Jorge Valdano, a 40 años de Maradona vs. Inglaterra: del pájaro muerto al vuelo de una nación
La concentración del club América de México tenía lugar para 16 jugadores, pero la lista de la selección argentina del ’86 incluía a 22 nombres. ¿Entonces? A 200 metros del edificio princi...
La concentración del club América de México tenía lugar para 16 jugadores, pero la lista de la selección argentina del ’86 incluía a 22 nombres. ¿Entonces? A 200 metros del edificio principal se improvisó un sitio para que pudiesen dormir los otros seis. Era el quincho, que se subdividió con paredes de madera. “La isla” llamaban al refugio de aquellos náufragos. Jorge Valdano y Marcelo Trobbiani compartían una piecita. Carlos Bilardo se sometió a las mismas condiciones y ocupaba un ambiente contiguo al de Valdano. Vaya contratiempo… “No había manera de darle continuidad a la lectura, y además se escandalizaba cuando me veía porque le estaba fallando al primer mandamiento que es pensar obsesivamente en el próximo partido. Lo entendía como una traición a la patria, y en ese contexto, un libro interfería”, le reveló Jorge un día a LA NACION, sin rencores claro, sino desde la simpatía que tomó la anécdota con la distancia.
Oscar Ruggeri creó una fábula alrededor de la cantidad de libros que llevó Valdano para oxigenar su encierro en la concentración del Distrito Federal. ¿Pero qué leyó Valdano camino al título? “No recuerdo, tengo más claro que leí en el ‘82 porque encontré en un estante Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, traducidas por Cortázar, y me quedé como hipnotizado por el libro y estuve horas en la recepción del hotel leyéndolo. No tengo ni idea lo que llevé en el ’86, pero no era una maleta como ha instalado la exageración de Ruggeri, habrán sido tres libros, lo que uno se puede llevar cuando va a un Mundial”, se defendió Jorge entre carcajadas.
El archivo, mágico, propone revolver, rebuscar e insistir hasta que saltan las respuestas. Están, solo hay que acorralarlas. Una entrevista con la revista El Gráfico, en pleno Mundial ‘86, antes de jugar con Uruguay por los octavos de final, resuelve el enigma. Jorge descubría: “Estoy leyendo algo apasionante: Ritual y fascinación del fútbol, de Desmond Morris, que es un antropólogo, creo que inglés, y da una visión lúcida, divertida, fantástica sobre los orígenes de esta pasión universal a la que tanto desprecian los intelectuales, o al menos la mayoría de ellos. Te aseguro que es un libro alentador, optimista, en el que se destruye esa especie de recurrencia intelectualosa sobre que el fútbol es el opio de los pueblos. No me extraña que la clase intelectual tenga esa propuesta. Ellos siempre están alejados de los sentimientos populares, los desprecian, no los comprenden ni se preocupan por hacerlo. Es decir, no les dan a las sociedades lo que éstas esperan y merecen”, describía.
El final de su respuesta hace un largo viaje hasta nuestras costas y toma otra dimensión hoy, justo 22 de junio, a 40 años del gol (los goles) de Diego Maradona a los ingleses. Porque ese día excedió al juego, ese día no curó una herida ni borró una cicatriz, pero dejó una marca en la Argentina. Valdano, de lector fervoroso, se transformaría en un escritor fascinante. Capaz de resumir, desde la electricidad de una jugada, la liturgia, el pesar y el desahogo de un pueblo.
Instalado hoy en México para seguir la Copa del Mundo, Valdano se sumerge en un análisis sociológico de aquello. Sin pretensiones de intérprete popular, sino a golpes de emoción vuelve al Azteca y escribe para el diario El País, de España, un artículo que titula El día que Maradona explicó un país. Entonces, cuenta, invita… “Diego ya no está, pero aquel Argentina-Inglaterra que él desencadenó, ya mito excluyente de la historia del fútbol, crece un poco cada año En mi memoria siguen nítidos los pasajes más salientes. En los días previos, Carlos Salvador Bilardo veía una amenaza en la lectura política del partido. El exceso de emoción expulsó del campo a muchos jugadores en la historia del fútbol rioplatense, así que Bilardo se pasaba las horas recitando una corta oración: “es solo fútbol, es sólo fútbol, es sólo fútbol”. La repetición era su forma favorita de convencer. En esta ocasión, cuanto más insistía en reducir el partido solo a fútbol, más evidente resultaba el tamaño de lo que intentaba esconder. También Diego, el día anterior, le contestaba a gritos a los periodistas que éramos futbolistas y no políticos. Pero llegó el día y el silencio sepulcral del vestuario hablaba de algo más que de un partido. Ahí adentro parecía estar personada la patria diciéndonos lo contrario de Bilardo: ‘no solo es fútbol’”.
En el texto de Valdano hay reverencia a Diego, claro. Y más: una íntima confesión, que también era el latido de una nación. “Hay personas que, a pesar de tener una vida apasionante, parecen haber nacido para un día determinado. Diego eligió el 22 de junio de 1986. Para tener ese colosal sentido de la oportunidad, tuvo que llenar la inspiración de una rabia competitiva que iluminaba cada jugada. De las dos cosas iba sobrado. Jugaba con una musa dentro y, aquel día, a su energía futbolística le agregó una furia que era la de toda Argentina. La fuerza representativa fue de tal tamaño que el futbolista devino en prócer y yo creo, seguramente todos creemos saber, cual fue el momento preciso en que ocurrió”.
Valdano asegura hace tiempo que es alérgico a la nostalgia, pero su pasado luminoso es una incitación a las consultas retrospectivas. En definitiva, la culpa es suya por la magnitud de su obra deportiva. En la apilada mitología de Maradona contra los ingleses -y también en el gol de Jorge Luis Burruchaga que sentenció la final con Alemania-, es Jorge quien acompaña ambas corridas desde la mitad del Azteca. “Si hemos convenido que no hay dos jugadas iguales, podemos alargar el concepto: no hay dos carreras iguales. La primera era hipnótica, si Diego me hubiera dado la pelota yo me hubiera tenido que despertar antes de empujarla”, le contó a LA NACION.
En su texto para El País, detalla: “Una sinfonía futbolística de diez toques en diez segundos. Diez segundos que llegan hasta hoy. Supe, de inmediato, que estábamos ante un antes y un después. Había acompañado la jugada como un travelling televisivo renovando mi admiración. En el camino, el cerebro del genio iba aprovechando y desechando ideas. Los pies, divertidos, esquivaban piernas mostrando y escondiendo la pelota”.
Pese a estar más cerca que nadie, en el festejo del segundo gol de Maradona a los ingleses no salió disparado detrás del goleador. ¿Por qué? “Lo tengo muy claro: era una obra tan personal que algo de mí dijo, “gritalo solo”. Hasta ofendido. Después de eso, el fútbol ya no tenía más nada que decir. Alguna vez encontré la imagen y dije que cuando fui a buscar la pelota al fondo del arco, la levanté y era como un pájaro muerto, con la cabeza colgando. Me podría haber fugado con la pelota para subastarla en estos días, ¿no? Al revés, se la llevé a Diego y se la entregué. Es que en ese momento, Diego era el dueño del juguete más comunitario que hay en el mundo”, retoma con LA NACION.
Y en El País, Valdano muestra todos los colores de su paleta emotiva: “Ese fue, para mí, el preciso momento en que Diego dejó de estar con nosotros. Cuando pasados unos segundos llegué a abrazarlo, ya era tan universal como la pelota. Y tan mito como Gardel, y tan prócer como San Martín. El fútbol no es broma cuando se pone sociológico”. Y vuelve sobre la clave de su idea: hace 40 años temblaba un país. De rabia, de amor. “Todo gracias a un genio que eligió un día para elevar el fútbol a obra de arte, y lo convirtió en el día “D” de la historia del fútbol argentino. Así quedó demostrado que los grandes mitos nacen cuando una pelota, que obedece a un hombre predestinado, consigue explicar un país entero. Y aliviar una herida”, cierra. La Argentina siempre se sentirá un poco a salvo cada 22 de junio.