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La Consagración de la Primavera de Oscar Araiz, una obra sin tiempo sobre un tema sin tiempo: la persistencia de lo salvaje

De La consagración de la primavera no se sale indemne. Ya lo saben quienes conocen la obra maestra de Igor Stravinsky y también los que hayan escuchado hablar o estudiado el impacto y la influenc...

De La consagración de la primavera no se sale indemne. Ya lo saben quienes conocen la obra maestra de Igor Stravinsky y también los que hayan escuchado hablar o estudiado el impacto y la influencia que ejerció en las artes desde su estreno en el teatro de Champs Eliysées, en París, el 28 de mayo de 1913. Fue un estruendo y un verdadero escándalo, que requirió de la intervención de la policía en la sala para mediar entre el bando de los abucheos y el de los aplausos, que se fueron de las manos. Una partitura que se calificó de “disonante” y “rupturista” para un ballet con coreografía de Vaslav Nijinksy (nada ortodoxo tampoco) y la irrepetible troupe de Diaghilev entregada a representar la celebración de un rito ancestral que mueve los sentimientos mas primitivos. Revolucionario.

A continuación el siglo XX mostró cómo la danza regresaría incontables veces sobre esa música finalmente tan estimulante. Por tomar sólo los nombres grandes, tras la revisión en 1920 de Léonide Massine también para los Ballets Rusos, los magníficos Maurice Béjart y Pina Bausch, John Neumeier, Martha Graham y Angelin Preljlocaj hicieron sus versiones; acá, con ambición y riesgo, fueron también detrás de la irresistible primavera Ana María Stekelman (su Consagración del Tango volvió a escena hace apenas dos meses) y Mauricio Wainrot, todos después de que el 4 de julio de 1966 la estrenara en Buenos Aires el gran creador y maestro de la danza contemporánea argentina, Oscar Araiz. Hacía apenas días que había ocurrido el golpe de estado de Juan Carlos Onganía.

Es increíble pensar que aquel inquieto muchacho, que todavía no había colocado la piedra fundacional del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín (faltaría muy poco para que ese proceso comenzara), tenía 25 años cuando construyó este complejo trabajo alrededor de los temas más atávicos, sin tiempo, en cualquier sociedad: el nacimiento, el sexo, la guerra, la exterminación, la muerte. Desde muy chico, cuando escuchó esa música por primera vez en la película animada Fantasía, no dejó de mascullar en su cabeza nociones de movimiento que visualizaría más tarde. Disney la había usado en el film para envolver la escena del origen de la vida en la tierra (con el consentimiento de Stravinsky, al que más tarde no conformó el uso de los dinosaurios, pero esa es otra historia). De alguna manera, aquel cataclismo de lava animado en 16 mm podría relacionarse ahora, seis décadas más tarde, con el adjetivo que Araiz usa al definir la noche del debut para la Asociación Amigos de la Danza en la sala Martín Coronado: no dice explosiva ni ardiente, dice que fue “volcánica”.

Norma Binaghi, que integró aquel primer elenco, recuerda al grupo de veintitrés bailarines igual de jóvenes, de distintas procedencias (independientes, del Teatro Colón, del Argentino de La Plata, de la televisión, estaban entre otros Estela Maris, Violeta Janeiro, Doris Petroni, Susana Zimmermman, Susana Ibáñez). “Amábamos trabajar con Oscar. Tenía (tiene) una forma de componer muy especial. Le interesaba la creación y todo para él era motivo de conocimiento. En general, los coreógrafos con tal música ponen una forma, pero Oscar hace un trabajo muy integrado. Y cuando te elegía era porque veía que podías aportar. Uno estaba allí entregándose entero”.

Oscar Araiz presenta el reestreno para el Teatro Colón de su obra "La consagración de la primavera", que cumple 60 años desde su debut.

Ahora, a los 85, sesenta años después de aquel estreno (con un interesantísimo camino recorrido que, además de los principales escenarios del país, registra montajes en Canadá, Suiza, Brasil, Uruguay), el coreógrafo ensaya su Consagración de la Primavera con el Ballet Estable del Teatro Colón. Julio Bocca volvió a convocarlo –ya lo había hecho cuando dirigía el Sodre en Montevideo, en 2014– para que reponga la obra mayor de su vastísimo repertorio como plato fuerte del Programa mixto que se estrena el próximo jueves 7 de mayo, un espectáculo que incluye además otros dos títulos contemporáneos: Aftermath, del argentino radicado en Alemania Demis Volpi, para 25 bailarinas, y Come in, de la canadiense Aszure Barton, originalmente compuesta para Mikhail Baryshnikov, solo para varones.

Araiz está feliz, lo dice con una sonrisa grande el mediodía que LA NACION lo encuentra con su máquina del tiempo bien estacionada en el presente. En la Sala 9 de Julio, sentado frente los bailarines que eligió para embarcarse en este “renacimiento”, está metido con los cinco sentidos en la tarea. Da indicaciones, alienta los aciertos, avisa si van fuera de tempo, replica con las manos sobre sus piernas un repiqueteo. De pronto para la música, pisa el tapete y se mete entre ellos, los manipula, les vuelve a contar la historia, ajusta una secuencia. La escena empieza otra vez: una, dos, tres veces. “¡Muy bien! Descansen”.

Un breve scrum técnico reúne a Julio Bocca y Matthew Rowe, el director de orquesta invitado del Dutch National Ballet, con el asistente Yamil Ostrovsky y parte del actual staff de maestros del Estable que estuvieron allí como intérpretes la última vez que la obra se vio en el Colón, en el año 2000. Natalia Saraceno, por ejemplo, ahora tienen “el honor” de asistir al maestro en este regreso. Maricel De Mitri repara en ese grupo (están también Edgardo Trabalón, Vagram Ambartsoumian, Leonardo Cuevas dando vueltas hoy por aquí) con el que compartió aquella versión, una producción diferente: descalzos, llevaban los cuerpos pintados como los Selk’nam de Tierra del Fuego. “Nos queda la sensación como de haber hecho un viaje juntos. A pesar de que fuimos compañeros de la carrera y de muchos títulos, haber compartido la Consagración crea un lazo especial en el recuerdo. En lo personal, sin dudas fue una de esas obras me transformaron, la conciencia que te deja estar en escena, porque esa música maravillosa, pero compleja, y la acción intensa que Oscar propone, te tiene muy en carne viva todo el tiempo”, revive De Mitri, cuya imagen retratada boca arriba en el piso, sobre una de las emblemáticas mantitas, ilustra la tapa de Escrito en el aire, la biografía que Oscar Araiz publicó en 2019. Varias páginas de ese volumen que publicó la Editorial del INTeatro (se puede descargar de forma gratuita) están dedicadas a reconstruir el contexto, el proceso creativo, la estructura coreográfica de la pieza, en dos partes: del prólogo con la germinación a la devoración, en “El beso de la tierra”; de la cópula a la lucha y el éxodo, en “El sacrificio”.

“La obra tiene su edad: 60 años. Y a medida que pasa el tiempo va creciendo, porque yo cambio todo el tiempo. No es la misma versión, es la misma estructura y los mismos temas, que son como atávicos o antropológicos –dice Araiz y esclarece desde un principio su posición sobre este aspecto–. No siento que sea vieja y no me preocupa estar aggiornado. Lo que me preocupa es que mi mirada, que va cambiando, esté estimulada por lo que ve”.

–¿Y lo está, por eso la felicidad que decías que sentís?

–Claro. Hay una cosa que quiero señalar y que es una novedad grande para mí: La consagración se ha hecho con el Ballet del Teatro Colón en otras oportunidades. El mismo año que se estrenó, en 1966, a los tres meses se dio aquí, ¿con quién? Con Violeta Janeiro y José Neglia (para los que sepan quiénes fueron esas personas tiene valor). Pero en esta compañía, que nunca fue una compañía de base contemporánea, siempre hubo mucho trabajo en tirar del carro con cosas que no fueran específicamente clásicas, y ahora eso ha cambiado totalmente.

–¿Qué sentís entonces que los desafía ahora?

–El lenguaje es fundamental y los bailarines se atreven a hacer cosas de contacto con el piso, con riesgo, musicales, tienen un muy buen nivel y todo esto le está dando un marco fantástico. Estoy trabajando con un doble reparto de solistas: Natalia Pelayo y Jiva Velázquez son una bomba. Ella baila en trance, que es lo que necesito para el personaje . Y Jiva es una pantera negra; se combinan muy bien. Juan Pablo Ledo está maravilloso: es el viejo jefe que tiene que dar lugar al nuevo, a su hijo. Y en el otro reparto los protagonistas son David Gómez y Stephanie Kessel. Con David, tan plástico, nos entendemos casi sin hablar. Y estoy descubriendo a un chico joven, que es la primera vez que trabajo con él, Valentín Batista, muy interesante. Stephie hace dos roles: en un reparto es la Madre y, en el otro, la Elegida. Le dije: “¿Te animás con las dos cosas?" Estas son las mezclas que se prueban en las cocinas, uno de los lugares más interesantes.

–Decíamos que pasaron 60 años del estreno para Amigos de la Danza, en el San Martín. Tu libro permite reconstruir bastante esos días de junio de 1966. Escribís que era “una noche volcánica, con los espectadores agitando pañuelos parados sobre las butacas”.

–Sí, fue espectacular la repercusión, una cosa increíble.

–¿De dónde salía esa locura?

–Bueno, la obra tiene una carga emocional. Musicalmente es excitante, estimulante. Cuando logré visualizar esa música después de muchos años (porque esta obra la tengo clavada desde chiquito, supongo que desde Fantasía), inclusive cuando ya supe que quería ser coreógrafo, no tenía las condiciones para montar una pieza así, entonces iba haciendo como pequeños ensayos, con otras músicas, más breves, con menos gente. Pero siempre estaba con esos temas: el nacimiento, que se repite mucho, y cierta calidad primitiva que hoy en día estamos iguales, en el peor sentido. Son como obsesiones para mí, que fueron madurando hasta que se hizo la obra.

–Aquella noche saliste al escenario en reemplazo de Gustavo Mollajoli. ¿Fue la única vez que la bailaste?

–Sí, sí, fue la única vez. Cuando se formó el Ballet del San Martín, bailé algunas cositas, porque me encanta moverme, pero cada vez estuve más lejos del interés de salir al escenario a bailar. Me encanta moverme, en los ensayos, por ejemplo, y ahora no sabés cómo padezco si no puedo hacerlo. Bueno, el tiempo es el tiempo.

–La consagración de la primavera fue variando en cada montaje estéticamente. El vestuario, ahora, retoma la gran falda del prólogo.

–Sí, vuelvo a la falda original, que había reemplazado por los mismos cuerpos de los bailarines buscando algo, quizá, más intelectual. Funcionó, es muy lindo, pero la tela, visualmente espectacular, funciona mejor. Y cuando Julio me invitó a montar La consagración en el Sodre, se hizo con la pollera de nuevo; también en Ginebra. Así que es como recomenzar un ciclo.

–¿Y el resto del vestuario? La última vez en el Colón llevaban los cuerpos pintados como aborígenes.

–No, ahora tenemos una versión más neutra. Lo único parecido es el barro en el pelo, que con la luz se calienta, se seca y deja un polvo flotando en el aire. La ropa son unos son pantalones y remeras muy simples, sucios, rotos. Hay una cuestión que tiene que ver con el tiempo, con el desgaste; una alusión a eso. Cierta cosa muy primitiva, que también es medio punk (se ríe).

–Confirmame esto, que parece increíble: tenías nada más que 25 años cuando debutaba La Consagración de la primavera en el San Martín y sólo cinco días después estrenaste Estancia, de Ginastera, con el Ballet del Teatro Colón.

–Sí, eso es increíble. Pero, ¿cómo decirte? Además, era la primera vez que trabajaba con el Ballet del Colón, mi primera experiencia. ¡Qué caradura meterme en eso! Pero como estaba tan seguro con La consagración, había pasado tantos años adentro mío, Estancia la hice como de taquito, y además era estimulante, una obra maravillosa de Ginastera, que la podés criticar, encontrarle debilidades. Yo no le veo ninguna, porque tiene una energía. Pero sí, fue simultáneo. Yo me sorprendo también, eh. Era muy joven.

–¿Qué pasa con el contexto y la lectura que se hace de la obra? Por ejemplo, cuando la estrenaste acababa de ocurrir el golpe de Estado de Onganía.

–Uno no se inspira en la realidad, pero la realidad siempre se filtra por todos lados, por la tele, por el diario, por la vecina que te comenta. La ves en la calle. Cuando más influyeron las circunstancias fue en la Guerra de Malvinas, porque ahí el prólogo se volvió una montaña de basura. Eran los años que yo estaba en Ginebra: puse botas y la gente –los bailarines– estaba como rapada. Las chicas de la segunda parte, que son como flores en celo -tiene que ver con la sensualidad, porque hay una cópula (animal o vegetal, no importa, la cuestión es que hay una fecundación)-, bailan en unas mantitas que eran tomadas como cárceles. Se cargaba de significación solo, yo no pensé en hacer cárceles, aparecieron solas.

–¿Y a La consagración la prohibieron, como a Bomarzo?

–No, no la prohibieron; sí fue en la época de Bomarzo, la mirada era muy prejuiciosa y muy moralista. Cuando se hizo la función por la visita del príncipe Akihito (hijo de Hirohito), un canciller pidió por favor que se hiciera La consagración de la primavera. Y así fue. Al Teatro Colón vino el presidente y su señora, que parece que se asustaron mucho de las atrocidades. Era una gala oficial, con todos los oros, porque era para el príncipe de Japón. Lo que sucedió es que al director del teatro, Enzo Valenti Ferro, le comentaron de parte de gobierno o le sugirieron que no la dieran más. Pero no hubo una prohibición; la prensa se agarró de eso y se hizo como un escándalo. Es lógico, es el rol de la prensa.

–Igualmente, que un presidente de facto te sugiera que no hagas algo es bastante parecido a que te lo prohíba.

–El consejo no fue del presidente. Fue de una comisión, alguien que tenía cercanía con el poder. Yo creo que la señora del presidente fue la que más se asustó. Igual, se terminó de hacer el ciclo como estaba previsto. Por eso no fue tan dramático. Algunos años después la repuse en el San Martín ; entonces me dije: “¿Qué pasará?” Y no pasó naranja. Después se volvió a hacer aquí. Nunca nada tan drástico.

–Vos decías que lo que La consagración revela es “la persistencia de lo salvaje en cada uno de nosotros”. ¿Cambió en algo tu mirada sobre esto?

–¡No! ¿Querés más salvajismo que lo que está pasando? Y no es tan lejos. Lo que pasa, pasa adentro de cada uno de nosotros también, de alguna manera.

–¿Te referís a lo que pasa en el mundo? Porque podríamos ver nuestra pequeña aldea también.

–Puedo ver dos miradas, una aquí nomás y otra más grande. Las dos versiones. No son incompatibles, lamentablemente.

La consagración de Oscar Araiz –la consagración artística– ocurrió hace ya mucho tiempo, sin fecha exacta. Como recapitulaba Beatriz Lábatte en la laudatio de su nombramiento como doctor Honoris Causa de la Universidad de San Martín, desde aquel Preludio N°2 (1958) “la danza de Oscar Araiz es una fiesta, es el alborozo del cuerpo, de la belleza, de la música, del pensamiento, de los sentidos. Una fiesta que nos ha legado ya cerca de 150 obras coreográficas”. Sumémosle alguna más, que ese texto de 2016 no llegó a contar, sin ir más lejos, La partita que el año pasado estrenó en la gala por el centenario del Ballet Estable del Teatro Colón. Para octubre próximo, anticipa, desembarcará en la sala Capilla del Centro Cultural Recoleta con un nuevo trabajo. En eso estaba cuando Julio Bocca lo llamó para pedirle su Consagración. “En diciembre yo decía: ¿qué voy a hacer el año que viene? ¡Yo si no trabajo me muero, me aburro! Me voy a inventar algo”. Ese “algo” se verá los jueves de octubre y se llamará Quimera. Ya habrá tiempo para descubrir a qué se refiere con “todo eso que es deseable, pero imposible de realizar”.

Volviendo a aquel juego de palabras, para el coreógrafo “la consagración” es algo que se establece emocionalmente. “Puede ser con un público de una sola persona, por ejemplo, si ese público es sensible, perceptivo y tiene una emoción con lo que está viendo. Es un lazo que se fue haciendo de a poquito a medida que me fueron conociendo y disfrutando de lo que yo hago. Esa es mi consagración”.

Afortunadamente, Araiz no dejará esta conversación sin hacer un regalo que sabe cuánto se aprecia: en una carpeta transparente, sujeta con un gancho, trae su colección de programas de mano de esta obra, que saca de la mochila junto con su cuaderno, tesoro ilustrado. Es conocida su afición al dibujo, de muy chico, antes que el movimiento incluso. “Está saliendo chiche bombón este cuaderno, muy florido; mirá cualquier página”, ofrece. Sus dibujos, que ya han tenido referencias públicas –desde la película de Paula Luque (Escribir en el aire, disponible en Cine.ar) a la muestra Danza Actual, que hace un par de temporadas le dedicó toda una pared en el Museo de Arte Moderno–, en verdad son confidenciales corresponden a su mundo privado. “Están hechos solamente para acordarme lo que tengo que hacer, no son para ser mostrados. Hasta ahora nunca pasó que tuvieran que consultarlos para reponer una obra mía, y si hubiera una circunstancia en la que eso fuera necesario, creo que serían de ayuda, aunque están llenos de códigos internos, como este guioncito, ¿ves? Es algo que hago para mí. Son tan divertidos”.

Para agendar

Programa mixto del Ballet Estable del Teatro Colón. La consagración de la primavera, de Oscar Araiz, Aftermath, de Demis Volpi, y Come in, de Aszure Barton. Desde el jueves 7 de mayo, a las 20, diez funciones en el Teatro Colón, Libertad 621. Entradas, 2x1 Club LA NACION; la función del 12 de mayo será promocional para público sub 30: las localidades generales tendrán un valor de $ 30.000 mientras y el Paraíso costará $15.000.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/danza/la-consagracion-de-la-primavera-de-oscar-araiz-una-obra-sin-tiempo-sobre-un-tema-sin-tiempo-la-nid02052026/

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