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Ingrid Pelicori: el desafío de hacer clásicos, el dolor por la muerte repentina de su padre y su deseo para los jóvenes

Es una de las mejores actrices de la Argentina, de las más prestigiosas y respetadas, con una carrera –fundamentalmente teatral- sin fisuras. Supo formar parte del histórico elenco estable del ...

Es una de las mejores actrices de la Argentina, de las más prestigiosas y respetadas, con una carrera –fundamentalmente teatral- sin fisuras. Supo formar parte del histórico elenco estable del Teatro San Martín, allá por los ochenta, y luego de espectáculos variopintos, siempre de altísima calidad, en los distintos circuitos teatrales. Hoy Ingrid Pelicori coprotagoniza el clásico de Arthur Miller La muerte de un viajante en una sala independiente del barrio de Almagro, el teatro El Tinglado, ubicado en Mario Bravo 948, los sábados a las 21.15 y los domingos a las 19.30. Lo hace junto a Alejandro Awada y a un elenco conformado por Gustavo Rey, Marcos Woinsky, Anahí Gadda, Junior Pisanu, Toto Salinas y Lucas Maley. La puesta de Daniel Marcove es una de las más rigurosas y logradas de la famosa pieza de la dramaturgia universal.

Nació en una familia de actores. Es hija del recordado Ernesto Bianco y de Iris Alonso, y sobrina de Tito Alonso y Paola Alonso. Y su hermana, Irina Alonso, también es actriz. Fue Madame de Merteuil en Quartett y Natasha Ivánovna en Tres hermanas. También, Andrómaca en Las troyanas, Helena Alving en Espectros y hasta Liv Ullman en Berman y Liv, por nombrar solo algunas de las criaturas a las que dio vida sobre un escenario. Ahora, a los 69 años, le llegó el turno de uno de los roles femeninos más importantes: el de Linda Loman, la mujer que es testigo del derrumbe del vendedor ambulante que es a la vez símbolo y víctima de todos los males de la sociedad capitalista.

-¿La muerte de un viajante era una cuenta pendiente en tu carrera?

- No suelo tener cuentas pendientes ni desear a priori hacer una determinada obra o personaje. Pero esta siempre me encantó. La vi varias veces y es una de las que más me gustan de toda la historia del teatro. Por eso, en cuanto me la propusieron, dije que sí.

-¿Qué es lo que más te interesó del proyecto?

- ¿Además de la obra, que es una maravilla? Que estuviera Alejandro Awada, que es un actor que me encanta y al que quiero mucho. Además, creo que ese personaje, el del viajante, es realmente para él.

-¿Por qué creés que la obra hoy se mantiene tan vigente?

- Primero porque está muy bien escrita. Tiene una cualidad poética impresionante y eso la vuelve universal. También por su conocimiento de la condición humana, por la situación social que da cuenta, y que es determinante porque marca el destino de estos personajes. Habla del mandato social de estas sociedades crueles en las que vivimos, que exigen el éxito a ultranza, sobre todo el éxito económico. Esto creo que hoy ha recrudecido. De ahí la gran vigencia de la obra. Creo que esta pieza va más allá del “sueño americano”, que por otro lado y a esta altura se ha extendido a todo Occidente. Habla sobre el sentido de la vida, sobre esas preguntas profundas que nos hacemos todos los seres humanos: por qué y para qué vivir.

-¿Qué es lo que más te atrajo de tu personaje, Linda Loman?

- Es un personaje hermoso al que me interesó encarar no tanto por el lado de su sumisión, sino como a una mujer reservada, que es lo que me parece que es; y sin juzgarla nunca, para nada. Eso, en todo caso, que lo haga el espectador. Me interesó explorar en eso del misterio del amor incondicional, en eso que no se puede explicar bien por qué, pero ocurre, ¿no? En eso que, si se quiere, hasta justificaría en su caso la sumisión y el maltrato que acepta y recibe. Porque lo paradójico es que ella no es una mujer débil; de hecho no lo es con sus hijos, ni parece haberlo sido durante su juventud. Hay que suponer que la sumisión y el maltrato, más allá de razones de época, fueron ocurriendo con el tiempo, a medida que se produce el deterioro del personaje de Willy Loman, su esposo. En los raccontos de su juventud se nota que hubo mucho amor y complicidad entre ellos; y que Linda en todo momento trata de levantarle el ánimo cuando en el trabajo las cosas no están muy bien.

-Vos la ves como a una mujer absolutamente enamorada de ese hombre.

- Sí, sí. Incondicional, incluso para poner a sus hijos en segundo lugar. Al punto que en un momento les dice: si es necesario se van de acá, pero a él no lo torturan más.

-En el texto original, tu personaje secunda al protagonista, al viajante del título. En esta versión, en cambio, Linda Loman gana protagonismo y están a la par. ¿Fue algo buscado? ¿Fue una decisión tuya o del director?

- No, fue ocurriendo así, pero no hay ninguna modificación del texto para eso. El texto es tal cual. En todo caso, uno podría preguntarse, ¿por qué en otras versiones no era así? La obra la termina ella y sin embargo nadie recordaba eso. Acá queda bien claro. Supongo que ayuda mucho la proximidad de la sala. Puede ser que como se trata de un personaje bastante reservado, sirva verlo de cerca para seguir en detalle todo su proceso y su gran arco. Lo que sí sucedió, ahora que lo recuerdo, es que el director en todo momento me sugirió que tuviera un rol más activo, sin modificar por supuesto nada del texto: que aún dentro de sus silencios hubiera una mayor actividad. Y así lo hice. A él le parecía importante que se notara que ella es el sostén de la familia.

-En relación a eso, creo que esta versión tiene un tinte femenino y hasta feminista. Porque por algún motivo la jefa de Willy Loman ahora es una mujer y no un hombre como está especificado en el texto original.

- Eso sí, eso podemos interpretarlo de esa manera, como un pequeño aggiornamiento, como una licencia. Eso fue una decisión del director.

-¿Qué diferencias existen entre hacer un clásico en un teatro oficial y en uno independiente?

- Las diferencias fundamentales son de producción, por supuesto. No tenés todas esas comodidades que te ofrece el teatro público, desde ensayos pagos hasta un sueldo, una vestidora, una maquilladora y un montón de otras cosas. En esos casos solo te tenés que preocupar de la actuación. De todos modos, yo ya hace un buen tiempo que vengo haciendo teatro clásico por fuera del circuito oficial y la falta de comodidad no le resta nada a la mística de mi trabajo. Es más, cuando el proyecto es independiente ganás algo: la sensación de que el espectáculo es más tuyo, algo propio; y que, como actor, tenés más peso a la hora de las decisiones. Además, contás con más tiempo para ensayar y alcanzar un buen resultado. En los teatros oficiales, los ensayos no duran más de dos meses. Para llevar a escena La muerte de un viajante, en cambio, nos tomamos seis meses. Empezamos a ensayar en noviembre y solo paramos un mes en el verano. Fue un largo e intenso período de ensayos, de cinco días a la semana, en el que el elenco completo puso todo de sí.

-¿Por qué los clásicos ya no se montan como antes en las salas oficiales?

- Bueno, se estrenan, algunos se estrenan. Lo que pasa es que a veces son versiones remozadas. Yo el año pasado participé en el teatro San Martín de una versión modernizada de Ricardo III, que dirigió (el español) Calixto Bieito, con Joaquín Furriel de protagonista. Finalmente se trató de un clásico, pero hecho de una manera muy transgresora, que no pretendió ser la obra tal cual es conocida.

-En el circuito oficial se solían estrenar los clásicos en versiones convencionales y en el independiente (si es que llegaban), en versiones más libres. Hoy presenciamos el fenómeno contrario, ¿no?

-Tal cual. De todos modos, hay que reconocerlo, el año pasado se estrenó en el San Martín una versión de La Gaviota, con dirección de Rubén Szuchmacher, que no pretendía ser rupturista ni nada por el estilo. Eso, a veces, no depende tanto del teatro o del circuito como de la estética y la ideología del director. Por otro lado, ya se trate de una puesta moderna o clásica, debemos recordar que fue en los teatros independientes donde muchas veces se dio acogida por primera vez en la Argentina a los grandes textos del teatro mundial, a los mejores autores. Cuando nadie apostaba por ellos, por ejemplo, en pequeñas salitas se empezaron a estrenar títulos de Brecht. Ahora estamos en presencia como de una vuelta a todo aquello. Hoy es el teatro independiente el que asume los riesgos: el que vuelve a apostar por los grandes autores.

-También hubo un tiempo en el que los clásicos formaban parte de la cartelera del circuito comercial.

-Exacto. Hubo un momento en el que Alfredo Alcón hizo La muerte de un viajante en el Paseo La Plaza. ¡Y también hizo Rey Lear, en el Teatro Apolo! Y Arturo Puig con Selva Alemán protagonizaron Cristales rotos, otra obra de Arthur Miller, en el teatro Blanca Podestá (hoy Multiteatro). Hace rato que existe la idea de que a las salas del circuito comercial solo se va a reír. Y es una lástima, obviamente. Después está el tema económico. Salvo las comedias musicales que cuentan con mucha producción detrás, en el teatro de texto se trata –por razones de viabilidad económica-de que haya pocos actores en escena. Y eso, claro, afecta las posibilidades de montar un clásico con muchos personajes.

-¿Hoy el mejor teatro de Buenos Aires está en el circuito off?

-Yo pienso que hoy circula ese concepto porque somos las mismas personas las que hacemos teatro en los distintos circuitos: en el comercial, en el oficial y en el independiente. Tanto los actores y las actrices como los directores vamos rotando por todos lados. De repente, un director presenta un proyecto en el San Martín o en el Cervantes, si lo aceptan, bien, lo hace ahí; pero si no, lo hace en otro lado. Por supuesto que las posibilidades de producción serán diferentes, pero la calidad del producto, no necesariamente.

- ¿Y cómo evalúas el fenómeno de los títulos que son exitosos en el circuito independiente y luego son coptados por el comercial y arriban a la avenida Corrientes?

- Me parece buenísimo. Hay algunos que generan tanta pero tanta convocatoria y aceptación en el circuito independiente que está genial que puedan intentar captar el interés de otro tipo de público. Eso le conviene a ambos circuitos. Uno puede traer agua para el molino del otro. Siempre hubo gente que le interesó el teatro independiente como otra que le tira más el comercial. Ahora eso se está desdibujando y me parece muy bien. Eso le sirve a todo el teatro. Además, ya se empieza a perder eso de que al teatro comercial el público solo va a ver a los actores que ve por la televisión, porque en la televisión hoy los actores prácticamente no trabajamos.

El teatro San Martín, la psicología y los mejores roles

-Empecemos por el comienzo de todo, ¿por qué decidiste ser actriz?

-Te podría decir que el caldo de cultivo fue mi familia, pero no estoy segura. Ni de chica ni de adolescente pensé que iba a ser actriz. Solo me enloquecí con una obra que hizo mi papá cuando yo tenía 11 años, que fue El hombre de la Mancha, con Nati Mistral. Todo cambió cuando mi prima Ángeles Alonso, que ahora es actriz y vive en México, empezó a tomar clases de teatro y me fue contando en qué consistían y eso me dio mucha curiosidad. Me gustó esa idea del juego y de la exploración. Ahí fue todo muy rápido: me anoté en los cursos, di una prueba en el Teatro San Martín y quedé en el elenco estable. Entre tanto, igual hice toda la carrera de psicología.

-¿Por qué?

-Yo había sido muy estudiosa, muy buena alumna y me imaginé que siempre iba a seguir estudiando. Por eso, y aunque el teatro me empezó a ganar, no quise resignar el estudio. Así que fui haciendo la carrera mientras trabajaba como actriz. Igual podía conciliar ambas cosas. Pero, cuando me recibí, comprendí que debía tomar una decisión. Para ese entonces había estado muchos años en el elenco estable del Teatro San Martín, y tenía una sensación bien clara de que lo mío era la actuación.

- ¿Qué recuerdos atesorás de aquella etapa en el elenco estable del Teatro San Martín?

- Fue una etapa buenísima. Siempre lamento que no exista más un elenco estable. Ni en el San Martín ni en el Cervantes, donde existía el de la Comedia Nacional por ley. Para mí, como actriz joven en formación, se trató de una experiencia espectacular. Porque fue poder hacer todo el tiempo grandes textos: de Chejov, de Ibsen, de Shakespeare. Y aprender diariamente de esos actores con los que compartía el escenario: Elena Tasisto, Alicia Berdaxagar, Walter Santana, Alberto Segado, Alfonso de Gracia, grandes actores que además eran muy generosos, analizaban mi trabajo y me hacían devoluciones maravillosas. Más allá de los directores que me dirigieron, ellos fueron mis grandes maestros. Por eso, esa etapa fue muy formadora. Además, me identifico con aquella manera de entender la profesión, bien democrática. A veces hacía personajes importantes y otras no, pero ese era el sentido de pertenecer a un grupo estable: hacer de todo un poco y así ganar experiencia como intérprete.

- A lo largo de tu carrera has participado en más de 70 obras. ¿Cuáles considerás que fueron tus mejores trabajos?

-Siempre pienso que el mejor es el último porque creo que de alguna manera pongo todo lo aprendido en los anteriores. Así que bien podríamos pensar que lo mejor que he hecho a esta hora es La muerte de un viajante. Pero no puedo dejar de sumarle a una larga lista de preferidos mis labores en Decadencia, Cae la noche tropical, Conversación en la casa de Stein sobre el ausente Von Goethe y Yo, Fedra. Y El zoo de cristal, que la hice dos veces: la primera en el 92, donde interpreté el personaje de la hija, Laura, junto a Inda Ledesma, Mario Pasik y Hugo Soto; y ahora, más de 30 años después, cuando encarno a la madre, Amanda, al lado de Malena Figó, Walter Quiroz y Martín Urbaneja y dirección de Gustavo Pardi. La primera versión la dirigió Hugo Urquijo y la actual es responsabilidad de Gustavo Pardi. Estamos los lunes de junio en El Tinglado.

Papá Bianco, hermana actriz y la maternidad

-El año pasado vos y tu hermana Irina Alonso protagonizaron el espectáculo autobiográfico Papá Bianco y Los Alonso. Y participaron del documental El sueño imposible: familia de artistas. ¿Cómo fue compartir con ella un escenario y un set de filmación?

-Ya habíamos hecho varias veces obras juntas. Trabajamos en una obra para solo dos personajes, de Andrea Garrote, que se llamó La ropa en el año 2000. Después fuimos parte del elenco de Las troyanas, que encabezaba Elena Tasisto, donde Irina hacía de Cassandra y yo de Andrómaca. Esto fue en 2005, en el Teatro Coliseo. Más tarde estuvimos en Qué fue lo que pasó cuando Nora dejó a su marido, que dirigió Rubén Szuchmacher en el Teatro San Martín. Así que nos conocíamos muy bien sobre un escenario. Pero, claro, lo del año pasado fue algo bien distinto y muy personal: un biodrama. Y el documental que dirigió Paula Romero Levit también fue algo único y muy movilizante. Fue hermoso haberlo podido hacer juntas, a 50 años del fallecimiento de papá, que, para todos, fue un episodio realmente trágico.

-¿Por qué?

- Porque él murió de golpe, durmiendo la siesta. Sufrió un infarto masivo a los 55 años. Sucedió cuando aún era joven y se encontraba en un momento muy floreciente de su carrera. Estaba haciendo cine y televisión y acaba de completar, justo el día anterior, una temporada triunfal como protagonista de Cyrano en el Teatro San Martín. Lo que pasaba con él era una locura. Nunca pudimos procesar del todo su partida. Por eso fue muy importante para nosotras hacer el documental. Aprendimos de él un montón de cosas que no sabíamos. Todo gracias a las entrevistas que hicimos con gente que lo conoció mucho y bien. Tuvimos la suerte de poder entrevistar a figuras que hoy ya no están, como Pepe Soriano, Luis Brandoni, Nelly Prince y José Martínez Suárez.

-¿Cómo es hoy la relación con ella y cómo fue a lo largo del tiempo?

- Cuando llegó Irina fue todo pura felicidad. Yo deseaba enloquecidamente tener una hermana y cuando nació fue como mi propia muñeca (risas), una de las cosas más hermosas que me pasaron en la vida; fue un momento milagroso. Durante toda su infancia tuvimos una relación idílica. Después, a partir de su adolescencia, la cosa se puso un poco más complicada. Pero, bueno, no olvidemos que a ella le tocó crecer prácticamente sin papá y que nuestra madre estuvo muy triste, muy angustiada, durante muchos años. Digamos que le tocó crecer en un período familiar muy complicado. Más tarde la profesión nos volvió a unir y hoy estamos más unidas que nunca.

-¿Qué recuerdos tenés de tu papá?

- Recuerdo es que era muy lúdico y tímido. No era de grandes charlas, pero era juguetón. Nos tirábamos en el piso y me inventaba crucigramas. A él, como todo geminiano, le encantaban los juegos con palabras. Una vez, cuando yo tenía cuatro años y él hacía un programa en vivo que se llamaba El cuadro de mi familia, me dijo: “Vos mírame, que en algún momento voy a decir la palabra cachivache; nadie lo va a saber, pero yo te la voy a decir a vos”. Y así lo hizo, ¡Imaginate mi emoción!. Él era así, le gustaba tener secretos compartidos. Otra cosa que recuerdo es la época en que yo juntaba las típicas figuritas de nena y todos en mi familia me regalaban sobrecitos con figuritas. Bueno, mi papá justo me traía un sobrecito con todas las que yo quería, con todas las que me faltaban. Para mí era algo mágico. ¿Pero dónde las comprás?, le preguntaba siempre. Bueno, muchos años después de muerto, un amigo de él me reveló la verdad: que en realidad él compraba un montón de sobrecitos y armaba uno solo o dos con todas las figuritas que me faltaban. Era sumarle un plus de cariño y sorpresa a la relación maravillosa que teníamos. Así me enseñó que la vida puede ser mágica.

- Siempre has sido una mujer muy privada. ¿Cómo es hoy tu vida afectiva?

- Estoy en pareja hace 26 años, se llama Diego Ramírez y por supuesto no destruyó ninguna pareja. ¿Si es actor? Cuando me hacían esa pregunta, era muy fácil la respuesta: de ninguna manera, nada que ver. Pero ahora se jubiló y justo se puso a hacer una obra de teatro. ¿Podés creerlo? Él nunca había estudiado teatro, solo cantaba tangos y encima es muy reservado. Pero un amigo de la secundaria, que sí estudió teatro mucho tiempo, le propuso hacer algo juntos y están haciendo a veces así sueltos, y estuvieron una temporadita haciendo El acompañamiento y ahora resulta que es dueño de un talento tan natural como sorprendente. Así que ahora somos dos actores en esta casa.

- Además de coprotagonizar La muerte de un viajante, actuás en El zoo de cristal. ¿Hoy sólo te interesan los clásicos?

- Lo que más me interesa es que me guste mucho el material, que me importe el mundo en el que me meto, como para decir un mismo texto y hacerme esos mismos problemas todas las noches. Y, bueno, los clásicos suelen tener todo eso, por eso son clásicos; porque han alcanzado un nivel de profundidad y de belleza muy notorios. Por eso los clásicos siempre me tientan. Pero hay también otras obras más contemporáneas, que de hecho estuve haciendo hasta hace poco: como Fedra -que si bien está basada en el famoso mito homónimo se trata de una revisión muy audaz-, Berman y Liv, Cae la noche tropical, Carnada y La débil mental. Todos estos títulos son claros ejemplos de teatro contemporáneo. De todos modos, estos dos clásicos que estoy haciendo ahora me interesan sobremanera porque en ellos compongo a una madre, algo que no he sido en la vida real.

-¿Sublimás a través de estos clásicos la carencia?

- No. Se ve que no he tenido suficiente deseo para serlo. Pasé del todavía no al ya no. Pero hoy me parece muy interesante investigar lo que siente una madre. En su momento lo he sentido un poco con mi hermana, a la que le llevo 10 años, y ahora lo siento otro tanto con los actores jóvenes con los que me toca trabajar o con los hijos de mis amigos. Pero no es lo mismo, por eso me interesa seguir investigando. Linda Loman y Amanda Wingfield son muy diferentes, pero tienen algo en común: la gran preocupación por el futuro de sus hijos, algo que supongo es universal, y que en momentos de crisis, como el actual, se torna más vigente. No he sido madre, pero tengo los mismos temores que ellas: me pregunto cómo los jóvenes se las van a arreglar en un mundo tan complicado, de tanta destrucción, de tantas guerras. Mi mayor deseo es que esto cambie.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/teatro/ingrid-pelicori-el-desafio-de-hacer-clasicos-el-dolor-por-la-muerte-repentina-de-su-padre-y-su-deseo-nid12062026/

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