Tomás Saraceno: “Hay que reorientar el propósito: qué hacemos, con quién y para quién”
“¡Es un iglú! ¡Es un planeta!”, gritaban los chicos intentando adivinar. En una escuela de Cerro Negro, en Salta, ...
“¡Es un iglú! ¡Es un planeta!”, gritaban los chicos intentando adivinar. En una escuela de Cerro Negro, en Salta, Tomás Saraceno les mostraba una nota publicada en enero por LA NACION. Allí aparecían renders del Santuario del Agua, el proyecto en el que está trabajando con comunidades indígenas del norte argentino este artista nacido en Tucumán y radicado en Berlín.
Está previsto que antes de fin de año se inaugure en las Salinas Grandes esa instalación creada con sal, que se propone como monumento y como “un modelo de turismo comunitario y autogestionado” por la población local. Será un conjunto de varios volúmenes construidos con sal en distintas escalas -de dos a treinta metros de diámetro y hasta quince metros de altura-, cuyas formas semicirculares se completarán al reflejarse sobre un estanque. Por escaleras se podrá ascender y contemplar desde arriba los reflejos cambiantes de agua y luz.
Tomás Saraceno, el artista que vincula arte y ciencia. Crédito: Martín LucesoleEste verano, Saraceno recorrió varios puntos de la Argentina, Chile y Bolivia junto a ocho representantes de las comunidades indígenas de Salta, para aprender sobre la cosmovisión del pueblo atacameño. El resultado no solo se reflejará en un libro, sino que desde el 16 de julio formará parte de una muestra en el museo Haus der Kunst de Múnich, que apoya este emprendimiento.
Entre varias acciones performáticas, esa exposición incluirá la invitación a flotar en un río cercano. En las toallas y en los trajes de baño disponibles habrá reproducciones de dibujos que los chicos salteños hicieron inspirados en las nubes, bordadas por mujeres de esa región. Allí se proyectarán imágenes del Santuario del Agua y Fly With Pacha, un film realizado por la comunidad Aerocene, que registró en 2020 la elevación de una escultura solar realizado también sobre las Salinas Grandes, en un vuelo presentado como “el más sustentable de la historia de la aviación”.
Un mundo libre de combustibles fósiles y con vuelos impulsados por energía solar es uno de los sueños de este arquitecto egresado de la UBA, que realizó trabajos interdisciplinarios con instituciones como el MIT, la NASA y la Sociedad Max Planck. Tras haber conquistado espacios de exposición como la Bienal de Venecia, el Museo Metropolitano de Nueva York, el Palais de Tokio y las Serpentine Galleries en Londres, este “artivista” que llenó de arañas en 2017 una sala del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires para que crearan la telaraña más grande que se haya exhibido, ahora redobla su apuesta.
“Después de muchos años abocados al arte, uno pierde a veces el propósito, las esperanzas -dijo a LA NACION durante una breve escala en Buenos Aires-. ¿Qué estamos haciendo ahora? ¿Embelleciendo museos en lugares donde ya no hace falta más de lo que hay? ¿Enriqueciendo colecciones que terminan guardadas en sótanos y no son accesibles? ¿Contribuyendo a parte de una cultura que ha perdido muchas veces su rumbo? Yo también participé de eso, por muchos años. Con este proyecto tenemos la esperanza de que se pueda recalibrar, reorientar el propósito y la energía: para quién, con quién, en beneficio de quién. Pensemos en cualquier proyecto de Land Art: desde James Turrel o Sol LeWitt o Walter De Maria, o lo que se está haciendo ahora en Arabia Saudita. ¿En cuánto estuvieron involucradas las comunidades que viven en ese territorio y cuánto esa obra de arte no es una imposición? No es digno poner a las personas de las comunidades a lavar los platos y las sábanas, transformarlas en mucamas de los ricos que sacan provecho”.
-¿De dónde venís ahora?
-Estuvimos aprendiendo de las comunidades: dónde viven, cómo viven y cómo era el pueblo atacameño. Hay una red conformada en Salta que se llama Red Atacama, que comparte con las comunidades de Jujuy el salar Salinas Grandes. Estamos haciendo un libro junto con el museo Haus der Kunst de Múnich, donde voy a hacer una muestra, y se va a presentar ahí. Entre quienes trabajan en este proyecto está Andrei Fernández, cofundadora de Textiles Semillas, una unión de más de quinientas tejedoras de Salta, Catamarca, Jujuy y Tucumán. Ella siempre estuvo muy abocada a ayudar con economía social y trabajo de turismo rural sustentable, autogestionado. También trabaja Celeste Valero, una tejedora de la Quebrada de Humahuaca. Ellas propusieron una cosa muy linda: en vez de llamar al antropólogo o al académico para hablar sobre las comunidades, preguntarles a las comunidades cómo lo harían ellos. Entonces, Iván y Miguel, representantes de la Red Atacama, dijeron que el pueblo atacameño no solo se encuentra en la Argentina, sino también en Chile y en Bolivia, en el desierto de Atacama. Hablan una lengua que se llama kunza. Propusieron que lo mejor sería hacer un recorrido por todo ese territorio. Fue un diálogo entre varios representantes, donde se hicieron entrevistas a muchos referentes para tratar de pensar cómo construir juntos un Santuario del Agua. Después de diez años de conocer las comunidades de la parte de Jujuy, siempre he visto que para ellos el agua y la vida valen mucho más que el litio.
-¿Cuál es el problema con el agua en esa región?
-Es una zona muy árida, y para ellos el agua es un ser viviente. “Sin agua no hay vida”, dicen casi todas las personas que pudimos entrevistar. Y se la respeta como a la madre tierra, como lo dice bien el nombre: la Pachamama. No tienen esa división entre lo que está vivo y lo que está muerto. Tienen conciencia de cuidar los ciclos vitales que necesitan y de cómo el agua circula. Hay tres mundos: el de abajo, fértil; el de aquí y ahora, en la capa superficial, y donde viven los astros. El agua conecta esos tres mundos. Fue muy interesante porque es todo un proceso de recuperación. A los referentes de Chile, de Bolivia, les preguntaban: ¿cómo celebran el agua? ¿Hay rituales específicos para el agua? ¿Qué es el agua para ustedes? ¿Por qué es tan importante? ¿Qué representa la sal? Cada uno de los referentes contaba historias que enriquecían su conocimiento. Contaban que no hace mucho tiempo atrás la policía los llevaba presos si los veían haciendo rituales de la Pachamama. Lo lindo para mí de este proyecto es que realmente está hecho con ellos, para beneficio de ellos, administrado por ellos. Es un sueño. Estamos tratando de aprender unos de otros y sabemos que hoy en día el artista tiene que ser único, un genio solo, pero a mí me interesa mucho más encontrar ese conjunto de voces, de intereses y de fuerzas que puedan revertir procesos.
-De hecho, ¿este proyecto lo encarás con la comunidad Aerocene, con la que impulsaron los vuelos en 2020?
-Con muchas comunidades, es un proyecto de comunidades. Parte de las preguntas que les hicimos a los referentes que estuvimos entrevistando tenían que ver con sus experiencias con la mega minería. Los procesos extractivistas, capitalistas, patriarcales tienen una relación distinta. Hay que entender esas relaciones afectivas. Para ellos no es un recurso, así como tu mamá no es un recurso, y por eso siempre se le pide permiso. Cuando vas a hacer cualquier cosa en la tierra, primero hacés una ofrenda. Tienen una conciencia mucho más comunitaria. Una cosa hermosa que siempre me sigue resonando es que para ellos si no crecemos juntos, va a ser una falla. Cuando hay una comunidad que se beneficia con algo, ellos piensan cómo las otras comunidades se pueden beneficiar al mismo tiempo. Tratan de que nadie se enriquezca más que otro. Porque después empiezan los celos y siempre se va a volver para atrás, y eso no es crecimiento. En las asambleas siempre participan las once comunidades. Cuando planteamos cómo se va a acceder al santuario del agua, ellos dicen: “Esta comunidad puede hacer esto, esta lo otro”.
-Es un paradigma de colaboración.
-Totalmente, todo el tiempo. Esto nace con la idea de construir algo juntos, este proyecto es de ellos. Estamos tratando de celebrar, de ofrendar y de pedir permiso a la Pachamama para que nos ayude a tener más respeto por el agua. Ellos siempre dicen: “Esto no es solo para nosotros, va a ser para el mundo entero”. Notan que las ciudades también se están quedando sin agua, y que hay un consumo que no es respetuoso.
-¿Qué va a aportar este proyecto?
-Para mí lo lindo es que de la muestra deviene este trabajo tan grande, que es una obra permanente. O sea, la muestra es interesante, pero es solo un vínculo hacia otras cosas que me parecen más relevantes e importantes. El museo y los curadores estamos colaborando en pensar en qué estamos haciendo. ¿Cuándo va a ser el momento en que lo que construís, lo construís con otro conocimiento? Y que el beneficio no sea por una especulación inmobiliaria o por procesos de gentrificación, de acumular poder solo para algunos. El arte a veces es un vehículo para que muchas personas puedan salir adelante. Lo que hace Andrei Fernández es transformar lo que es solo pura artesanía para que llegue a otras audiencias, otros lugares. Entonces lleva tejedoras a la Bienal de Venecia, es un trabajo espectacular. Me parece muy lindo pensar cómo los espacios que el arte formó se pueden empezar a diversificar, que pueden contribuir y colaborar con otros procesos. Es más constructivo.
-¿Cómo afecta al agua la extracción del litio?
-Normalmente, para extraer una tonelada de litio necesitás dos millones de litros de agua. Y el desierto de Atacama es el primero o el segundo desierto con menos lluvia en todo el mundo. En el salar de Olaroz, entre la Argentina y Chile, muchos nos contaban que las compañías pileteras no quieren que llueva. Se van al medio del campo y tiran unos explosivos que rompen las nubes. Entonces, donde no llueve casi nada, se vuelve más árido todavía.
-¿Por qué no quieren que llueva?
-Porque cuando llueve se contamina el proceso de purificación en piletas gigantes, que son de un kilómetro por un kilómetro. Si llueve en la pileta, el agua dulce contamina y demora el proceso de evaporación y purificación de las sales.
-¿O sea que la lluvia dificulta el proceso de extracción del litio?
-Sí. Dicen que donde están los procesos de extracción de litio, en Chile y en Bolivia, se han secado los ríos. Y por ejemplo en Susques, ya no se puede tomar el agua porque tiene un sabor espantoso.
-¿Porque se contaminó?
-Sí. Todo el mundo tiene que comprar agua y genera dependencia económica. Una catástrofe. ¿Qué podemos aprender de comunidades que han logrado sobrevivir en lugares ásperos y áridos? Que uno no se puede enriquecer mucho más que los demás. Si querés sobrevivir en este planeta, no podés seguir extrayendo a costa del sacrificio de pueblos enteros, para enriquecer al 1% de la sociedad. No tiene ni pies ni cabeza seguir con esos procesos extractivistas. Y no solo de minerales, sino también de información, de datos. Sabemos lo que está haciendo la inteligencia artificial. Está todo basado en procesos de enfriamiento gracias al agua.
-¿Las comunidades participaron también del diseño del santuario?
-Parte de un diseño mío y se sigue haciendo con ellos. Si no estuvieran ellos, ese territorio sería una minera sin sal ni agua, todo contaminado. Son parte del diseño porque han logrado preservar esa belleza, ese territorio, por miles de años. Gracias a que ellos lo cuidaron, podemos reflexionar sobre eso.
-¿Te inspiraste en las apachetas, los montículos de piedras que forman los indígenas para marcar y bendecir los altos pasos andinos, o se te ocurrió después?
-Fue al mismo tiempo. Para ellos las apachetas tienen que ver con una referencia, hay apachetas para diversos rituales. Parte de este viaje fue preguntarles a ellos qué rituales conocen y qué ofrendas han hecho al agua, y durante qué meses. Hay uno que es muy lindo, con unos cuencos que llenan con agua. Cuando se reflejan ahí ciertas estrellas, empieza la época de la siembra. El Santuario del Agua también refleja las estrellas y tiene que ver con orientar las esculturas en relación a constelaciones que para ellos son importantes. Otras preguntas tenían que ver con cómo saber cuándo va a llover. Hay una mariposa negra en Cobres que tiene un símbolo nueve o seis, depende de cómo lo ves, en las alas. Y aparece antes de la época de lluvias. O cuando la luna está rodeada de nubes, quiere decir que va a llover pronto. O cuando aparece el tábano, quiere decir que las llamas y las vicuñas van a parir pronto. Dicen que ha cambiado mucho el poder interpretar el clima a través del comportamiento de otros animales, algo que me encanta. Cuando hice la muestra en las Serpentine Galleries publicamos un pequeñito libro con dichos de varias culturas alrededor del mundo que ayudan a predecir el clima, las estaciones.
-Esa muestra fue abierta a todas las especies. ¿Estaba vinculada con este proyecto?
-Sí, y también con lo que se va a ver en Haus der Kunst. El proyecto vincula estos dos lugares. En Salta estamos pensando que parte del proceso de sanación va a ser flotar en unas piletas que vamos a hacer cerca del santuario. Porque la sal es muy curativa. Entonces, en los dos lugares está esta idea de flotar “en el fondo del océano del aire”. Con Aerocene siempre pensamos en los ciclos, en los procesos de transformación de los diferentes estados. Tienen vida las cosas, no son tan estáticas como las vemos. Solo a los artistas nos permiten seguir jugando. Y como dice Freud: en el momento que dejas de jugar, dejás de aprender.
-Si requiere tanta agua la extracción del litio y están en un desierto, ¿de dónde sacan el agua?
-De abajo de la tierra. Hacen perforaciones. La costra de sal tiene entre doce y catorce centímetros. Abajo hay barro, salmuera y agua. Ellos cortan, antes con un hacha y ahora con moladora, y sacan los bloques de sal.
-¿Y esos bloques los usan para construir?
-Sí. Una vez que están hechos estos piletones, sacan un poco más de sal con tierra. El agua se pone turquesa, hermosa. Así va a ser el estanque que donde vamos a sacar los ladrillos para construir las escaleras. Si vos lo dejás así tres años, todo ese estanque se cristaliza. Cuando la sal se cristaliza, se pone muy pesada y baja al fondo. Con la pala y el pico la sacan, y esa sal se come.
-El santuario va a estar rodeado por esos piletones. ¿Y se va a poder entrar?
-Nos gustaría que se pudiera entrar, pero es más costoso. Estamos tratando de que se pueda entrar en uno de los más chiquitos. En total todo va a tener un diámetro de 78 metros, casi una cuadra.
-¿Cómo va a ser la muestra en Alemania?
-Va a haber muchos momentos performáticos. Vamos a llenar una sala con agua de lluvia, donde se van a ver los procesos de evaporación, y se va a proyectar parte de lo que es el Santuario del Agua. Va a estar el adivinador de arañas, que presenta el sitio web que le hicimos. Y la gente va a poder inventar sus propias constelaciones, como los chicos dibujan en las nubes. Para pensar sobre otras cosmologías distintas a las que rigen hoy en día en algunos países y poder preservar otras formas de conocimiento, que parecería que son mucho más sustentables que esa transición verde ecológica de Occidente.
-¿Y cómo va a estar vinculada la muestra con el proyecto de Salta?
-Bueno, allá también se trata de tomar conciencia de qué relación tiene Alemania, y a veces Europa u otros lugares, con el uso del agua. Por ejemplo, vamos a cambiar dos inodoros en dos baños en el museo, y van a quedar así. Hay un sistema que viene de Japón para que te puedas lavar las manos arriba del tanque. O sea, cada vez que vas al baño, tirás la cadena y entra agua al tanque, que es potable. Arriba del tanque te podés lavar las manos y gastás 14.000 litros de agua menos al año, en una familia de tres personas. Lo que nosotros diseñamos en el estudio, y que estuvo en una muestra de Berlín, es un sistema que permite que salga agua de la canilla, en vez de lavarte justo arriba del tanque. Y después hay un caño del desagote que llega al tanque. Ahora estamos presentando un proyecto de ley a la Unión Europea para que, como hicieron también con el cambio de las lamparitas a LED para bajar el consumo energético, tengas que hacer lo mismo con el agua. La idea es que después se empiecen a dar talleres a los plomeros, y que puedan tener un proceso de certificación. ¿Por qué no pensarlo con una performance, a nivel mundial? Es decir: “Parte de mi práctica, ahora, es renovar el baño”. Como un gesto que también puede ser artístico. En el estudio tenemos otros dos inodoros que funcionan con agua de lluvia, que recolectamos en tanques de 800 litros. ¡Me convertí en un experto en inodoros! En noviembre me incluyeron en una nota en Monopol Magazine sobre artistas que han trabajado con inodoros o mingitorios, en la que mencionan desde Duchamp hasta Cattelan.
-¿Cuándo se va a inaugurar el santuario?
-Estamos tratando de alinear los calendarios del pueblo atacameño con los calendarios de los amantes del arte, de las ferias y otras cosas. Pero creo que se va a inaugurar de a poquito. Hay que hacer una transición y ver que ese acompañamiento sea orgánico. En la época de lluvia por ahora no es muy accesible porque el acceso es limitado, pero al mismo tiempo a los turistas les gusta más porque todo el salar que se transforma en un espejo del cielo. Vamos a abrir un sitio en internet, santuariodelagua.org o lo que fuera, que las comunidades puedan administrar. Cuando terminemos, la obra y su administración va a pasar a manos de ellos. Hay un contrato de unas treinta páginas. La idea es inaugurar este año, que vengan los periodistas y que hablen sobre el santuario. A partir de ahí ya va a estar el sitio web y se van a poder comprar tickets de forma anticipada. Pero no va a abrir al público durante los primeros seis meses. No va a ser un turismo masivo, consumista, para sacarte una foto e irte a otro lado. Es algo que necesita otro respeto, otro tiempo, otra logística. Por ahí después se puede ir ampliando, pero ellos también tienen una cosa muy linda, y es que dicen: “En los meses de lluvia la Pachamama tiene que descansar. Nosotros también vamos a descansar.” No está esa lógica extractivista de “más dinero, más dinero, más dinero”. Es un santuario, un lugar de ritual. Los santuarios se usan mucho más ahora para preservar ecosistemas, biodiversidad, que para cosas religiosas. Si vas a la etimología, no necesariamente nace con el catolicismo. Siempre es un lugar de refugio, de protección, que va a ser visitado también por otras especies, como los flamencos y los zorros.
-¿Por qué te interesa trabajar con otras especies, como las arañas, y con el cruce entre ciencia y arte?
-Se podría decir “ciencia, arte y otras formas de conocimiento”. Después de haber trabajado por muchos años rigurosamente con el canon científico, cuando empecé a ir a Somié, en Camerún, donde están los adivinadores de arañas, me di cuenta de que muchas veces la forma en que se relacionan otras culturas y otras formas de conocimiento son más sustentables que los instrumentos científicos y los métodos de divulgación que la ciencia utiliza. Y parece que están en oposición muchas veces, y hay muchas contradicciones. Entonces trato de no separarlos, de ver cómo pueden convivir. Entonces, cuando voy al adivinador de arañas, le digo al MIT que le pregunte al adivinador de arañas, porque él le va a preguntar a la araña cómo pueden seguir relacionándose, investigando sobre las arañas. Conecto los dos mundos, que parecen diametralmente opuestos, pero trato de que colaboren. Y de que encuentren éticas de trabajo y formas de relacionarse. Hace cuatro o cinco años hubo un premio que daba un millón de dólares al mejor grupo científico que lograra producir un software que fuera como un Google Translate de animales. Entonces me invitaron a mí y a Arachnophilia, el grupo que formé hace años en colaboración con el MIT y el Instituto Max Planck, porque avanzamos mucho sobre el tema de biotecnología.
-¿Seguís trabajando con el MIT?
-Sí, hay momentos más tranquilos, pero siempre estamos en contacto. Entonces había gente que había avanzado mucho el tema de la comunicación con arañas, con delfines, con pajaritos. En el jurado estaba Peter Gabriel. Y yo dije: “En vez de presentar solo la parte científica de la comunicación con arañas que hacemos, vamos a presentar también al adivinador de arañas”. Él utiliza a las arañas como un oráculo. Por ejemplo, si siete arañas contestan de forma positiva que cometiste un crimen, vas a ir a la cárcel.
-¿Eso es lo que presentaste en la Bienal de Venecia en 2019?
-Sí. Las arañas ayudan un montón a organizar las decisiones que toma la comunidad. Había otro grupo de holandeses que hablan con pajaritos. Se van caminando juntos por dos, tres horas, y llega en un momento en que el pajarito manda una señal, se para en un árbol y quiere decir que ahí hay un nido de abejas salvajes. Entonces los hombres talan el árbol, se llevan la miel y los pajaritos comen lo que queda del nido. Los científicos modulan exactamente la interacción entre el pájaro y el humano: demuestran que hay un intercambio, aprenden el idioma de los pájaros. Yo dije: “Espectacular, ya sabemos quién gana: hay que darle el millón de dólares a las comunidades que viven ahí, que ya hablan con los pájaros”. Y Peter Gabriel dice: “Vamos a cambiar las reglas de este premio, y que también ganen dinero las comunidades que mantienen esa práctica”. Después, cuando lanzó un disco, me dijo: “Regalame una foto de las arañas para ilustrar la tapa”.
-En síntesis: ¿ahora estás abocado a aprender sobre otras formas de conocimiento?
-A darles espacio a ellos para que puedan contar de qué forma viven, cuán sustentable es su forma de vida y cuáles son los principios por los que se rigen.