El lugar de Peter Thiel en la cultura contemporánea es absolutamente singular. A diferencia de otros capitanes de Silicon Valley, Thiel no viene de una startup en un garaje. No tiene la mística de la revolución nerd que caracterizó a Steve Jobs y Wozniak, los fundadores de Apple, o la dupla de Google boys. No es el Zuckerberg primigenio codeando en soledad las primeras líneas de lo que sería su producto estelar en su dormitorio de la universidad; Thiel no es esa clase de monje ermitaño secular del software. Hasta Jeff Bezos dejó su carrera corporativa para encerrarse a programar en su garaje de Seattle la que sería su bestia del consumo, Amazon. Pero en Peter Thiel no hay garaje: hay biblioteca.
En efecto, desde el principio Thiel fue un pensador en Silicon Valley, no un músculo; un filósofo entre ingenieros y matemáticos. El filósofo Peter Sloterdijk se refirió a él como un “filósofo rey” contemporáneo, y esta definición no es exagerada. Formado en filosofía, Thiel se dedicó a construir un imperio digital que lo volvió un pilar de Silicon Valley; y su ambición real es nada menos que reinventar (y a su manera, conducir) el proyecto político de Occidente. Si Elon Musk pone el rumbo hacia Marte, porque cree que el futuro de la civilización humana radica en volverse una especie extraplanetaria, Thiel está más preocupado por ordenar y establecer las reglas de juego del parque humano, de esa civitas que queda en el Tierra.
Por formación, Thiel se acerca más a los intelectuales previos a la revolución industrial, cuando los diplomas en humanidades (y teología) eran los caminos habituales de la ambición cerebral. Thiel se gradúa en filosofía y derecho en Stanford; como un Diderot o un Voltaire, emprende sus primeras fintas contra el statu quo fundando una revista (la conservadora Stanford Review) y publicando ensayos sobre figuras más o menos oscuras como Leo Strauss.
Peter nace en Frankfurt en 1967, en el seno de una familia de clase media profesional. Al año siguiente la familia se muda a Ohio, en Estados Unidos; su padre es ingeniero químico en la industria minera, la familia se muda según los trabajos que consigue. En 1969 vuelven a cruzar el Atlántico, esta vez a la Sudáfrica del apartheid, donde Peter hará la escuela primaria cambiando de colegio por lo menos cinco veces. Viven dos años en Swakopmund, un enclave costero de Namibia, donde las clases son en alemán, los niños van uniformados y se los castiga pegándoles con palos en las manos. Comienza a alimentar su desprecio por toda forma de autoritarismo. Lo describen como un niño solitario, retraído; crece ajeno a los grupos de amigos, a los sentimientos gregarios. Peter desconoce las felicidades del consenso, de ese extra psicológico de sentirse arropado por compartir la misma opinión que los demás; se convierte en un “contrera” natural. La familia se asienta en California, donde los Thiel se vuelven fans de Nixon y Ronald Reagan.
Peter se apasiona con el ajedrez, deviene un jugador excepcional. Desarrolla un estilo intenso y despiadado y, en la rara ocasión en que pierde, pierde también el control y hace volar el tablero en pedazos. Juega torneos mientras busca plata para que inviertan en Confinity (la compañía que más tarde sería Paypal). Toca timbres de gente conocida, a ver si quieren ser sus “inversores ángel”: uno de ellos es Ed Bogus, un músico de San Francisco que conocía del mundo del ajedrez competitivo. Thiel le empieza a explicar de qué va la compañía, pero Bogus lo interrumpe y le firma un cheque al instante. Está seguro de que alguien que juega ajedrez con la agresividad y celo de Thiel tiene que ser espectacular en los negocios. Confinity crece, Elon Musk se suma; Paypal es adquirida por Ebay con Thiel como CEO; Thiel amasa su primera fortuna.
En agosto de 2004 Thiel entra como inversor ángel en el proyecto insignia del tardocapitalismo: Facebook, la máquina que moldearía buena parte de la vida contemporánea en las redes sociales. No sólo era una oportunidad de negocios, era la aplicación de las tesis de su teórico favorito, René Girard, condensada en código. Apuesto a la mímesis, comentó Thiel.
Cuando vio el botón “me gusta”, Thiel le habló a Zuckerberg de Girard, de cómo la mímesis es una máquina de deseo infinita. La teoría de Girard asume que los humanos deseamos desesperadamente: sólo que no sabemos qué desear. Nuestro deseo es mimético, lo modelamos según lo que los otros desean; esta dinámica engendra espirales de dobles que rivalizan por los mismos objetos de deseo, lo que desencadena olas de “violencia mimética”, que eventualmente convergen sobre una víctima sacrificial. (Como un Freud católico y francés, Girard lee estas dinámicas en la literatura más diversa: mitos, cosmogonías, Shakespeare y la Biblia.) Thiel entendió rápidamente que Facebook explotaba precisamente esa vulnerabilidad humana descrita por Girard; era un hack a la especie.
Las redes sociales podrían actuar como canalizadores de esa violencia mimética; Facebook ha sido, por ejemplo, el canal eminente para realizar linchamientos mediáticos, las formas contemporáneas del asesinato en masa (tema crucial en Girard). El deseo contrae la violencia, en un fluido interminable, como ese “imperio sin fronteras” que fascinaba a Zuckerberg desde que leyó la Eneida de Virgilio en sus días en el colegio. La película The Social Network no le hace justicia al personaje de Thiel: lo retrata como un blanquito corporativo genérico, cuando más bien se trata de un punk erudito del capital.
Cuando Thiel apoyó a Trump en su campaña presidencial de 2015, el mundillo de Silicon Valley puso los ojos en blanco. ¿No era Trump contrario a la cultura de apertura y libertad que pregonamos, a los flujos libres de información y capital que se encuentran en la base de nuestras fortunas? En un rally, Thiel declaró que estaba orgulloso de ser gay, inmigrante y republicano frente a la multitud trumpista; un subconjunto selecto. Apuesta a que la mímesis haga su magia en torno a él; su método es destilar sus opiniones de la manera más acerada posible, en la creencia de que quienes piensen como él lo seguirán. Diez años después, en la reelección trumpista, todo Silicon Valley, entre ellos Zuckerberg y Bezos, se amontonaron para besar el anillo feroz del zar Trump.
Con Trump, Thiel entra de lleno en el proyecto en el que trabaja hace más de veinte años: la construcción de las herramientas para empoderar un hegemon, una potencia del siglo XXI. Podemos datar ese inicio en la caída de las Torres en Nueva York, en 2001; el 11 de Septiembre lo desvela, y al poco tiempo escribe el ensayo El momento straussiano. La faz de la guerra le revela el carácter del enemigo, y con él, el del bando al que pertenece. Cuando se pelea contra hombres dispuestos a morir por su dios, carecer de Dios es una debilidad. Es la hora de la teología política.
Para Thiel, el gran peligro que acecha a las democracias liberales ante un escenario de riesgo global (como el cambio climático, o un Armagedón generado por la Inteligencia Artificial, o una conflagración nuclear) es la unificación global. Porque, en una situación así, la gente le entrega sus derechos y destinos a aquel que pregona ser capaz de salvarlos a todos. Esa figura salvífica sería el Anticristo, caracterizado por un discurso buenista con ínfulas de superioridad moral. Por este motivo, Thiel ubica a Greta Thunberg como el ejemplo perfecto de ese Anticristo, entre otras figuras de la izquierda que podrían encarnar este orden unificado abominable.
El Anticristo sería este Estado global, que decide por todos; un experimento similar al que tuvo lugar durante la pandemia, cuando un estado de excepción extraordinario se expandió por el planeta. En esto, Thiel sigue a Carl Schmitt, que temía la “unificación satánica del mundo”. Para evitar el advenimiento de este Estado buenista global “que te cuida”, al que tenés que entregarle tus derechos, es importante apostar por la construcción de hegemonías regionales independientes. Ahí está su apuesta por la administración Trump, vertebrada por su compañía Palantir.
Schmitt escribe: “La historia cristiana del mundo solo tiene sentido si existe en cada época una fuerza concreta que retiene el caos, que impide la disolución del orden y retrasa el fin”. Está leyendo a San Pablo, que habla de que “el misterio de la iniquidad ya está actuando”, pero alguien lo retiene todavía. El que retiene sería el katechon, la figura política de resistencia ante el caos, ante la disolución, ante el advenimiento de ese orden universal (que Thiel y Schmitt definen como lo nefando). No trae el bien: sólo retrasa el mal. Una figura humilde en este contexto de lucha contra el fin del mundo.
Thiel también se pliega a Schmitt en su crítica a Silicon Valley. Thiel dice: el mundo se ha perdido en pequeñas guerritas comerciales, sin horizontes verdaderamente ambiciosos. Esos hombres sin dios que están programando en sus garajes necesitan espabilarse. “Soñábamos con autos voladores, y tenemos tuits de 140 caracteres”: eso que pasa por innovación es fútil, no es ingeniería real. Sufren lo mismo que sufre la ciencia: una posición amoral, de construir por la belleza de la construcción, y no en pos de un ideal superior, o inspirados por un hegemon (la musa de Palantir es claramente el Estado). Y aquí Thiel hace un argumento que recuerda a los discursos del arzobispado argentino en 1910: es importante que las masas accedan a beneficios económicos, si queremos mantener la riqueza de la élite. El pueblo se volverá contra aquellos que, amasando fortunas que supuestamente “cambian el mundo”, no traduzcan esas creaciones en beneficios concretos para las masas. Tener mail gratis no es suficiente. Thiel comprende por qué hay un giro a la izquierda, o por qué ganó Mamdani en Nueva York: porque la sostenida falta de acceso al capital (lo que aqueja a los jóvenes) produce fantasías comunistas.
¿Cuál será el bienestar económico mínimo necesario para mantener a Milei en el poder? ¿Podrá Milei retener en sí el caos e impedir la disolución? ¿Cuál será la ruta de acceso al capital para los habitantes que vuelva a la Argentina viable, en ruta sostenida al crecimiento? Thiel vino a la Argentina a hacerse las mismas preguntas que millones de argentinos. Acostumbrado al nomadismo desde niño, Thiel se suma al turismo ideológico con una perspectiva planetaria, donde todo rincón puede ser un futuro posible ante el caos de lo desconocido. Con Thiel, Argentina entra en el juego Monopoly del Armagedón: es un lugar en el horizonte de los futuros posibles. Comprar una propiedad en Buenos Aires podría volverse el último grito en inversiones teológicas, un estilo para diversificarse en el globo, una estrategia consciente ante un posible Armagedón futuro. ¿Encontrará Peter Thiel su destino sudamericano?