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La batalla de Harry Styles y la pequeña librería

NUEVA YORK.— Una vez más, esta cronista se encuentra escribiendo sobre una cola —en el único sentido que realmente importa en la Gran Manzana, que es el de larga fila, por supuesto.De ...

NUEVA YORK.— Una vez más, esta cronista se encuentra escribiendo sobre una cola —en el único sentido que realmente importa en la Gran Manzana, que es el de larga fila, por supuesto.

De hecho, las colas se volvieron una de las formas más confiables de tomarle el pulso a la ciudad. Hubo épocas en que servían para entrar a la disco, comprar un iPhone o hacerse con el último Harry Potter. Ahora se hacen para comer un bagel o un yogur helado en el lugar de las influencers o entrar durante unos minutos en una tienda que, precisamente porque desaparecerá pronto, parece volverse irresistible.

En el East Village, una de estas colas acaba de desatar un escándalo. Allí abrió un pop-up de Harry Styles que funciona mientras el cantante británico realiza una residencia en el Madison Square Garden hasta noviembre. Styles no está en la tienda, naturalmente. Lo que hay son remeras, gorras, bolsos alusivos y otros objetos capaces de producir un fenómeno que esta ciudad entiende perfectamente: personas felices de esperar durante horas para comprarlos.

Slotnick no vende simplemente libros de cocina. Los busca, los recuerda, sabe quién quería cuál y puede llamar a alguien mucho tiempo después para decirle que finalmente apareció ese volumen que llevaba años buscando

El problema es que, unos metros más allá, hay otra tienda que parece sacada de otro universo: Bonnie Slotnick Cookbooks. Su dueña tiene 72 años y lleva casi tres décadas dedicada exclusivamente a vender libros de cocina usados, antiguos y fuera de catálogo. Hace dos años, The New Yorker le dedicó un perfil emotivo. Slotnick no vende simplemente libros de cocina. Los busca, los recuerda, sabe quién quería cuál y puede llamar a alguien mucho tiempo después para decirle que finalmente apareció ese volumen que llevaba años buscando. Ruth Reichl, una de las grandes figuras de la gastronomía estadounidense, era fan. Esta cronista —que sólo sabe hacer tostadas y aun así se le queman, a veces con llamas— fue a investigar y no quería irse. Cuando finalmente llevó a la caja el pequeño tomo elegido —Muerte por Pad Thai, una selección de anécdotas de grandes autores sobre comidas y sobremesas que terminaron convirtiéndose en fuente de inspiración—, Bonnie aprobó. Le parecía el libro perfecto para contraatacar una tarde de lluvia otoñal melancólica. Y lo fue.

Bonnie Slotnick Cookbooks es, en otras palabras, exactamente el tipo de lugar que Nueva York proclama amar mientras hace que resulte progresivamente más difícil que sobreviva. El escándalo empezó cuando la cola del pop-up comenzó a extenderse. Un viernes, Bonnie discutió con una mujer parada frente a la entrada al sótano de su librería, donde suele atar la bicicleta. Según contó después, le pidió varias veces que se moviera, empezaron los insultos y, mientras sujetaba entre los dedos la llave de su candado, hizo con ella un gesto hacia la mujer. Alguien llamó a la policía y la diminuta librera septuagenaria terminó arrestada, para gran horror mediático.

Durante una entrevista con Gothamist se refirió por error a su antigua banda, One Direction, como “First Direction”, detalle que prácticamente lo absuelve de cualquier sospecha de conspiración pop, y explicó que alquilar el local a una operación como ésta era la forma de poder hacer frente a los enormes impuestos

El dueño del espacio donde funciona el pop-up se llama Willard Morgan, tiene más o menos la misma edad y tampoco era, al parecer, particularmente fan de Harry Styles. Durante una entrevista con Gothamist se refirió por error a su antigua banda, One Direction, como “First Direction”, detalle que prácticamente lo absuelve de cualquier sospecha de conspiración pop, y explicó que alquilar el local a una operación como ésta era la forma de poder hacer frente a los enormes impuestos. Entendía el problema que causaba pero también veía que luchar contra las filas de la Gran Manzana es imposible.

“La gente hace cola para yogur, un bagel o el último pancake house de moda”, dijo Morgan. Ya forman parte de nuestras “peregrinaciones diarias” y no vería que fuera a cambiar. Quizá sea así. Pero esta cronista fue un lunes, cuando el pop-up todavía no había abierto, y la cuadra del East Village estaba en todo su esplendor: negocios pequeños, bicicletas encadenadas, librerías imposibles y ninguna fila a la vista. Aunque no fuera más que eso, se sintió como un tan lindo recorrido de los viejos tiempos. Y era imposible dejar de pensar que Harry Styles, con su conocida pasión por lo vintage, probablemente también habría aprobado.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-batalla-de-harry-styles-y-la-pequena-libreria-nid04102026/

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