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“¡Vamos, Argentina!“: la final en la casa que 20 amigos alquilaron, como en 2022, para ver los partidos de la selección

El humo del asado invade la casa mucho antes de que el olor de la lluvia. Afuera, el frío y una llovizna persistente obligan a caminar con las manos en los bolsillos. Adentro, en cambio, el invier...

El humo del asado invade la casa mucho antes de que el olor de la lluvia. Afuera, el frío y una llovizna persistente obligan a caminar con las manos en los bolsillos. Adentro, en cambio, el invierno parece no existir. Desde la planta alta baja una canción dedicada a la selección y enseguida otra voz se suma, después otra, hasta que toda la casa termina cantando. Las paredes están cubiertas por banderas argentinas. Del techo cuelgan telas celestes y blancas que cruzan de un extremo al otro como si formaran una única bandera suspendida sobre las cabezas de todos. En una pared, un enorme cartel de La Casa del Mundial domina el ambiente; en otra, distintas imágenes de Diego Maradona parecen observar la escena. Frente al televisor, las sillas ya están acomodadas. En breve, nadie volverá a moverse de ahí.

Faltan apenas unas horas para que la Argentina y España disputen la final del Mundial 2026 en el New Jersey Stadium. Lionel Messi buscará levantar una cuarta Copa del Mundo para la selección, en el que posiblemente sea el último torneo de su carrera. En esta casa de Buenos Aires, un grupo de 20 amigos también sienten que viven un momento irrepetible. Hace cuatro años, cuando decidieron alquilar una propiedad para ver juntos el Mundial de Qatar, nadie imaginó que aquella ocurrencia terminaría acompañando la tercera estrella. Mucho menos que volverían a hacerlo en el siguiente campeonato.

El asador gira lentamente la carne sobre la parrilla interior mientras canta con el resto. Algunos terminan de acomodar las mesas. Otros llevan bebidas de un lado al otro. Las camisetas cambian de modelo y de época, pero todas tienen el mismo escudo. Cada tanto alguien empieza otra canción y el resto responde casi por reflejo. Los abrazos aparecen sin motivo. También las bromas. La ansiedad todavía no se transforma en nervios. Por ahora, la previa sigue pareciéndose a una reunión entre amigos.

“Somos un grupo de amigos; algunos nos conocemos desde el jardín de infantes”, cuenta Nicolás Pralong a LA NACION mientras observa el movimiento de la casa, en el barrio porteño de Villa Urquiza. “Todo nació en 2022 porque el Mundial se jugaba en verano. A uno de los chicos se le ocurrió alquilar una casa durante un mes para vivirlo juntos. El que trabajaba iba a trabajar y después volvía. Era una casa normal, pero todo giraba alrededor del Mundial”, detalla.

La propuesta sonó extraña incluso para ellos. No importaba hasta dónde llegara la selección. La casa iba a estar alquilada durante todo el torneo. La convivencia era parte del plan. Compartían desayunos, almuerzos, cenas y cada partido. Los goles podían terminar con todos tirándose a la pileta.

El resto de la historia ya es conocida. La Argentina fue campeona del mundo y aquella casa dejó de ser una simple reunión de amigos para transformarse en una cábala.

“No tenemos una cábala de usar siempre la misma camiseta o sentarnos en el mismo lugar. La única cábala es estar todos juntos en una Casa del Mundial”, resume.

Cuando comenzó a acercarse el Mundial 2026, la primera idea fue volver exactamente al mismo lugar donde habían visto levantar la Copa a Messi, en Olivos. Pero no pudieron.

La casa de Qatar era la primera opción. Allí habían visto a la Argentina levantar la tercera estrella y habían pasado un mes entero compartiendo una rutina que todavía hoy recuerdan con una mezcla de nostalgia y sorpresa. Sin embargo, descubrieron que ya tenía otro dueño.

“Más allá de que esta vez era invierno y la pileta ya no iba a ser protagonista, sentíamos que ese lugar nos había traído suerte. Pero se había vendido, así que nos tocó empezar de nuevo”, comenta Agustín Slupski, otro de los organizadores.

Los amigos reviven la semifinal con Inglaterra antes del partido decisivo

La nueva búsqueda fue distinta. Hacía falta una casa preparada para pasar horas adentro. La parrilla interior terminó siendo uno de los requisitos principales. El resto apareció casi solo. Como había ocurrido cuatro años antes, la decisión se tomó sobre la marcha. Tres días antes del comienzo del Mundial encontraron el lugar, en la calle Altolaguirre, y volvieron a poner en marcha una idea que nunca había sido pensada para repetirse.

La casa no iba a poder funcionar ahora de la misma manera que en 2022. En aquel entonces eran diez los que convivían de forma permanente y otros quince o veinte se sumaban para los partidos. Hoy el grupo es más grande, pero también cambió la vida de todos.

“En ese momento teníamos 28 o 29 años. Ahora tenemos entre 32 y 33. Hay tres que ya están casados, otro está por casarse y uno de los chicos tiene una beba que está por cumplir cuatro meses. Las responsabilidades cambiaron”, explica Pralong.

Por eso, no duermen todos juntos todas las noches. Algunos llegan después del trabajo, otros se quedan a dormir y al día siguiente vuelven a sus compromisos. Hay quienes pasan solamente unas horas y regresan con sus familias. La dinámica es distinta, pero el punto de encuentro sigue siendo el mismo. La Casa del Mundial continúa funcionando como una segunda residencia durante los cuarenta días que dura el torneo.

“No vivimos los 20 al mismo tiempo. Vamos rotando. Lo importante es que siempre haya alguien y que todos podamos pasar por acá”, resume.

La convivencia también dejó historias que poco tienen que ver con el fútbol. Entre las paredes de aquella primera casa de Olivos nacieron relaciones que todavía continúan.

“Dos de los chicos conocieron a sus novias durante el Mundial pasado. Una de esas parejas sigue junta desde hace cuatro años y se casa el año que viene. Son cosas que quedaron para siempre y que también hacen especial volver a repetir esta experiencia”, recuerda Slupski.

Mientras habla, detrás suyo vuelven a sonar las canciones. El asado ya está casi listo y algunos empiezan a acercar las fuentes a las mesas. Afuera sigue lloviendo. Adentro, el reloj parece correr distinto.

Durante más de un mes la casa no fue solamente el lugar donde vieron jugar a la Argentina. Allí también siguieron las alternativas del campeonato. Los cruces de octavos, los cuartos de final, las sorpresas, las eliminaciones y los partidos que terminaban entrada la noche. Siempre había alguien dispuesto a prender el televisor y compartir unas horas más. “Cualquier excusa servía para juntarnos”, expresa Slupski.

A medida que Argentina avanzó en el torneo, también fue creciendo la tensión dentro de la vivienda. Ningún partido resultó sencillo y cada clasificación pareció exigir un esfuerzo más.

“Salvo la fase de grupos, sufrimos prácticamente todas las series. Llegamos a la semifinal con Inglaterra con muchísimos nervios acumulados. Más allá de que ninguno de nosotros vivió la Guerra de Malvinas, cualquier argentino entiende lo que representa ese partido. Empezamos perdiendo otra vez, pero este equipo volvió a demostrar la personalidad que tiene para dar vuelta situaciones muy difíciles”, recuerdan.

La victoria abrió la puerta a una nueva final. Y también a una posibilidad inédita: ver a la Argentina conquistar dos Copas del Mundo consecutivas.

“Ser bicampeones sería algo histórico para el país. Y para nosotros tendría un significado muy especial. Las dos veces que hicimos La Casa del Mundial podrían terminar con Argentina campeón”,

Pralong prefiere no pensar demasiado más allá de esta tarde. Tampoco quiere detenerse en la posibilidad de que sea el último Mundial de Lionel Messi.

“La verdad es que este equipo nos sigue sorprendiendo. Este Mundial incluso superó las expectativas que teníamos. No pensamos en el próximo. Solo queremos disfrutar este momento”, sentencia Slupski.

La final no modificó la rutina que habían construido desde el comienzo del torneo. No hubo nuevos rituales ni cambios de último momento. El menú siguió siendo el mismo. Asado, amigos y muchas más personas que en cualquier otro partido.

“No hicimos nada diferente por ser la final. Solamente calculamos más comida porque hoy vienen familiares, novias y amigos. Queríamos arrancar temprano para disfrutar toda la previa”, advierte Pralong.

La única decisión distinta llegó para después del partido. Aunque el alquiler terminaba al día siguiente, ninguno quería cerrar la puerta tan rápido. Ya hablaron con la propietaria y acordaron quedarse una semana más.

“Pase lo que pase hoy, no queremos irnos mañana. Necesitamos despedir la casa con tiempo. En Qatar no lo hicimos y sentimos que nos quedó pendiente”, agrega Pralong.

Poco después del mediodía, el asado ya está servido y la música empieza a bajar de volumen. Las conversaciones siguen, pero ya no son las mismas. Ahora hablan del equipo, de los cambios posibles, de la formación de España y de cuánto falta para que empiece la transmisión. Algunos miran de reojo el reloj. Otros recorren la casa por última vez. Las banderas siguen en el mismo lugar donde las colgaron cuando llegaron. Las fotos de Maradona observan desde las paredes. El humo de la parrilla todavía flota en el ambiente.

La experiencia también trascendió las paredes de la casa. Lo que empezó como una idea improvisada entre amigos terminó convirtiéndose en un fenómeno seguido por miles de personas. La cuenta @lacasadelmundial2026 reúne a más de 203.000 seguidores que, durante el torneo, acompañaron cada preparación, cada festejo y cada partido.

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Para ellos, esa identificación tiene una explicación sencilla: durante un Mundial desaparecen las camisetas de los clubes y todos empujan para el mismo lado. En esa casa conviven hinchas de Boca, River, Racing y otros equipos, pero durante cuarenta días la única camiseta que importa es la de la selección.

“La Casa del Mundial vino para quedarse”, concluye Slupski antes de volver a unirse al grupo al grito de “¡Vamos, Argentina!”.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/vamos-argentina-asi-esperan-la-final-20-amigos-que-como-en-2022-convirtieron-la-casa-del-mundial-en-nid19072026/

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