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Milei siente que se adueñó de la verdad

“Los 10.000 terroristas que echamos el año pasado. ¿Sabés cuántos llevamos echados este año? El año pasado, 10.000; este año ya llevamos 20.000”, señaló el presidente Javier Milei en u...

“Los 10.000 terroristas que echamos el año pasado. ¿Sabés cuántos llevamos echados este año? El año pasado, 10.000; este año ya llevamos 20.000”, señaló el presidente Javier Milei en una entrevista concedida al periodista Luis Majul. No es la primera vez que el Presidente responde con datos e indicadores absolutamente falsos, hasta podríamos decir que muchos de ellos son “incomprobables” porque este tipo de estadísticas se validan en organismos oficiales. La Dirección Nacional de Migraciones ya informó que el año pasado fueron deportadas solo 772 personas, muchas ligadas a delitos de narcotráfico, agresiones sexuales u otro tipo de delitos comunes. Ninguna bajo la figura de terrorista. Además, si fuese cierto, se abren varios interrogantes ineludibles. En un país donde el único presupuesto que creció bajo el dogma “no hay plata” es el área de Inteligencia, la SIDE, ¿por qué no se preguntó cómo podría impactar en el país que en menos de dos años 30.000 terroristas intentaran ingresar o ingresaran a la Argentina? ¿Nadie investigó de inmediato a qué organizaciones terroristas pertenecen? ¿qué tramaban con su llegada al país? Ni el vocero presidencial, Adrián Ravier, pudo sostener o explicar el dato con un mínimo de coherencia.

Parece poco probable que un país reciba tantos terroristas en tan poco tiempo sin que haya sonado alguna alarma de seguridad internacional. La última vez que se registró un ingreso de terroristas en grandes cantidades a un país sucedió el 7 de octubre de 2023, cuando aproximadamente 6000 miembros de Hamas y otros grupos armados cruzaron desde la Franja de Gaza al sur de Israel, dejando 1195 muertos, 3400 heridos y 350 secuestrados. Además, el recuerdo de los dos atentados ocurridos en los 90 en la Argentina, el de la embajada de Israel (1992) y el de la AMIA (1994) son antecedentes demasiados dolorosos como para banalizar el término “terrorismo”. Ningún líder político, mucho menos un jefe de Estado, debería utilizar esos términos y calificaciones de modo tan imprudente.

Es muy difícil entrar en los debates que propone el presidente Milei, porque en la misma entrevista dijo: “los indicadores están arrojando cualquier cosa”, para negar una inminente “recesión técnica”, como la llaman los economistas. Milei ya había señalado, cuando asumió el cargo, que estábamos frente a una inflación proyectada del 17.000% anual, algo que no figuraba en ninguna proyección seria. También declaró sucesivamente que había sacado a entre 10, 11, 13 y hasta 15 millones de personas de la pobreza, de una semana a otra, de acuerdo a la frecuencia con la que otorgaba entrevistas. Ninguno de esos datos responde a la realidad. Tampoco parece serlo el sostener en Wall Street que el consumo está alto, en niveles históricos, desafiando la realidad cotidiana de los mismos consumidores. Y estas son solo algunas de otras tantas expresiones públicas.

Pero el problema no es solo debatir sí hay o no recesión o un punto más o menos de inflación, sino que la máxima autoridad política del país sostenga que “los indicadores mienten o no miden la realidad con certeza”, lo cual siembra dudas sobre todos los datos oficiales respecto de la inflación, la pobreza, el desempleo, el crecimiento, entre otros. Lo más curioso es que solo un rato después de decir eso, reposteó un tuit en la red social X del empresario Elon Musk, que señalaba: “la inflación mensual de Argentina pasó del 25,5 % en el primer mes de Milei al 1,7 % en agosto de 2026”, en tono celebratorio. Milei dijo: “Fenómeno barrial. A sacar del medio, muchachos. Ciao”, ¿Cómo? ¿ahí sí los indicadores oficiales están bien y no miden cualquier cosa? Parece que sí, porque se trataba en ese caso de un indicador conveniente. Con estos modos y datos fácilmente identificables -que lo exponen como alguien o mal intencionado o, como mínimo, mal informado- el presidente Milei incorpora un nivel de precariedad intelectual asombroso al debate político. Y, lo que es peor, habilita a cualquiera a decir cualquier cosa, porque pierde su autoridad política para desmentir otras barbaridades que dicen otros con mala intención, que nunca faltan.

Existen muchas declaraciones de Milei donde parece directamente librar una dura pelea contra la verdad, pelea que cree va ganando. Esto genera un problema institucional y moral para la vida pública argentina: no solo por convencimiento, sino por imposición, el jefe de estado decide por todos nosotros lo que es verdad y lo que es mentira, y los argumentos necesarios para respaldar esas expresiones pasan a un tercer o cuarto plano.

Hoy debatir sobre política, datos, acciones u omisiones ligadas a la vida pública ya no aporta mucho a la conversación pública de la que se nutre cualquier gobierno democrático, porque Milei se siente con el derecho de decidir quién miente y quién es sincero. Desconoce los matices y cree que la palabra, su palabra, es sinónimo de la verdad, por eso se crispa, desborda o insulta cuando lo critican o lo contradicen. No dialoga, grita, impone, hasta con los propios. Muy poco “liberal” su comportamiento: el liberalismo está parado en las antípodas de esos modos de conducta.

El filósofo Fernando Savater supo describir este tipo de personalidades con poder. Decía hace unos años: “La buena convivencia está hecha de transacciones, el lubricante de las relaciones sociales es la capacidad de escuchar y de ceder. Las personas que siempre tratan de imponerse y no ceden nunca, o viven solos o tienen esclavos, pero es imposible que participen de la convivencia”. Desnuda ahí el gran problema de la personalidad del Presidente: no se siente cómodo en el rol de convivir con otros, no le gusta escuchar, y solo piensa en laudar cada debate decidiendo que la verdad se encuentra solo con sus ideas. Y si es necesario, las defiende con números y datos que muchas veces no se condicen con la realidad.

Milei ya nos demostró que se siente con autorización social para decir lo que le venga a la mente, en cualquier momento. El problema pasa a ser de la gente, que observa cada vez más impávida ante estas manifestaciones presidenciales, que van expandiéndose en el terreno de la intolerancia. Le será muy complicado volver desde allí. A la sociedad también.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/milei-siente-que-se-adueno-de-la-verdad-nid01102026/

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