El exitoso caso de las mamis detectives
EAST HAMPTON.— La pretemporada en “los Hamptons”, esa constelación de balnearios a dos horas de Manhattan, tiene un encanto particular: las magnolias en flor cerca de la playa, la poca gente...
EAST HAMPTON.— La pretemporada en “los Hamptons”, esa constelación de balnearios a dos horas de Manhattan, tiene un encanto particular: las magnolias en flor cerca de la playa, la poca gente, los restaurantes que vuelven a abrir, las lluvias primaverales que se alternan con el sol y producen una plétora de arcoíris… y muchos, muchos asesinatos.
De eso se trata el Hamptons Whodunit, un encuentro anual de fanáticos del crimen que convoca a varios de los grandes nombres del género. Entre los asistentes —y, de hecho, en los propios paneles— hay una clara línea divisoria: de un lado, los devotos de la ficción, los que creen en el artificio perfecto y en el crimen como rompecabezas literario; del otro, los del crimen verdadero, para quienes la intriga no necesita invención porque ya ocurrió —y muchas veces de la peor manera posible.
Esta cronista tenía clarísimo a qué tipo de paneles no iba a asistir. Aunque esté de moda, el true crime tiene para ella algo insoportable: la incomodidad de saber que no hay distancia estética suficiente, que no hay red. Que alguien de verdad sufrió.
Catorce años después, una madre joven —Marissa— vio por casualidad un video del momento en que un helicóptero de la policía sacaba el vehículo del barranco. Reconoció el lugar y quedó obsesionada con la idea de resolver ese misterio pendiente
Pero siempre hay historias que desarman incluso las convicciones más firmes. Fue lo que ocurrió con la presentación de The Carpool Detectives, el libro de Chuck Hogan, un veterano de la ficción policial que no pudo resistirse cuando le propusieron llevar a la página lo que le había sucedido —de verdad— a un grupo de las típicas “mamás que se turnan para llevar a los chicos al colegio”, y que ya avanza hacia su adaptación cinematográfica. Todo empezó en el verano de 2005, cuando los cuerpos de un empresario californiano y su mujer, desaparecidos durante un mes, fueron encontrados cerca de un cementerio de autos. Su Ford Explorer había caído por un acantilado desde la ruta. El caso, enredado en sospechas financieras, traiciones familiares y callejones sin salida, quedó sin resolver.
Catorce años después, una madre joven —Marissa— vio por casualidad un video del momento en que un helicóptero de la policía sacaba el vehículo del barranco. Reconoció el lugar y quedó obsesionada con la idea de resolver ese misterio pendiente.
Lo que siguió es, en efecto, extraordinario. Durante el invierno de 2020, en plena pandemia, Marissa —sin experiencia, con mucha más intuición que método— reunió a otras tres madres de chicos pequeños. No eran detectives ni periodistas de investigación. Eran, en apariencia, esas “típicas mamás del pool escolar”: las que coordinan horarios, actividades extracurriculares y traslados. Que, ahora encerradas en casa todo el día con los chicos, estaban abrumadas, algo a la deriva, y algo desesperadas.
Hogan lo dijo sin rodeos: no cree que la historia hubiera podido ocurrir con protagonistas varones
Cada una aportó algo distinto a la investigación: inteligencia aguda, humor, una cuota imprescindible de audacia. El resultado es un thriller vertiginoso, pero también —y esto es lo inesperado— una historia casi adorable. Porque en medio de los documentos, las llamadas y las teorías, están los maridos, los hijos, las rutinas domésticas, la vida que sigue. Y el pánico compartido de ese momento en que comprenden que están poniendo en riesgo también sus propias vidas, empujadas por la fantasía —irresistible— de ser, por un rato, unas Nancy Drew de la mediana edad.
Hogan lo dijo sin rodeos: no cree que la historia hubiera podido ocurrir con protagonistas varones. En la gran tradición de los detectives amateurs, su ventaja fue otra. Por un lado, un empuje singular; por el otro, la capacidad de hacer que la gente se relajara frente a ellas y les contara cosas que jamás le diría a la policía. A la vista de todos, pero sin que nadie les prestara atención, tenían —también— la urgencia de concentrarse por un rato en algo que no fueran las demandas familiares inmediatas. Según Hogan, ese fue, justamente, “su superpoder”.
Los asistentes quedaron encantados. El cliché de las madres desbordadas ya había sido redimido en la ficción detectivesca más amable. Pero lo mejor del encuentro fue ver cómo podía ocurrir, casi de la misma manera, en la vida real.