Generales Escuchar artículo

Lecturas. Pérdida y desasosiego: la voz de Fernanda Trías

El cuerpo de una escritura ya desarrollada, es decir el carácter de sus continuidades, tienta al lector inquieto a mirar hacia atrás y preguntarse si tal o cual aspecto proviene de alguna justifi...

El cuerpo de una escritura ya desarrollada, es decir el carácter de sus continuidades, tienta al lector inquieto a mirar hacia atrás y preguntarse si tal o cual aspecto proviene de alguna justificación profunda o atávica, de intuiciones o bien de convicciones poéticas; si hay una decantación formal o asistimos a una búsqueda insaciable, como si esa escritura poseyera el virus de sí misma y no encontrara sosiego.

Cercana ya a esa instancia inevitablemente liminar que son los cincuenta -los cumplirá en octubre-, esa conjunción de elementos medulares que para simplificar llamaremos estilo no hace más que confirmar el sesgo implosivo y explosivo de la obra de la uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976), un sentido de la urgencia y de la desmesura, una capitalización de la angustia que aunque utiliza diversas máscaras siempre parece estar al borde de algún abismo, casi sin aliento. Dos libros recientes, uno de relatos y otro de ensayos o más bien crónicas íntimas, se entrelazan y nos permiten tanto observar sus síntomas como bucear en la génesis de sus obsesiones estéticas y también humanas.

Esa fragilidad omnipresente, más contenida sin duda que en sus novelas –en las que el recorrido propicia o justifica el cambio de marcha, la progresión en la que fondo y forma son una misma cosa-, parece en la mayoría de los relatos a punto de encender su mecha

Dicha intensidad puede rastrearse ya desde el punto de partida de la mayoría de las piezas –escritas fundamentalmente en la pospandemia- que componen Miembro fantasma, título que aglutina quizá de manera algo forzada una noción que podría ser intrínseca a todo el libro y que remite, como se sabe, a la sensación persistente de poseer un miembro que ha sido amputado. Literal y a la vez metafórico en el caso del cuento que da nombre a todo el volumen (la madre del narrador ha perdido un pie, pero asimismo la dictadura se ha llevado a varios de los suyos), esa presencia que muchas veces se traduce en dolor amplía en el resto su campo de referencia, ubicando a sus protagonistas en situaciones límite o en una suerte de campo minado.

En “El orador”, por ejemplo, una mujer asiste a un grupo de recuperación en el que el coordinador cuenta el momento en que tocó fondo, y algo resuena en ella perturbando su débil calma; “Si el mundo parara de hacer lo que hace” ancla en un universo similar, donde el narrador se espeja y ampara en Emilia, quien está por cumplir un año lejos de toda sustancia y funciona como su faro y, al mismo tiempo, su constante botón de alarma.

Literal y a la vez metafórico en el caso del cuento que da nombre a todo el volumen (la madre del narrador ha perdido un pie, pero asimismo la dictadura se ha llevado a varios de los suyos), esa presencia que muchas veces se traduce en dolor amplía en el resto su campo de referencia, ubicando a sus protagonistas en situaciones límite o en una suerte de campo minado

Con otros recursos, más previsibles pero igualmente sólidos, “Ciclón” parte de la promesa de un reencuentro, el de la vieja amiga a la que no ve desde hace medio siglo y que ahora la reclama en su agonía, para que la protagonista revise su vida, las causas de ese alejamiento que acaso la haya privado de otro modo de la felicidad. “Intimidad irremplazable”, el mejor cuento del libro, de notoria y notable inspiración lispectoriana, vuelve a hacer foco en la amenaza del alcohol, aquí desde esa modulación particular del desencanto en que las vidas se vacían sin que sus víctimas puedan acceder al corazón secreto de su tormento, la distancia fatal entre la tristeza y la angustia.

Esa fragilidad omnipresente, más contenida sin duda que en sus novelas –en las que el recorrido propicia o justifica el cambio de marcha, la progresión en la que fondo y forma son una misma cosa-, parece en la mayoría de los relatos a punto de encender su mecha. Hay algo de interrupción en estos textos, entonces: una cualidad que extiende su influencia más allá de las puntadas finales.

Todo ese imaginario, o más bien su genealogía, desentierra sus raíces en las páginas de En un rincón de mí nacerá una planta, editado bajo el sello Marciana –que el año pasado rescatara La azotea, la primera y desquiciada novela de Trías- en su colección de no ficción. Se trata –como ya dijimos- de un conjunto de crónicas, un par de ellas escritas ad hoc, en las que la autora uruguaya establece en general coordenadas respecto de su obra, sus prioridades y sus afinidades electivas.

“El cascarón es el mundo” cuenta, con enorme sensibilidad, el momento en que la literatura –en su caso, a partir del improbable cóctel entre Hermann Hesse y el Marqués de Sade- irrumpe con toda su prepotencia emocional y vuelve imposible el retroceso. “En un rincón…” hace una arqueología de La azotea, sumamente valiosa desde el desglose de procedimientos y lógicas internas, pero también en la revelación de que necesitaba –y se convertiría en una constante- escuchar la voz de su personaje para que las demás fuerzas narrativas se activaran. “De la escritura como artesanía” es un texto breve y contundente: una declaración de principios, si se quiere, a partir de la célebre diatriba de Gropius. “Variaciones sobre la espera” gira en torno a esa idea, y aunque coquetea con lo anecdótico pone de relieve un concepto troncal tanto en el arte de narrar como en la práctica de la escritura.

“En nombre propio”, en cambio, es de una intimidad dolorosa: el largo trayecto en el que Trías convierte un episodio –una época de su vida- de violencia doméstica en literatura para devolverlo, mucho tiempo después, a su realidad brutal, ya sin la coartada asordinadora de la ficción, y en cada párrafo puede verse y sentirse cómo deja la piel. El otro texto que corre por un carril distinto –al menos en parte- es el que le dedica a quien fuera su mentor y amigo, Mario Levrero. Remembranza personal, ausencia que a su muerte terminó por vaciar de significado para ella el país entero (dejó Montevideo veinte días más tarde y nunca más volvió a instalarse allí), Trías recupera sobre todo al maestro, desmenuzando sus preceptos y a veces discutiendo con ellos, en ese vínculo de mutua alimentación que se da cuando se hace a un lado todo lo que no resulte verdadero.

Dos versiones de una misma voz. La de una escritora que, desde un comienzo, parece haber perseguido justamente eso: un rumor que hablaba para ella, en un idioma que le pertenecía.

Miembro fantasma

Fernanda Trías

Páginas de Espuma

145 páginas

$ 24.000

En un rincón de mí nacerá una planta

Fernanda Trías

Marciana

242 páginas

$ 31.000

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/ideas/lecturas-perdida-y-desasosiego-la-voz-de-fernanda-trias-nid22082026/

Comentarios
Volver arriba