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Sexo, sangre y cinefilia: cómo Gillian Anderson y Hannah Einbinder reinventan el terror de los 80

“¡Nosotros somos la película y es Pequeña Muerte quien tiene el corte final!”, grita desesperada Kris (Hannah Einbinder) a sus productores, en una reunión de Zoom improvisada cerca de la fr...

“¡Nosotros somos la película y es Pequeña Muerte quien tiene el corte final!”, grita desesperada Kris (Hannah Einbinder) a sus productores, en una reunión de Zoom improvisada cerca de la frontera con Canadá. No es casualidad que esté allí, en el helado noroeste del Pacífico: Kris es una joven cineasta con una prometedora ópera prima que ha conseguido su oportunidad en el mainstream. Su misión consiste en revitalizar ‘Campamento Miasma’, una franquicia del terror de los 80 y 90 con una vuelta de tuerca contemporánea que sacuda los arquetipos misóginos y transfóbicos de las versiones originales. Para lograrlo se ha aventurado a las inhóspitas locaciones de la primera película de la saga, un campamento en el medio del bosque donde hace tiempo se ha recluido su mítica ‘Scream Queen’, Billy Presley (Gillian Anderson).

Sin preámbulos, Kris ha decidido volver al origen, al lugar de las muertes y la sangre, al fondo del lago, al encuentro con Pequeña Muerte antes de su aparición en el Campamento Miasma, al grito de horror de Billy Presley en el mismo instante de los asesinatos. Volver al comienzo es el único camino para darle al género una vida más después de tantas secuelas y derivas cancelables. O por lo menos así es como Kris busca ganarse un lugar en Hollywood y conquistar su propio corte final.

Presentada fuera de competencia en el último Festival de Cannes y próxima a estrenarse en salas este jueves para luego ir a la plataforma Mubi, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma podría pensarse como uno de esos juegos de ‘cine dentro del cine’ al que el terror nos tiene acostumbrados. Sin embargo, la directora Jane Schoenbrun explora la exégesis del slasher desde una premisa inusual: un pastiche que tiene tanto de parodia de aquello que amamos como de relectura de nuestra propia condición de espectadores.

Y para ese juego que cruza una y otra vez las barreras que separan lo real de la ficción, las actrices Gillian Anderson y Hannah Einbinder conversaron con LA NACION sobre el proceso de gestación de la película, los dilemas que propone el terror como género en el cine contemporáneo y los desafíos que implica revisitar viejas franquicias de décadas pasadas e intentar refundarlas bajo una mirada crítica y en sintonía con nuestro presente.

“He visto cine de terror en mi adolescencia. Creo que la primera película de terror que recuerdo haber visto fue Silent Hill , cuya experiencia me resultó aterradora”, comienza Hannah Einbinder, actriz y comediante de la serie Hacks (HBO Max), a propósito de su debut en la pantalla grande. “Luego he sido fan de varios de los clásicos de los 90, pero la experiencia de acercarse al terror hoy, como adulta, implica siempre un proceso de desmitificación. Implica pensar al terror en su capacidad para dar carnadura a miedos y ansiedades de una época, que los exorcizamos poniéndolos allí, sobre la pantalla. Y como actriz, la experiencia me exige ver las costuras del cine, saber que la sangre tiene sabor a menta, que más allá del encuadre hay un operador parado con un micrófono, y entonces, a la hora de actuar, esa conciencia rompe la experiencia del espectador de género y ofrece un distanciamiento que es importante para la interpretación”.

El comienzo de un viaje

Ante la promesa de financiar un reboot de ‘Campamento Miasma’ en versión post #MeToo, Kris decide ir en busca de la primera ‘final girl’ de la saga, quien puede sugerirle alguna idea para refundar una historia que terminó desgastada por tantas secuelas. Su viaje al norte nevado culmina en el boscoso campamento donde Billy Presley se mantiene alejada del mundo, como si Norma Desmond de Sunset Boulevard (1950) hubiera quedado atrapada en un slasher gótico que recrea una y otra vez en sus helados aposentos. Olvidada por los fans de la saga, relegada por los estudios, alejada del cine y las luces de Hollywood, Billy habita en un territorio irreal, materia de su propia ficción.

“He tenido horribles experiencias viendo películas de terror cuando era chica”, cuenta divertida Gillian Anderson, actriz que ha conquistado su propia legión de fans desde la serie televisiva Los expedientes secretos X. “Sin embargo, estuve involucrada en varias series y películas de terror , y encontré un lugar desde donde pensar ese material, que siempre me ha parecido interesante más allá de no considerarme una habitual espectadora. Creo que es un género vital, en permanente transformación, y Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es una película que me permitió verlo desde una distancia que no me había planteado en el pasado”.

La historia de ‘Campamento Miasma’ no dista demasiado de los clásicos que dieron cuerpo al género en los 80 y que luego fueron desgastados por tantas secuelas y derivaciones en décadas posteriores. Al igual que en Halloween o en Martes 13, la sexualidad juvenil y la transgresión moral motivan la emergencia de los crímenes seriales. El campamento Miasma es un lugar de encuentro para un grupo de adolescentes donde la tímida ‘final girl’ que interpreta Billy Presley encontrará su debut sexual y también las salpicaduras de una matanza sanguinaria. El villano de turno es Pequeña Muerte, víctima y victimario, ahogado en el lago por su condición queer y renacido de allí con una prominente máscara cuadrada con forma de rejilla y una erecta lanza que empala a quien se cruza en su camino.

Eufemismos sexuales, mares de sangre y vísceras, identidades en transformación son los tópicos que aquella saga noventosa retrataba con pulso maniqueo y que Kris y Billy intentarán reformular desde la propia magia de su encuentro. “La química entre Gillian y yo surgió naturalmente”, reflexiona Einbinder. “De hecho, tanto ella como yo somos partidarias de la idea de que esa conexión a veces se da y otras no, y a menudo las razones no pueden establecerse. Ambas nos preparamos individualmente para encarnar a los personajes, pero desde el momento en que estuvimos juntas en el primer ensayo, fue evidente que todo se desarrollaba de manera fluida, que nos entendíamos a la perfección”.

Cinefilia y extravagancia

La directora Jane Schoenbrun combina un estilo visual colorido y artificial, heredero del giallo y con algunos toques camp, con cierto gusto por las “set pieces” contemporáneas, aquellas escenas diseñadas con pulso autónomo, que explotan guiños cinéfilos y destrezas técnicas, sin perder emoción ni sobresaltos. Hay algo de su propia trayectoria en la figura de Kris, ya que su ópera prima We’re All Going to the World’s Fair (2021) y su siguiente película, I Saw The TV Glow (2024), se estrenaron en Sundance, la impulsaron al mainstream y con ambas demostró una clara vocación de deconstruir el imaginario del género.

“Conocía a Jane desde su película anterior, I Saw The TV Glow -recuerda Anderson-, y era muy claro desde las páginas del guion de Adolescencia, sexo y muerte... la conversación que mantenía con aquella película, así que de inmediato entendí que su abordaje retomaba la conexión entre el público adolescente, el terror y sus formas de representación. Además, parte del equipo de I Saw... reaparecía en roles clave , así que me sentí honrada de ser parte de este viaje. Desde la primera lectura conjunta sentí que no solo la química con Hannah, sino la atmósfera de la historia, cobraban sentido”.

En esa línea, la dinámica entre Billy -estrella fugaz del pasado que decidió recluirse en el ostracismo- y Kris -depositaria de la neurosis del fan y la verborragia del nerd- sortea sus opuestas proveniencias. El encuentro comienza con un aire de misterio por el lugar sombrío y aislado en el que ocurre y la gótica apariencia de la reclusa, y luego deviene en una sinuosa seducción entre ambas, con velas de cumpleaños y pollo frito, marihuana en la nieve y proyecciones de los recuerdos fílmicos de ‘Campamento Miasma’. “Son dos personajes muy diferentes al comienzo, de distintas generaciones, con distintos recorridos en la vida”, explica Einbinder. “Pero cuando se encuentran, aquello que comparten se hace visible, sienten que son vistas por primera vez, y consiguen sacarse las máscaras que las protegen, tras las cuales se esconden. Eso termina siendo el centro de escenas como las del pollo frito”, concluye.

“Lo que más me gusta de la dinámica entre personajes que parecen ser tan opuestos, por su experiencia de vida, su edad, su forma de expresarse, es cómo se conectan a través del cine, a través de lo que la imagen implica en tanto representación”, detalla Anderson. “Ambas se conectan con la otra y con ellas mismas, con sus experiencias pasadas, aquellas que involucran la vergüenza, el miedo, la soledad”, agrega la actriz.

Las conversaciones profesionales, que se inician con la propuesta de un posible cameo de Billy en la nueva ‘Campamento Miasma’, se deslizan hacia un terreno opaco y sugerente, que combina no solo el eco de la sensualidad de Anderson en sus personajes del pasado, desde la magnética Scully hasta la madre sexóloga de Sex Education, sino también las tensiones alrededor de la terrenal atracción entre la ‘final girl’ y su irredento captor. Schoenbrun entiende como pocos adaptadores contemporáneos de los hits del pasado el rol que cumplieron aquellos placeres menores y culposos en la educación sexual de diversas generaciones. Los chistes sobre la conexión del orgasmo y la pequeña muerte, de la virginidad y la marea sanguinaria del slasher, son apenas los visibles, para luego explorar también las referencias no dichas, a menudo silenciadas incluso en las memorias de los propios espectadores.

“Las representaciones de la sexualidad en el cine han ido cambiando con los años y es cierto que el cine contemporáneo se ha tornado reactivo a la inclusión de escenas sexuales, o que involucren ciertos aspectos del erotismo”, sintetiza la actriz de Hacks. “Creo que asumir esos riesgos es clave para el cine, que la mirada de directoras mujeres haya contribuido a dar otro abordaje a las escenas de sexo, y que haya permitido poner en conversación viejas representaciones es un logro importante. Miasma aborda eso desde el terror, y desde allí ofrece nuevas lecturas”.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma intenta lidiar con ese aspecto “problemático” de las sagas del pasado y los dilemas de su “actualización” contemplando el rol que el cine de terror juega en la formación de los espectadores. Ofrece la posibilidad de pensar aún dentro de los contornos del género, aún con la conciencia de los cambios y las permanencias, incluyendo a quienes se permiten mirar críticamente las películas sin con ello anular la nostalgia de evocarlas.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/cine/sexo-sangre-y-cinefilia-como-gillian-anderson-y-hannah-einbinder-reinventan-el-terror-de-los-80-nid12082026/

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