Miguel Dávila: cien años de un maestro que desafió la pereza de mirar
Tenía cinco años y ya sabía posar: “Mi papá me decía que me quedara quieto y que mirara un florerito que tenía en un banco”. Alejandro Dávila creció admirando a su papá pintor, Miguel ...
Tenía cinco años y ya sabía posar: “Mi papá me decía que me quedara quieto y que mirara un florerito que tenía en un banco”. Alejandro Dávila creció admirando a su papá pintor, Miguel Dávila (1926–2009), y ha dedicado buena parte de su vida a cuidar su obra, que se despliega en estos días en la gran exposición que le dedica la Casa Nacional del Bicentenario en homenaje a los cien años de su nacimiento. “Es muy difícil encontrar hoy gente que tenga compromiso, convicción y pasión por algo. Él tenía una gran pasión y un gran amor por su oficio, y me lo transmitió. Dedicó su vida a esto”, dice.
La exposición reúne más de cien obras, con curaduría de Joaquín Rodríguez, desde sus primeros ejercicios académicos en la década de 1950 hasta su última obra de 2009, con óleos, acrílicos, dibujos, monocopias, grabados en aguafuerte y xilografía, tintas, pasteles y una serie de sus cortometrajes experimentales de los años ochenta. Ya se montó en el Museo de Bellas Artes de Salta, y después de Buenos Aires, partirá a museos de La Rioja y de Córdoba.
“Fue permeable a las transformaciones estéticas de su tiempo: transitó la gestualidad del informalismo, la violencia cromática del expresionismo y la fragmentación espacial de la nueva figuración. Pero mantuvo una distancia crítica sobre los ismos, usándolos como lenguajes disponibles y no como dogmas que limitaran sus posibilidades expresivas”, observa el curador, que tituló la muestra Tercer Orden. “Las obras de Dávila son ese otro lugar donde confluyen dos fuerzas opuestas: un orden constructivo asociado a la estructura, la conciencia y la contención, y un orden pulsional ligado al gesto, la intuición y el impulso".
Miguel Dávila nació en Chilecito. Retrató la magia de Famatina, su naturaleza y sus colores, y fue director del museo local. A los 25 años dejó su Rioja natal para ir a formarse en el Instituto Superior de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Tucumán bajo la guía de grandes maestros como Lino Enea Spilimbergo, Pompeyo Audivert y Lajos Szalay. “Spilimbergo era mi padrino. Era un padre en el arte para él”, señala Alejandro. Su llegada al mundo ocurrió cuando sus padres ya vivían en Buenos Aires. “Cuando yo estaba por nacer, por el 54, mi padre estaba pintando un mural para el restaurante, creo que El Rey del Bife. Volvió a la casa cerca de la medianoche, venía subiendo los tres pisos por la escalera, y mi abuela y mi madre venían bajando apuradas: usted dedicándose a esas cosas de la pinturita y su mujer está por parir, le recriminó mi abuela”, cuenta. Toda su vida fue para el arte.
En La Rioja fue el primer director del Museo Municipal de Bellas Artes (actual Museo Octavio de la Colina). Este año, la Secretaría de Cultura de la provincia le rinde un homenaje: a partir de ahora, el Premio del Salón Nacional de Artes Visuales local llevará el nombre de Miguel Dávila. Y el 16 de este mes se entregarán por primera vez.
Dávila estaba casado con una científica de la lingüística rusa, Eugenia Fischer. Los pintores de esa época recordaban más tarde el azul turquesa de sus ojos. Integraba el equipo que trabajaba con la primera computadora que llegó al país, en 1961, instalada en la Universidad de Buenos Aires, una Ferranti Mercury. La llamaban Clementina, y medía 18 metros de largo y pesaba 500 kilos. Pero Dávila en ese año obtuvo la beca del Fondo Nacional de las Artes para viajar a París junto a Rómulo Macció, Ernesto Deira, Luis Felipe Noé y Jorge de la Vega, con el movimiento de la Nueva Figuración. El matrimonio entre dos seres tan distintos no siguió mucho más allá. Su hijo Alejandro, además de modelo precoz, también se volvió pintor, galerista y director de los museos Caraffa y Genaro Pérez en Córdoba.
La vida de Dávila era “un pensamiento visual”, como solía decir. Tuvo un taller con más de 60 alumnos, donde ejerció la docencia de manera ininterrumpida entre 1964 y 1995. Exhibió sus obras en espacios y galerías como Van Riel, Wildenstein, Rubbers, Art Gallery Internacional y Hoy en el Arte, y logró los máximos galardones del arte nacional, como el Premio del Salón Municipal Manuel Belgrano (1964) y el Gran Premio de Honor del Salón Nacional de Pintura (1981).
Entre 1981 a 1985 realizó 16 cortometrajes en super 8 dentro del cine experimental, nuevo soporte en su manifestación. “Me abandono a la intuición, a la energía propia de la imagen. Ésta surge en la tela como una aparición. Muchas veces las obras se adelantan a la comprensión de su creador. La creación no se aviene con la prisa. No se necesita ser entendido sino sabio”, dijo Dávila en 1976.
“La obra es tiempo, repetía papá”, recuerda Alejandro. Ana Gallardo, Juan Lecuona, Liliana Golubinski son algunos de los artistas que pasaron por su taller, primero en Talcahuano al 800, y a partir del 79 en Ecuador 481. En los departamentos A y B, con 300 metros cuadrados, funciona hoy una especie de museo, donde se pueden ver las obras de Dávila, de lunes a viernes de 10 a 18. La mitad de la casa funciona como la galería de arte que lleva adelante Alejandro hace casi tres décadas, Sasha D, que tiene sedes en Córdoba y en Affair, en Galerías Larreta.
“Lo que yo más admiro es su pasión y su compromiso -insiste Alejandro-. Siempre hablaba de que la vida para él era pensamiento visual. Hoy vivimos épocas en las que estamos todos muy apurados. Nos cuesta pensar. Él siempre supo que el arte es tiempo. Cuando era chico, mis compañeros de colegio se burlaban de los monstruos que pintaba mi papá. Hoy entendemos la importancia de la neofiguración. Me decía que guardara su obra por veinte años, porque en aquel entonces sufría críticas. Escribió entonces algo que recuerdo bien: la gente tiene pereza para mirar”
Para agendarTercer orden. Casa Nacional del Bicentenario (Riobamba 985). Hasta el 27 de noviembre, con entrada gratuita.