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Por qué las mujeres de antes se casaban de negro

Vaporoso, minimalista, recargado, sencillo, con o sin cola, con o sin encaje, con o sin tul, el vestido blanco es sinónimo de novia. Sin embargo, en Occidente, hasta bien entrado el siglo XIX, las...

Vaporoso, minimalista, recargado, sencillo, con o sin cola, con o sin encaje, con o sin tul, el vestido blanco es sinónimo de novia. Sin embargo, en Occidente, hasta bien entrado el siglo XIX, las novias se vestían de distintos colores. La moda del blanco comenzó con el casamiento de la Reina Victoria, que se animó a un ostentoso vestido níveo, nada habitual para la época. Pero no todo lo que brilla es blanco y, si se hurga entre los antiguos álbumes familiares, se pueden encontrar imágenes de antepasados posando con gesto adusto, él de riguroso traje negro… y ella también.

¿Por qué estas novias vestían de negro? ¿Se anticipaban a un matrimonio aciago? ¿Pertenecían a una hermandad secreta de novias oscuras? ¿Estaban de luto? ¿Seguían una moda? La respuesta, si bien es compleja, estaría cerca de las últimas dos hipótesis.

Blanca y radiante

Aunque nuestra percepción contemporánea indique lo contrario, el uso del vestido blanco en las bodas es relativamente reciente. Hasta entrado el siglo XIX las novias usaban trajes de colores, cuyas piezas volvían a utilizar en otras ocasiones.

Laura Zambrini, titular de la cátedra de Sociología en la carrera de Diseño de Indumentaria y Textil de la UBA, explica la variación de los vestidos a lo largo de la historia: “Es interesante pensar en el traje de novia desde el punto de vista de los géneros, ya que es en la prenda femenina donde podemos encontrar los matices. El traje del novio no ha tenido tantos cambios. La sociedad va cambiando la mirada y las expectativas sobre el mandato hacia las mujeres: ahí están los roles de la esposa, de la madre y lo que se espera ellas”. El vestido blanco entra en este concepto: “está relacionado con los discursos morales sobre los cuerpos femeninos, la lectura que hay de la pureza detrás del blanco y ese imaginario de lo angelical detrás del vestido de novia.”

Aunque los vestidos blancos se utilizaron antes en algunas ocasiones, hubo un hito que cambió la historia. El 10 de febrero de 1840, la reina Victoria del Reino Unido se casó con su primo el príncipe Alberto de Saxe-Coburgo y Gotha. En su boda tuvo la osadía de llevar un vestido blanco, toda una marca de lujo y ostentación, ya que era muy costoso llegar a ese tono con los procedimientos de la época y además no era posible lavarlo. Los materiales, sin embargo, se conservaban y se destinaban a otros usos: cuando murió la reina, en enero de 1901, fue enterrada con su velo de boda sobre el rostro.

Patricia Raffellini, museóloga, magister en gestión cultural y docente en la cátedra de Historia del Traje y Desarrollo Textil de la UADE, explica la importancia de estas vestimentas: “La moda es la punta del iceberg de una realidad social. Hay que pararnos en la cultura y el consumo del siglo XIX y comienzos del siglo XX. A pesar de que ya existía la industrialización y la venta en grandes tiendas departamentales, las prendas se transmitían de generación en generación, y era un honor lucir materiales heredados. La ropa contaba una historia, transmitía una tradición, un pasado”.

Los vestidos de novia podían utilizarse en otras ocasiones, y luego se legaban a la familia o se donaban para distintas causas, ya sea el traje completo o las telas, encajes o materiales. “Cuando se trataba de una prenda muy importante –agrega– se donaba para darle otro uso, ajuares de niños, manteles de iglesia, era un regalo muy preciado que se convertía en otro objeto muy preciado, el consumo no era de un solo uso como ahora.”

Con respecto al color de los vestidos, aclara: “Hasta la década del 20 el blanco siguió siendo una excepción en las bodas. Estaba reservado para las presentaciones en sociedad de las jóvenes que iban vestidas de blanco o rosa a los grandes bailes que surgen en el siglo XIX, cuando se reorganiza el mundo moderno. El casamiento tenía un carácter social más privado, podías usar un traje negro con un importante velo capilla en blanco”.

Victoria no fue la primera soberana en casarse de blanco, pero fue quien dio el puntapié inicial. Los vestidos blancos de boda reaparecerían tímidamente en la década de 1920 y se instalarían hacia 1950, con la cultura de masas y la aparición de figuras públicas como Jackie Kennedy o Grace Kelly enfundadas en lujosos atuendos. El mundo comenzaba su recuperación después de la Segunda Guerra Mundial y los diseñadores utilizaban telas más costosas y modelos más exclusivos.

“El vestido blanco cobra más fuerza en el siglo XX con el desarrollo de la cultura visual en las publicidades, las revistas, las películas, estos imaginarios se expresan también en la moda, por eso nos cuesta hoy pensar en una novia vestida de negro. Nuestra mirada está muy atravesada por la visualidad del siglo XX”, afirma Zambrini.

Luto y encaje

Lejos del imaginario del vestido blanco, muchas familias atesoran fotos de sus abuelas o bisabuelas ataviadas de negro, color más compatible con el luto que con la celebración.

Para Laura Zambrini existen dos razones por las cuales las novias se vestían de negro: “La primera es el luto: era muy común que las mujeres al momento de casarse respetaran luto por la muerte de algún familiar cercano. La segunda tiene que ver con las diferencias sociales: el vestido negro permitía que la prenda se reutilizara, a veces era una falda y una chaqueta que luego podían tener otros usos. Además, era más económico, el encaje negro, por ejemplo, no era tan costoso como las telas blancas”.

Las mujeres solían tener vestidos negros en su guardarropa, que eran piezas consideradas elegantes para distintas ocasiones. “En aquella época –explica Patricia Raffellini– no estaba mal casarse de negro y sacarse la foto elegante con los accesorios blancos: la mantilla, los guantes y el arreglo con flores de azahar que se consideraban símbolo de pureza.”

A estas tradiciones se suma un hecho histórico que marcó la segunda mitad del siglo XIX. El 14 de diciembre de 1861, tras 20 años de matrimonio y nueve hijos, la reina Victoria quedó viuda. Alberto falleció en el Castillo de Windsor a los 42 años, y ella, devastada, llevó un luto estricto hasta su muerte, cuarenta años después. La moda se tiñó de negro.

Según Raffellini, “la reina creó una fortaleza a partir de ese código de respeto y de luto enmarcado por la Belle Epoque. El ceremonial y el protocolo que se fue creando en esa etapa del siglo XIX, después de las revoluciones industriales, rompe con el modelo anterior y emerge uno nuevo, un luto específico. Las grandes tiendas montan departamentos enteros dedicados al luto: ropa, accesorios, y hasta joyas de luto. El azabache pasa a ser la piedra favorita de la reina Victoria”.

La corte inglesa también adoptó el color negro, que se expandió luego a todo el reino y al mundo occidental. Nuestro país no fue ajeno a esta tendencia, donde llegaba de la mano de las clases altas que viajaban a Europa, o de los grandes comisionistas de alta costura que llegaban a Buenos Aires, una capital que estaba creciendo, donde existía una movida de grandes bailes y visitas de personalidades.

El vestido negro había entrado en el guardarropas, en las bodas solía utilizarse acompañado por accesorios blancos.

El eterno retorno

La vestimenta en la primera mitad del siglo XX era más austera por la carencia de dinero y materias primas: “Antes había un dinamismo en la indumentaria –sostiene Patricia Raffellini. La ropa se repetía, podías cambiar los guantes, que era lo que más se ensuciaba, y los sombreros que iban cambiando el estilo. El equilibrio estaba anclado en una tradición, la ropa contaba su historia”.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, con la recuperación económica y el auge de la cultura de masas, el consumo se inclinó hacia modelos ostentosos y de un solo uso que ponen en jaque la sustentabilidad. No obstante, se están comenzando a producir diseños para satisfacer a un nicho específico de consumidoras cada vez más preocupadas por el impacto ambiental: “Algunos diseñadores actuales proponen vestidos con otras características –agrega Laura Zambrini– , no son nada baratos, pero se está trabajando para reducir el impacto en el planeta, mejorar las condiciones laborales de producción, y combatir los imperativos de la delgadez y juventud que se cuestionan en el ámbito de la moda.”

Además de estas innovaciones, en los últimos años reaparecieron algunos vestidos negros en las pasarelas de la mano de nuevos diseñadores, aunque la tradición sigue pisando fuerte. “Se ha construido todo un negocio y una puesta en escena alrededor de la boda y de las fiestas 15 que aún se mantienen. Es interesante pensar la evolución del vestido de novia en diálogo con los movimientos feministas porque se trata de uno de los ritos más tradicionales. Estamos en un momento de mucho cambio, en el que lo viejo no se termina de ir y lo nuevo no termina de llegar”, concluye Zambrini.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/bodas-por-que-las-novias-de-antes-se-casaban-de-negro-nid12062021/

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