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“Una bola de fuego”: el accidente del Fokker F-27 en Córdoba, que cayó en la montaña y se cobró la vida de 52 personas

Era un ambiente festivo, una celebración. Un grupo de 48 personas se dirigía a Córdoba para festejar: habían pasado 25 años desde que se graduaron de la Escuela de Aviación Militar. Con ellos...

Era un ambiente festivo, una celebración. Un grupo de 48 personas se dirigía a Córdoba para festejar: habían pasado 25 años desde que se graduaron de la Escuela de Aviación Militar. Con ellos iban cuatro tripulantes. Las llamadas “bodas de plata” eran un evento grande, importante: por tradición pasaban el fin de semana juntos, ellos y sus familias. Iban a conmemorar ese momento crucial de 1970, el fin de su formación. Tenían todo planeado: los recibirían suboficiales y otros compañeros cordobeses que organizaban todo. Los llevarían al hotel de Luz y Fuerza en Villa Giardino y vivirían tres jornadas llenas de recuerdos y amistades.

Para la ocasión tomaron un vuelo vespertino, un avión Fokker F-27 de la propia Fuerza Aérea. Salieron desde Comodoro Rivadavia a las 15.30 del 8 de noviembre de 1995. No era un viaje directo: debieron aterrizar, a las 19.05, en la base de Villa Reynolds, en San Luis, para abastecerse de combustible y hacer un control mecánico. Quedaban aproximadamente 45 minutos de viaje para llegar a destino. Y todo parecía normal.

Volvieron a despegar a las 20.05 para hacer el último tramo, el fin de la travesía. Antes, el piloto había consultado las condiciones meteorológicas en las altas cumbres, por donde debían pasar, para asegurarse de que nada resultara adverso. Volvió a hacerlo unos minutos después, a las 20.30. Preguntó de nuevo por el tiempo que les esperaba. Ese fue el último contacto. Enseguida se perdieron de los radares. Los aeropuertos de Mendoza y Córdoba declararon automáticamente la emergencia.

Una bola de fuego

Lo siguiente que se supo fue gracias a los lugareños. Cerca de las 20.45 vieron una luz en el cielo. Algunos dijeron haber escuchado, también, una fuerte detonación. Después el horror: el avión caía “en medio de una bola de fuego”. Se desplomaba en la montaña, en el cerro Los Linderos, a unos 2500 metros de altura. Los pocos testigos se pusieron en alerta, no imaginaban que eso que veían iba a ser la mayor tragedia aérea en la provincia.

En realidad, según cuentan los medios locales, las condiciones del tiempo no eran ideales, y lo sabían. Durante la escala técnica en San Luis, se enteraron de que se acercaba un frente de tormenta. Trataron de esperar, y la partida se demoró por eso mismo. La tripulación, entonces, modificó los planes: sobrevolarían la lluvia, con la idea de evitarla por el sur, pasando por Río Cuarto y desde allí encararían rumbo a Córdoba.

Se elevaron. Viajaban a más de 400 kilómetros por hora cuando impactaron en en las cercanías del Champaquí, en la Quebrada de Irma. La sucesión de los hechos fue rápida: la tormenta hizo que la nave perdiera altura. Después, dicen, cuando el piloto intentó virar para volver al aeropuerto, el aire de la quebrada lo succionó. Chocaron de frente contra la montaña.

“Cuando fui, vi el avión todo destrozado, ardiendo todavía. Todos cuerpos hechos pedazos, quemados”, contó en ese momento un lugareño a la televisión local. Le preguntaron si encontró a algún sobreviviente: “Nada. Nada. Estuve un ratito y salí de ahí”. Solo pedazos de avión por la ladera: “Por todas partes. Da lástima”.

La noticia llegó, incluso, al medio estadounidense The New York Times (NYT), que en ese momento detalló: “Un avión de la Fuerza Aérea Argentina que se dirigía a la ceremonia de una escuela de aviación se estrelló el miércoles por la noche, durante una tormenta de lluvia, en una zona montañosa y remota. Las 53 personas que iban a bordo murieron , informó hoy la Policía”.

José Carreras, el jefe de la Policía de Villa Dolores, una localidad a 24 kilómetros del lugar del accidente, determinó: “No hay sobrevivientes”.

No había mucho por hacer

La información todavía era escasa. Los familiares esperaban en el aeropuerto de Villa Dolores por alguna noticia. No tenían esperanzas, pero tampoco les contaban mucho. La Fuerza Aérea apenas anunciaba a los medios que a bordo de la nave viajaban 13 niños. “La verdad que desde anoche andamos dando vueltas. Nadie nos decía nada. Yo tengo un sobrino que venía con su esposa y tres hijos desde Río Gallegos. Nos enteramos por la radio”, se detuvo un momento a decir frente a las cámaras el tío de Benito Olmedo.

¿Qué había pasado realmente? Como se contó, en el momento del accidente, una fuerte tormenta de lluvia y viento azotaba la zona. “A primera vista, se podría decir que el clima fue la principal causa”, dijo entonces el jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, Juan Paulik. “Obviamente, una comisión no puede descartar otras posibilidades en su investigación”.

El rescate tardó varias horas en organizarse. Era un camino empinado, difícil. NYT lo detalló: “Los equipos de rescate, que tuvieron que desplazarse a pie, tardaron toda la noche en llegar a la zona montañosa y escarpada, situada a 1800 metros sobre el nivel del mar. El terreno y las condiciones meteorológicas hicieron imposible llegar al lugar en helicóptero o en vehículos de tracción en las cuatro ruedas”.

Los primeros en hacerlo fueron unos baqueanos. Uno de ellos habló con LA NACION sobre los restos del avión: “Está aproximadamente a 70 metros, justo en la ladera, en un precipicio. Muy difícil de llegar. Cuando llegué lo primero que encontré fue un cuerpo, que lo despidió el avión, más o menos a 45 o 50 metros. Y lo que para mí es un pedazo de motor”.

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El primer contingente de bomberos se conformaba por pobladores de Traslasierra. También se les dificultó el trayecto y, cuando llegaron, notaron rápidamente que no había mucho por hacer. Había llovido mucho, durante horas, lo que empeoró la tarea ya de por sí complicada, y, según, cuentan, el fuego del avión, que estaba lleno de combustible, tardó en apagarse incluso pese a la tormenta.

Un “error humano”

La primera autoridad en presentarse y charlar con la prensa fue el juez federal Alejandro Sánchez Freytes, el mismo que, según una nota de LA NACION de 1999, llevó adelante los allanamientos en Córdoba de las oficinas de LAPA, y quien tuvo a su cargo la investigación de la caída al vacío de la azafata Liliana Almada, otro accidente que impactó en Córdoba unos meses antes, el 9 de agosto de 1995, y que involucró a la compañía Inter Austral.

“En total son 52 personas muertas a causa del accidente. El rescate de los cadáveres va a ser mañana a primera hora, hay dificultades operativas para hacerlo en lo que resta del día y van a ser trasladados a la Escuela de la Fuerza Aérea en Córdoba y, posteriormente, restituidos a todos los familiares”, dijo a la prensa. Pero las noticias serían todavía más devastadoras: “Esto es lo más lamentable para decir que tengo: hay pocos cadáveres que están en condiciones de ser identificados. La mayoría no son susceptibles de identificación porque están prácticamente mutilados e incinerados”.

También se expresó sobre los objetos recuperados, instrumentos esenciales de la aeronave: “Va a ser material de estudio y de importancia significativa para establecer la causa del accidente”. Con ellos, la Junta de Accidentes Aéreos elaboraría un informe, y un tribunal tomaría, después, la determinación sobre la causa y las responsabilidades. Además, remarcó: “Hay un baqueano que dice haber visto al avión sobrevolar el cerro previo al accidente y que le llamó la atención la altura en la que venía, y estimó que iba a impactar inevitablemente contra el cerro, lo cual sucedió. Dio aviso a un propietario de una estancia cercana, y este a su vez avisó a la policía de Villa Dolores”.

En aquella otra nota de este medio en 1999, se contaron las conclusiones: “Respecto de las causas de la tragedia, está acreditado en el peritaje que el Fokker no experimentaba fallas, y que el accidente se produjo porque el piloto omitió tomar en cuenta las condiciones meteorológicas imperantes el 8 de noviembre de 1995. La tarde de ese día se desencadenó un temporal”.

Parte de esto lo consideraron también por las características del avión: el Fokker F-27 se construía en Holanda, estaba diseñado para transporte de pasajeros y cargas en etapas cortas, con tecnología avanzada de aeronavegación y sistemas de vanguardia. Dijeron, entonces, que había sido un “error humano” y arreglaron indemnizaciones para algunos familiares. En un medio local, el familiar de una de las víctimas expresó: “El avión no tendría que haber salido desde San Luis, porque se veía el frente de tormenta muy feo. Le recomendaban que esperara a que pase la tormenta. Pero por la insistencia de los viajeros solicitaron permiso a la torre y los autorizaron a despegar”.

Un espacio sagrado

De los 52 pasajeros solo pudieron reconocerse 16 cuerpos: la violencia del impacto sumado al incendio hizo imposible la tarea forense para la mayoría de los fallecidos. Para los familiares que esperaban realizaron una cremación sanitaria, en donde se entregaron cenizas simbólicas, justamente por esa imposibilidad de identificación.

Pero hay restos que impactan, que perviven. Pueden verse todavía, más de 30 años después, en la ladera de ese cerro. Un pedazo de avión, placas conmemorativas, fotos. Los familiares transformaron el lugar de la tragedia en una especie de espacio sagrado: hay, también, una gruta en honor a la Virgen de Loreto, patrona de la aviación.

Muchos se acercan al lugar, aunque no hubieran conocido a ninguna víctima, una mezcla entre homenaje y tanatoturismo. Llegar es igual de difícil que lo fue aquel día para los lugareños, los baqueanos, tanto a pie como en vehículo. Pero quienes lo hacen esperan alcanzar la cima, ver a la cruz de cinco metros que marca el lugar como una guía.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/una-bola-de-fuego-el-accidente-del-fokker-f-27-en-cordoba-que-cayo-en-la-montana-y-se-cobro-la-vida-nid23092026/

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