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Julián Alvarez ya no sonríe: quedó encerrado en una jaula de oro y no sabe dónde está la llave

Además de un delantero fuera de serie, Julián Alvarez es un centennial. Nacido en el 2000, transcurrió su infancia y su adolescencia futboleras bajo la omnipresencia del Barcelona. Aquel Julián...

Además de un delantero fuera de serie, Julián Alvarez es un centennial. Nacido en el 2000, transcurrió su infancia y su adolescencia futboleras bajo la omnipresencia del Barcelona. Aquel Julián fue el que le pidió la foto a Messi; a los 11 años aquel, reciente campeón de la Champions este. El fútbol, las condiciones y el a veces hermoso destino los unirían luego en otras imágenes inolvidables. Pero así comienza a entenderse el nuevo rumbo que Alvarez desea para su carrera: quiere ir al club que siempre vio porque allí jugaba el futbolista que siempre idolatró. Más allá de que choque contra todo tipo de problemas en el camino.

La historia comenzó hace mucho más tiempo del que se cree. A fines del año pasado, Barcelona comenzó a estudiar la posibilidad de incorporarlo. En febrero del actual, Julián ya había decidido irse del Atlético de Madrid. Fue en medio de una sequía de más de dos meses que cortó casualmente con un gol al Barça. Su incomodidad con el estilo de juego que a veces lo llevaba a moverse lejos del arco fue el principal detonante. Simeone lo ubicó a veces por la izquierda o priorizó al noruego Alexander Sorloth como la referencia ofensiva. En ese momento, condicionado anímicamente por su nivel, no imaginaba que el equipo podría llegar a las semifinales de la Champions como llegó.

La paridad en la serie contra el Arsenal no le hizo cambiar de idea. Antes de viajar al Mundial, se reunió con el director deportivo Mateu Alemany no sólo para repetir la decisión ya comunicada de marcharse y para informarle hacia dónde quería irse. Así como en Argentina el manager o el director deportivo todavía está relacionado con ser un exjugador del club donde trabaja, Alemany es uno de los varios ejemplos de su función que en Europa pasaron por distintos clubes; entre otros, trabajó en Barcelona. Desde esa perspectiva él podría tolerar el traspaso, no así los que mandan por encima de su rango.

El Atlético ya no es aquel club que Simeone encontró en diciembre de 2011 para rescatarlo de posiciones preocupantes. A la par de la mejoría en resultados (amesetada igualmente hace cinco años), llegaron las inversiones fuertes. Después de una década de cambio de manos en el paquete accionario del club, el fondo de inversión Apollo se quedó en marzo con el 57% de las acciones del club, ya valuada en 2500 millones de euros. Sigue tomando decisiones Miguel Angel Gil Marín, hijo de Jesús Gil y Gil, el recordado presidente del club. Pero ahora lo hace arriba de una montaña de billetes. Y ni siquiera propios.

Ya no es, igualmente, una cuestión de dinero. Al fin de cuentas, quién se siente capacitado para rechazar 100 millones de euros, la oferta realizada a fines de mayo. Está en juego la política y, sobre todo, el orgullo. El Atlético vivió históricamente a la sombra de los más grandes de España, el Barça y el Madrid. Resistirse a los deseos de un coloso significa golpearse el pecho. Por eso la postura es inalterable. Atlético de Madrid no tiene problemas en transferir a Julián Alvarez. Lo que no quiere es vendérselo al Barcelona. Y a Julián no le interesa por ahora atender la oferta del Arsenal inglés. Hasta incluso le agradeció a Luis Enrique pero le rechazó el interés que le había mostrado para llevarlo al PSG. Sólo quiere irse al Barcelona. No hay punto medio posible. En las últimas reuniones, uno les recordó que habían prometido negociarlo y los otros le repitieron que no habían hablado de un club en particular.

Si algo faltaba era la declaración de Simeone. La semana pasada, en una charla que mantuvieron a solas, el Cholo le prometió ayudarlo en lo futbolístico, ahora sí armándole un funcionamiento a su alrededor, aunque no para liberarle la salida. El miércoles, su equipo le había ganado al Málaga. Un periodista español le consultó por los “cánticos leves” contra el delantero argentino desde un “sector determinado de la afición”, a lo que el entrenador respondió: “Soy muy respetuoso con nuestra gente”. Extraña pose demagógica en un conductor de grupo. Fue más fuerte la respuesta que la pregunta: de “sector determinado” a “nuestra gente”. Simeone masificó la resistencia, la universalizó. Ya no hay que preguntarse cómo seguirá la relación de Julián con el público si es que continúa en el club: hay que preguntarse cómo seguirá con su entrenador.

La trayectoria de Julián fue hasta el momento una cadena de deseos cumplidos. Campeón en River, se fue a la Premier y puntualmente al club del momento, el Manchester City. Luego de que se hiciera un nombre a nivel mundial en la selección, quiso irse de Inglaterra para vivir en Madrid junto a su familia entera y recaló en el Atlético. Dos años después, quiere un nuevo capítulo. El centennial que todo lo puede está atravesando la frustración ante la adversidad.

Sucede algo con los futbolistas argentinos. Expertos en adaptarse a distintas idiosincrasias gracias a un gen nacional, no suelen querer irse por no hallarse cómodos. Hay ejemplos, sí. Pero, sobre todo a este nivel, la razón que los moviliza a cambiar de destino es deportiva, la ambición profesional. Cualquiera tiene derecho a pretender un cambio de trabajo. Sucede que el fútbol incluye pagos importantes por las fichas (Atlético invirtió 75 millones de euros hace dos años) y contratos por lapsos determinados (está atado hasta 2030).

Al yerno ideal nunca se lo vio tan serio. Hasta se viralizó la diferencia de semblante entre su foto oficial del club para esta temporada y las anteriores, sin reparar en que varios de sus compañeros también habían posado sin sonrisa a la vista. La atención se la lleva Julián, el que quiere sólo un rumbo específico pese a que sea pretendido por el mundo entero.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/deportes/futbol/julian-alvarez-ya-no-sonrie-quedo-encerrado-en-una-jaula-de-oro-y-no-sabe-donde-esta-la-llave-nid21082026/

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