la que le daba lo mismo vender rodajas de salame que un vinilo con música adentro, y después ya terminamos en esto que tenemos hoy. Pelo Aprile, Jorge Álvarez, vuelvan, los perdonamos. Muchos que fueron criticados en el ambiente de los músicos, en definitiva eran gente que quizás se quedaba con algún vuelto, pero hacía las cosas bien y a favor de la música en definitiva, que es un poco lo que más importa. Sacamos esas fotos para mandarle el casete a sellos yanquis e ingleses, se lo enviamos a Rough Trade, Ralph Records, el de The Residents, y no sé si a 4AD también. Y entonces teníamos que tener algo, una foto para que dijeran: “¿Quiénes son estos tarados? Vamos a poner el casete”, porque imaginate la pila que debía recibir esa gente. Y entonces sacamos las fotos desnudos para mandar a las discográficas, lo que pasa es que después no hubo una posibilidad de tapa mejor que esa (se ríe). Yo tengo la teoría de que si no hubiéramos puesto esa tapa, Pachuco Cadáver hubiera pasado sin pena ni gloria, nadie se hubiera molestado en escuchar la música. Con lo cual teníamos razón cuando nos sacamos esa foto para mandarle a los sellos: nosotros queríamos que la gente escuchara la música a partir de “bueno, a ver quiénes son estos tarados”, y fue lo que ocurrió, pero no como nosotros pensábamos, de otra manera.
–En Peor participa Skay Beilinson. ¿Es cierto que tuviste que declinar una invitación suya para sumarte a Los Redondos?
–Sí, fue así. Fue en la época después del segundo disco de Los Toreros, y yo ya estaba en España con el grupo funcionando, con novia, todo. No era un momento para mí para volver a Argentina, aunque yo era híper fan de Los Redondos desde antes de que grabaran, y esta invitación fue después de Oktubre. De hecho conocía a Skay y Poli de antes de que grabaran Gulp!, no sé en qué año nos conocimos, 82 o 83, por ahí. La relación era simpática y todo, pero yo era un fan al que le daban bola porque sabían que era músico, habían escuchado alguna cosa que hacía yo y les interesaba. Pero ellos tenían su grupo y para mí eran Dios y lo siguen siendo. Me acuerdo que me llevaron el casete de Oktubre, estuvimos en mi casa escuchándolo. O sea, con Skay nos conocemos hace 40 años o más, casi medio siglo. Qué bestialidad, cuánta vejez toda junta, ¿no? (se ríe). Pero más allá de mi colaboración con un par de temas de Los Redondos en Lobo suelto, cordero atado, no habíamos interactuado mucho musicalmente a pesar de que nos conocíamos, lo llamé y le dije: “A ver, don Skay, ¿cómo le parece esto?”. Y al maestro le pareció bien, y grabó eso en “Sin ver”, que es espectacular.
–Antes decías que había una relación entre los dos títulos de tus discos, y también del momento en que fueron creados. ¿Cuál sería el potencial título del próximo, o cuál te gustaría que fuera?
–No sé, yo no hago planes porque me salen todos mal, entonces voy improvisando. Espero no tener que poner un título más dramático todavía. Preferiría ponerle, no sé, como Peter Gabriel, 1, 2, 3, 4, o Viva la vida, algo así. Está esa frase del Indio que dice que sobre la felicidad lo único que se puede decir ya lo dijo Palito Ortega, y es “la felicidad, ja ja ja”, y un poco de razón tiene. La cosa oscura siempre es un poco más interesante para la especie que somos y los tiempos que vivimos.