¿Iremos a cumplir la profecía de Bradbury?
Si usted está profesionalmente activo, presumo que coincidirá en que la promesa de la tecnología y la inteligencia artificial de aliviarnos la tarea burocrática y pesada para poder dedicarnos m...
Si usted está profesionalmente activo, presumo que coincidirá en que la promesa de la tecnología y la inteligencia artificial de aliviarnos la tarea burocrática y pesada para poder dedicarnos más de lleno a los aspectos creativos de nuestra actividad se ha revelado un tanto falaz. Velocidad y productividad. Esos son los valores de la tecnología. Cantidad, no calidad. Y no hay duda de que impone con fuerza su lógica, ya confundida con la cultura en la que estamos inmersos en este segundo cuarto del siglo XXI.
Tal vez en ciertas profesiones u oficios sea distinto, pero los que trabajamos con la palabra o en tareas “intelectuales” hemos visto cómo el valor supremo de la productividad nos arrebató el tiempo, colapsado por demandas incesantes, y sobre todo cómo ahoga el espacio de creatividad del que alguna vez disfrutamos y creímos parte esencial de nuestra tarea. Bajo el imperio de la máquina, el trabajo se automatiza. Eso implica un proceso de despersonalización que a esta altura parece irreversible.
Estamos delegando en la inteligencia artificial habilidades que hacen al desarrollo de nuestra subjetividad
Se suele decir, cuando se habla de la IA en organizaciones y empresas, que lo que prima es la persona. Por más tareas que asuma la máquina, se repite, “siempre estará el ser humano en el centro”. Mi sensación es que, al revés, la máquina y la cultura utilitarista con la que adviene nos están desplazando. Y, al desplazarnos del centro, nos quitan algo. No necesariamente nuestros puestos de trabajo (aunque el Gobierno pretendía habilitar la creación de sociedades automatizadas sin participación humana), pero sí la posibilidad de enriquecernos como personas al desplegar nuestra actividad. Porque la IA va camino a reemplazar a los trabajadores incluso en aquellas tareas que requieren o activan las capacidades creativas o intelectuales del ser humano. Muchas veces ante la pasividad o la anuencia nuestra, ya sea por comodidad o por la necesidad de responder a la pesada demanda externa. Naturalizamos el despojo hasta el punto de volvernos insensibles a su avance.
De algún modo, estamos delegando en la inteligencia artificial habilidades que hacen al desarrollo de nuestra subjetividad, de nuestra imaginación, y en consecuencia de nuestra capacidad de pensar y expresarnos. ¿Qué relación con la IA tendrán de adultos los chicos de diez o doce años que hoy viven inmersos en la tecnología? Es posible que la asuman como parte de su persona y la apliquen en todo aquello en que les permita un menor esfuerzo. Así, esa capacidad de aprender y superarnos con la que todos nacemos se debilitará hasta entumecerse, como el músculo que no se entrena. En una sociedad que avance hacia ese horizonte, las individualidades se irán apagando. La máquina tenderá a una estandarización de los individuos y la dependencia respecto de la IA crecerá. Eso permitiría un control cada vez mayor sobre las personas y sus pensamientos por parte de quienes manejan los hilos de estas tecnologías. Una sociedad así supone una renuncia de nosotros mismos, en tanto somos potencia, posibilidad, proyecto, lo que requiere esfuerzo y aprendizaje permanentes, dos cosas que la inteligencia artificial nos arrebata.
Por la vía de saqueo del trabajo ajeno, la IA se nutre de la producción intelectual y creativa que la humanidad ha generado hasta aquí, regurgitándola mediante algoritmos que entregan su respuesta como lo haría un gran cerebro omnisciente capaz inclusive de simular una comunicación personal e íntima. Al “pensar” por nosotros y darnos respuestas instantáneas, y al generar textos, productos e imágenes express a los que se apela cada vez más en las disciplinas y los sectores más variados, la IA produce un daño colateral: acota el espacio necesario para que despleguemos nuestras dudas y llevemos nuestra idea, por modesta que sea, y a tracción a sangre, de la semilla al fruto. El efecto es doble: perdemos así un espacio que tanto nos daba satisfacciones como nos constituía como personas, al tiempo que la humanidad, como cuerpo colectivo, corre peligro de cristalizar su saber en lo ya dado. La IA da respuestas a golpe de clic, pero al mismo tiempo mata los incentivos que las personas tienen para entrenarse en el arte de pensar y crear por sí mismas.
Es curioso que los debates que genera la IA en las artes, como el cine y la literatura, se traten más desde lo económico, con foco en los derechos de autor y el dinero, y menos desde una perspectiva humanista que indague en lo que significa esta desculturización y este despojo a la esfera creativa del ser humano. Puede que la inteligencia artificial sea un gran negocio para la industria del entretenimiento, que a la larga quizá acabe creando una subcultura estandarizada que imponga películas o libros producidos por máquinas, consumidos por una sociedad igualada en sus gustos y valores. Ese será el fin de la literatura y el cine como artes que vinculan al autor y al receptor en una experiencia estética y creativa en la que ambos participan gracias al puente de la obra. Escribir, para aquellos que lo hacen por necesidad vital, se convertirá en un ejercicio solitario que no encontrará eco, inundados como estaremos de textos e imágenes muertas y sin alma que los consumidores tomarán por buenas. Habrá, acaso, algunas tribus más o menos secretas que preserven los ritos del arte y la cultura, pero serán los marginales de ese mundo futuro que vislumbró Bradbury en su Fahrenheit 451 y que ojalá nunca llegue.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/iremos-a-cumplir-la-profecia-de-bradbury-nid22082026/