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Iñaki Urlezaga: “La vida no me pasó por el costado, me pasó por dentro, y no me pesa el tiempo, no me asusta”

Se retiró hace ocho años: hubo ...

Se retiró hace ocho años: hubo lluvia de pétalos en el escenario del Teatro Colón, gran espectáculo al aire libre en La Plata y gira nacional. Pero nunca dejó la danza. En buena parte, porque aún cuando bailaba ya se había pasado varias veces “del otro lado del mostrador”, que en su caso siempre fue más bien como una mesa redonda con lugares destinados a la interpretación, a la creación, a la dirección, a la gestión pública y a la privada. La novedad, ahora, es que vuelve a subirse al escenario en un plan más actoral, para ponerle el cuerpo en una obra propia al personaje de un coreógrafo que prepara y acompaña a una bailarina en el show de su despedida: El aplauso final. Así se titula el espectáculo con el que Iñaki Urlezaga llegará al Teatro Ópera de Buenos Aires después de debutar en La Comedia de Rosario el próximo viernes, cruzar el charco al Sodre de Montevideo, hacer escala en el Teatro Argentino de su ciudad y en el Auditorium de Mar del Plata. Lo que el público verá esta vez es lo que casi nunca se muestra. “Se encontrará con una sala de ensayo, donde conviven los bailarines con un coreógrafo. Anda para allá, vení para acá, vas tarde, estás temprano. Tiene muchas escenas cotidianas de la danza. Sos la elegida o no, quiero trabajar con Fulana, vos no das con el pysique du role. Y luego, cómo esa sala de ensayo se transforma en un teatro con todo lo creativo y, entonces, se pasa de la malla, las medias y el tutú del comienzo a la corona, el traje, la chaqueta. La obra va desde el día cero de una creación hasta el momento de la función y la bailarina recibe los pétalos en el aplauso final”. A los 50 años, Urlezaga (un alter ego que se le parece bastante) será en escena “la voz omnisciente”, el motor que hace que avance la historia hasta el desenlace.

–¿Montar este trabajo te lleva de viaje en un propio flashback hasta tu retiro en 2018?

–No, para nada de manera personal. No soy una persona nostálgica. Voy tratando de entender –porque con los años intento seguir aprendiendo de la vida–, y de este otro lado ahora es más intensa y más fuerte la escucha, lo que le pasa a un bailarín adentro de una sala de ensayo. Yo creo que cada uno vive el final a su manera, y yo no quería poner la mía, porque en este caso ni siquiera se trata de la despedida de un hombre, sino de una mujer, y eso tiene sus diferencias, sus particularidades.

–¿Por ejemplo?

–La carrera de una mujer desde el vamos es completamente distinta y transita de manera diferente la profesión. Aún a la fecha a la mujer se le exige mucho más que a un hombre, porque son muchas, por la competencia que hay. Cuando yo era chico, se decía: “Si mide 1.80, no lo mires, tomalo”, y eso pasa un poco todavía, aunque cada vez está más equiparado. Pero hay que pensar que históricamente el repertorio clásico y académico estuvo pensado en general para mujeres. Es sobre el siglo XX que se ha empezado a darle la posibilidad al hombre, muy abrupta e inesperadamente con Nijinsky, y hubo un lapso enorme hasta que vino Nureyev. Y desde entonces sí, los hombres hemos tomado un protagonismo en el que finalmente dejamos de estar de costado.

–Gracias, Rudolf.

–Gracias Rudolf por tantas cosas, pero primero por la paridad. Entonces, porque creo que la profesión se vive verdaderamente de forma distinta, no quería poner nada personal. Lo que yo podía aportar acá es desde lo intelectual y, en lo dramático, con ese rol del coreógrafo. Este espectáculo nació de una fuerte inspiración en una charla con Julieta Paul . Desde que me jubilé no pensé en mi retiro nunca más, porque siempre seguí de forma activa.

–Técnicamente no te “jubilaste”, dejaste de bailar.

–Bueno, no, porque nunca aporté a ninguna caja. Pero no me pesa para nada la palabra jubilación, porque no me hace pensar en una parálisis. Tengo que trabajar para llegar a fin de mes. Sinceramente, yo tuve una carrera muy atípica como bailarín, nunca estuve confundido con mi rol cuando bailaba, aunque a la vez dirigía y coreografiaba, y sabía que una parte de todo eso no iba a estar más, pero las otras sí.

–Lo que en ese momento decías, recuerdo, era que lo que te estaba abandonando era tu cuerpo, pero vos seguías con la danza.

–Es que yo siempre fui un coreógrafo que bailó, nunca me sentí un bailarín que devino coreógrafo. ¡A los 8 años coreografiaba los actos escolares! Me da mucho placer a mí trabajar para el otro, realmente, es algo raro en bailarines reconocidos esta alegría de trabajar con otro, sin tanto egocentrismo. Entonces, sentí que esta historia empezaba a cobrar vida, pero que no se trataba de mí, porque no es una obra autobiográfica. Yo tuve un lindo aplauso final y esa es una etapa cerrada, de la que estoy profundamente agradecido, y a la que no anhelo volver. En cambio, lo que empezó a hacerme eco eran todas esas voces que yo recordaba de cómo fueron los retiros para otras personas. Siempre es un momento difícil, complejo y de mucha sensibilidad, como si se amplificaran las emociones que a veces están guardadas, o reprimidas, y se viven con una magnificencia muy fuerte.

–¿Desde el principio pensaste una obra que te tenía en escena?

–No, la verdad que no. Freud se haría un picnic conmigo, menos mal que está muerto. Eso es también otra de las cosas bellas que me pasó. No hice la obra para volver al escenario, en lo más mínimo. Sabía de qué se iba a tratar y, por supuesto, siempre tuve en claro que quería trabajar con Julieta y con Bautista , y cuando empecé a pensar en el contexto, obviamente me di cuenta de que además de otras seis parejas de solistas necesitaba el personaje de un coreógrafo, una asistente, un pianista.

–En algunos videos promocionales del espectáculo se te ve atacando una diagonal con giros. ¿Coqueteás un poco con la idea de “volver a bailar”?

–No coqueteo con nada ni hago ninguna otra cosa que no sea lo que ordinariamente pasa adentro de una sala de ballet. Sí hay una caracterización que empleo para encontrar este personaje, que por ejemplo lleva un par de anteojos particular, cosa que yo en la vida no uso. Es decir, hay una construcción, pero el fondo del personaje, el alma de ese coreógrafo tiene que ver realmente con quién soy yo.

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–Hiciste una audición para encontrar a los bailarines.

–No, yo no puedo trabajar de ese modo, me resulta muy incómodo porque si hago una audición, ¿cómo sé quién está del otro lado de la piel? No conocés el pasado de esa persona, es como tener una cita a ciegas. A mí me cuesta no saber cómo piensa ese ser humano. La obra tiene una asistente, que es Caroline Queiroz, alguien que me conoce, como dicen los ingleses, inside out. Y después empezamos a buscar gente que había trabajado conmigo en otro momento, y así se fue armando. Hay bailarines muy jóvenes y otros que ahora están en el Argentino de La Plata, pero arrancaron conmigo cuando yo dirigía el Ballet Nacional . O sea, estamos hablando de otra Argentina.

–Además del cambio de rutina, en tu forma de vida, ¿qué otras cosas se modificaron en la etapa posterior al retiro?

-Básicamente, la madurez. Creo que la vida no me pasó por el costado, me pasó por dentro, y no me pesa el tiempo, no me asusta. Gracias a Dios tengo una hermosa salud, soy una persona profundamente alegre, con momentos más difíciles que otros. Después, está el hecho de no estar ya en la mal llamada “carrera” de los bailarines, que te hace vivir tan velozmente, sobre todo cuando has tenido reconocimiento (me cuesta decir éxito, con los años me he puesto más tímido), quiero decir, no tener que seguir ese ritmo que no te permite detenerte para llegar a un nivel de mayor profundidad. En ese sentido, algo muy particular fue la pandemia, porque yo me jubilé y al otro día, más o menos, vino la pandemia, y con eso por primera vez me encontré mirando el techo sobre mi cama. No me había pasado nunca en 42 años. Si miraba el techo a las cuatro de la mañana era porque se había prendido la alarma y tenía que agarrar la valija para salir de viaje. Ese parate enorme, forzado, producto de la pandemia, yo lo gocé plenamente. No tuve grandes pérdidas, gracias a Dios, mi entorno no la pasó mal, no tenía esa carga que desgraciadamente tanta gente padeció. Para mí hubo como un renacer, comenzar la vida de una forma distinta. Desde entonces puedo levantarme y meditar, sin tener que salir corriendo para hacer una clase. La vida cuando estás arriba del escenario es muy distinta y a mí la vida que está abajo del escenario me encanta también. Cotidianamente, vivo momento a momento. Ya no más trabajo 8 horas, duermo 4, tomo un avión, esa cosa mecánica.

-¿Podría ser distinta la vida de un bailarín “exitoso” mientras está en actividad?

-Es válida la pregunta. Yo creo que la vida se ha vuelto mucho más mecánica artísticamente hablando, y no sé si eso va a traer beneficios a la profesión. Quisiera no ser negativo, pero en líneas generales, no sé si esa mecanización es positiva para algo que tendría que ser más del aquí y ahora. Detenerse a pensar ¿qué me está pasando? en lugar de bailemos más rápido porque se va el tren. Es la productividad aplicada al arte. Sudamérica tiene beneficios en ese sentido al no contar con agendas tan demandantes. No sé si Marianela lo vivirá igual ahora en el Royal Ballet, pero cuando yo estaba en Convent Garden atravesé, por ejemplo, el enorme cambio de lo artesanal –cuando los técnicos manualmente cambiaban una escenografía y teníamos 80 funciones anuales- a la máquina de hoy en día, que son 125 shows y un cambio laboral muy distinto en cuanto a los tiempos, a los horarios.

-¿Qué significado tiene el aplauso?

-El aplauso para un artista siempre es, de alguna manera, una escucha atenta que te acompaña toda tu carrera, y es democrático, independiente de vos. A veces te gusta el sonido que surge de la platea, a veces te premia o no, al revés, te incomoda. Ese aplauso es como el hilo de Ariadna, que te construye y te va llevando. Pero en el último aplauso ya está todo construido. Ahí solo hay agradecimiento por quien lo dio todo. Y ese último aplauso es una fiesta cuando la carrera ha sido maravillosa. No le pasa a todos los artistas, porque a veces no estuvieron acompañados por los directores, por los coreógrafos, por las políticas adentro del teatro, y entonces pesa más la frustración el día que te retirás que la alegría por haber vivido una carrera aunque haya sido verdaderamente virtuosa. Yo creo que Julieta lo va a tener por como ella se ha conducido en su trabajo.

-Las funciones en el Teatro Ópera las vas a hacer con la Orquesta Sinfónica Municipal de Florencio Varela.

-Sí, es la orquesta que me acompañaba cuando dirigía el proyecto de Nación, con Darío Domínguez Xodo, en la dirección. Es un grato reencuentro. Y qué maravilla las políticas de Estado cuando se sostienen con idoneidad en el tiempo, porque esa orquesta ha crecido a tal punto que van a construir un teatro lírico. Digo esto y me emociona mucho, porque mi papá era pediatra en Florencio Varela, un lugar que conozco hace 50 años, y hablar de una orquesta o de un teatro lírico en Florencio Varela era como hablar chino mandarín. Entonces me parece hermoso. Los conciertos que ellos hacen en la Facultad de Derecho de la UBA me parecen de un gran nivel musical. La cultura tiene un valor que a veces no entiendo cómo los políticos no se dan cuenta cuánto arraigo genera en un pueblo.

-¿Tenés una participación política activa?

-Nunca tuve participación porque no tengo formación política, no porque no esté definido políticamente, sino porque no sé, no estudié y veo tanta gente tan poco capacitada para ejercer un cargo público. Hoy en día cualquiera habla, cualquiera conduce. Y cuando escuchás que Nelson Castro está diciendo que el Coro Nacional de Niños, que tiene casi 60 años de historia, cuesta lo mismo que un senador, y deciden derogarlo dentro de la estructura de los organismos públicos de la nación. Entonces decís: ¿realmente es gente que trabaja en la cultura? ¿Para qué? ¿Para defenderla? ¿Para mejorarla? No siempre hacer política es para la mejoría de un pueblo.

-¿Y este tipo de cosas no te convocana participar?

-Me encanta que lo público atraviese a la ciudadanía, porque me parece que eso es vital. Cuando hice 39 nueve audiciones públicas para conformar aquel elenco, me di cuenta de que Buenos Aires tenía un nivel artístico cien veces más alto que Mendoza, pero Mendoza aún era cien veces más alto que Cutral Có y que Zapala y que La Quiaca. Realmente, hay una inequidad enorme por lo demográfico y también porque nunca se pensó un proyecto a nivel federal en cuanto al ballet. Sigue existiendo una ley de Raúl Alfonsín, que está vigente, pero no está instrumentada. Esas cosas sí me dan fervor de acompañar, desde el lugar que yo sé.

Para agendar

El aplauso final. Estreno en el Teatro Municipal La Comedia de Rosario, el 21 de agosto; en el Sodre de Montevideo, el 29 de agosto; en el Teatro Argentino de La Plata, el 13 de septiembre; en el Teatro Auditorium de Mar del Plata, el 19 de septiembre. En Buenos Aires, habrá dos funciones en el Teatro Ópera (Av. Corrientes 860), sábado 26 de septiembre, a las 20.30, y domingo 27 de septiembre, a las 19.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/danza/inaki-urlezaga-la-vida-no-me-paso-por-el-costado-me-paso-por-dentro-y-no-me-pesa-el-tiempo-no-me-nid15082026/

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