Niña Pastori: su presentación delante de León XIV, el recuerdo de Juan Pablo II y la comida argentina que extraña y no consigue en España
En una de las fotografías promocionales de su nuevo álbum, Color Fania, se ve a Niña Pastori sonriente mientras con su mano derecha acerca la púa al vinilo que está girando en una bandeja. Al ...
En una de las fotografías promocionales de su nuevo álbum, Color Fania, se ve a Niña Pastori sonriente mientras con su mano derecha acerca la púa al vinilo que está girando en una bandeja. Al costado se puede observar la tapa del vinilo Indestructible, aquel que en 1973 grabó Ray Barreto. Imposible de confundir porque es ese donde se ve una foto del salsero mientras se quita los anteojos y desprende los primeros botones de la camisa, donde se deja ver debajo un traje de Superman. La historia de esa foto y de ese disco bien vale otra nota. Ahora lo curioso es aquella pieza del sello Fania en manos de la cantaora flamenca.
Sucede que aquella Niña, hija de un payo y de la gitana Pastora, comenzó de muy chica a despuntar el vicio de las artes musicales del flamenco. Se hizo famosa, cruzó las fronteras de España, atravesó los mestizajes de la música, interpretó repertorios propios y ajenos y en el último tiempo se embarcó en un proyecto interesante, que tuvo su sede al otro lado del Atlántico, a mediados de la década del sesenta. En Nueva York, Johnny Pacheco y el empresario Jerry Masucci crearon el sello discográfico Fania para editar el trabajo de artistas latinos. De allí surgió el termino salsa, como aglutinante de distintos ritmos del Caribe, especialmente de Cuba. Y fue el lugar de encuentro de discos de artistas que terminaron siendo muy famosos: Héctor Lavoe, Willie Colón, Tito Puente, Celia Cruz, Rubén Blades y Cheo Feliciano, entre muchos otros.
Aggiornado a estos tiempos, Pastori evocó ese sonido y lo cruzó con la música de su Cádiz natal. En el repertorio hay tanto clásicos de España como grandes éxitos publicados por Fania.
Conviven los hits de Rubén Blades (“Plástico”, “Ligia Elena”) con los de Tite Curet (”Me voy ahora", “Periódico de ayer”) y Manzanita Heredia. Hasta las cuestiones de género que, décadas atrás, se veían de otro modo, pero aparecen en clásicos como “El gran varón”, de Omar Alfanno (aquella que supo popularizar la orquesta de Willie Colón).
“Yo creo que Fania es una genialidad en todo sentido”, dice la Pastori, desde Andalucía, a poco de haber comenzado una gira veraniega por España, con las canciones de su nuevo álbum.
“Es una genialidad por los artistas, por los repertorios y los arreglos musicales. Cada vez estoy más contenta de haber elegido este proyecto, que tiene salsa con su fuerza, su alegría, su energía, y el estilo mío, que es el flamenco. Creo que combinan muy bien”.
Hay una frase que se utilizó para promocionar el álbum que llama la atención: “Un proyecto que conecta dos orillas, dos historias y un mismo pulso porque como la propia artista resume: ‘Este disco no es un experimento, es una conversación entre mis raíces y las de toda una América que siempre nos ha mirado de frente’”.
¿Acaso el último comentario surge porque hay quienes miran de frente y quienes lo hacen de costado o por encima del hombro? “A nosotros siempre nos decís la Madre Patria, pero para nosotros, vosotros también lo sois. Porque la verdad es que toda América Latina es increíble y, a nivel musical, es una barbaridad todo lo que tiene. Artistas en general, músicos, gente genial. Cuba es una locura. Lo mismo Puerto Rico o Colombia y en tu país, la Argentina. Y creo que sí, que nos miramos de frente. Y en cuanto al arte, muchísimo más. Tenemos mucho más en común de lo que creemos. Me pasó con Sole y con Lila cuando hicimos el proyecto Raíz . De la chacarera a los tanguillos de nosotros, hay un montón de estilos, géneros o palos musicales que tenemos en común. Por eso creo que en este proyecto no hay mezcla porque sí, tampoco es un homenaje. Es un agradecer la existencia de Fania y de sus artistas. Porque hoy estamos a falta de ciertas cosas, de canciones de verdad que tengan letra, melodía y mensaje. No digo que no haya cosas buenas, pero estamos a falta. Sacan muchas cosas a la ligera que duran dos minutos en la calle. A los dos minutos ya lo hemos escuchado un montón y ya nos hemos cansado y no perduran en el tiempo. Y canciones como “Plástico” son de total actualidad. Esa canción tiene 48 años. Rubén Blades la grabó el mismo año que yo nací. Ese señor estaba a años luz, muy adelantado a su tiempo. Ahora estamos viviendo todo eso de lo que él habla con todo el tema de las redes sociales, las niñas jovencitas, la imagen, los filtros, el querer aparentar, que todo es bonito, que estamos felices.
-Seguramente hay muchas cosas bonitas y otras no tanto. Conectemos esto con las veces que cantaste, primero para Juan Pablo II y más recientemente para León XIV...
–La verdad es que el Papa demostró en su reciente viaje aquí, a España, muchas cosas bonitas y yo destacaría la que yo viví. Fue la de acercarse a Cáritas, en un barrio súper humilde, donde hay gente que no tiene techo. Él se metió en ese barrio tan humilde. Canté a... nada. A dos metros de mí estaba. Y pude ver sus ojitos, mirando a la gente, a los niños. La experiencia anterior fue hace 23 años. Fue diferente. Había un millón de personas. La gente se unía con el cielo, era como un mar. Y no había ruido cuando canté, solo silencio.
-¿Cómo ves hoy a la cantaora de 23 años atrás o, incluso, más, del comienzo de tu carrera?
-Bueno, tengo mucho que ver con esa niña. Tengo muchas cosas parecidas. Otras espero haberlas cambiado y haberlas mejorado. Pero esas cosas que son como el color de nuestros ojos, esas son las que nunca cambian. Creo que el corazón de uno y la forma de sentir y de ser no cambian. Por más palos que te den en la vida, por más dura que la vida sea, a veces hay cosas que no cambian, que van con nosotros siempre.
-Ahora vas de gira por España. ¿Vendrás a la Argentina más adelante?
-Me encantaría. Tengo muchas ganas de comer chinchulines. Porque aquí no hay. Bueno, los debe haber porque a veces hablo con algunos argentinos que me dicen que los consiguen. Pero no es tan fácil. Aquí, donde yo vivo, había un restaurante de argentinos con una carne exquisita y unas mollejas impresionantes. Y traían chinchulines.