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La guerra actual y un nuevo orden de paz

La guerra en Ucrania, iniciada con la invasión de Rusia en 2022, ha cumplido cuatro años sin que se haya alcanzado una solución definitiva. La prolongación del conflicto confirma el carácter i...

La guerra en Ucrania, iniciada con la invasión de Rusia en 2022, ha cumplido cuatro años sin que se haya alcanzado una solución definitiva. La prolongación del conflicto confirma el carácter injusto de la agresión y acentúa el dilema central. Si la paz debe alcanzarse mediante concesiones territoriales o si ello abriría el camino a nuevas pretensiones expansivas. La experiencia histórica sugiere que las cesiones forzadas rara vez producen una paz duradera, sino que tienden a debilitar la prohibición del uso de la fuerza y a consolidar un precedente peligroso para el orden internacional.

Las reflexiones de Henry Kissinger, que en su momento propuso explorar concesiones territoriales para evitar una guerra prolongada, han sido objeto de revisión a la luz de los acontecimientos. La resistencia ucraniana, la ayuda internacional sostenida y el estancamiento militar relativo han demostrado que el cálculo geopolítico no puede prescindir del principio jurídico de la integridad territorial. El riesgo de legitimar el derecho nacido del hecho sigue siendo el núcleo del problema. La guerra prolongada, sin victoria clara, ha producido un deterioro económico global, ha reconfigurado los mercados energéticos y ha consolidado un escenario de rivalidad estratégica entre grandes potencias.

El sistema de seguridad colectiva de las Naciones Unidas ha evidenciado nuevamente sus límites estructurales. El uso del veto y la parálisis institucional han debilitado la eficacia del derecho internacional. La discusión sobre la reforma del Consejo de Seguridad ha adquirido renovada urgencia, pero la voluntad política de los Estados no parece suficiente para impulsar cambios profundos. La guerra ha puesto de relieve la tensión entre la soberanía estatal y la necesidad de mecanismos de reacción inmediata frente a la agresión. La posibilidad de una fuerza internacional de intervención rápida ha vuelto al debate académico y diplomático.

El conflicto también ha acelerado la transformación del equilibrio mundial. La rivalidad entre Estados Unidos y China se ha intensificado, aunque ambos han evitado una confrontación directa. Europa ha reforzado su integración en materia de defensa y ha reducido su dependencia energética rusa, mientras que la ampliación de la OTAN ha modificado el mapa estratégico. Alemania ha redefinido su política exterior y de seguridad, y los países del este europeo han asumido un papel más activo en la defensa colectiva. La guerra ha consolidado una nueva centralidad geopolítica de Europa oriental.

Por su parte, Rusia ha profundizado su relación con China y con otros actores no occidentales, aunque sin lograr una alianza estratégica plena. La persistencia de sanciones económicas, la adaptación de su economía y el fortalecimiento de vínculos con el Sur global han configurado un nuevo tipo de confrontación sistémica. Este escenario multipolar incipiente no ha generado estabilidad, sino una competencia prolongada, con zonas de conflicto indirecto y creciente militarización.

En el plano moral y humanitario, la guerra ha causado graves pérdidas humanas y desplazamientos masivos, así como violaciones del derecho internacional humanitario. Las investigaciones sobre crímenes de guerra y la responsabilidad penal individual han reforzado el papel de la Corte Penal Internacional. Sin embargo, la ejecución efectiva de sus decisiones sigue condicionada por factores políticos. El debate sobre una jurisdicción universal contra la agresión ha cobrado mayor relevancia.

En este contexto, las palabras del Papa han puesto el acento en la necesidad de una paz justa y no meramente en el silencio de las armas. Ha insistido en que la paz no puede basarse en la humillación ni en la victoria absoluta, sino en la dignidad de los pueblos, el respeto del derecho y la reconstrucción moral. Su llamado a una diplomacia paciente, al diálogo entre adversarios y a la responsabilidad de las potencias ha recuperado la tradición de la Santa Sede de promover soluciones humanitarias y mediaciones discretas. También ha exhortado a las comunidades religiosas a actuar conjuntamente en favor de la reconciliación y contra la cultura de la guerra.

Ucrania, aun en medio de la devastación, ha consolidado su identidad nacional y su integración europea. Su eventual reconstrucción plantea un desafío jurídico y financiero sin precedentes. La reparación integral de los daños, la restitución territorial, la responsabilidad por los crímenes y la garantía de seguridad futura son elementos inseparables de cualquier acuerdo de paz. Si la fuerza injusta produjera derechos, el sistema internacional quedaría gravemente comprometido.

La guerra ha demostrado que el derecho internacional necesita mecanismos más eficaces de prevención. La comunidad internacional debería desarrollar procedimientos multilaterales de reacción temprana frente a la agresión manifiesta. La cooperación entre potencias, incluso rivales, es indispensable para evitar conflictos mayores. En este sentido, la relación entre Estados Unidos y China seguirá siendo decisiva para el futuro equilibrio global.

Cuatro años después del inicio de la guerra, el interrogante central permanece abierto. ¿Podrá la comunidad internacional construir un orden basado en el derecho, o se consolidará un equilibrio de fuerza inestable? La respuesta dependerá de la capacidad de las potencias, de los juristas y de los diplomáticos para rediseñar instituciones, promover la cooperación y afirmar que la justicia y la paz no son alternativas excluyentes, sino condiciones inseparables de una convivencia internacional duradera.

La realidad actual, lo que podríamos llamar la guerra en Irán, considerando todas sus diferencias con la guerra de Rusia y Ucrania, aumenta la necesidad de los criterios de justicia y paz de los cuales es una fuente permanente la Santa Sede. De ello se desprende que el criterio de pacificación como instrumento diplomático alcanza ahora nuevas dimensiones territoriales, como lo ha puesto de relieve Luisa Corradini, en donde se demuestra las grandes variaciones en el campo de la guerra que hoy enfrentan al mundo.

La guerra y la paz están interconectadas en un campo de política y diplomacia internacionales que podrán resultar más ambiguos en la medida que no haya una voluntad política de paz. El conflicto bélico con Irán no deja de tener conexión con la guerra de Ucrania y Rusia, por lo tanto, no puede advertirse una separación completa entre la guerra de Ucrania y la guerra de Irán. Ello significa que habrá de tenerse en cuenta los mismos criterios análogos de pacificación en uno y en otro conflicto bélico.

La guerra en Irán implica complejidades más profundas que no pueden ser consideradas en estas líneas. Lo cual no significa que deba descartarse la necesidad de análogas soluciones pacificadoras. Teniendo en cuenta estas diferencias hay que destacar la unidad problemática bélica que hace necesario un nuevo orden de que puede ser guiado por el magisterio de la Santa Sede. Se ha visto la conexión que puede existir entre ambos conflictos bélicos y entonces se hace imperioso el recurso a las mismas fuentes de pacificación.

Se ha destacado los cambios en la guerra entre Rusia y Ucrania que aquí pueden servir como hechos nuevos en el desarrollo de las posibles soluciones pacificadoras, para todo lo cual será necesario y urgente un renovado y efectivo camino hacia ese fin.

Expresidente de la Corte Suprema, exjuez de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-guerra-actual-y-un-nuevo-orden-de-paz-nid20042026/

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