Lionel Messi, el crack de los recuerdos eternos
En la esquina de Marietta St., a trescientos metros del Atlanta Stadium, Samuel, Biblia en mano, y con Jesucristo en todos los carteles, pedía con voz monótona la lectura del texto sagrado. “Ar...
En la esquina de Marietta St., a trescientos metros del Atlanta Stadium, Samuel, Biblia en mano, y con Jesucristo en todos los carteles, pedía con voz monótona la lectura del texto sagrado. “Arrepiéntete de tus pecados. Jesús salva”, decía, rodeado de carteles rojos y negros, mientras un mar de camisetas albicelestes pasaban frente suyo sin siquiera mirarlo. El evangelismo callejero de “Heraldos para el Rey” tenía a lo alto enormes letreros luminosos. En el más visible, promocionando a la cerveza oficial de la FIFA, sonreía Leo Messi. Apenas una hora antes, en la cancha, el crack descargaba un llanto liberador. Había sufrido casi todo el partido. Era un final gris para tanto oro. Hasta que encontró pelota, espacio y tiempo. Y la cabeza de Cuti Romero. A partir de allí, la selección produjo una de las reacciones más notables en la historia de las Copas Mundiales. El rey avisó que sigue vivo.
“Vi Messis bebés, Messis ancianos y Messis embarazadas. Messis en motocicletas y Messis en sillas de ruedas. Messis besándose y Messis peleando. Vi a un Messi calvo con la cabeza pintada de azul. Messis esperando waffles calientes, Messis con camisetas de Messi haciendo fila para comprar más camisetas de Messi. A un Messi mirando pinturas impresionistas. A Messis posando para fotos donde asesinaron a John F. Kennedy. Diez millones de Messis, densidad descomunal de Messis, un mar de Messis”. Sam Anderson, periodista y escritor, autor de libros y artículos notables, cuenta en The New York Times Magazine que conoció a Messi gracias a su hijo. Agradece ser “testigo” de Messi. Que lo que más le impresiona hoy es “su forma de caminar”, casi como “esparciendo alpiste para las palomas”. Pero dice que, en realidad, Messi “parece un ladrón de bancos una hora antes del atraco, intentando pasar desapercibido”. Y se pregunta “qué perdemos cuando una superestrella desaparece”. Anderson teme que perdamos “una cierta relación con el tiempo”. ¿A dónde van todos esos recuerdos?”. Sus dudas cesan cuando ve jugar al diez. “Me di cuenta de que Messi nunca se irá”.
Otros, en cambio, afirman que Messi es un “protegido” de la FIFA. Que lo fue en Qatar con cinco penales en siete partidos. Y que lo fue anoche contra Egipto. La zona gris de la interpretación arbitral, la discusión sobre si un milímetro más o uno menos, de si un choque natural es falta o no, favorece a veces a unos y otras veces a otros, como le sucedió al propio Egipto, beneficiado en primera fase en su empate dramático contra la maltratada Irán. Lo mismo con el polémico gol anulado a Croacia y que benefició al Portugal. No se habló allí de “Mundial arreglado” para Cristiano Ronaldo. Eliminada también Colombia, Argentina, defensora del título, es ahora la única representante de América clasificada a unos cuartos de final que completan seis europeos y un africano (Marruecos). La selección no tiene sin embargo un gran apoyo regional. No es de ahora. Y no es sólo por el fútbol. Pero también hay otro dato que vemos en cada ciudad en la que juega la selección: las miles y miles de camisetas de Messi no son todas de argentinos. Hinchas locales, asiáticos y latinoamericanos admiran también al genio que no se rinde.
La selección está más frágil que en Qatar. Le anotan mucho para lo poco que le llegan. Ese fortín del mediocampo (mejorado con Leandro Paredes) es hoy irregular. Y el desequilibrio sigue muy dependiente de un Messi de 39 años (Lautaro Martínez tuvo un gran ingreso). Pero Lionel Scaloni, que elude adjudicarse invenciones o decisiones geniales desde el banco, sigue creyendo en el corazón y la personalidad de sus viejos gladiadores. Con su líder bajo, pero no vencido, ese corazón colectivo, reaccionó ayer a tiempo para evitar una despedida gris como la que ya casi todos veíamos desolados en Atlanta, olvidando que esta selección convive casi naturalmente dentro de una montaña rusa de emociones. ¿Alcanzará para lo que queda? ¿Estará la sangre nueva del plantel allí a mano para el refuerzo del tramo final?
El sábado, otra vez en Kansas, será el turno de Suiza. Si el fútbol no fuera un mundo aparte la teoría conspirativa avisaría que Suiza es la casa eterna de la FIFA. Y que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, es suizo. Pero Suiza es sede porque garantiza secretos. Un paraíso, es cierto, que se derrumbó en 2015, cuando el FBI detonó la corrupción del FIFAGate. Infantino se alió a Donald Trump para evitar nuevos escándalos. Le costó en esta semana, eso sí, acaso el golpe más duro en lo que va de su mandato. El narcisista presidente de Estados Unidos, inevitable, ostentó poder y dejó a Infantino en ridículo. La FIFA autorizó con explicaciones insostenibles a que el suspendido Falorim Balogun, delantero estrella de Estados Unidos, pudiera jugar el lunes contra Bélgica, como quería Trump. Por suerte está el fútbol. El bailecito burlón de Romelu Lukaku tras la goleada 4-1 que eliminó al anfitrión quedará como una de las postales de este Mundial. Por suerte está el fútbol y por suerte está Messi. El crack que nunca se va. El de los recuerdos eternos.