Cuáles son las señales de alerta que, según los expertos, hay que tener en cuenta cuando los adolescentes usan la IA como confidente
Las cifras vinculadas a la salud mental de los adolescentes muestran un deterioro sostenido en las últimas décadas, tanto a nivel global como local. Según la Organización Mundial de la Salud (O...
Las cifras vinculadas a la salud mental de los adolescentes muestran un deterioro sostenido en las últimas décadas, tanto a nivel global como local. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años padece algún trastorno mental, principalmente ansiedad o depresión, una problemática que ya se ubica entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en ese grupo etario en todo el mundo.
En la Argentina, los indicadores acompañan esa tendencia. Informes de Unicef correspondientes a 2024 señalan que el 9 % de los chicos de entre 13 y 17 años afirmó haberse sentido deprimido y el 13 % manifestó atravesar estados de angustia. A su vez, el Observatorio del Desarrollo Humano de la Universidad Austral advirtió en un informe de 2025 sobre el crecimiento del suicidio adolescente: lo identificó como la primera causa de muerte en mujeres de 10 a 19 años y la segunda causa de muerte en varones del mismo grupo etario.
Para los especialistas, estos datos no pueden analizarse de manera aislada. La adolescencia es una etapa atravesada por transformaciones físicas, emocionales y vinculares profundas, que hoy se desarrolla en un contexto marcado por la hiperconectividad, el uso intensivo de pantallas y la disponibilidad casi permanente de entornos digitales. En ese escenario, el malestar psíquico convive con estímulos constantes, validación inmediata y respuestas rápidas, muchas veces sin la mediación de adultos.
“Entre los 11 y los 17 años, el psiquismo todavía está en plena construcción”, explica Alejandra Doretti, psiquiatra, psicoanalista y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Según detalla, en ese período los adolescentes están desarrollando los sistemas de regulación emocional, el pensamiento crítico y la capacidad de tolerar la frustración. “La identidad se construye en el intercambio con otros, en la mirada ajena, en el encuentro con la realidad. Cuando esas referencias fallan o se debilitan, la vulnerabilidad psíquica aumenta”, señala.
En ese contexto, distintos profesionales comenzaron a observar el rol creciente que cumplen herramientas basadas en inteligencia artificial, como los chatbots conversacionales, en la vida cotidiana de los adolescentes. No como causa directa del malestar, sino como una variable que puede amplificar situaciones previas de angustia, soledad o conflicto emocional.
De acuerdo con los especialistas consultados, muchos adolescentes recurren a estas herramientas en busca de escucha, contención o alivio emocional, especialmente en horarios o momentos en los que no encuentran adultos disponibles. El problema, advierten, es que estos sistemas tienden a validar el relato del usuario sin introducir cuestionamientos ni límites, una lógica que puede resultar problemática en jóvenes que atraviesan cuadros depresivos, situaciones de duelo o conflictos familiares.
Desde el ámbito de la salud mental infantil, Juliana Nieva, psiquiatra infantojuvenil del Departamento de Salud Mental Infantil de INECO, señala que estas tecnologías ofrecen un espacio percibido como menos evaluador. “Está disponible las 24 horas, responde de forma inmediata y no juzga. Para muchos adolescentes funciona como un recurso temporal de alivio emocional o de ensayo comunicacional cuando faltan redes humanas accesibles”, explica. Sin embargo, advierte que ese rol puede volverse riesgoso si sustituye de manera sostenida los vínculos reales.
En la misma línea, la psicopedagoga María Zysman, fundadora de Libres de Bullying, señala que el recurso a la IA suele reflejar soledades previas. “Muchos chicos sienten que no tienen a quién recurrir. La inteligencia artificial les devuelve respuestas rápidas y sin confrontación, pero eso no reemplaza el vínculo humano”, afirma. Zysman remarca además que la depresión no aparece de manera abrupta, sino que es un proceso que se manifiesta en cambios progresivos: retraimiento, abandono de actividades, modificaciones en la forma de comunicarse y pérdida de interés por el entorno.
Los especialistas coinciden en una serie de señales de alerta que pueden indicar dependencia digital o un cuadro de sufrimiento psíquico que requiere atención. Entre ellas, mencionar a la inteligencia artificial como si fuera una figura de confianza o autoridad; recurrir al dispositivo ante situaciones de angustia en lugar de buscar a un adulto o a un par; irritarse o desregularse cuando no se puede acceder al chat; aislarse socialmente mientras aumenta el tiempo frente a pantallas; registrar un descenso del rendimiento escolar; presentar insomnio, cambios marcados de humor o expresiones persistentes de desesperanza.
“La clave es no minimizar estas señales”, advierte Nieva. Explica que si bien un indicador aislado no necesariamente implica un problema grave, la combinación de varios, sostenida en el tiempo, amerita una conversación directa y serena con el adolescente y, de ser necesario, la consulta con profesionales de la salud mental. En ese mismo sentido, recomienda evitar respuestas punitivas frente al uso de la tecnología y, en cambio, indagar qué función está cumpliendo en la vida del joven.
Todas las voces coinciden en un punto central: ninguna tecnología puede reemplazar el acompañamiento humano. Promover el diálogo desde edades tempranas, fortalecer las redes entre familias y escuelas, establecer límites claros en el uso de dispositivos y actuar de manera temprana ante los primeros signos de alarma son estrategias consideradas clave para reducir riesgos y cuidar la salud mental de niños y adolescentes en un entorno cada vez más digitalizado.