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La fotógrafa y el arquitecto que retratan una ciudad singular, entre cúpulas y pétalos

Los autores son tan anfitriones como este libro, que recibe a quien hojee sus páginas con imágenes que combinan sofisticación edilicia con belleza botánica. El paisaje de cada página resulta i...

Los autores son tan anfitriones como este libro, que recibe a quien hojee sus páginas con imágenes que combinan sofisticación edilicia con belleza botánica. El paisaje de cada página resulta inspirador.

Karina Azaretzky está detrás de la lente de esta propuesta editada a fines de 2024 por Editorial India. Se trata de una fotógrafa tucumana que llegó a vivir a Buenos Aires en 2012 y, algo abrumada por el gris del cemento, se propuso buscar el verde de su provincia natal (conocida como “el Jardín de la República“) en cada rincón porteño. Esta búsqueda personal encontró su forma definitiva cuando se cruzó por Instagram con el arquitecto Jorge Bayá Casal, con quien intercambió miradas del tema durante toda la pandemia. Arquitecto, paisajista e historiador, Bayá Casal adora recorrer las calles con la vista siempre hacia arriba, descifrando el estilo de cada cornisa.

Juntos, lograron conceptualizar a lo largo de unos cuatro años un libro único. Amable de leer, bello, con la información de los textos y las imágenes, enlazadas en una especie de puesta en común entre la arquitectura europea que hereda la ciudad con la explosión estacional de colores de los árboles sudamericanos. Un paseo exquisito, una invitación a seguir descubriendo una Buenos Aires camaleónica, que cambia constantemente para turistas y locales.

Azaretzky cuenta que la génesis del libro incluyó un proceso de intercambio durante un buen tiempo, sin conocerse a través de las redes. El diálogo era también una conversación con imágenes, expresiones y conceptos, además de mucha información, que se fueron materializando en lo que luego tomó forma de libro.

Buscando el verde ante la falta de horizonte lejano, de a poco, la fotógrafa empezó a encontrar esa naturaleza perdida, primero en parques y luego comprendiendo que los árboles siempre habían estado ahí. En ese entonces ya capturaba su atención la unión de las flores con la arquitectura, entonces fotografió ese encuentro entre los jacarandás, el lapacho rosado y las fachadas, los ornamentos de las paredes, las ventanas. Encontró ahí algo mágico y dinámico. Y fue cuando comenzó a compartirlo en redes.

Bayá Casal, a su turno, cuenta que en pandemia apareció la “tribu verde”, un espacio virtual donde se juntaban paisajistas y artistas, ávidos de naturaleza en época de aislamiento. Y ahí conoció a su futura coautora.

Los dos coinciden que no podrían definir un momento preciso en el que estas dos miradas tan específicas se encontraron para crear algo nuevo, sino que fue un devenir. La sintonía era anterior, y así, empezaron haciendo vivos en Instagram, en los que ella mostraba las imágenes y, en paralelo, el arquitecto contaba la historia detrás de cada edificio y cada árbol.

Fueron los propios seguidores quienes los empujaron a este viaje imprevisto: el de hacer un libro. Los comentarios se llenaban de mensajes positivos y un pedido insistente: “Compilen este material“. Y así, se propusieron despertar una mirada diferente combinando saberes, tanto para el porteño como para el turista, y por supuesto, darla a conocer en otras ciudades del mundo: la muestra ya giró por Madrid, Londres y París tan solo este año.

“Quisimos contar que la ciudad es una sucesión, llena de vida, una capital distinta según el momento del año“

La paleta estacional es lo que estructura la pieza editorial. La idea está inspirada en la obra de la artista Cristina Coroleu, una amiga de ambos, que hace décadas vio que Buenos Aires cambiaba en cada estación con las floraciones. “Quisimos contar que la ciudad es una sucesión, llena de vida, una capital distinta según el momento del año“, aseguran casi a dúo. Karina Azaretzky relata cómo eso les dio un orden, pasando por el violeta, el rojo, el rosado, el amarillo. “Nosotros le agregamos la pausa del blanco“, advierten.

El libro en sí mismo invita a detenerse. Los autores señalan que el deseo es que la gente recorra la ciudad observando. “Por eso incluimos epígrafes con direcciones y momentos de floración. Queremos que la experiencia trascienda el papel y se vuelva parte de la vida cotidiana“. Así, en la era del scroll, el vértigo, los audios y videos en velocidad x2, esta obra conjunta es todo lo opuesto. Es un momento de contemplación plena para mostrar que, en medio del caos y la “furia” de la ciudad que a veces llevamos instalada en la mirada, hay una belleza que transcurre en paralelo y que se pierde si uno no para a observar.

Además, se trata de un libro identitario: expresa acabadamente esa melange cultural, según Bayá Casal. “Tenemos la tierra que nos da lo autóctono, pero somos un puerto que siempre miró hacia afuera. Es esa arquitectura de influencia europea unida a un arbolado nativo sudamericano; son las dos raíces que nos constituyen como nación“.

Para Azaretzky, la naturaleza le da a la ciudad un ritmo cíclico que necesitaba capturar: “La arquitectura es eterna, está casi siempre igual. Pero los árboles son los que renuevan el paisaje. Incluso en invierno, cuando caen las hojas, aparecen ante la vista las flores esculpidas en las fachadas, como en la Casa de los Lirios. El libro tiene ese halo nostálgico, que se lleva tan bien con la belleza. Es casi una guía sentimental de la identidad porteña“. Sin dudas, no son solo los porteños los que eligen este contenido tan particular: el volumen ya se presentó en el Real Jardín Botánico de Madrid, con gigantografías de las fotos al aire libre en una propuesta que fascinó al público.

En cuanto a los textos, en ocasión de cada una de las exposiciones internacionales son especialmente escritos teniendo en mente cada audiencia en particular. En cada lugar se relatan las influencias: la francesa, la británica y la española tanto en lo edilicio como en el paisajismo. También, curiosidades como la que comparte Bayá Casal. “Suelo contar que, aunque no teníamos piedra, debimos inventar la Piedra París: una artesanía de cemento que imita la piedra europea, la llenamos de guirnaldas, hojas de acanto y flores propias. Es mostrarles que aquí en Buenos Aires la primavera nunca quiere morir“.

Cuando se les pregunta con qué página se quedarían si tuvieran que elegir solo una, los autores no coinciden. Azaretzky se queda con la que retrata la fachada de la Casa de los Lirios, porque guarda un secreto: para ver sus flores esculpidas en el material hay que esperar al invierno, cuando los árboles reales pierden las hojas. Ahí está, según ella, la esencia de la ciudad. Siempre hay una flor presente, solo hace falta caminar despacio y adiestrar la vista para descubrirla. “Buenos Aires tiene esa particularidad. Cuando los árboles pierden el follaje, esos moldes artísticos se llenan de flores, de guirnaldas, de hojas de acanto, de palmera o de rosas. Uno va caminando por cualquier barrio y, de pronto, aparece esa flor de narciso, y no son solo las especies orgánicas, esas flores están siempre presentes en los vitrales, los murales o los mosaicos de una casa“. Bayá Casal, en cambio, prefiere la imagen del Obelisco de fondo, desde la perspectiva de la flor amarilla conocida como Tipuana tipu, única, y elige esa postal por ser “bien nuestra“, dice, muy convencido. Aunque en algo son unánimes: para los dos, Buenos Aires siempre está en flor.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/la-fotografa-y-el-arquitecto-que-retratan-una-buenos-aires-singular-entre-cupulas-y-petalos-nid26092026/

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