La idea de actuar la concordia democrática frente al Papa
Ya nadie se acuerda de Roberto Marcelo Levingston, quien entre 1970 y 1971 gobernó la Argentina durante nueve meses. Por entonces yo cursaba tercer año del secundario y aunque leía Primera Plana...
Ya nadie se acuerda de Roberto Marcelo Levingston, quien entre 1970 y 1971 gobernó la Argentina durante nueve meses. Por entonces yo cursaba tercer año del secundario y aunque leía Primera Plana, porque la revista llegaba a mi casa todas las semanas, creo que no tenía una acabada comprensión de lo que el sucesor de Onganía (y antecesor de Lanusse, quien lo puso y después lo sacó) quería hacer con el país. Tal vez, y esto seguramente es más serio, Levingston tampoco la tenía.
A los adolescentes de entonces nos divertía mucho la mezcla de rigidez marcial y modulación engolada del presidente, un general de inteligencia ignoto hasta cinco minutos antes de asumir que hablaba con modales patricios, en forma palatal, mientras la calle hervía.
Tres décadas y media más tarde, una mañana invernal de 2005 lo llamé a Rosendo Fraga para preguntarle por qué Levingston nunca había dado un reportaje, jamás había hablado, por lo menos en términos introspectivos, sobre su papel en la historia. La respuesta contundente de Rosendo no pudo hacer otra cosa que envalentonarme: “porque nunca nadie se lo habrá pedido”.
Acto seguido conseguí (en la guía telefónica) el teléfono de Levingston, quien con 85 años era en ese momento el decano de los expresidentes vivos. Lo llamé y le dije que quería hacerle una larga entrevista para LA NACION. Levingston me pidió una semana para pensarlo. Después me convocó en su casa de Belgrano, donde conversamos durante tres horas y media (https://www.lanacion.com.ar/opinion/roberto-marcelo-levingston-una-dictadura-no-es-una-tirania-nid729830/).
Recordé a Levingston en estos días cuando supe que al arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Marcelo Colombo, se le había ocurrido la idea de que el gobierno nacional juntara a los expresidentes en el encuentro institucional previsto para la visita del papa León XIV a la Argentina. La convocatoria a expresidentes más famosa que hubo, y que figura en unos cuantos libros de historia, la hizo Levingston en el verano de 1971. Tanto por el concepto como por su fracaso, la movida quedó asociada con una determinada manera de incomprensión de la política, la que cree que los símbolos pueden estar por encima de la esencia y remodelarla.
Según expresó entonces aquella dictadura, la intención fue abrir un “diálogo político” para encauzar una salida institucional. ¿Por qué no se convocó para eso a los partidos políticos tradicionales? Primero, porque en un hecho inédito, motorizados por Ricardo Balbín, peronistas y radicales se acababan de reunir en un departamento de Montevideo y Alvear junto con demócrata progresistas, socialistas y otras fuerzas en La Hora del Pueblo, un acuerdo multipartidario constituido para exigir elecciones libres. Y segundo, porque los militares pensaban que los partidos debían seguir proscriptos dado que no habían hecho “la renovación interna esperada”. Nunca se explicó muy bien cómo esperaban que estando los partidos prohibidos -igual que la actividad política- se produjera en ellos una renovación. Citar en la Casa Rosada a los ex presidentes para arreglar el país no fue algo menos absurdo.
Por empezar, el principal no fue invitado, debido probablemente a que se encontraba en el exilio y las Fuerzas Armadas fingían ignorarlo. Resabio del enfrentamiento armado entre azules y colorados, los militares arrastraban sustanciales divergencias internas acerca de qué hacer con los millones de fieles que este expresidente conservaba, más o menos la mitad de los argentinos.
Arturo Illia sí fue invitado pero se negó a concurrir, lo mismo que el general Onganía, su victimario institucional. Al final el único ex presidente constitucional que asistió fue Arturo Frondizi. Pero la iniciativa levingstoniana -carente, huelga decirlo, de logros verificables- tuvo la singularidad de sacar del ostracismo al general Edelmiro J. Farrell, incluso de hacerle saber al país que Farrell, 26 años atrás partero del peronismo, guardado en su departamento desde el martes de 1946 en que tras ponerle la banda a Perón salió para siempre de la Casa Rosada sin que nadie lo reconociera, seguía vivo. Después tampoco se volvió a saber de él. Ni de otra figura de reparto, José María Guido, único civil que llegó a presidente de un gobierno militar, quien gracias a Levingston pudo refrescar lo evanescente que puede resultar el bronce cuando uno no es un líder de masas ni un estadista ni alguien representativo, ni siquiera un acumulador de experiencias capaz de transferirle vaya a saber qué sabiduría a los demás.
Existe la fantasía de que los expresidentes son una pléyade de notables que encarna la continuidad histórica del país. Pero esa es una imagen importada de democracias agraciadas con galerías presidenciales menos discontinuas que la nuestra en las que no se cree que alternancia sea una mala palabra. Por ejemplo, Estados Unidos. O, acá nomás, Uruguay y Chile.
Los expresidentes norteamericanos suelen concurrir cada cuatro años a las ceremonias de los 20 de enero de sus sucesores. También se encuentran en funerales de expresidentes y se ven las caras en las inauguraciones de bibliotecas presidenciales: cada mandatario tiene la suya. Hace apenas tres meses Joe Biden, George W. Bush y Bill Clinton se juntaron en Chicago con Barack Obama para la inauguración del Centro Obama. Los cuatro volvieron a verse hace un mes en la conmemoración del 20° aniversario de los atentados del 11S. Es verdad que desde que apareció Donald Trump la concordia se ennegreció (además Trump rompió la regla no escrita de que los ex presidentes eviten criticar abiertamente a sus sucesores y viceversa), pero aún así los cinco convivieron -con tensiones pero convivieron- durante la asunción de 2025, tal como lo habían hecho en 2018 en los funerales de George H. W. Bush. En 2015, cuando Francisco visitó Estados Unidos (fue el primer papa que habló ante una sesión conjunta del Congreso) a nadie se le ocurrió juntar al entonces presidente Obama con sus antecesores para que el Papa bendijera la concordia.
El club de los presidentes uruguayos ya es casi un extremo de virtuosismo, como si alguien lo hubiera diseñado para enardecer de envidia a quienes habitan del otro lado del Río de la Plata. Sus miembros (tradicionalmente Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle Herrera y hasta su fallecimiento en 2025, José “Pepe” Mujica) practican una convivencia natural, que incluye interconsultas sobre temas de gobierno concretos, viajes compartidos y conferencias de prensa conjuntas con el mandatario en ejercicio, como ocurre hoy con Yamandú Orsi.
Chile sigue también un modelo de tradición republicana no tan acentuado como el uruguayo pero distante de la fractura total que se registra en muchos otros países latinoamericanos.
En la Argentina, los expresidentes vivos, un club con cierta tasa biológica de renovación de socios, no se juntaron nunca. Hoy son seis, cinco de ellos peronistas: Isabel Perón, Adolfo Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde, Cristina Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández. A lo sumo llegó a haber circunstancialmente dos o tres bajo un mismo techo.
Alfonsín estuvo presente en la primera jura de Menem (luego se asociarían para reformar la Constitución) y en la de De la Rúa. Las tres asunciones de los peronistas Néstor y Cristina Kirchner ni siquiera contaron con la presencia de ningún expresidente de su mismo partido (excepto Duhalde en 2003 en su carácter de presidente saliente). El suceso más rutilante de estas cortesías había sido la presencia de Isabel Perón en la jura de Alfonsín, quien la invitó especialmente, lo que significó traerla de España. El colmo de la fractura fue la decisión de Cristina Kirchner de incumplir su obligación de ponerle la banda presidencial a Mauricio Macri.
Por supuesto que hoy a nadie se le ocurriría equiparar como a Levingston presidentes de facto y presidentes de jure (se entienden las razones de Levingston: priorizar a los constitucionales hubiera equivalido a cortar la rama donde él estaba sentado). De todos modos desde 2018 la posibilidad de mezclarlos se canceló para siempre porque tras morir el general Reynaldo Benito Bignone, a los 90 años, no quedó ningún exdictador vivo. Un dato que subraya felizmente la perdurabilidad de la democracia.
Así las cosas, pasó más o menos inadvertida la convocatoria light a ex presidentes que hizo Milei en 2024 para la firma (en julio) del Pacto de Mayo. De los seis sólo fueron dos, Macri y el efímero Rodríguez Saá, una tasa de éxito aún peor que la de Levingston.
Desde ya que la condena que cumple una de las dos mujeres del club por haber hecho administración fraudulenta de los recursos que se le dieron para administrar no ayuda a imaginar una estampa realista. Cristina Kirchner necesitaría un permiso judicial especial para salir de su domicilio carcelario con el propósito de asistir a una cumbre de expresidentes, lo cual generaría un doble contrasentido. Se supone que la participación institucional de ex jefes de Estado debe basarse en la ejemplaridad y en el legado republicano, rubros en los que ella es carenciada.
Y en cuanto a la primera expresidenta, su decisión de hacerse definitivamente española y no volver nunca más al país ni interesarse por él, más sus 95 años de edad, no permiten imaginarla como una invitada añorable ni posible. Eso si es que a un juez no se le ocurriera meterla presa una vez que pisase Buenos Aires luego de desempolvar alguna causa judicial por la Triple A, como ocurrió en 2007 en Madrid por orden no de un juez argentino sino de dos.
A la luz de los hechos la almibarada idea de monseñor Colombo derrocha candidez. Acaso linde con la vía de los milagros. Pero la política, aun la política gestual exige que las ideas sean practicables, no meramente idílicas y deseables.
Para que un diálogo sea genuino y constructivo debe partir de premisas éticas claras y, como mínimo, del reconocimiento de los procesos judiciales internos. De lo contrario, el simbolismo religioso, que ninguna fractura profunda repararía, correría el riesgo de diluir las responsabilidades reales. Es decir, saldría el tiro por la culata.