“Me pesa la vida”: crecen las internaciones de niños y adolescentes por riesgo suicida
“Me pesa la vida”, empezó a repetir Tomás. Su papá, Martín, escuchaba esas palabras sin alcanzar a imaginar todo lo que había detrás. Durante años había pensado que su hijo era simpleme...
“Me pesa la vida”, empezó a repetir Tomás. Su papá, Martín, escuchaba esas palabras sin alcanzar a imaginar todo lo que había detrás. Durante años había pensado que su hijo era simplemente introvertido, retraído, un chico al que le costaba sonreír. Incluso algunos docentes se lo habían señalado así. Pero había algo que ninguno de ellos podía ver.
“Lo que menos te imaginás es que tu hijo se quiere quitar la vida. Lo ves como algo muy lejano”, dice Martín, de 41 años, profesional del ámbito de la salud.
Recién después del primer intento de suicidio de Tomás, a fines del año pasado, cuando el adolescente tenía 16, su papá supo que las ideas sobre no querer vivir estaban presentes desde mucho antes, desde los 13 o 14. Hasta entonces, Tomás no había podido poner en palabras lo que le pasaba.
Suicidio: señales de alerta y dónde buscar ayuda
Después de ese episodio, Martín creyó, o quiso creer, que podía tratarse de algo aislado. El adolescente siguió con su tratamiento psiquiátrico y psicológico, pero un mes después hubo un segundo intento. Entonces supo que no podía seguir esperando: “Entendí, por más que me costara porque tenía muchos temores, que Tomás tenía que ser internado”.
Primero permaneció entre 15 y 20 días en una clínica y luego necesitó una segunda internación, más prolongada, en otra institución especializada en salud mental. “Lo más difícil fue entender lo que estaba pasando, después asumirlo y después vino otro desafío, cuando los médicos me dijeron: ‘Es hora de volver a casa’. Ahí me invadió el pánico a que volviera a ocurrir”, recuerda Martín.
La historia de Tomás es una de las tantas que hay detrás de una estadística alarmante: el año pasado se notificaron en hospitales públicos y privados de la ciudad de Buenos Aires 686 internaciones de niñas, niños y adolescentes de hasta 17 años por riesgo suicida, un 15,5% más que las 594 registradas en 2024. En 2023 habían sido 596. Es decir: después de dos años prácticamente estables, 2025 mostró un salto.
Las cifras forman parte de una investigación del Ministerio Público Tutelar (MPT) porteño a la que LA NACION accedió en exclusiva.
El informe trianual Internaciones por riesgo suicida de niñas, niños y adolescentes, que el organismo presentará hoy, es el resultado de un trabajo que comenzó a sistematizar estos casos a partir de 2023, luego de que a fines de 2022 el MPT detectara un aumento en la proporción de hospitalizaciones de menores de 18 años vinculadas con riesgo suicida dentro del total de internaciones por salud mental.
El análisis incluye internaciones asociadas a ideación suicida (pensamientos o planes de quitarse la vida), intentos de suicidio y autolesiones. En 2025, la ideación suicida fue el principal motivo de internación y explicó el 49,4% de los casos; los intentos representaron el 38,9% y las autolesiones, el 11,7%.
Además, el 72,4% de las internaciones correspondió a mujeres y más de la mitad —el 50,6%— a adolescentes de entre 13 y 15 años.
¿Qué hay detrás de ese crecimiento? Los informes del Ministerio Público Tutelar identifican distintos factores que pueden incidir en la salud mental de chicos y adolescentes, como situaciones de violencia, maltrato, abuso sexual, conflictos familiares, aislamiento social, bullying y dificultades socioeconómicas. Aun así, los investigadores aclaran que no puede establecerse una relación causal directa entre esos factores y el aumento de las internaciones por riesgo suicida.
A edades tempranasUno de los datos que más inquieta en la comparación anual aparece entre los más chicos. En 2024, los menores de 13 años representaban el 5,9% de las internaciones por riesgo suicida; en 2025 pasaron al 7,2%.
En números absolutos, equivale a pasar de unas 35 internaciones a unas 49, un aumento cercano al 40% en apenas un año. El propio informe incluye entre sus conclusiones la presencia de “edades cada vez más pequeñas”.
Para Andrés Tate, psiquiatra infantojuvenil del Equipo de Salud Mental del MPT, no hay una única señal que permita anticipar una situación de riesgo.
Lo que debe llamar la atención, explica, es la aparición de cambios que no se corresponden con la personalidad o el comportamiento habitual del chico: un retraimiento marcado, alteraciones abruptas en el sueño o la alimentación, aislamiento, abandono de actividades que antes disfrutaba, pérdida de interés por ir a la escuela, desesperanza o comentarios vinculados con no querer despertarse o con la muerte.
Ese sufrimiento a veces se expresa durante años en pensamientos de muerte, crisis emocionales o autolesiones. Eso fue lo que ocurrió con Sofía.
La adolescente tiene hoy 15 años y Florencia, su mamá, recuerda que las primeras verbalizaciones vinculadas con la muerte aparecieron cuando estaba en cuarto grado. “Empezó a decir que quería morirse”, cuenta.
Con el tiempo, las crisis emocionales se hicieron más intensas. Hubo episodios en la escuela, tratamientos psicológicos y psiquiátricos, cambios de profesionales y distintas medicaciones que, durante mucho tiempo, no lograron dar en la tecla.
En junio de este año, cuando tenía 14, Sofía atravesó una nueva crisis. Esta vez, la psiquiatra que la evaluó consideró que necesitaba una internación. “Lo que nos llevó a la internación no fue un intento, sino una ideación muy clara”, explica Florencia. La chica permaneció 20 días internada junto a su mamá.
Florencia, que trabaja de manera independiente, tuvo que permanecer todo el tiempo junto a su hija y durante esas semanas perdió su trabajo. Aun así, siente que la experiencia fortaleció el vínculo entre ambas. “No sentí que me hayan dado herramientas, pero sí que nos ayudó a estar más cerca”, cuenta.
Hoy Sofía está mucho mejor; continúa con tratamiento psicológico y psiquiátrico y, aunque en momentos de mucha frustración todavía aparecen referencias a la muerte o a lastimarse, ya no atraviesa las mismas crisis de antes.
Después de la internaciónPara Martín, uno de los momentos más difíciles no fue solamente aceptar que su hijo necesitaba ser internado. Llegó después, cuando los médicos empezaron a hablar del alta.
“Cuando me dijeron que ya estaba por salir, pensé: ‘No puedo’”, recuerda el padre. Durante las primeras salidas de la internación —breves permisos para tomar un café o caminar a pocas cuadras de la clínica—, el miedo lo acompañaba a cada paso.
Martín tomaba de la mano a su hijo al cruzar la calle y no lo dejaba ir al baño solo. “Me acuerdo que los pensamientos de muerte le aparecían hasta cuando íbamos en auto o pasamos encima de un puente”, reconstruye su papá.
Cuando finalmente Tomás volvió a su casa, la primera noche su papá casi no durmió. “Pensaba: ‘¿Y si se levanta ahora?’. Le preguntaba todo el tiempo si estaba bien, si necesitaba algo, si tenía algún pensamiento intrusivo. Le decía que me despertara a cualquier hora, por cualquier motivo”, cuenta.
Con el tiempo, Martín empezó a entender que acompañar también implicaba aprender. Buscó información, comenzó terapia y fue incorporando herramientas para saber qué hacer ante una nueva crisis: a quién llamar, cómo hablar con su hijo, qué señales observar y cómo actuar.
“El miedo es la desinformación. Si hubiese sabido antes todo lo que sé ahora, a lo mejor podía atajar parte de ese sufrimiento desde la primera internación”, asegura.
Ese “después” también aparece en los datos del MPT. Para analizar las reinternaciones, el organismo trabaja con una base específica que permite individualizar a cada paciente. En ese universo se registraron 745 internaciones correspondientes a 639 niñas, niños y adolescentes. El informe señala que uno de cada 10 tuvo dos o más internaciones por riesgo suicida.
Para Carolina Stanley, a cargo del MPT porteño, la prevención exige justamente intervenir antes de que la crisis llegue a una internación. “Necesitamos construir una sociedad y, especialmente, instituciones capaces de escuchar antes, de detectar las señales, de acompañar sin juzgar y de garantizar que ningún adolescente quede solo frente a aquello que no puede expresar o atravesar”, señala.
Para eso, sostiene, es necesario fortalecer las redes familiares, educativas, comunitarias y sanitarias, formar a los adultos que están cerca de los chicos y generar dispositivos accesibles de orientación y acompañamiento. “La escucha es una herramienta concreta de prevención”, resume.
En esa línea, Tate remarca la importancia de preguntar y hablar de manera directa con los chicos cuando aparecen señales de alerta: “Es clave poder hablar abiertamente si tienen deseos o piensan o fantasean con la posibilidad de terminar con su vida”.
Volviendo a Tomás, hoy tiene 17 años y, según su papá, es “otro chico”. Sigue con tratamiento, pero puede hablar de lo que siente, reconocer sus emociones y pedir ayuda. Terminó la escuela, estudia música y también habla de hacer la carrera de Psicología. Dice que quiere ayudar a otros chicos que atraviesen situaciones similares. “Ahora habla de sus sentimientos, se conoce, sabe lo que le pasa”, cuenta Martín.
Él también siente que cambió como padre. “Estoy más alerta, más consciente. Antes veía que mi hijo estaba apagado y le decía: ‘Vamos a jugar a la pelota, cambiá esa cara’. Nunca imaginé todo lo que estaba pasando por dentro”, concluye.
Los nombres de los adolescentes y de sus familiares fueron modificados en esta nota para preservar su identidad. Los casos relatados no corresponden a intervenciones del Ministerio Público Tutelar.
Hablemos de TodoEsta nota forma parte de Hablemos de Todo, una iniciativa de Fundación LA NACION que busca cuidar y acompañar la salud mental de los niños y adolescentes. El proyecto ofrece herramientas, visibiliza historias en primera persona y acerca recomendaciones de especialistas.