Marcelo Larraquy: “Hablar de ‘basura socialista’ es atentar contra la convivencia democrática”
“Es un thriller policial, pero también, un thriller político”, dice el escritor Marcelo Larraquy sobre Gordon. El aniquilador (Planeta), una reconstrucción novelada de la vida de Aníbal Gor...
“Es un thriller policial, pero también, un thriller político”, dice el escritor Marcelo Larraquy sobre Gordon. El aniquilador (Planeta), una reconstrucción novelada de la vida de Aníbal Gordon y los años 70, la década que condensa todos los elementos del terror en la historia argentina.
Historiador (UBA) y periodista, autor de diversos libros de investigación sobre la violencia política de la Argentina –Fuimos soldados; el consagrado Galimberti, en coautoría con Roberto Caballero; López Rega y Los 70; entre otros-, Larraquy se anima ahora a una novela vertiginosa atravesada por espías, traiciones y conspiradores, que narra la transformación de Gordon: de delincuente común, atracador de bancos y negocios, buen vecino y padre de familia a agente inorgánico de la SIDE, hombre de la Triple A, aniquilador y único civil a cargo de un centro clandestino de tortura.
“En su historia se ve bien cómo es el poder del Estado: no hablamos de marginales o bandas de delincuentes perseguidos por la policía. Al contrario, la policía protege a Gordon en su accionar. Todo lo que hace lo hace clandestino, al amparo de un Estado que superpone acciones legales e ilegales permanentemente”, afirma Larraquy, que también participó como guionista de Gordon, la serie de Netflix basada en esta novela, dirigida por Pablo Trapero y Pablo Fendrik y protagonizada por Rodrigo de la Serna.
“La novela cuenta cómo la política argentina y la represión ilegal van virando hacia algo mucho más fuerte, que va a ser el golpe de Estado del 76 y el plan de aniquilamiento. Gordon participa de la depuración interna del peronismo, de la guerra contra el infiltrado y el aniquilamiento de la subversión bajo el mando militar”, cuenta Larraquy sobre esta novela que le llevó varios años de escritura.
Consultado por la reposición y el uso público que hace el presidente Javier Milei de términos que pertenecen a los años 70, Larraquy responde: “Esto de ‘basura socialista’ termina siendo una fachada de algo mucho peor, que es el fondo. Entonces, nos crispa con la forma y nos distraemos del fondo. Nos distraemos de la mirada más profunda de la organización de un país, del proyecto de país”. Y agrega: “Hablar de ‘basura socialista’, ‘zurdo’ o ‘kuka’ es restringir la conversación democrática. Es atentar contra la convivencia democrática y a las diferencias. Es atar de manos a la política”.
-Hace más de dos décadas que escribís libros de investigación histórica sobre la violencia política en la Argentina, y en especial, sobre los años 70. Con este libro regresás a esa década, pero con una novela, un thriller. ¿Por qué?
-Hace años que quería escribir una novela, pero tenía que encontrar el tema y, sobre todo, la manera de contarlo. Es una novela de los años 70, pero con un abordaje sobre hombres comunes y situaciones comunes. No hay grandes acontecimientos. Es como una especie de un realismo sucio de hombres marginales que encuentran un lugar en la violencia política y en la política en sí misma. Hay un thriller interno, que es el motor de la novela. Y Gordon calza perfecto en ese andamiaje y en esa zona gris, porque es un profesional de la delincuencia. Si bien yo había trabajado mucho sobre la derecha del peronismo y López Rega, esto es la micropolítica, la historia desde abajo. También cuenta la historia desde arriba, habla de Luder, de Isabel, de Videla. Pero ese marco no invade: es el marco para contar lo que está pasando abajo.
-¿Cómo conviven en vos la rigurosidad del historiador con el novelista, que tiene libertad para narrar, jugar e imaginar?
-El historiador y el novelista conviven, se llevan bien. El historiador consigue un documento, una causa judicial, y el desafío es transformar eso en un hecho literario. El historiador marca el camino, porque sin el conocimiento de toda la época, no hubiera podido escribir esto. Es muy delicado hacer una novela sobre los 70. Yo siempre trabajo con los papeles al lado, como resguardo. La retaguardia del novelista son los documentos. El historiador marca los grandes hechos, pero no sabe inventar personajes, no puede hacer diálogos, no es su tarea. El novelista, sí. El novelista, para escribir, necesita la escena de los hechos. ¿Cuál es la escena? ¿Cuáles son los personajes? ¿Cómo se mueven y cómo hablan? En las escenas y en los diálogos está toda la atmósfera de los 70. Es un recorrido de más de 25 años que hace que tenga el oído fino para los 70.
-¿Quién era Aníbal Gordon? Me gustaría una semblanza sobre la trayectoria de ese delincuente común que termina siendo un agente de inteligencia de la SIDE, un hombre de la Triple A, único civil a cargo de un centro clandestino de tortura.
-Fue todo eso. Era un vecino, un vecino amable, padre de familia. Era un hombre de San Isidro con un matrimonio común, bien constituido, con dos hijos. Y después pasa, como pasa con los delincuentes o los viajantes de comercio: en algún momento desaparecen del lugar. Y cuando vuelve, tampoco se puede preguntar mucho. Era un ladrón de los antes. Había robado un banco, una joyería. Cuando cae preso, lo ponen con los presos políticos y se mezcla con militantes subversivos. Es paciente, observador, un simulador. Gordon sabe que eso que hacen los otros, él lo hace desde hace mucho tiempo y lo hace mejor.
-¿Qué refleja el accionar de Gordon, el recorrido de ese delincuente común que en algún momento se convierte en un criminal sádico, en el “aniquilador”?
-Creo que en su historia se ve bien cómo es el poder del Estado: no hablamos de marginales o bandas de delincuentes perseguidos por la policía. Al contrario, la policía protege a Gordon en su accionar. Todo lo que hace lo hace clandestino, al amparo de un Estado que superpone acciones legales e ilegales permanentemente. Cuando el Estado se transforma en un poder clandestino, gente como Gordon crece, porque hace lo que hacía como delincuente. Es una persona perseguida por la justicia penal como prófugo por una cantidad de delitos, pero es, a la vez, un agente de la SIDE que tiene un nombre falso y que actúa como un capitán del ejército. Y la SIDE es el Estado. Es decir, el Estado manda a un delincuente hacer una acción supuestamente legal, como un allanamiento, pero es una tarea clandestina. En esos años todos se están matando. Entonces Gordon, que es un criminal, ve una oportunidad en la época “para hacer sus cosas”.
-¿Por qué hace lo que hace?
-Gordon ve todo como un negocio. No lo hace por la patria. Hace “sus cosas”, como robar un camión, por ejemplo, y hace cosas para otros, cosas que le pide la SIDE que son aún peores: entrar a una casa y matar a alguien. ¿Por qué hace todo esto? ¿Por sadismo? Todo lo que hace lo hace principalmente por dinero y, después, adopta el lenguaje. Es decir, él actúa como un operador del poder clandestino. Es un delincuente que sabe cómo actuar en la clandestinidad. Esa superposición que tiene la novela hace que sea un thriller policial, pero también, un thriller político. Y también es de acción porque muestra la problemática que tienen entre los distintos grupos y bandas. La novela cuenta también cómo la política argentina y la represión ilegal van virando a algo que va a ser mucho más fuerte: el golpe de Estado y el plan de aniquilamiento.
-Gordon no es militante ni guerrillero, pero por un error del tribunal antisubversivo termina en el pabellón equivocado con guerrilleros y sale en libertad con la amnistía de Cámpora, en 1973. ¿Se podría pensar que ese tiempo en la cárcel fue un momento bisagra en su vida como criminal?
-Sí, ese momento marca un antes y un después, porque él puede hacer inteligencia. Al principio era alguien que caía bien. Era un tipo educado, amable, escuchaba, cocinaba, les decía a los del ERP: “Ustedes estudien”, “yo soy un chorro común”, “no tengo nada que ver con esto”, “lo de ustedes es razonable”. Igualmente, los del ERP no eran ningunos tontos y se mantenían a distancia. Después él se vende a la derecha del peronismo como nacionalista, que lo era. Era antisemita, anticomunista, y eso entra en el lenguaje de la derecha del peronismo. En la novela cuento cómo es que a Gordon lo protege la derecha del peronismo. Gordon es la cara de los excesos de la dictadura porque era un civil. Él en un momento se convierte en un monstruo y la dictadura no lo puede controlar. Se sigue armando, sigue alquilando casas en las que funcionan campos de concentración en donde alterna secuestros políticos con secuestros económicos. Lo último que hace antes de morir, en 1987, en la cárcel, es pedir la ley de obediencia debida. “Yo cumplí órdenes de un órgano estatal que se llama SIDE, que me encomendó todas estas tareas”. Y a la semana, muere.
-¿Cómo era su relación con López Rega?
-Eran grupos distintos con el mismo objetivo. El grupo del que participa Gordon no tiene relación directa con López Rega. La Triple A es como una confederación: un grupo de bandas que tienen el mismo apellido, “la Triple A”.
-Hay una singularidad en su historia: fue el único civil a cargo de campos de detención.
-Sí, el último campo de concentración que se descubrió, en la calle Bacacay, en Floresta, en la misma manzana en la que había otro centro de detención, respondía a Gordon. Gordon ejerce la autoridad del coronel. Es el único civil a cargo de un centro clandestino, y siendo inorgánico, es el jefe de todos tipos orgánicos de la SIDE, porque él no está en los legajos de la SIDE. En la SIDE no hay ningún tipo que se llame Aníbal Gordon.
-Te traigo al presente para preguntarte por uno de los protagonistas principales de los 70: Mario Firmenich. Acaba de publicar un libro. ¿Lo leíste? Y en ese caso, ¿qué dirías?
-No lo leí, así que no puedo opinar del libro. Lo único que diría es que quizás sea una palabra tardía. Por ahí encontró el momento para decir algo ahora. No lo sé. Galimberti le reclamaba a Firmenich que se autoexiliara en democracia.
-En estos últimos tiempos hubo una reposición de algunas palabras que forman parte del glosario los años 70: “Terroristas, subversivos, comunistas, zurdos”. ¿Qué ves en esa operación?
-Eso es para pensar, ¿no? Porque cada 24 de marzo, el Gobierno repone el lenguaje y el argumento militar de la dictadura. Entonces, el 24 de marzo aparecen los videos de las víctimas de la guerrilla. Y lo hace gente que indultó a Firmenich. Lo hace el “Tata” Yofre que participó del indulto a Firmenich. Eso suena raro también, porque el 24 de marzo, es una fecha que ya está marcada, que es muy difícil de distorsionar en la cultura política argentina y en la sociedad, porque fue un trabajo muy arduo que empezó con el Nunca Más y siguió con los juicios. La sociedad sabe lo que fue la dictadura. Quizás no sabe tanto de lo que fue la economía de la dictadura, que fue tremendamente perniciosa para la gente. Era un país rico, más integrado. La dictadura vino a destruir ese país y esa economía nos volvió más pobres.
-¿Pero qué ves en el uso de esas palabras hoy?
-Lo que plantea Milei es que todo el mundo que no piensa como él es comunista, que es como criminalizar el pensamiento crítico. Este plan económico está dejando a mucha gente afuera. Eso implica falta de trabajo productivo. Yo nunca vi en mis años tanta militancia por el trabajo precarizado como yo veo ahora en la Argentina. Es la deshumanización del trabajo y de la persona. Es como que te digan: “Vos tenés que ser un miserable”. ¿Por qué? “Porque es así, porque en todo el mundo sucede”. Ese discurso es totalmente distinto al del Milei que dijo que venía a combatir a la casta. Vino a combatir el trabajo profesional, el trabajo formal. Pienso que Milei es solo un medio, que hay una elite económica que dice, no quiero esa Argentina productiva, quiero una Argentina extractivista. Porque Milei va a pasar. El tema es lo que va a quedar en este país después de la reconfiguración económica argentina. Milei va a ser una anécdota; una mala anécdota. El tema es lo que va a quedar asentado para los próximos 40, 50 años. Entonces, esto de “basura socialista” termina siendo una fachada de algo mucho peor, que es el fondo. El problema es el fondo. Entonces, nos crispa con la forma y nos distraemos del fondo. Nos distraemos de la mirada más profunda de la organización de un país, del proyecto de país.
-La vicepresidenta Victoria Villarruel tiene una voz potente en la defensa de las víctimas de la guerrilla de los años 70. ¿Qué pensás de su postura?
-Me parece que es una mirada más sincera que la de Milei. Es una mirada con la que uno está terriblemente en desacuerdo. Parece el discurso de Famus, de 1984, que eran los familiares de las víctimas. Una cosa es olvidarse de esas víctimas, que nadie se quiere ni debe olvidar, y otra cosa es poner la violencia de la guerrilla en el mismo nivel del Estado clandestino. Cuando dicen “memoria completa”, nunca hablan del Estado terrorista. El terrorismo de Estado se obvia completamente en ese discurso. Entonces, estoy en desacuerdo con la idea de “memoria completa” cuando omite el terrorismo de Estado y equipara la represión ilegal con la guerrilla. Por ahí plantea algunos “excesos”, pero acá las Fuerzas Armadas convirtieron al país en un Estado terrorista. Y no se puede prescindir de esto en ninguna explicación política de los años 70.
-¿Por qué decís que es una mirada más sincera que la de Milei?
-Porque a diferencia de Milei, ella viene trabajando el tema desde hace muchos años, viene de un centro de estudios y explica argumentos. Incluso la apoya gente que participó en la represión ilegal: son sus elecciones. Pero Villarruel no dice: “Zurdos, van a correr”. Ella está dentro de un planteo de convivencia política democrática. En cambio, Milei no. Milei toma eso para enfrentar a un “enemigo político”. Vos no podés participar, hablar, discutir o disentir, porque sos un “basura socialista”, “zurdo”, “kuka”. Eso es restringir la conversación democrática que hace a la cultura política argentina. Es atentar a la convivencia democrática y a las diferencias. Es atar de manos a la política.
Un estudioso de los años 70Marcelo Larraquy es historiador, graduado en la Universidad de Buenos Aires, periodista y escritor.
Fue jefe de la sección Investigaciones de Clarín y trabajó en la revista Noticias.
Ganó el premio Konex a la investigación periodística en dos oportunidades.
Publicó los libros Argentina. Un siglo de violencia política, que reúne la trilogía Marcados por el fuego, De Perón a Montoneros y Los 70; López Rega y Fuimos soldados, entre otros. Es coautor de Galimberti. De Perón a Susana.
Acaba de publicar Gordon. El aniquilador (Sudamericana)