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La Argentina y el mito del chivo expiatorio

Se discute y se discutirá sobre cuestiones tácticas y estratégicas de la selección argentina en la copa mundial. Es posible que se enfrenten los racionales (atentos a los aciertos y errores en ...

Se discute y se discutirá sobre cuestiones tácticas y estratégicas de la selección argentina en la copa mundial. Es posible que se enfrenten los racionales (atentos a los aciertos y errores en la conformación del plantel y en los planteamientos de los partidos) con los emocionales (que priorizan las pasiones, emociones e identificaciones generadas por el equipo). Acaso habrá quienes logren integrar ambos aspectos en sus análisis y en sus recuerdos. Pero, así como el mundial creó un profundo, sincero y misterioso espíritu de cuerpo que unió a la sociedad en un sueño común, hubo otro tema que forjó esa misma sensación de comunidad y pertenencia: la unanimidad entre personas de varios países en considerar a Argentina y a los argentinos como los villanos de la historia que se tejió a lo largo de 38 días.

El equipo, la hinchada y el país se convirtieron en el chivo expiatorio sobre el cual ciudadanos comunes, periodistas y hasta políticos y funcionarios de esas naciones (varias de ellas latinoamericanas, de las cuales Argentina fue la última y única representante en el final del torneo) desearon la derrota, diseminaron imágenes insultantes de los argentinos y exhibieron una saña llamativa

El equipo, la hinchada y el país se convirtieron en el chivo expiatorio sobre el cual ciudadanos comunes, periodistas y hasta políticos y funcionarios de esas naciones (varias de ellas latinoamericanas, de las cuales Argentina fue la última y única representante en el final del torneo) desearon la derrota, diseminaron imágenes insultantes de los argentinos y exhibieron una saña llamativa. El mito del chivo expiatorio nace en el Viejo Testamento y relata que antiguamente, en el Día del Perdón, se sacrificaban dos cabras. Una se ofrendaba a Yavé para expiar los pecados de la comunidad. Se creía que la sangre del animal aplacaba la ira del Dios. Y la segunda era expulsada y abandonada en el desierto, ofrendada a Azazel (personaje bíblico enigmático, que sería luego considerado un ángel caído) para que se llevara con ella los pecados de la población. Los animales debían ser machos cabríos. El primero purificaba y el segundo eliminaba culpas. A costa de ambos el pueblo quedaba libre de responsabilidades.

El mito del chivo expiatorio ya es parte del inconsciente colectivo de la humanidad y resulta constitutivo de lo que Carl Jung (1875-1961) llamó la sombra, esa zona del aparato psíquico en el que se esconden los aspectos reprimidos, negados y rechazados de la personalidad. Como explicó Jung, hay sombra individual y sombra colectiva. Sombra de las personas y sombra de las familias, las instituciones, las organizaciones, los grupos, las congregaciones y las naciones. Lo que está en la sombra no desaparece, pugna por expresarse. Su manera de hacerlo es la proyección. Un mecanismo por el cual aquello que alguien niega en sí lo destaca en otro o en otros. Al ver lo propio como ajeno es fácil desconocerlo y odiarlo. Vale repetir que esto ocurre tanto en el orden individual como en el colectivo.

El núcleo del rechazo, el insulto, la sospecha o la descalificación suele estar en quien los emite

Así como en el cine las imágenes y la historia que vemos no están realmente en la pantalla, sino en el proyector que las coloca allí (algo que descubrimos al encenderse las luces de la sala), el núcleo del rechazo, el insulto, la sospecha o la descalificación suele estar en quien los emite. Por supuesto, la pantalla existe, hay algo en ella que la hace funcional a la proyección. Es como un perchero, útil para colgar allí un saco. Pero el saco no es del perchero, sino de quien lo cuelga. Los odiadores de la Argentina y de los argentinos podrían preguntarse, entonces, qué cosas propias proyectan con ese sentimiento y resentimiento que el mundial disparó, pero no creó. En la sombra no solo anida lo propio que se niega, sino también lo ajeno que se desea y no se tiene o no se logra. La sombra, decía Jung, no es la oscuridad en sí misma, sino aquello que no se quiere mirar.

Por supuesto, también los argentinos tenemos nuestras sombras individuales y una sombra colectiva. Pero en el Mundial prevalecieron aspectos luminosos, tanto adentro como afuera de la cancha, lo cual en tiempos difíciles como los que acostumbramos a vivir puede tomarse como un saldo enriquecedor de esta peripecia que, vista de tal manera, tuvo, pese a todo, un raro final feliz.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-argentina-y-el-mito-del-chivo-expiatorio-nid26072026/

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